martes, 23 de junio de 2009

IDEOLOGIA COMUNERA DEL PARAGUAY - LOS ULTÍMOS COMUNEROS.

martes, 23 de junio de 2009

En todo el largo discurrir de las luchas comuneras encontramos algunas ideas centrales, que siempre tienden a manifestarse: así como ya hemos expresado, libertad y buen gobierno constituyen viejos y sostenidos anhelos del pueblo paraguayo. Por otra parte, más que un proceso ideológico, debe verse aquí la gradual formación de la conciencia nacional en el Paraguay. No en balde, en enero de 1705, Cuando acababa de producirse el derrocamiento del gobernador Escobar y Gutiérrez, un Agustín de Insauralde atronaba las calles asunceñas con sus gritos de que “Esta es la ocasión en que atendamos todos por nuestra patria, obedeciendo por nuestro Gobernador a dicho Teniente José de Avalos”.

Los hombres y los pueblos pueden sostener ideas políticas y sociales sin necesidad de conocer las doctrinas de los filósofos que las hayan formulado con anterioridad similar interpretación de los hechos y soluciones coincidentes pueden nacer, sin noticia las unas de las otras, e lugares distantes y en épocas diversas. Sin embargo, cuando hay indicios en tal sentido, cabe admitir siquiera la posibilidad de la influencia de las anteriores sobre las de más reciente data, y las inquietudes coincidentes adquieren formulación concreta cuando las ordenan los hombres de formación ideológica. Esto fue, en nuestra opinión lo que aconteció en el Paraguay.

“Fray Bernardino de Cárdenas, D. José de Antequera y D. Fernando de Mompó no hubieran hallado eco en su prédica de tribunos de no existir un ambiente propicio y de tradición secular. Lo que ellos, si hicieron de fundamental fue dar consistencia ideológica a las inquietudes existentes y mover los ánimos en el memento oportuno y con grande abnegación”.

En 1705, hallándose en ejercicio del gobierno, el general José de Avalos y Mendoza desestimaba la pretensión de un privilegio porque “no era la voluntad de Su Majestad aumentar sus marevedises reales con perjuicio notorio de sus vasallo y que era pervertir la forma distributiva de la justicia” proceder de otra manera. En otros términos y como ya hemos señalado al ocuparnos directamente, de este personaje, sostenía que el interés social prima sobre e del Rey o de su hacienda.

Antequera también desarrolló ideas de gran interés. Acusando claras influencias populistas, sostuvo que el pueblo o “Común” es fuente da la soberanía y que puede recuperar el ejercicio directo de la misma cuando los gobernantes, sus delegados, cometen desafueros que lesionan los principios esenciales de la convivencia social.

Con mayor decisión todavía Mompó predicaba que “la voluntad del Monarca y todos los poderes que de ella derivan estaban subordinados a la del Común; que la autoridad de la Comunidad era permanente e inalienable y que ella preexistía a todas las modificaciones de la Monarquía, viniendo a ser forma y molde del Estado.

Tan sugestivas opiniones, sustentadas en público y en documento oficiales, podrían deberse a diversas influencias. Los líderes paraguayos de los siglos XVII y XVIII pueden haberlas recibido a través de los juristas españoles que seguían las enseñanzas de Azpilcueta y Covarrubias. Mas Antequera y Mompó, hombree de formación universitaria y de más amplia visión del mundo, las habrán recogido directamente de los teólogos y filósofos políticos del siglo XVI, cuyo conocimiento no podía serles ajeno.

Desde 1512 hasta mediados de la centuria, suscitada por Fray Antonio de Montesinos y sostenida por Fray Bartolomé de las Casas, conmueve al mundo culto español viva controversia sobre la condición del indio y los derechos de los europeos respecto de América. Un dominico sobresaliente; catedrático de las más importantes Universidades de ese tiempo, Fray Francisco de Vitoria, sostiene que todos los hombres son libres y naturalmente iguales.

Llamado a mediar en la referida controversia, otro dominico, Fray Domingo de Soto, teólogo da la corte de Carlos V y uno de los orientadores del Concilio de Trento, se pronunció categórico en pro de los postulados del P. Las Casas. Sostenía Soto que “Por derecho natural la potestad soberana, cuyo origen viene de Dios, pertenece a la Comunidad”

El jurisconsulto Martin de Azpilcueta, catedrático de Salamanca y de Coimbra, conocido como “el doctor navarro”, sostenía en la misma época que “el reino no es del Rey; sino de la comunidad y el misma poder real es por derecho natural de la comunidad y no del Rey; y por tanto no puede la comunidad absolutamente abdicar este poder”. Años, más tarde, en dictamen dirigido a Felipe II, le decía “que sin grave culpa no podría el Rey despreciar la salud del reino”.
Otro jurista, Diego de Covarrubias, discípulo de Azpilcueta, basaba los derechos personales en la ley natural.

A comienzos del siglo XVII, dos pensadores de la Compañía de Jesús, Francisco Suárez y Juan de Mariana, aportaron nuevos argumentos a esta corriente de ideas que es conocida con el nombre de “populismo”. El P. Suárez enuncia el principio del pacto social como base del Estado, y señala límites al poder del Rey, tales como “las normas de prudencia y justicia que vedan imponer obligaciones no exigidas por el bien común. El P. Mariana sostenía la licitud de la rebelión contra el príncipe tiránico y aun la del regicidio.

Estas ideas ‘populistas” en alguna medida influyeron en la legislación de Indias, en especial en las Leyes de Burgos, de 1512 y 13, y en las llamas “Leyes Nuevas” de 1542 y 43, pero sin afectar la esencia ni las características más salientes de la monarquía absoluta, que siempre hizo sentir todo el peso de su poder en su Imperio.

Comparando las manifestaciones que hemos reproducido de Avalos, Antequera y Mompó, y los principios políticos definidos por los paraguayos en las luchas comuneras con las opiniones de tan eminentes teólogos y juristas, debemos admitir su identidad esencial y, por ende, la influencia directa o indirecta de éstos sobre aquéllos.

LOS ULTÍMOS COMUNEROS
En 1747, doce años después de la última entrada de Zabala y en las postrimerías del gobierno de D. Rafael de Moneda, se producen el último brote de inquietud comunera.

Impulsados por el P. Juan José de Vargas Machuca sacerdote criollo y hermano, de aquel mercedario que defendiera la causa comunera, el maestre de campo Bernardino Martínez, Miguel de Aranda, José de la Peña “el tuerto’ y otros antiguos luchadores del último período comunero, se conjuran contra el Gobernador. Delatado el complot por un Juan de Gadea, los comprometidos son condenados a la horca y ejecutados en tanto que el P. Vargas Machuca a de morir desterrado de su patria, tras largos años de cautiverio en un castillo de Galicia.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

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