martes, 30 de junio de 2009

VIDA CULTURAL DEL PARAGUAY EN LOS ULTIMOS DÍAS DE LA COLONIA.

“En 1700, había solamente tres doctores paraguayos, los hermanos José Bernardino y José Servín, sacerdotes, de la Universidad de Córdoba, y D. José Dávalos y Peralta, médico y Jefe comunero, catedrático de San Marcos, en Lima. Un siglo más tarde, en los años inmediatamente anteriores a la Revolución, era bastante mayor el número de graduados paraguayos poseedores de título máximo, tanto clérigos, como seglares. Recordemos tan sólo a Juan Manuel Grance. Juan Antonio de Zavala, José Gaspar Rodríguez de Francia, Marco Ignacio y Juan Bautista Qüin de Valdovinos, Ventura Diaz de Bedoya, Manuel José Báez, Francisco Javier Bogarin y otros que omitimos, sin mencionar ya a Pedro Vicente Cañete, Manuel Antonio Talavera y Mariano José Varela, que vivieron en definitivo exilio.
Merece también ser recordado el P. Amancio González y Escobar, fallecido en 1806, orador sagrado, infatigable evangelizador de los indios del Chaco y autor de un “Diario” de sus afanes y fatigas en la reducción de Melodía.
“Algunas bibliotecas, más numerosas, pero no mucho más nutridas que las del siglo anterior, sabemos que poseían doctores, clérigos y hombres de pro, comerciantes inclusive. Aparte da los teólogos y juristas, serían leídos otros autores. El Dr. Francia nos refiere que reunía unos trescientos volúmenes, que incluían desde la Enciclopedia hasta manuales de infantería. Las referencias a clásicos a Montaigne y a Rousseau, que hace la Junta del año 12 en su Instrucción para los maestros de primeras letras’, nos da una idea de las lecturas de D. Fernando de la Mora y sus compañeros de gobierno. No vaya a creerse que fuera tan fácil hacerse de tales obras; unos años antes, en 1779, el Gobernador Melo de Portugal había ordenado recoger todos los ejemplares que hubiera en la provincia de la Historia del descubrimiento de la América, dada a luz por el Doctor Don Guillermo Robertson en idioma inglés.

BIBLIOGRAFIA.
  • Manuel Domínguez, “Conferencia sobre la Historia de la Instrucción Pública”.
  • Efraim Cardozo, “Historiografía Paraguaya”.
  • Rafael Eladio Velásquez, “Breve Historia de la Cultura en el Paraguay”.

ULTIMOS DIAS COLONIALES EN EL PARAGUAY - Azara y Aguirre.

Con motivo de las disposiciones del tratado hispano-portugués de San Ildefonso, las autoridades peninsulares enviaron la Cuenca del Plata varias partidas demarcadores de límites. Integrando dos de ellas, vinieron al Paraguay los capitanes de fragata Félix de Azara (1752 – 1821) y Juan Francisco Aguirre (1758-1811). Hombres de clara inteligencia y amplia cultura, ambos dedicaron sus tres lustros de forzosa permanencia en esta tierra a anotar observaciones sobre la misma.
Félix de Azara escribió mucho. Se han publicado de él sus “Viajes por la América Meridional” “Descripción e Historia del Paraguay y del Río de la Plata”, “Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y Misiones Guaraníes”, que en general desarrollan los mismos temas, con varia ordenación y en forma más o menos extensa, según cada caso, y varios memoriales e informes. El Cabildo de Asunción le encomendó en 1793 la elaboración de un mapa de la provincia y redactar una descripción histórica y geográfica de la misma, cometido que cumplió a entera satisfacción de aquél.
Ingeniero militar, con estudios filosóficos y jurídicos, Azara carecía, sin embargo, de formación de naturalista. Ello no fue óbice a que anotara sus observaciones sobre la fauna paraguaya, la que describió y clasificó de manera muy inteligente realizando descubrimientos de interés y aportando gran cantidad de datos nuevos a esta rama del conocimiento. En 1801, en Paris y en francés, fueron publicados sus “Ensayos sobre la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay”, en dos tomos, luego ampliados en su versión española. Entre 1802 y 1815, aparecieron los tres volúmenes, también de su pluma, de los “Apuntamientos para la historia natural de los pájaros del Paraguay”. Las mismas referencias pormenorizadas a la fauna paraguaya, a su flora y geología se reproducen en sus otros libros que hemos mencionado.
Aparte de naturalista, Azara fue historiador, geógrafo y cartógrafo distinguido. Igualmente, dejó en sus libros muy valiosa información sobre las parcialidades indígenas, aún infieles entonces, del Chaco y de la región oriental.
Por su versación, por el alto valor y probidad de sus publicaciones, y por la honda repercusión que éstas tuvieron en el mundo intelectual de su tiempo, Félix de Azara debe ser considerado como el fundador de las ciencia naturales y hasta de la investigación científica en el Paraguay.
Un paraguayo Blas de Noceda, que colaboró eficazmente con Azara en la recolección de los materiales para sus investigaciones, adquirió en esta actividad especiales conocimientos en ciencias naturales.
“Juan Francisco Aguirre, por su parte, llevó un “Diario” que ha sido publicado íntegramente en cuatro volúmenes por la Biblioteca Nacional de Buenos Aíres, hace pocos años. Además de sus observaciones de orden geográfico y sociológico, que lo hacen de suyo valiosa fuente para el historiador, el referido diario lleva intercalados lo que el autor denomina “Discursos Históricos”, basados en investigación practicada sin trabas en el archivo asunceno y en el testimonio y la tradición orales recogidos de primera mano. Tal circunstancia lo constituye en el más importante material édito para el estudio del siglo XVII en el Paraguay. Ha sido Aguirre además, el único que realizó estudios en el archivo colonial de Asunción antes de que éste sufriera los trastornos y mutilaciones de la guerra contra la triple alianza, en que llegó hasta a convertirse parcialmente en botín de los vencedores.

ULTIMOS DIAS COLONIALES EN EL PARAGUAY - La enseñanza de la filosofía. Las ciencias naturales.

LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA.
Además del Colegio, los conventos seguían impartiendo la enseñanza de antes. En 1787, el Convento de la Observancia de los Franciscanos tenía un Regente de Estudios y Lectores de Prima, de Vísperas, de Moral y Nona, y de casa de la misma orden en la Villa Rica contaba con un Maestro de Gramática y otro de Novicios.
Refiere Furlong que, hacia 1775, y haciendo uso de un privilegio reconocídoles por diez años, los dominicos sostuvieron en su convento cátedras de Filosofía y de Teología, a cargo de religiosos de esa orden y con facultad de otorgar grados académicos.
Los jesuitas habían establecido, a fines del siglo XVII, tres cátedras de estudios superiores, que eran las de Filosofía, de Dogma y de Moral. Poco antes de la Revolución Comunera, las dos primeras funcionaban en forma duplicada en el Colegio de la Compañía y ellas hubieran servido de base a la Universidad proyectada en 1750, de concretarse la petición de las autoridades del Paraguay. Estos cursos se dictaron hasta 1767, con interrupciones y altibajos.
Es indudable que los estudios de esta categoría adquirieron estabilidad con la apertura del Real Colegio Seminario de San Carlos.
En el Colegio de Monserrat, de la Universidad de Córdoba, durante el siglo XVIII y hasta 1816, existió una beca permanente para el Paraguay. Además de los becarios, otros jóvenes paraguayos seguían sus estudios en dicho centro. Doctores de Córdoba de esa época son, entre otros, Carlos Penayos de Castró, ya mencionado, Antonio González de Guzmán, que ejerció por años el gobierno de la Diócesis, y los hermanos Antonio, Pedro y Dionisio de Otazú, canónigos los dos primeros de la catedral de Arequipa, en el Perú, en tanto que el ultima alcanzaba igual dignidad en el Cabildo Eclesiástico de Asunción. A fines de esta centuria, era mayor el número de paraguayos que poseían el máximo grado académico.
La filosofía que se enseñaba en los institutos recordados era el desarrollo de la doctrina, de la Iglesia Católica, partiendo de Aristóteles y centrándose en Santo Tomás de Aquino, sin concesiones para los sistemas y escuelas aparecidas a partir de Descartes. No podemos precisar hasta qué punto los jesuitas difundieron las ideas de Suárez, pese a la gran cantidad de datos proporcionados por Furlong, ya que aquéllos en la vida provincial, contrarios siempre a la causa comunera, sostuvieron una actitud en todo antagónica con las concepciones políticas suarecianas. Pudo deberse esta actitud al extremado verticalismo de su estructura, y a la defensa del principio de autoridad que justificó su fundación.

LAS CIENCIAS NATURALES.
En el siglo XVIII, es grande el desarrollo de las ciencias físicas y naturales. En el campo de estas últimas, el sueco Linnieo y lo franceses Buffon y Cuvier sistematizaban los conocimientos y los ampliaban grandemente. Una expedición científica encabezada por La Condamine, para medir la extensión del Ecuador, actuaba en Sudamérica y dejaba su impronta en la región septentrional del continente. Poco después, el gaditano José Celestino Mutis iniciaba el estudio de la flora de Nueva Granada y un natural de este mismo virreinato, Francisco José de Caldas, alcanzaba a ser uno de los botánicos de mayor relieve del orbe. El alemán Alejandro von Humboldt también recorría América Española.
En el Paraguay y regiones aledañas, hombres de ciencia enrolados en la Compañía de Jesús dedicaban, asimismo su tiempo a esta rama del saber. En el siglo XVII el P. Antonio Ruiz de Montoya había descrito la fauna paraguaya y sido el primero en publicar noticia sobre la yerba mate. Lo sucesivos cronistas jesuíticos dedicaron capítulos al tema de la fauna y de la flora. Otros naturalistas dignos de recordación son los PP. Aperger, Dobrizhoffer, Falkner y Juárez. El P. José Sánchez Labrador dejó varios volúmenes descriptivos de los tres reinos de la naturaleza en esta porción del continente americano.

BIBLIOGRAFIA.
  • Manuel Domínguez, “Conferencia sobre la Historia de la Instrucción Pública”.
  • Efraim Cardozo, “Historiografía Paraguaya”.
  • Rafael Eladio Velásquez, “Breve Historia de la Cultura en el Paraguay”.

ULTIMOS DIAS COLONIALES EN EL PARAGUAY - El Real Colegio Seminario de San Carlos.

Era Gobernador D. Agustín Fernando de Pinedo y Obispo e1ecto, que aún no había llegado a su sede y que moriría antes de de poder hacerlo, Fray Juan José de Priego y Caro, cuando éste dirigió al Rey una petición de que se erigiera un Seminario en Asunción y al cabo de un siglo y medio de gestiones y esfuerzos infructuosos, se vio colmado el viejo anhelo paraguayo.
Por Real Cédula del 23 de agosto d 1776, complementado por otras del 28 de febrero de 1779 y del 28 de febrero de 1780, que lo dotaban de recursos, quedó erigido el Real Colegio Seminario de San Carlos.
El 12 de abril de 1783, con la presencia del Gobernador Melo, de Portugal y del Rector, Dr. Gabino Echeverría Gallo, burgalés, doctorado en Hirache, se procedió a la inauguración solemne de los cursos. Por no haberse presentado opositores a las cátedras, “se hizo preciso entregar la enseñanza a los dos párrocos de la misma ciudad”, de este modo, el Dr. Dionisio de Otazú Rector de la Catedral, tomó a su cargo una de las dos de Teología, y el Dr. Juan Antonio Zavala, titular de San Blas, la de Artes. Otro catedrático de Teología era el Dr. Alonso Báez.
Para el mes de julio, había ocho colegiales y algunos manteístas, que seguían únicamente los cursos del Dr. Zavala, pues su preparación no los habilitaba todavía para los estudios teológicos. La apertura de la cátedra de Cánones, también establecida, quedaba “para cuando las rentas alcancen para su dotación. El Rector Echeverría decía, pocos años más tarde, haber explicado Teología Moral. Disciplina Eclesiástica y Sagrada Ceremonia, cuatro días a la semana, cediendo sus haberes a la institución.
Al Seminario, en su fundación, se lo dotó con los bienes de los jesuitas expulsados, los cueles incluían la espléndida estancia de Paraguari y otros establecimientos campestres. Tales recursos se acrecentaron en 1976 con el 3% de los sínodos de las doctrinas de indios.
No siempre, sin embargo, se le hizo tan llano el camino a dicha casa de estudios: el Dr. José Baltasar de Casajús, que había sucedido a Echeverría en el Rectorado, denunciaba intrusiones perniciosas en los campos de Paraguari y la inasistencia deliberada de los catedráticos. El Cabildo Eclesiástico, por su parte, reprobaba los excesivos gastos en que, en materia de teatro y refrescos, se incurría en los actos públicos anuales.
El Real Colegio de Seminario de San Carlos prolongó su vida hasta 1823, año en que fue definitivamente clausurado por uno de los antiguos catedráticos, el dictador Francia. En este lapso fue de extrema utilidad para el desarrollo cultural del paraguay, los sacerdotes más ilustrados del clero criollo y mucho de los gestores y ejecutores de la Independencia Nacional concurrieron a sus aulas, que abrían a la juventud paraguaya de su tiempo posibilidades de superación hasta entonces vedadas.

LA INSTRUCCION ELEMENTAL Y LOS PROYECTOS DE LAZARO DE RIBERA

Lázaro de Ribera y Espinoza de los Monteros, que fue Gobernador, Intendente del Paraguay de 1796 a 1806, acusa la influencia de las nuevas concepciones en materia de educación: apenas asumido el mando, se dirige por escrito al Cabildo de Asunción, procura de su dictamen sobre un plan, que en líneas generales desarrollaba, para el fomento de la instrucción pública, mostraba Ribera partidario de extender los beneficios de misma hasta a los indios, los cuales debían aprender a expresarse oralmente y por escrito en español. Proponía la creación de una escuela central o seminario en Asunción, a la cual concurrirían los muchachos mejor dotados de las diversas reducciones indígenas, para retornar luego a sus pueblos a constituirse, a su vez, en maestros de sus conterráneos. Para estimular la integración de estos indios a la vida provincial, consideraba útil su coeducación en dicha escuela con los hijos de criollos y españoles.
Pese a su gobierno de una década, Ribera no pudo realizar su proyecto, Subsistió siempre una escuela de primeras letras en la capital y preceptor de la misma fue designado en 1802 José Gabriel Téllez, que conservó el empleo por un lapso de más d cuarenta años.
El referido gobernador dejó impreso un “Catecismo”, en el que desarrollaba la defensa de la monarquía absoluta, para uso de los escolares.
Su sucesor en el mando, Bernardo de Velasco y Huidobro, suprimió las pagas de los maestros de escuela del interior y confió su cometido a los Tenientes Curas de las diversas parroquias rurales. Tal medida resultó contraproducente, pues los mencionados sacerdotes, abrumados de trabajo como se hallaban, no podían dedicar la necesaria atención a sus nuevas obligaciones.
La reforma radical de la instrucción publica, su liberalización y modernización, la comenzó a llevar a la práctica en 1812 la Junta Superior Gubernativa, integrada entonces por Fulgencio Yegros, Pedro Juan Caballero y Fernando de la Mora, como veremos más adelante.

ULTIMOS DIAS COLONIALES EN EL PARAGUAY - La educación.

La población rural crece durante el siglo XVIII, agrupada en “capillas” o pequeños núcleos urbanos, ya mencionadas. Por iniciativa de los vecinos de cada una de estas comunidades, se van nombrando maestros de primeras letras, con intervención del Cabildo de la ciudad y del Obispo Diocesano. La enseñanza se mantiene, empero, en un nivel muy elemental lectura, escritura, las operaciones fundamentales y rudimentos de doctrina cristiana y reservada casi exclusivamente para los varones de familias españolas y criollas.
Con todas sus limitaciones, la difusión del sistema educacional paraguayo es superior al del Río de la Plata y puede Azara afirmar que hay maestros de niños en todos los partidos.
Hacía falta sin embargo, enseñanza de un nivel algo superior a este aprendizaje elemental. Sólo los conventos la proporcionaban y, en este orden el problema se había agudizado con la clausura definitiva, del Colegio de la. Compañía de Jesús, producida en 1767.
Años antes, en 1750, el Gobernador y los Cabildos Secular y Eclesiástico habían pedido al Rey la creación de un Convictorio que se sostendría con los fondos destinados al Hospital. Furlong, aludiendo a esta misma iniciativa, menciona un proyecto de fundar una Universidad en Asunción, que estaría a cargo de los jesuitas y para la cual numerosos vecinos habían ofrecido sus donativos.
En época algo posterior, se hallaba en gestión un expediente encaminado a obtener la apertura de un Colegio de “Propaganda Fide”, que regentarían los franciscanos, para la atención del culto.

El Paraguay Post-comunero.

La derrota de los comuneros coincide con el final de un largo proceso histórico y se suma a otros factores, externos, para determinarlo. La clase directiva criolla deja de constituir factor determinante del acaecer político de la provincia. La corona ha hecho sentir el peso de su poder, y la mayor eficacia y capacidad de acción de las autoridades americanas de este tiempo torna imposible la reanudación de la insurgencia.
Los gobiernos del período borbónico, como hemos señalado antes, son más ordenados y se muestran efectivos en el cumplimiento de sus fines. Una cadena de fuertes se extiende por el litoral, impidiendo el paso de los incursores chaqueños. Don Rafael de la Moneda cierra a los mbayá el acceso a la Cordillera, merced a lo cual numerosa población agrícola se agrupa en torno de las “capillas” que se establecen.
La Villeta de San Felipe Borbón del Guarnipitán, en 1714, y la Villa de San Isidro Labrador de Curuguaty, en 1715, eran anteriores a la Revolución Comunera. Con posterioridad a la misma, se asienta en la Emboscada un pueblo de negros y mulatos libres, y más tarde, la Villa Real de la Concepción (1773) y la Villa del Pilar del Ñeembucú (1779), así corno también las poblaciones de Nuestra Señora del Rosario del Cuarepotí (1783), de San Pedro Apóstol del Ycuá-Mandiyú (1784) y de Remolinos, se constituyen en centro de vida civilizada sobre las márgenes del río Paraguay.
Los portugueses son expulsados de Igatimí, se pueblan los yerbales y el fuerte de San Carlos custodia el Apa en tanto que el fuerte de Borbón guarnece el extremo septentrional contra incursiones de infieles y de portugueses. Fulgencio de Yegros y Ledesma explora el Chaco y, años más tarde, el coronel Espínola y Peña, en similar aventura, llega a Salta en la búsqueda de una nueva vía de comunicación que sirva para romper el aislamiento provincial.
Desde el gobierno de Sanjust, el cultivo del tabaco recibe impulso y funciona el Real Estanco. La ganadería adquiere importancia en torno de las villas de reciente fundación y en las tierras que los jesuitas abandonan al ser expulsados. La explotación de maderas y otras actividades extractivas y productivas tienden a liberar al Paraguay de su exclusiva dependencia de la exportación de la yerba-mate. Corre la moneda metálica, hasta entonces casi desconocida.
Por el mismo tiempo, se va extinguiendo la encomienda, se generaliza el trabajo asalariado de criollos y mestizos, e incorporan a la vida paraguaya numerosas familias guaraníes de la antiguas reducciones jesuíticas y algo que no acontecía desde la época de la conquista se reanuda la inmigración europea.
La instauración del régimen de las Intendencias va acompañada de perceptibles cambios administrativos. La defensa provincial es reestructurada y el servicio militar se torna más fácil. Cambia la integración de los Cabildos y comienza a funcionar el correo, Reorganizada la Hacienda indiana, se perfeccionan los métodos de recaudación de gravámenes y no es ya posible eludir su pago.
Aumenta el número de funcionarios rentados, generalmente de procedencia foránea, que se suman a la clase mercantil acaudalada, también peninsular, y tiende a privar a los criollos del poder político y económico, generando un antagonismo que ha de hacerse sentir en los días de la Independencia.
De los gobernadores que ejercen el mando en los tres cuartos d siglo que corren de la derrota final del “Común” a los sucesos de 1811, merecen especial mención Rafael de la Moneda, Jaime Sanjust, Agustín Fernando de Pinedo, promovido a Presidente de la Audiencia de Charcas, y Pedro Melo de Portugal y Villena, más tarde Virrey del Río de la Plata.

BIBLIOGRAFIA.
  • Manuel Domínguez, “Conferencia sobre la Historia de la Instrucción Pública”.
  • Efraim Cardozo, “Historiografía Paraguaya”.
  • Rafael Eladio Velásquez, “Breve Historia de la Cultura en el Paraguay”.

ULTIMOS DIAS COLONIALES EN EL PARAGUAY - Las ideas del siglo XVIII. Su difusión en España y América.

LAS IDEAS DEL SIGLO XVIII
Durante el siglo XVIII, se produce una notable transformación en las concepciones políticas y económicas. Encuentra ella sus realces en las innovaciones culturales del Renacimiento, en la pugna religiosa de la Reforma y la Contrarreforma, en la natural evolución de las instituciones de la monarquía absoluta, en los sistemas económicos de la centuria anterior y en las mayores facilidades para la difusión cultural.
Filósofos y humanistas, desde trescientos años antes, habían allanado el camino para que se pudiera discurrir con mayor libertad. La concentración de poder en manos de los reyes y la formación de una burocracia procedente de la clase media y de oficialidad profesional en los cuerpos armados, disminuían acentuadamente la influencia política de la nobleza en la mayor parte de los estados occidentales. Por otra parte, los notorios defectos del sistema absolutista y la conservación de los privilegios de una clase noble que se iba haciendo más parásita que directiva, llevaban a moralistas y pensadores políticos a buscar a los problemas sociales soluciones más justas y eficaces. Colbert y los demás mercantilistas, al interpretar la realidad económica y trazar normas en ese orden, realzaban la importancia de la cuestión social. Y estas transformaciones, merced a la difusión del material impreso, al mejoramiento de los medios de comunicación y a la elevación cultural de la clase media, llegaban a conocimiento de un número cada vez más crecido de personas.
Todo, en síntesis, se conjuga para que sea el XVIII un siglo de replanteamiento de los problemas políticos, sociales económicos, y aun de los conceptos morales.
De tal manera, a comienzos de esa centuria y nacida en el seno de la corte francesa, se divulga la Fisiocracia, sistema que entre otras cosas sostiene el principio de la libertad económica. En la filosofía y en el pensamiento político, toma forma la Ilustración, El ejemplo de las revoluciones inglesas del siglo XVII y las ideas de Locke, expresadas en su “Ensayo sobre el gobierno civil”, se conocen en el continente a través de los escritos de Montesquieu autor de “El espíritu de las leyes”, y de Voltaire, en sus “Cartas de Inglaterra”. Este último, entre sus muchas empresas intelectuales, acomete la de combatir la intolerancia religiosa de los tribunales de Tolosa (procesos de Sirvent y de Calas). D’Alernbert y Diderot tienen a su cargo principal la elaboración de la “Enciclopedia”, suma y síntesis del pensamiento filosófico y político y del estado de la ciencias de ese tiempo, que se publica por entregas sucesivas entre 1751 y’ 1772. Pero la obra de mayor influencia en el desarrollo de las ideas políticas es “Del contrato social”, del ginebrino Juan Jacobo Rousseau, aparecido en 1762.
No todos los mencionados escritores, sin embargo, deben ser considerados como abogados del sistema democrático representativo, que algunos de ellos no postularon, pero, sí, como sus precursores doctrinarios.
Como resultado de las especulaciones y debates de ese siglo, aunque ellos no trasciendan del campo académico, en el orden ideológico el principio de la soberanía de los reyes va siendo sustituido por el de la soberanía popular, y la doctrina de la monarquía absoluta cede paso a la de la representación democrática, con separación de poderes. El primer instrumento legal que incorpora al derecho positivo estos ideales, hoy esenciales de todo gobierno occidental, es la Constitución de los Estados Unidos, de 1787.
Las nuevas ideas, siquiera parcialmente hallan también eco en algunos reyes europeos, que no por eso declinan su poder. De este modo y con grandes reservas las aceptan Carlos III de España, Federico II de Prusia y el Emperador José II, entre otros, que por ello son conocidos como “déspotas ilustrados”.

SU DIFUSION EN ESPAÑA Y AMÉRICA.
A partir del advenimiento de la casa de Borbón al trono español, que se produce en 1700 y se consolida en 1713, con la Paz de Utrecht, las ideas francesas adquieren importancia creciente entre las clases cultas de la península.
“La España de los Autrias y de la Contrarreforma ha terminado. Las negras ropillas de la corte madrileña son sustituidas por las brillantes vestiduras de Versalles. La política de aislamiento de Europa termina también. Dos grandes reyes, Felipe V (1701-1746) y Carlos’ III (1759-1788) personifican el siglo y hacen todo lo posible por colocar el arte y la cultura española al compás de las corrientes intelectuales de Europa”.
El reinado de Carlos III marca el apogeo de estas influencias. Los planteamientos fisiocráticos, y después, los del Liberalismo económico, son aceptados por los directores de la política española. Las concepciones de la Ilustración animan a los Condes de Aranda, de Floridablanca y de Campomanes, los principales ministros del mencionado monarca, y la administración peninsular y americana se perfecciona con el establecimiento de nuevos Virreinatos, la implantación del régimen de las Intendencias y otras reformas. La apertura de los puertos americanos al comercio internacional y diversas medidas de fomento económico completan el cuadro general de transformaciones del tiempo de Carlos III.
Las ciencias reciben nuevo impulso. Las Universidades son reformadas en sus planes y en sus métodos, y se estimula a otras instituciones culturales y científicas. Hasta en el orden idiomático, la labor de la Real Academia Española, fundada en 1714 por Felipe V, comienza dejar percibir sus resultados.
Además de los físicos, cosmógrafos y naturalistas, como Jorge Juan, Antonio de Ulloa, Azara, Cavanilas y Mutis, las nuevas ideas hallan destacados impulsores en el ya citado Campomanes, autor de estudios económicos, en los Padres Feijóo e Isla, que comparten las ansias de renovación, y en el publicista y pensador Gaspar Melchor de Jovellanos. El dominico gallego Fray Benito Jerónimo Feijóo sostiene que los conocimientos deben basarse en la razón o en la experiencia y divulga las novedades de su tiempo en su muy informado Teatro crítico universal”, que e publica de 1726 a 1739. El P. José Francisco Isla, jesuita, que morirá en el exilio después de la expulsión de la Compañía de los dominios españoles, ataca las exageraciones del culteranismo en “Fray Gerundio de las Campazas”, libro satírico que le da celebridad, y traduce obras literarias francesas. Pero el varón más representativo de las nuevas corrientes es el ya mencionado Jovellanos 1744-1815), autor de un “Informe sobre la ley agraria” y de diversos ensayos y comentarios de contenido político y social.
Los grandes medios de expansión de las corrientes ideológicas del siglo son las “Sociedades Económicas de Amigos del País”, que con el patrocinio de Carlos III y de sus ministros, se establecen en las ciudades españolas.
América, aunque más tarde y de modo más atenuado, también recibe esos influjos. Hacia 1760, el peruano Pablo de Olavide había sido uno de los principales ejecutores de los planes de fomento de Carlos III. Los autores franceses, en ediciones originales y en traducciones, comienzan a ser conocidos en las universidades americanas, por cuyos claustros circulan de manera subrepticia. La acción del precursor Francisco de Miranda y la traducción de la “Declaración de los derechos del hombre”, hecha por el neogranadino Antonio Nariño, dejan su impronta en la mentalidad de las generaciones jóvenes del continente, impresionadas también por las novedades doctrinarias e institucionales de los Estados, Unidos.
Incluso al Paraguay, ya sobre el filo del 1800, llegan estas ideas. Francia, los hermanos Valdovinos, Bogarín y otros graduados de Córdoba tienen noticia de las mismas, así como también Mariano Antonio Molas, formado en Buenos Aires, en el bufete del patricio .Juan José Castelli. En 1812, la Junta Superior Gubernativa, integrada entonces por Yegros, Caballero y Mora, recomienda los maestros de escuela la lectura de Locke y Rousseau.
LAS TRANSFORMACIONES DEL PERIODO BORBONICO
Los Bombones trajeron a su nuevo reino los principios y prácticas esenciales de la administración francesa, que tenían ya más de un siglo de aplicación en su patria de origen La organización fue simplificada y los procedimientos, aparentemente al menos, agilizados. Los Consejos de tiempos de los Austrias, lentos en la tramitación de los asuntos aun más banales, sin desaparecer, ceden atribuciones a las Secretarias de Despacho, unipersonales y más expeditivas. Cae en desuso la práctica, hasta entonces tan generalizada, de la venta de los cargos públicos. Se va extinguiendo, aunque en el Paraguay no tan acentuadamente, el sistema de las encomiendas se da impulso al comercio y a la navegación, y en general, se busca imprimir mayor eficiencia a todos los órdenes de la administración.
Las autoridades coloniales radicadas en América también sufren la influencia de las nuevas tendencias de la Corte. Desde los primeros años, se busca designar para estos cargos a funcionarios de confianza, capaces, sin dar lugar a vacancias e interinatos más o menos largos. En el Paraguay, comienza la serie de los gobernadores de nuevo estilo con D. Rafael de la Moneda, a partir de 1740, y en la Cuenca del Plata, en nuestra opinión, con los casi veinte años de gestión de Bruno Mauricio de Zabala.
“Los virreinatos asentados en indias aumentan de dos a cuatro, con el establecimiento de los dé Santa Fe de Bogotá y Buenos Aires. En el último tercio del siglo, se generaliza el régimen de las Intendencias y las autoridades políticas se ven secundadas por los Tenientes Asesores Letrados, antes des conocidos en el Paraguay.
Se presta especial interés a la promoción de la vida económica, Carlos III dispone la apertura de varios puertos al comercio y a la navegación. Como consecuencia de ello, crece la emigración de españoles hacia estas tierras. Distintos de los pasajeros del siglo XVI, que habían sido soldados y conquistadores, los de ahora son hombres de negocios artesanos, labrado-res y en general, gente de trabajo, de miras menos altruistas, pero de mayor efectividad económica.
Todas estas transformaciones coinciden cronológicamente con el desarrollo de nuevas concepciones políticas en el rento del mundo, las cuales, si bien todavía limitadas al libro y al debate académico, muy pronto han de hacerse sentir en el campo de los hechos, destruyendo las bases de la monarquía absoluta. En el orden económico, también por entonces y comenzando en Inglaterra, para extenderse más tarde al resto del orbe civilizado, se produce ese conjunto de hechos nuevos que generalmente se conoce con el nombre de Revolución Industrial, que altera los usos y costumbres, las relaciones labora1es y los métodos de producción, rompe los moldes del mercantilismo y del antiguo artesanado corporativo, y multiplica la oferta de artículos manufacturados.

BIBLIOGRAFIA.
  • Manuel Domínguez, “Conferencia sobre la Historia de la Instrucción Pública”.
  • Efraim Cardozo, “Historiografía Paraguaya”.
  • Rafael Eladio Velásquez, “Breve Historia de la Cultura en el Paraguay”.

martes, 23 de junio de 2009

IDEOLOGIA COMUNERA DEL PARAGUAY - LOS ULTÍMOS COMUNEROS.

En todo el largo discurrir de las luchas comuneras encontramos algunas ideas centrales, que siempre tienden a manifestarse: así como ya hemos expresado, libertad y buen gobierno constituyen viejos y sostenidos anhelos del pueblo paraguayo. Por otra parte, más que un proceso ideológico, debe verse aquí la gradual formación de la conciencia nacional en el Paraguay. No en balde, en enero de 1705, Cuando acababa de producirse el derrocamiento del gobernador Escobar y Gutiérrez, un Agustín de Insauralde atronaba las calles asunceñas con sus gritos de que “Esta es la ocasión en que atendamos todos por nuestra patria, obedeciendo por nuestro Gobernador a dicho Teniente José de Avalos”.

Los hombres y los pueblos pueden sostener ideas políticas y sociales sin necesidad de conocer las doctrinas de los filósofos que las hayan formulado con anterioridad similar interpretación de los hechos y soluciones coincidentes pueden nacer, sin noticia las unas de las otras, e lugares distantes y en épocas diversas. Sin embargo, cuando hay indicios en tal sentido, cabe admitir siquiera la posibilidad de la influencia de las anteriores sobre las de más reciente data, y las inquietudes coincidentes adquieren formulación concreta cuando las ordenan los hombres de formación ideológica. Esto fue, en nuestra opinión lo que aconteció en el Paraguay.

“Fray Bernardino de Cárdenas, D. José de Antequera y D. Fernando de Mompó no hubieran hallado eco en su prédica de tribunos de no existir un ambiente propicio y de tradición secular. Lo que ellos, si hicieron de fundamental fue dar consistencia ideológica a las inquietudes existentes y mover los ánimos en el memento oportuno y con grande abnegación”.

En 1705, hallándose en ejercicio del gobierno, el general José de Avalos y Mendoza desestimaba la pretensión de un privilegio porque “no era la voluntad de Su Majestad aumentar sus marevedises reales con perjuicio notorio de sus vasallo y que era pervertir la forma distributiva de la justicia” proceder de otra manera. En otros términos y como ya hemos señalado al ocuparnos directamente, de este personaje, sostenía que el interés social prima sobre e del Rey o de su hacienda.

Antequera también desarrolló ideas de gran interés. Acusando claras influencias populistas, sostuvo que el pueblo o “Común” es fuente da la soberanía y que puede recuperar el ejercicio directo de la misma cuando los gobernantes, sus delegados, cometen desafueros que lesionan los principios esenciales de la convivencia social.

Con mayor decisión todavía Mompó predicaba que “la voluntad del Monarca y todos los poderes que de ella derivan estaban subordinados a la del Común; que la autoridad de la Comunidad era permanente e inalienable y que ella preexistía a todas las modificaciones de la Monarquía, viniendo a ser forma y molde del Estado.

Tan sugestivas opiniones, sustentadas en público y en documento oficiales, podrían deberse a diversas influencias. Los líderes paraguayos de los siglos XVII y XVIII pueden haberlas recibido a través de los juristas españoles que seguían las enseñanzas de Azpilcueta y Covarrubias. Mas Antequera y Mompó, hombree de formación universitaria y de más amplia visión del mundo, las habrán recogido directamente de los teólogos y filósofos políticos del siglo XVI, cuyo conocimiento no podía serles ajeno.

Desde 1512 hasta mediados de la centuria, suscitada por Fray Antonio de Montesinos y sostenida por Fray Bartolomé de las Casas, conmueve al mundo culto español viva controversia sobre la condición del indio y los derechos de los europeos respecto de América. Un dominico sobresaliente; catedrático de las más importantes Universidades de ese tiempo, Fray Francisco de Vitoria, sostiene que todos los hombres son libres y naturalmente iguales.

Llamado a mediar en la referida controversia, otro dominico, Fray Domingo de Soto, teólogo da la corte de Carlos V y uno de los orientadores del Concilio de Trento, se pronunció categórico en pro de los postulados del P. Las Casas. Sostenía Soto que “Por derecho natural la potestad soberana, cuyo origen viene de Dios, pertenece a la Comunidad”

El jurisconsulto Martin de Azpilcueta, catedrático de Salamanca y de Coimbra, conocido como “el doctor navarro”, sostenía en la misma época que “el reino no es del Rey; sino de la comunidad y el misma poder real es por derecho natural de la comunidad y no del Rey; y por tanto no puede la comunidad absolutamente abdicar este poder”. Años, más tarde, en dictamen dirigido a Felipe II, le decía “que sin grave culpa no podría el Rey despreciar la salud del reino”.
Otro jurista, Diego de Covarrubias, discípulo de Azpilcueta, basaba los derechos personales en la ley natural.

A comienzos del siglo XVII, dos pensadores de la Compañía de Jesús, Francisco Suárez y Juan de Mariana, aportaron nuevos argumentos a esta corriente de ideas que es conocida con el nombre de “populismo”. El P. Suárez enuncia el principio del pacto social como base del Estado, y señala límites al poder del Rey, tales como “las normas de prudencia y justicia que vedan imponer obligaciones no exigidas por el bien común. El P. Mariana sostenía la licitud de la rebelión contra el príncipe tiránico y aun la del regicidio.

Estas ideas ‘populistas” en alguna medida influyeron en la legislación de Indias, en especial en las Leyes de Burgos, de 1512 y 13, y en las llamas “Leyes Nuevas” de 1542 y 43, pero sin afectar la esencia ni las características más salientes de la monarquía absoluta, que siempre hizo sentir todo el peso de su poder en su Imperio.

Comparando las manifestaciones que hemos reproducido de Avalos, Antequera y Mompó, y los principios políticos definidos por los paraguayos en las luchas comuneras con las opiniones de tan eminentes teólogos y juristas, debemos admitir su identidad esencial y, por ende, la influencia directa o indirecta de éstos sobre aquéllos.

LOS ULTÍMOS COMUNEROS
En 1747, doce años después de la última entrada de Zabala y en las postrimerías del gobierno de D. Rafael de Moneda, se producen el último brote de inquietud comunera.

Impulsados por el P. Juan José de Vargas Machuca sacerdote criollo y hermano, de aquel mercedario que defendiera la causa comunera, el maestre de campo Bernardino Martínez, Miguel de Aranda, José de la Peña “el tuerto’ y otros antiguos luchadores del último período comunero, se conjuran contra el Gobernador. Delatado el complot por un Juan de Gadea, los comprometidos son condenados a la horca y ejecutados en tanto que el P. Vargas Machuca a de morir desterrado de su patria, tras largos años de cautiverio en un castillo de Galicia.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

CAUDILLOS E IDEOLOGOS COMUNEROS.

El pueblo paraguaya es el gran actor de la epopeya comunera. Pero de este pueblo se destacaron ciertos varones singulares, que asumieron la dirección y orientación de la conducta social. Recordaremos a algunos, de notable actuación en el período que corre de 1720 a 1735, el más interesante del largo proceso comunero.

José de Antequera y Castro, nacido en la ciudad de Panamá el 1° de enero de 1689 y bautizado en su Catedral quince días más tarde, era hijo del Lic. José de Antequera y Enríquez, natural de Alcalá de Henares y magistrado sucesivamente de las Audiencias de Panamá, Charcas y Lima, y de doña Juana Maria de Castro, nacida en Bélgica, entonces dominio español, pero de familia leonesa. Cursó estudios y se doctoró en Cánones en la Universidad de Charcas, en los estrados de cuya Audiencia fue abogado desde la edad de veintitrés años, para alcanzar más tarde la dignidad de Fiscal y Protector de Naturales de la misma. Era caballero de la orden de Alcántara y había obtenido también un beneficio en la catedral de Cochabamba. Tenía poco más de treinta año cunado vino al Paraguay por juez pesquisidor.
Puso su ilustración y su conocimiento del mundo al servicio de la justa causa paraguaya. En sus cartas polémicas con el Obispo Palos, escritas en la prisión desarrolló su ideología basada en el pensamiento de los juristas y teólogos españoles de los siglos XVI y XVII. Dio consistencia doctrinaria a inquietudes que desde mucho tiempo antes flotaban en el ambiente paraguayo. Fue consecuente hasta morir.

José de Avalos y Mendoza (1672 - 1722), criollo paraguayo de ilustre ascendencia, de gran versación jurídica de notables servicios en la guerra con el indio, era hijo del general Francisco de Avalos y Mendoza y de doña Ignacia Díaz de Ovalle, y descendía de Gonzalo de Mendoza y de Domingo Martínez de Irala.
Ya en 1705, había sostenido la teoría de la supremacía del interés general sobre el meramente fiscal o estatal. Conservó su dignidad en el infortunio. Acompañó a Antequera y le proporcionó el necesario apoyo popular. Su muerte prematura privó a los paraguayos de un conductor de temple y de lúcida inteligencia.

Fernando de Mompó o Mompós, de antecedentes poco conocidos, tal vez panameño o valenciano, era aventurero y altruista. Abrazó por puro espíritu de justicia la causa paraguaya. Recogió las ideas de Antequera y de Avalos y Mendoza y las llevó a sus últimos extremos en la célebre fórmula de que “la voluntad del Común es superior a la del propio Rey”. De reconocida ilustración en materia de leyes, asesoró a los comuneros en los últimos años del gobierno de Barúa y en los meses inmediatos al alzamiento contra Soroeta.

José de Urrúnaga, Antonio Ruiz de Arellano, Francisco de Rojas Aranda y Juan de Mena Ortiz de Velazco desde el Cabildo sostuvieron la lucha comunera, resistieron la persecución y el último de ellos padeció suplicio.

Fray Miguel de Vargas Machuca, criollo paraguayo, mercedario, defendió desde el púlpito la licitud de las aspiraciones comuneras y en un “Manifiesto” les dio fundamento ideológico. Se basó en la realidad paraguaya y en las corrientes populistas y suarecianas, de entraña española. Murió exiliado, en el convento de su orden en Corrientes.

José Dávalos y Peralta, natural de Asunción y de linaje de conquistadores, siguió estudios superiores en la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima, hasta doctorarse en Medicina y en ella fue catedrático. De regreso en la patria, puso su talento al servicio de la causa comunera y Antequera se valió de él para comisiones de la mayor confianza. Parece haber viajado con éste a La Plata, pues dice Báez que en 1729 acompañó a Mompó en su venida al Paraguay. Falleció en Ajos ese mismo año.

Sebastián Fernández Montiel (1673-1753), también criollo, hijo de un Gobernador y nieto de otro, descendía de Domingo Martínez de Irala y de otros grandes capitanes del siglo XVI. Era el militar más sobresaliente de su tiempo. Desde 1705, militó en el bando comunero y organizó el ejército de Antequera en 1724. Durante medio siglo, combatió con los indios del Chaco y patrulló la siempre expuesta frontera con los dominios portugueses. Como otros viejos comuneros, en 1733 acompañó a Ruyloba y se negó a desampararlo en la hora de la derrota. Sus hermanos, Miguel, Alcalde Ordinario en l727; y Antonio, que lo había sido en 1726, también prestarán su decidido apoyo a la Revolución. Nueve varones de su estirpe tomaron asiento en el Congreso Nacional de junio de 1811.

Fernando Curtido, Miguel de Garay y Cristóbal Domínguez de Ovelar, comuneros de distinguida actuación en la segunda etapa de la lucha, asumieron la responsabilidad del gobierno sin temor a las represalias.

Ramón de la Llanas, que había venido de España como carpintero de un navío y adquirido relieve en el Paraguay, era temerario y a veces cruel. Puso su valentía al servicio del pueblo. Encabezó el ataque en el paso del Tebicuary, en 1724, y el año siguiente Antequera le confió el gobierno, al viajar él para presentarse a la Audiencia de Charcas. Fue uno de los promotores de la resistencia contra Soroeta en 1730, y sobrevivió muy pocos meses a esta última proeza. Su esposa, doña Lorenza de Mena, la hija de Juan de Mena, al saber la muerte de su padre, abandonó el luto de su reciente viudez y “se vistió de gala, para dar a conocer que su- aflicción se había perdido en el regocijo que le causaba una víctima tan gloriosa a la patria”, gesto que indica la identificación de la mujer paraguaya con las luchas de su pueblo en todos los tiempos.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

EL CABILDO COMUNERO DE ASUNCION.

En todo el acaecer comunero, el Cabildo de Asunción ha jugado un rol estelar. Dio su respaldo decidido a Fray Bernardino de Cárdenas en 1648 y sus integrantes afrontaron las consecuencias de esta actitud. Le tocó oponerse a Corvalán en 1675 y a Mendiola veinte años más tarde, y en acuerdo capitula se resolvió, en enero de 1705, la deposición de Escobar y Gutiérrez.

Su más firme apoyo lo encontró Antequera en el Cabildo de Asunción, el cual también prestó oídos a la prédica de Mompó. Aunque en este caso bajo la evidente presión del pueblo en armas, correspondió a la corporación municipal vetar las pretensiones de Soroeta sobre el gobierno. Por último, a través de la acción de sus sucesivos Alcaldes Ordinarios de 1er. Voto tuvo a su cargo la responsabilidad directa del gobierno desde 1730 hasta 1733.

Dos circunstancias se han sumado en este largo período para fortalecerla autoridad que usará en pro de las aspiraciones colectivas: el ejercicio del gobierno de la provincia por la corporación en pleno, lo que acontece en 1626, 1632,1649 y 1675; y el carácter vitalicio de las funciones de Regidor, desde 1656, que da al Cabildo cohesión y confianza en sus propias fuerzas.

En todos estos actos capitales que hemos reseñado, fue el Cabildo el protagonista, primero de la historia. De toda justicia resulta, pues, exaltar su trascendencia.

LA DERROTA COMUNERA DE 1735.

La noticia de la muerte de Ruyloba, magnificada por los enemigos que la causa comunera ha adquirido en quince años de batallar, mueve al Marqués de Castelfuerte a disponer medidas extremas. Una vez, más Bruno Mauricio de Zabala, que de mariscal de campo ha sido promovido a teniente general de los reales ejércitos, recibe la orden de venir personalmente a someter y escarmentar a la provincia insumisa. Con una escolta de dragones del presidio de Buenos Aires y nutrida leva de indios misioneros, Zabala asienta su cuartel general en la estancia jesuítica de San Miguel, dos leguas al Sur del paso del Tebicuary.

En el campo comunero cunde el desconcierto. La autoridad de Domínguez de Ovelar es desacatada de continuo por los grupos armados. Los más caracterizados jefes comuneros consideran insostenible la situación. El fervor popular ha degenerado en anarquía en los últimos meses. Todo ello agota el espíritu combativo y anula las posibilidades de resistencia. A San Miguel concurren a prestar obediencia numerosos comuneros, inclusive los más directamente comprometidos en la muerte de Ruyloba o en otros sucesos.

Precedido de una fuerza de caballería que comanda el capitán Martín José de Echauri, Zabala traspone el Tebicuary. En Tavapy, un puñado de comuneros iza la bandera de la resistencia y la pone en manos de Francisco Méndez de Carvajal, pero toda oposición resulta impracticable y no llega a librarse combate.

Domínguez de Ovelar se ha retirado a su estancia.
Zabala, con el camino así allanado, puede llegar a Asunción sin recurrir a la violencia.
Sin embargo, el Zabala da 1735 se muestra mucho más severo que el de diez años antes. Dicta una sentencia declarando que la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537 ya no está en vigencia y que su uso ha sido ilícito, pues no se halla asentada en la Recopilación de 1680. Se disponen y se ejecutan penas de muerte, prisiones y destierros a lejanas provincias. Se suspende y destituye a funcionarios militares y del Cabildo. Los enemigos del “Común” recuperan los bienes y honores de lo que habían sido desposeídos.

El Rey, por su parte, escinde del Paraguay todas las reducciones jesuíticas, a pedido del P. Gerónimo Herrán, Provincial de dicha orden.

Pese al rigor usado, no alcanza éste los extremos que cabía temer. Es posible atribuir esta limitación, esta relativa benignidad, al tino político de Zabala, que ha de morir en 1736 en el viaja de regreso a Buenos Aires, tras dejar en el gobierno del Paraguay al ya mencionado Martín José de Echauri, que lo desempeña hasta 1740.

La derrota del “Común” representa el aplastamiento de una justa causa paraguaya y el final de la influencia decisiva de la clase directiva criolla que tanto había contribuido a la formación de la conciencia nacional.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

LA GRAN REVOLUCION COMUNERA - EL “COMÚN” EN ARMAS.

Desde 1717, ejercía el gobierno del Paraguay el andaluz Diego de los Rayes Valmaseda, mercader y patrón de barcas, avecindado en el país. Reyes aprovechó el poder para, ejercitar venganza contra aquellos criollos y vecinos con los cuales mediaban antiguas ofensas. De esta manera, sometió a prisión rigurosa y a un proceso amañado al general José de Avalos y Mendoza, antes recordado, ex-gobernador interino. Regidor Decano del Cabildo y uno de los criollos más ilustrados de ese tiempo. La persecución se extendió al regidor José de Urrúnaga y al yerno de Avalos Antonio Ruiz de Arellano impidiéndoseles a todos recurrir a la Audiencia de’ Charcas en procura de justicia. Lograron, sin embargo, comunicarse con ese tribunal y promovieron acusación contra el abusivo Gobernador, con un extenso capítulo de cargos.

La Audiencia comisiono a su Fiscal, el Dr. José de Antequera y Castro, en carácter de juez inquisidor, con amplias facultades y con un pliegue cerrado en el que se le encomendaba el gobierno del Paraguay para cuando Reyes cesara en el ejercicio del mismo.
En julio de 1721, Antequera se constituyó en Asunción, inició las actuaciones procesales, interrogó a testigos de ambas partes, comprobó la culpabilidad de Reyes Valmaseda, y lo suspendió del mando, y dejando en libertad a todos los por él perseguidos, y en virtud de lo dispuesto, por la Audiencia, se hizo cargo del gobierno.

Reyes logró huir a Buenos Aires y desde allí inició gestiones ante el Virrey del Perú para recuperar el mando. Contaba con la poderosa influencia de los jesuitas a su favor, pues era cuñado del Superior de las Reducciones del Paraguay, P. Pablo Benítez. Logró del Virrey Fray Diego Morcillo de Auñón, Arzobispo de Lima, su confirmación, en el poder hizo intimar el cumplimiento de dicha orden a Antequera y a los capitulares y jefes de milicias del Paraguay. Pueblo, Cabildo y Gobierno acordaron resistir a Reyes y pedir la reconsideración del mandamiento virreinal.

Entre tanto, un grupo de audaces comuneros encabezada por Ramón de las Llanas, secuestró a Reyes en la ciudad de Corrientes y la restituyó a la cárcel de Asunción, cuando ya aprestaba recursos para traer un ejército de indios a la conquista del Paraguay.
Así las cosas, un nuevo Virrey, José de Armendáriz; Marqués de Castelfuerte contra el parecer de la Audiencia de Charcas y contra disposiciones anteriores, insistió en someter a Antequera y a los paraguayos y comisioné al coronel Baltasar García Ros, ex-gobernador del Paraguay, para llevar a ejecución ese propósito, debiendo el mismo reponer a Reyes en un gobierno cuyo término normal de cinco años ya había vencido. Corría entonces el año 1723.

García Ros escribió a algunos amigos que conservaba en la provincia y vino con sus intimaciones. Reunidos en Cabildo Abierto, los vecinos de Asunción, con Antequera, el Cabildo y los mandos militares, resolvieron desobedecer la orden del Virrey y recurrir de ella. Vista la derivación de los hechos, el comisionado desistió de su empeño y regresó a Buenos Aires, para de allí dar cuenta a su mandante del poco éxito de sus gestiones.

Insistió el Virrey y ordenó al Gobernador del Rió de la Plata, mariscal de campo Bruno Mauricio de Zabala, que presa García Ros toda la ayuda material necesaria para la consecución de sus fines. De este modo, a mediados de 1724, este último se presentaba en Corrientes y desde allí organiza una expedición militar integrada por varios, miles de indios de las reducciones puestos a su disposición, y con ellos avanzó hacia Tebicuary.

Avisado por el sargento mayor Miguel Fernández Montiel, de guardia en el paso de dicho río Antequera convocó a nuevo Cabildo Abierto y allí se acordó resistir con las armas al ejército virreinal. Aunque basada en argumentación jurídica y apoyada en nobles y justos principios constituía ésta una actitud francamente revolucionaria, una clara y, neta rebelión contra los representantes de la monarquía española.

Asistido por Sebastián Fernández Montiel, Ramón d las Llanas y otros recios veteranos, Antequera organizó sus reducidas milicias y marchó al encuentre de la indiada de García Ros. En Asunción quedaban con el mando político el Dr. José Davalos y Peralta y con el mando militar Sebastián Ruiz de Arellano, en tanto que el Alguacil Mayor de la ciudad, Juan de Mena Ortiz de Velazco, daba cumplimiento a la orden de expulsión de los religiosos del Colegio de la Compañía de Jesús, dictada poco antes, de la partida del Gobernador con ánimo de despejar la retaguardia de elementos favorables al adversario.

El 25 de agostó de1724 se libró la batalla. Bajo el mando superior de Antequera, Montiel condujo el grueso de las fuerzas, en tanto que Llanas capitaneaba la impetuosa vanguardia. El ejército de García Ros fue desbaratado, su campamento del paso del Tebicuary capturado con su equipaje y documentación, trescientos indios misioneros perdieron la vida en el encuentro, dos sacerdotes jesuitas fueron hechos prisioneros y la hueste comunera se internó en las reducciones hasta San Miguel.

Mas, esta victoria comunera, que afirmaba la rebelión paraguaya, excitó las iras del Virrey y ganó partidarios para las gestiones de los poderosos protectores de Reyes en los medios influyentes de Lima y Madrid.

El ya mencionado Zabala, con tropas de línea de la guarnición de Buenos Aires aprestó una nueva expedición.
Antequera, enterado de todo esto, consideró que habla llegado el momento de comparecer ante la audiencia de Charcas, su comitente a justificar en sus estrados la causa, comunera y a impetrar su protección. Le acompañaban Juan de Mena, el antes mencionado Alguacil Mayor, y el capitán Diego de Yegros, Procurador General de la ciudad; que llevaban la representación del Cabildo, Sebastián Fernández Montiel, Maestre de Campo General y apoderado de la oficialidad de las milicias provinciales, Alonso González de Guzmán y otros connotados comuneros. De Córdoba pasaron a La Plata, sede de la citada Audiencia, y allí fueron apresados, Antequera, Mena y otros tres de la comitiva en tanto que sus compañeros debían ocultarse. Los dos primero fueron trasladados a la Cárcel de Corte de Lima y sometidos a proceso por orden del Virrey Castelfuerte. Las diligencias duraron cinco años y e1 expediente, alcanzó a tener varias miles de fojas.

Antequera ejerció personalmente su defensa mas finalmente ambos (Antequera y Mena) resultaron condenados a la pena capital. Fijada la ejecución para el 5 de junio de 1731, el pueblo de Lima, alentado por los franciscanos, promovió un tumulto y los guardias, temeroso de que Antequera lograra liberarse, le dieron muerte a tiros, en tanto que Mena perecía en el patíbulo.

Mientras se desarrollaban estos hechos, Zabala había avanzado sobre Asunción. No se le opuso resistencia alguna y él con mira de apaciguar los ánimos, entró en la ciudad con muy reducida escolta, la temida irrupción de un ejército de indios quedó así conjurada. Ramón de las Llanas, Teniente de Antequera le entregó pacíficamente el mando y Zabala comenzó a tomar diversas disposiciones de gobierno. Se ordenó la restitución de los jesuitas a su Colegio. A Reyes Valmaseda se lo puso en libertad, pero se le señaló la conveniencia de salir del Paraguay como contribución a la paz pública. Los que habían acompañado a Charcas a Antequera fueron procesados, así como también otros cabecillas comuneros, pero sin extremar las medidas de rigor. Se suspendió en sus funciones a algunos dignatarios del Cabildo y se devolvió sus plazas a los que habían sido privados de ellas por Antequera.

Pocos meses duró la gestión de Zabala en el Paraguay, cuyo gobierno confió al retirarse, en virtud de atribuciones conferídasle por el Virrey, a Martín de Barúa, que había sido autoridad en Santa Fe. Hombre de paz, éste preconizó una política de recuperación fundada en el olvido de los pasados rencores y en la indulgencia. Merced a ella los principales conductores comuneros pudieron reincorporase a la vida provincial.

Para la, averiguación y esclarecimiento de los hechos ocurridos en todo este agitado período, fue comisionado con rango de Visitador el General Matías de Angel y Gortari que, como resultado de sus investigaciones y pesquisas produjo un informe altamente favorable a la causa comunera.

Gran trascendencia tuvieron los hechos de este quinquenio. En pro de su ideal de justicia, dispuestos a repeler toda tentativa de establecimiento de un gobernante que se había tornado insoportable y celoso ellos de sus derechos, los paraguayos rechazaron por tres veces los intentos virreinales, encarcelaron y sometieron a juicio al gobernador arbitrario, se reunieron en Cabildo Abierto y deliberaron libremente sobre la política a seguir; y por último opusieron resistencia armada a un ejército que innegablemente sin lugar a la menor duda, investía la representación del Rey. Son éstas las líneas fundamentales de la acción comunera en el período que historiamos.
José de Antequera y Castro fue el adalid, pero junto a él militaron decididos José de Avalós y Mendoza, José de Urrunaga, Sebastián y Miguel Fernández Montiel, Ramón de las Llanas, Juan de Mena, Francisco de Rojas Aranda, José Dávalos y Peralta y decenas de otros naturales y vecinos del Paraguay.

EL “COMÚN” EN ARMAS.
Presidió Barúa cinco años de paz y recuperación. Pero las fuerzas que se habían manifestado en el periodo anterior se mantenían latentes, vivas en la conciencia popular. Quedó ello claramente demostrado cuando, en diciembre de 1730, se anunció la inminente llegada de un nuevo gobernador, Ignacio de Soroeta, señalado como adicto a los jesuitas y al bando que antes respondiera a Reyes Balmaceda. En pocas horas, Sebastián Fernández Montiel y Ramón de las Llanas lograron reunir una multitud de trescientos hombres armados que expresaron su disconformidad con la proyectada transmisión de poder.

Vista la negativa de Barúa de continuar en el mando de manera revolucionaria, los comuneros resuelven, aplicar la correspondiente ley de la Recopilación, es así como se acuerda confiar gobierno al Alcalde Ordinario de 1er Voto cargo que desempeña Fernando Curtido; al vencimiento de cuyo mandato, el 1ro de enero inmediato los sucede José Luís Bareiro, que no se llamaba Barreiro como generalmente dicen los autores, ni fue “presidente de la Provincia”, aunque este tratamiento alguno quizá se lo haya dado, llevado de circunstancial euforia.

En los últimos tiempos de Barúa había llegado a la ciudad Fernando de Mompó o Mompós, antiguo compañero de prisión de Antequera en Lima el que le había transmitido su fe en la causa comunera. Fugado de la cárcel se constituyó en consejero y asesor de los revolucionarios paraguayos. En los agitados días del rechazo de Soroeta, Mompó predicaba que “La voluntad del Común es superior al del propio Rey”, desarrollando y llevando a sus últimos extremos ideas antes enunciadas por Avalos y Mendoza y por Antequera.

Bareiro no corresponde a la confianza depositada en él por los comuneros: con engaños, prende a Mompó y lo entrega a las autoridades de Buenos Aires; mas éste logra fugarse cuando es conducido al Perú y ha de morir más tarde en los dominios portugueses. Antonio de la Sota, otro comunero, también sufre prisión por esos días. El pueblo reacciona con- gran indignación y Bareiro debe buscar refugio en lugar sagrado, siendo sustituido en el mando por el Alférez Real Miguel de Garay, su reemplazante legal en las funciones de Alcalde Ordinario de 1er. Voto.
Hasta 1733, el poder sigue a cargo de los referidos funcionarios municipales, que lo son sucesivamente Antonio Ruiz de Arellano y Cristóbal. Domínguez de Ovelar.

Son tiempos, éstos, de gran agitación. La noticia de la ejecución de Antequera y Mena conmueve el pueblo o “Común” y la multitud extraña una vez más de su colegio a los jesuitas. Partidas armadas de comuneros recorren la campaña y velan por la pureza de los procedimientos de los Alcaldes Gobernadores. Es el pueblo el pueblo llano, la “gente rei”, cifra nueva en la política paraguaya el que toma a su carga la conducción de sus asuntos Algunos comuneros de la vieja, guardia, veteranos de las luchas de la década anterior, consideran inconvenientes estos excesos tal es el caso de Montiel y el de Ruiz de Arellano, cuyos respectivos méritos resultan indiscutibles.

En 1733 y con nombramiento del mismo Virrey Castelfuerte, es recibido un nuevo Gobernador, el coronel Manuel Agustín Calderón de Ruyloba. El ambiente se mantiene tenso y es grande la expectativa ante los primeros actos del nuevo jefe

Ruylob excita la suspicacia y los temores de los comuneros con algunas manifestaciones impolíticas. El “Común” en armas se junta en el valle de Pirayü, con ánimo aparente de marchar sobre la capital. Le sale al encuentro el Gobernador con una fuerza equivalente. Dos columnas de trescientos hombres cada una se acercan recíprocamente para combatirse. En el campo de Guayaivity, al sur de la capilla de Ganoso, se avistan al caer la tarde el 14 de septiembre de 1733. Esa noche, la mayor parte de las tropas venidas de Asunción se pasa al bando popular. Al día siguiente, acompañado salo un puñado de altos oficiales que han considerado deshonroso abandonarlo en un medio que le resulta desconocido y hostil, el Gobernador es muerto en breve escaramuza.

¡Nunca se había llegado al extremo de dar muerte a un Gobernador que representaba al Rey!
Hasta los más exaltados comprenden que las represalias han de ser terribles y allí, sobre el mismo campo de batalla, invocan una vez más la Provisión de 1537 y aclaman por Gobernador al Obispo e1ecto de Buenos Aires, Fray Juan de Arregui, un valeroso franciscano octogenario, que ha defendido desde él pulpito la justicia da la causa comunera.

Arregui ejerce el mando unos cortos e inquietos meses, con título de “Justicia Mayor, Gobernador y Capitán General..., electo por el pueblo de esta capital”, en tanto que las partidas comuneras recorren los valles y pagos y se aprestan a la defensa. Finalmente, resuelve retornar a su diócesis, de la que aún no ha tomado posesión, y deja en el gobierno del Paraguay, como Teniente suyo, al ya recordado Cristóbal Domínguez de Ovelar que de esta manera ha de ser el último jefe de los comuneros.

La clara y decidida intervención del pueblo o “Común” en la resolución del destino social es la nota resaltante de este convulso periodo. Además, la actitud es más francamente revolucionaria: hay oposición armada a Soroeta y a Ruyloba, y el gobierno, por espacio de cinco años, pasa de un comunero a otro, aun cuando por lo general se llene la formalidad de la elección del mismo como Alcalde Ordinario de 1er. Voto.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

ETAPAS DEL MOVIMIENTO COMUNERO EN PARAGUAY

Desde 1621 aproximadamente, consumada ya la división de la “Provincia Gigante de Indias”, se desarrolla la vida propiamente colonial del Paraguay. Aislado en gran medida de los demás territorios españoles, con su aislamiento acentuado por el cierre del puerto de Buenos Aires a la navegación a la navegación oceánica y por la numerosas trabas opuestas al intercambio interprovincial, acechado por tos infieles del Chaco y por los mamelucos; de San Pablo, debe fiarse de sus solos recursos para sus solos recursos para sobrevivir. Es de admirar que, en medio de tantas dificultades, halle los medios de salvar la Cuenca del Plata para la civilización española y de constituirse en bastión inexpugnable frente a la expansión portuguesa.

A partir de eso años y en forma gradual y sostenida, va creciendo la importancia social y política del Cabildo de Asunción. Se convierte él en centro de acción de la clase directiva colonial integrada por los criollos y los mestizos asimilados de mayor influencia, y en vocero de toda la población de la provincia. Acentúa su gravitación el ejercicio interino del gobierno por u corporación en pleno, hecho que se produce más de una vez en el transcurso de la centuria.

Una medida de excepción; la Real Provisión expedida en Valladolid el 12 de septiembre de 1537, habla arbitrado un procedimiento en verdad inusitado en el imperio español para cubrir las vacancias que se produjeran en el mando superior del Paraguay y Río de la Plata. En efecto, en caso de no haber dejado Don Pedro de Mendoza sustituto legal, o habiendo fallecido éste sin haberlo hecho a su vez, se autorizaba a los conquistadores presentes en el territorio a elegirlo en tanto la corona proveyera lo más conveniente.

Dicha disposición conservó innegablemente la fuerza legal mientras rigieron en el Paraguay y Río de la Plata las capitulaciones de Don Pedro da Mendoza, Mas en lo referente al periodo posterior a la sustitución de éstas por otras, concedida a Don Juan Ortiz de Zárate, el problema de la vigencia de la citada norma excepcional se presta a discusión. Si queremos fijar su caducidad en una fecha determinada, podemos tomar para el efecto el 11 de diciembre de 1568, cuando Felipe de Cáceres, en nombre de Ortiz de Zárate,.recibe el gobierno de manos de Juan de Ortega que lo había ejercido hasta entonces como teniente del gobernador Francisco Ortiz de Vergara, elegido ésta precisamente por aplicación de la Cédula de 1537 que estamos comentando.

Conviene anotar que la corona, en l560 y para Venezuela, había dispuesto un sistema de sustitución de Gobernador que adquiriría vigencia general-al ser recogido en la Ley XII, del Título III, del Libro V de la Recopilación de. 1680, que dice: “Declaramos y mandamos que si fallecieren los Gobernadores durante el tiempo de su oficio, gobiernen los Tenientes que hubieren nombrado, y por ausencia o falta de los Tenientes, los Alcaldes. Ordinarios; entretanto que Nos, o los Virreyes o personas que tuvieren facultad provean quien sirva, y si no hubiere Alcaldes Ordinarios, los elija el Cabildo para el efecto referido”.

La Real Provisión de 1537 se aplicó todavía a fines del siglo XVI y dio lugar al gobierno de Hernandarias de Saavedra de 1598, en la convicción de que se procedía dentro de lo dispuesto por la legislación vigente. Más, cuando a partir de 1621 se invoca dicha disposición, cosa que ocurre solamente dos veces en todo un siglo, ello se hace de manen claramente revolucionaria, como un recurso para explicar o justificar hechos que- salen de la rutina política colonial.

Por otra parte y es preciso señalarlo, por su vinculación con las pugnas que caracterizan toda la acción comunera, hay frecuentes motivos, de fricción entre él vecindario y los religiosos de la Compañía de Jesús, pese a la proficua labor cultural que esto desarrollan en- la provincia Entre sus causas; podemos recordar la tenencia de armas de fuego por los indios de la reducciones, para defenderse de las “malocas” paulistas, situación muy resistida por los criollos del Paraguay quena quieren hallar diferencias sensibles entre estos indígenas y los siempre indómitos y agresivos infieles del Chaco así como también la exención de las cargas de la encomienda, establecida a favor de los guaraníes misioneros, la competencia económica representada por el hecho de que las reducciones son también productoras y exportadoras de yerba-mate en gran escala y diversos conflictos suscitados entre los jesuitas y los prelados de la diócesis.

En 1649, llega a su culminación uno de los procesos más interesantes de la época colonial. El Obispo de Asunción franciscano Fray Bernardino de Cárdenas, es electo Gobernador del Paraguay, por aclamación popular e invocándose la Real Provisión de 1537, entonces ya derogada o al menos en desuso Cárdenas, que años antes había tenida, un grave conflicto con loa jesuitas y con el gobernador Gregorio de Hinestrosa, como resultado del cual fuera expulsada-par- un tiempo de- su sede episcopal, ahora en uso del poder procede contra los primeros y los destierra a su vez de la ciudad. La Audiencia de Charcas y el Virrey del Perú, ante quiénes se ventila la cuestión acuerdan que el ejercicio del mando por el referido prelado es ilegítimo y le conminan a someterse. Dichas autoridades superiores comisionan al maestre de campo Sebastián de León y Zárate para pacificar la provincia. Cabildo y pueblo respaldan a su Obispo Gobernador, se lanzan proclamas circulan coplas que aumentan el general entusiasmo y se prepara la defensa. Con la ayuda de un ejército de indios misioneros, León y Zárate logra someter a los paraguayos por la fuerza de- las armas, tras librar sangrienta refriega. Derrotados los comuneros, Cárdena es alejado definitivamente de su Diócesis y se dictan sentencias contra sus principales colaboradores, entre quienes figura el general Diego de Yegros, fundador de tan ilustre linaje en el país.

Los acontecimientos de 1649 revisten sumo interés dentro del proceso comunero del Paraguay, por dos motivos de importancia por el uso revolucionario que se ha de la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537 y por la resistencia armada que se ha puesto al poder virreinal. Es el más definidamente subversivo de los movimientos del siglo XVII.

En 1675, ejercía el gobierno el sargento mayor Felipe Rexe Corvalán, funcionario de actuación insatisfactoria para los líderes criollos. Uno de los Alcaldes Ordinarios lo acusó ante la Audiencia de Charcas y ésta comisionó por juez pesquisidor a Juan Arias de Saavedra, teniente de Corrientes. Este, puesto de acuerdo con los capitulares, suspendió al Gobernador en sus funciones, lo remitió preso al asiento de la Audiencia y confió el mando político y militar al Cabildo de Asunción. Dicha corporación se negó a reconocer a un Teniente designado por Corvalán y conservó el poder por espacio de un año. Durante el lapso de su interinato le correspondió rechazar la última y más grande de las incursiones de los “bandeirantes’ de San Pablo; que en febrero de 1676 despoblaron la Villa Rica de Espíritu Santo y cautivaron a los indios d las reducciones circunvecinas. La asunción del mando superior por el Cabildo, no prevista en la legislación de la época, y el rechazo de un Teniente debidamente nombrado sitúa estos acontecimientos en el campo de la acción comunera.

Constituye éste uno de los más serios choques entre Gobernador y Cabildo y contribuye a incrementar la influencia directiva del mencionado cuerpo municipal. Nuevamente aquí, lo paraguayos se alzan contra un gobernante que no satisface sus apetencias de libertad y buen gobierno, entendida libertad por respeto de los derechos que dentro del sistema político español les son reconocidos y buen gobierno, por aptitud para asegurar la supervivencia, del Paraguay y una llevadera convivencia social.

En la última década del siglo XVII, se produjo otro conflicto entre ambos árganos de autoridad, aunque resuelto éste sin salir del marco de las leyes: el gobernador Sebastian Félix de Mendiola fue acusado también por el Cabildo y remitido preso hasta. Buenos Aires. A su regreso, observó conducta más respetuosa y sosegada respecto del vecindario.

El último acontecimiento de los anteriores a la gran Revolución, Comunera del siglo XVIII fue la deposición del Gobernador Antonio de Escobar y Gutiérrez dispuesta en enero de 1705 por el mismo Cabildo de Asunción y ejecutada por el general José de Avalos y Mendoza y por el maestre del campo Sebastián Fernández Móntiel. El referido magistrado superior había mostrado en el ejercicio de su cargo, ineptitud para el mando, arbitrariedad en su proceder y nepotismo en la selección de sus colaboradores más inmediatos, todo lo cual resultaba chocante para la población. El Cabildo considerándolo incapacitado para el cumplimiento de sus funciones; instó a su Teniente, el citado Avalos, a asumir la suprema autoridad. Hubo despliegue de fuerzas de ambos bandos, resultó depuesto el Gobernador y de todo lo actuado se rindió pormenorizada cuenta al Virrey y a la Audiencia, que desaprobaron y condenaron la conducta de los criollos. Los protagonistas de este interesante suceso tuvieron todos destacada actuación en tiempos de Antequera.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

LOS COMUNEROS DEL PARAGUAY - ANTECEDENTES

Si se busca determinar los antecedentes de nuestra revolución comunera del siglo XVIII, de inmediato y por más conocidos saltan a la vista tres acontecimientos: la deposición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1544, la de Felipe de Cáceres en 1572 y la resistencia armada del Obispo Gobernador Fray Bernardino de Cárdenas, con el Cabildo de Asunción y pueblo todo, contra un ejército levantado en las reducciones jesuíticas por orden del Virrey.

Por causa de los hechos ocurridos nos dice Cecilio Báez la población se dividió en dos bandos o parcialidades políticas las cuales dieron origen, a las llamadas revoluciones comuneras, que duraron hasta mediados del siglo XVIII.

Aun así, no. podemos considerar las turbulencias entre conquistadores como parte necesaria del proceso comunero del Paraguay. En efecto, en el Perú, en el Darién, en Panamá en Cuba y hasta en la Española desde los primeros días de la presencia castellana en América; se produjeron situaciones similares. Gonzalo Pizarro, Balboa, Cortés e inclusive Roldán, en ‘su enfrentamiento con los hermanos Colón, fueron protagonistas de aventuras equivalentes a las da los pobladores de la Cuenca del Plata. No debe perderse de vista, sin embargo, señalado por Báez, o sea que en el Paraguay se produjeron hechos de similar naturaleza en las centurias posteriores.

Aceptando, o no la existencia de una vinculación causal directa, debemos señalar que en los objetivos esenciales hay gran similitud entre los alzamientos de los comuneros paraguayos de, los siglos XVII y XVIII y la causa de sus abuelos conquistadores, especialmente en los movimientos contra Cabeza de Vaca y contra Cáceres. Libertad y buen gobierno son los-fines últimos en todos estos casos.

No constituyó el siglo XVI una época tranquila: además de los hechos recordados, debe hacerse mención de la sostenida pugna de iralistas y alvaristas, con los trágicos episodios que sucesivamente tuvieron por centro las figuras de Francisco de Mendoza, Diego Abreu y Nufrio de Chávez, y la creciente inquietud de los conquistadores por la tardanza de Irala en repartir tierras y encomiendas de indios, a punto tal que dos de los más impacientes, Urrutia y; Camargo, fueron ejecutados por orden de aquel gobernador.

También sonde esa época las turbulencias del Guiara, con el enfrentamiento de Alonso Riquelme de Guzmán y Ruy Díaz Melgarejo, las alteraciones del corto gobierno de Ortiz de Zárate y muy especialmente la sublevación de los, mestizos de-Santa. Te, todavía no bien estudiada, primera, manifestación de la inquietud cívica y del temple, de los “mancebos de la tierra”

Otro antecedente, más remoto, mencionada con frecuencia en la historiografía paraguaya del último tercio del siglo puede hallarse en el alzamiento de las comunidades castellanas en 1520. Los comuneros de Castilla, con su defensa de tos fueros locales, sute un absolutismo, en crecimiento, y con su afirmación de lo nacional, frente a la corte cosmopolita de Carlos V, presentan notable similitud con la idiosincrasia de los paraguayos en su lucha secular. Díaz Pérez supone que muchos antiguos comuneros se habrán enrolado en la armada de Mendoza manteniendo viva la fe en sus ideales, y es de notar que Alvar Núñez Cabeza de Vaca había ganado el favor real, por su celo en la represión del referido movimiento popular en Andalucía. Pese a ello, aun reconociendo analogías, no puede admitirse sin otros argumentos una vinculación directa e indiscutible.

Dos testimonios, que hacen relación al pronunciamiento paraguayo de 1544, resultan altamente sugestivos; Luís de Miranda de Villafaña, en los primeros versos de su antes mencionado Romance, entronca la acción de los conquistadores en este acontecimiento con la lucha de los comuneros castellanos y precisamente “Comuneros” fue el nombre que los vencedores dieron a la embarcación, la primera construida en América que cruzó el Océano, destinada a conducir cautivo al. Adelantado.

Comienzo de aquel su vocación, cantando:
“Año de mil y quinientos
que de veinte se decía,
cunado fue la gran porfía
en Castilla,
sin quedar ciudad ni villa,
que a todos inficionó,
por los malos, digo yo,
comuneros,
que los buenos caballeros
quedaron tan señalados,
afinados y acendrados
como el oro.
Semejante al mal que lloro
cual fue la comunidad,
tuvimos otra en verdad
subsecuente:
en las partes del poniente
en el Río de la Plata”.

Puede atribuirse la relación establecida por el poeta a su deseo de indisponer a los iralistas con la corte: todo cuanto significara afinidad con los comuneros castellanos resultaba censurable entonces a; los ojos del Rey-Emperador y de sus consejeros. Más, siempre subsiste con todo su poder sugestivo el hecho de que, se haya bautizado con el desafiante nombre de “Comunero” a la primera nave que desde estas tierras ve enviaba a la Metrópoli.

BIBLIOGRAFIA.
  • Pedro Lezcano, “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay”.
  • José Manuel Estrada “Ensayo sobre los comuneros del Paraguay”.
  • Rafael Eladio Velázque “Breve Historia de la Cultura del Paraguay”

sábado, 13 de junio de 2009

EL ARTE JESUITICO (En el Paraguay)

Los jesuitas desarrollaron actividad artística encaminada a la erección y al ornato de sus templos, a la solemnidad y al brillo de las ceremonias religiosas y a amenizar las horas de trabajo y de descanso, y estimularon su cultivo por los indios. Hubo, así, entre ellos, arquitectos, canteros, escultores, imagineros, pintores y músicos, además de los grabadores, a dos de los cuales —Juan Yapan y Tomás Tilcara.

LA PINTURA Y LA ARQUITECTURA.
La mayor parte de los templos de origen jesuítico ha perecido por la acción del tiempo y por accidentes, y otros han sido gravemente despojados por coleccionistas y anticuarios del Río de la Plata. Sin embargo, subsiste lo necesario como para tener una idea aproximada de su magnitud e importancia artística, especialmente si se consideran además las descripciones de la época.
Dichos edificios eran generalmente construidos sobre estructuras de horcones de urundey, con paredes de adobe, vigas de lapacho tirantes de palmas y techumbre de tejas. A veces, en lugar de adobe, se usaba piedra sin mortero Al costado, solía haber un campanario montado sobre un armazón de postes y vigas descubiertos, que en su parte superior tenía….una plataforma techada. Puertas, y rejas, artesanados y retablos eran de madera labrada y tallada. Las iglesias de San Ignacio-Guazá y de Santa Maria, destruidas a fines del siglo XVIII y sustituidas en los primeros años del XIX por otras que también ya han desaparecido, y la Santa Rosa, consumida por un incendio en 1883, de la cual se conservan solamente un campanario de piedra y un baptisterio o capilla que ha sufrido reformas, constituían muestras del referido estilo. Lo mismo cabe decir de la de San Cosme y Damián, parte de la cual aún existe.
A mediados del sigo XVIII, los jesuitas acometieron la construcción de templos monumentales, cambiando los horcones y el adobe por recios muros de piedra labrada con pilastras, aberturas y hornacinas esculpidas. En 1767, al producirse su expulsión de los dominios españoles, dejaron inconclusos los de Jesús de Trinidad, que todavía hoy, pese a la acción de la naturaleza y a las depredaciones de los hombres, maravillan al viajero. De la gran iglesia que en ese momento tenían en obra en Asunción, no subsiste el menor rastro.
Los PP. Peragrassa. Ribera, Sepp y otros, y los hermanos Prímoli Brasanelli, Harls y decenas más, actuaran de arquitectos, maestros de obras, tallistas y cantero y formaran hábiles
El mismo P. Antonio Sepp y Luís Verger han dejado cuadros de motivo religioso que extraídos de los pueblos del Paraguay, se exhiben hoy en museos y colecciones del exterior. Hubo también pintores indígenas, formados por tales maestros, que se destacaron especialmente en la, talla en madera, produciendo imágenes policromadas de gran belleza y valor.
En San Ignacio se ha ordenado un modesto museo de tallas, y en Santa Rosa, hasta hace pocos años, era grande la riqueza en imágenes.

ARQUITECTURA E IMAGINERIA NO JESUIITICAS
En nuestro país, con frecuencia pretende verse arte jesuítico en todos los vestigios coloniales de valar estético. Ello constituye un manifiesto error, ya que mucho de lo referido debe atribuirse a los franciscanos o al clero secular y aun a artistas y, artesanos seglares, traídos a veces del exterior para su ejecución.
Las manifestaciones mejor conservadas de la arquitectura no jesuítica son los templos de Yaguarón y de Capiatá.
La magnífica iglesia de Yaguarón el más imponente y completo de los edificios coloniales que se mantiene en pié, fue construida entre 1755 y 1772, merced a la abnegación y al esfuerzo sostenido del Dr. Carlos Penayos de Castro, sacerdote paraguayo de notable ilustración y de esclarecida ascendencia, que ejerció dicho curato por espacio de casi cuarenta años. Constituye la más perfecta manifestación del arte barroco en el Paraguay. La imaginería y el retablo del altar mayor, notables por su belleza y nobles proporciones son obras de un tallista portugués. José de Sosa Cavadas, contratado en Buenos Aires para el efecto. Para algunos altares adosados a los muros de los costados, es posible que se hayan aprovechado elementos del templo anterior, que era de fines del siglo XVI o de comienzos del XVII. Según parece, los altares de las dos naves laterales fueron llevados, hacia 1850, a la entonces nueva iglesia parroquial de Santísima Trinidad, sin que dicha sustitución reste imponencia al conjunto. La sacristía también con un interesante artesonado de falsa bóveda y con pinturas de la época de su construcción es de gran valor artístico. No menos notable resulta el púlpito, ubicado en la nave principal. Igual concepto merece el presbiterio del altar mayor.
El templo de Capiatá, más pequeño y con su imaginería y tesoro bastante disminuidos, es de la misma época y de similar escuela. Se supone que el maestro Sosa Cavadas trabajó también aquí. La parte exterior del edilicio ha sido objeto de reformas, El retablo del altar mayor de la iglesia parroquial de Valenzuela, claramente barroco y del siglo XVIII, costeado por el P. Antonio Fernández de Valenzuela, acusa la influencia de Sosa Cavadas.
Reviste similar interés, pese a las censurables alteraciones introducidas en su crucero, la iglesia parroquial de Píribebuy.
Del arte franciscano, se conservó casi intacto hasta la última década el templo de Caazapá, y en el de Itá, que es del siglo XIX, se han utilizado el retablo, las imágenes, algunas alertas las rejas del edificio franciscano de 1698.
En otras iglesias campesinas, pueden percibirse vestigios coloniales en rejas, puertas talladas, fragmentos de retablos o imágenes, o como en el caso del templo de Ypané los tenían hasta hace pocos años.

LA MUSICA RELIGIOSA.
Desde 1609, cuando los PP. Masseta y Caraldino se internaron en las selvas del Guairá, los misioneros jesuitas tuvieron instrucciones de estimular el cultivo de la música y el canto por los indios, debiendo proporcionarles los instrumentos de más fácil fabricación. Afirmadas las reducciones, para mediados del siglo XVII cada pueblo tenía su coro y su banda, a los neófitos disponían de arpas, violines, flautas, chirimías y otros instrumentos de cuerdas, de viento y de percusión. Además de Europa partituras de música religiosa. Igualmente bajo la dirección de los religiosos, se dio impulso al canto y a la danza simbólica do figuras.
Maestros jesuitas y oficiales y aprendices indios fabricaron instrumentos similares a los europeos: no solamente arpas, liras y violines, sino que también órganos y clavicordios, para servicio del culto y para solaz en las horas de trabajo y de descanso.
Cuenta el P. Furlong, que al procederse a inventario de los bienes dejados por los jesuitas expulsados, en 1767 en un solo pueblo se anotaron cuatro arpas grandes, seis rabeles (violines), dos rabelones, una espineta, dos violas, dos bajones grandes, cuatro bajones menores, diez chirimías, un fagotillo, dos cornetas, cuatro flautas, cuatro clarines y un órgano, y en otro, tres arpas, cuatro bajones, dos violines, un fagot, dos liras, dos flautas, dos cornetas y cincuenta y tres partituras Boettner reproduce otra reseña de similar contenido. Aun cuando no se alcanzó tal existencia en todas las reducciones las listas antecedentes resultan muy ilustrativas.
El P. Juan Vaseo, belga, que había sido músico de la corte imperial, actuó en los primeros años de las reducciones como maestro de religiosos e indios. Otros jesuitas se sucedieron en la formación de coros y bandas, y hasta de compositores.
Así tenemos noticia de un Julián Atirau, indio, autor de un minueto para dúo.
Tanto en las reducciones jesuíticas, como en el resto del Paraguay, se usaban el peteke, el mimby (flauta indígena), el gualambau, la guitarra, al rabel, el arpa y otros instrumentos para música profana.
Fuera de las reducciones jesuíticas, tuvo también general difusión la música religiosa. El primer coro asunceño, anterior a la fundación de la diócesis, lo organizó en 1539 el sacerdote portugués Francisco de Andrada. Lo integraban el P. Juan de Coto, más tarde primer cura de la Villa Rica, los seglares Antonio Ramos y Antonio Romero y los portugueses Juan de Jara y Gregorio de Acosta, poeta y autor teatral este último, los cuales debían desempeñarse de músicos y cantores. Erigida la Catedral, el servicio del coro quedó a cargo de sus dignidades y canónigos, y el templo llegó a contar con un órgano.
En los conventos de las diversas órdenes, se organizaron sus correspondientes coros y conjuntos musicales.
En los pueblos de indios, los hubo igualmente, así como bandas regularmente provistas de instrumentos. Juan Francisco Aguirre, culto marino español que recorrió gran parte del país a fines del siglo XVIII, menciona a varios de esos conjuntos musicales, entre los cuales, en esa época, gozaba de especial celebridad el de Yaguarón. Músicos y cantores, además de participar de las solemnidades del culto, contribuirían al solaz de la población en los frecuentes festejos “patronales” y saraos que rompían la monotonía de la vida colonial Ya, entonces, la guitarra y el arpa formaban partes del menaje del campesino paraguayo.

LAS CRONICAS DE LA COMPAÑIA DE JESUS.

Anualmente y en cumplimiento de la -regla de su orden, los provinciales jesuitas daban detallada cuenta a su general de cuanto había acontecido en el territorio a su cargo. Estos informes, denominados ‘Cartas Anuas’, constituyen valiosa fuente histórica y sirvieron de base a los relatos de los cronistas de la Compañía. En’ 1927 y 1929 en dos voluminosos tomos, fueron publicados en, Buenos Aires las Cartas Anuas del Paraguay, de 1609 a 1637. Es lamentable que la edición no siguiera adelante y quedaran inéditos los informes correspondientes a ciento treinta años más.
La serie de los grandes cronistas jesuítico se inicia con el antes mencionado P. Antonio Ruiz de Montoya, autor de la “Conquista espiritual hecha por los religioso de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay. Paraná. Uruguay y Tape (Madrid, 1639)
El P. Nicolás del Techo (161 – 1678), francés vivió veintisiete años en las reducciones y en ellas murió luego de haber sido superior de las mismas. Es autor de una “Historia de la Provincia del Paraguay”, publicada en latín, en Lieja, en 1673, y reeditada por Blas Garay, en 1897, en traducción del erudito español Manuel Serrano y Sanz.
El P. Pedro Lozano (1697 – 1752), madrileño, vivió en el Río de la Plata desde 1717 y fue incansable en su prédica contra los comuneros del Paraguay. Es autor de una “Descripción coreográfica del Gran Chaco Gualamba” (1733), de una “Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay”. (1754), de una extensa “Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata Tucumán” publicada por Andrés Lamas en 1.873, y de una apasionada “Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay’. sustraída del Archivo Nacional por un soldado enemigo, después del a batalla de Piribebuy (1869), redescubierta en una librería de Leipzig en 1890 y publicada en dos volúmenes en 19.05, Lozano, ardiente y parcial, ha servido sin embargo de fuente principalísima a quienes hasta ahora, en el Paraguay y fuera de él, han escrito sobre la Revolución Comunera.
El P José Guevara (1719 – 1806), exilado en 1767, dejó una “Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán”, editada treinta años después de su muerte.
El José Sánchez Labrador (1717-1798), fundador del pueblo de Belén, es autor de “El Paraguay Católico (1770) y otros libros.
Entre los que escribieron sin haber estado en el Paraguay, merece recordación el P Pedro Francisco Javier de Charlevoix (1882 - 1781), francés, autor de una “Historia del Paraguay” (París 1758), de bastante extensión, que completó, con un tomo de idéntico título y relativo al periodo 1750 - 67 él P. Domingo Muriel, ultimo provincial del Paraguay, que lo era en el momento de la expulsión.
Estos sacerdotes fueron autores de otros escritos de interés histórico, memoriales. Alegatos y diversos informes, y también produjeron trabajos de importancia para el cocimiento de esa época los P. P. Cardiel, Peramás, Dobrizhoffer y varios otros.
Los cronistas de la Compañía de Jesús se basaban en las obras de sus antecesores y en las Cartas Anuas. Su información, auque siempre muy favorable a la orden, constituye fuente valiosa y útil, imprescindible, para el investigador dotado de espíritu critico.

LA IMPRENTA EN LAS MISIONES. (La primera imprenta en el Paraguay)

La primera imprenta que hubo en el Paraguay y en toda la Cuenca del Plata funcionó en las reducciones jesuíticas. La construyeron en 1700, con maderas duras del país, Los P.P. Juan Bautista Neumann, vienés, Segismundo Asperger, alemán, y José Serrano, andaluz. Estuvo ella sucesivamente instalada en los pueblos de Loreto, Santa María la Mayor y San Francisco Javier, en producción no interrumpida hasta 1767.
Numerosos libros, folletos, tablas astronómicas y láminas, se publicaron allí, tanto en latín y español, como en guaraní. La primera obra impresa fue el “Martirologio Romano’, del mencionado P. Neumann o vidas de los santos, en tres volúmenes, del P. Rivadeneyera, en traducción del P. Serrano Otra aducción de éste, aparece en 1705, fue “De la diferencia entre lo temporal y lo eterno”, del P. Nieremberg, con láminas grabadas por el indio Juan Yaparí, y numerosas otras publicaciones. Otro grabador que debe ser mencionado, además de Yaparí, es el indio Tomás Tilcara.
Es acreedor de especial recordación Nicolás Yapuguay, cacique en el pueblo de Santa Maria la Mayor, que aparece como autor de una “Explicación del catecismo en la lengua guaraní” Santa María la Mayor, 1724) y de un tomo de “Sermones y ejemplos en lengua guaraní” (San Francisco Javier, 1727). Diversos publicistas atribuyeron la segunda de estas obras al P. Pablo Restivo, que la habría firmado con un seudónimo que significarla “el veraz, el que no miente”, Sin embargo, en la actualidad se admite como cierta la existencia de Yapugua y ‘y su paternidad de ambos libros, Este cacique, lenguaraz de confianza del P. Restivo, sabia leer y escribir. Dotado de una inteligencia muy despierta y de una poderosa retentiva, tras oír las prédicas y los sermones, los reproducía por escrito y en guaraní. Tales versiones de memoria, revisadas y corregidas por el P, Restivo — en la misma portada, se dice que el libro fue escrito “con dirección de un religioso de la compañía de Jesús”, se convirtieron en los dos volúmenes que fueron publicados.
Muy importante resulta esta imprenta de las reducciones jesuíticas, si se considera que en Buenos Aires no la hubo hasta 1780 y que en Asunción la primera fue introducida en tiempo de los cónsules López y Alonso.