lunes, 5 de abril de 2010

EL GOBIERNO DE CARLOS ANTONIO LÓPEZ

lunes, 5 de abril de 2010

VIDA, OBRAS, LOGROS DEL GOBIERNO DE CARLOS ANTONIO LÓPEZ. CRONOLOGÍA.

El Congreso de 1844 sanciona una Constitución

El 13 de marzo de 1844 abrió sus deliberaciones el Congreso General, el ascendiente don Carlos Antonio López era grande. En menos de 4 años había heredado íntegramente el inmenso poder del dictador Francia. El mismo día de al apertura del Congreso propuso la adopción de una Constitución para la República y su proyecto fue aceptado sin estudio ni discusión alguna. Juan Bautista Rivarola y algunas asambleístas abogaron por una Constitución de estilo liberal, pero no encontraron eco y quedó sancionada la “Ley que establece la Administración Política de la República del Paraguay”. Nada tenía de común con las Constituciones entonces en boga, hijas de la Revolución francesa, como no fuera la división de los poderes en Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Esta división era meramente nominal; el súmmun del poder quedaba siempre en manos del Presidente de la República que debía durar en sus funciones diez años, pudiendo ser reelegido. El Congreso integrado por una Cámara de 200 diputados, no debía reunirse sino cada cinco años y todas las veces que fuera convocado por el presidente. Los únicos derechos expresamente reconocidos al individuo fueron el de la igualdad ante la Ley y el ser oído en quejas por el Gobierno.

Carlos Antonio López es designado presidente
El Congreso designó Presidente de la República a don Carlos Antonio López; el Congreso se disolvió después de recomendar y autorizar al Gobierno a enviar jóvenes a Europa para instruirse. López organizó su Gabinete, creando los ministros de Gobierno, Relaciones Exteriores, Hacienda, Guerra y Marina. Aunque los Misioneros estuvieron a veces desempeñado por hombres de positivo valer como Juan Andrés Nelly, José Falcón, Nicolás Vázquez y Mariano González, estos nunca dejaron de ser meros figurones, pues la administración, como en los tiempos del dictador Francia, era atendida en sus menores detalles por el presidente, cuyo carácter enérgico y extraordinaria capacidad de trabajo seguían la tradición legada por su antecesor.

Prosiguen las negociaciones con Rosas
La contestación de Rosas a las proposiciones de que fué portador de Peña, sin desconocer la independencia del Paraguay, reitero que “poderosos e invencibles motivos” volvían inconveniente su reconocimiento. Rosas también informó a López que el comisionado Peña había podido desembarcar libremente los productos que había llevado, y que igual franquicia se otorgaría a los buques y negociantes que vinieran del Paraguay. Efectivamente Rosas mostró su buena voluntad a López vendiéndole, por intermedio de Peña, una importante partida de armamento. López volvió a asegurar a Rosas la más estricta neutralidad en las luchas internas argentinas, actitud que satisfizo al gobernador porteño, quien dejó sin efecto las medidas que dificultaban la navegación, permitiendo a los buques argentinos hacer el cabotaje hasta el Paraguay siempre que no recalaran en Corrientes.

Brasil reconoce la independencia
El mejoramiento de las relaciones con Buenos Aires alarmó al Brasil. Envió como plenipotenciario especial a José Antonio Pimenta Bueno, quien el 14 de septiembre de 1844 procedió al reconocimiento oficial de la independencia y soberanía de la nación. Pimenta Bueno ofreció a López la protección del Imperio en la lucha por el Paraguay por el reconocimiento de la independencia; López no quería comprometerse combinación hostil contra el Gobierno de Buenos Aires, pero finalmente consistió en ajustar un tratado de alianza defensiva. El convenio fué firmado el 7 de octubre de 1844 por el Emperador del Brasil se comprendió a interponer sus buenos oficios para que las otras potencias reconocieran la independencia del Paraguay y emplear todos sus esfuerzos, en el caso de que la República fuera amenazada de un ataque, “no sólo para prevenir las hostilidades, sino también para que la República obtenga justa y completa satisfacción de las ofensas recibidas”. El mismo tratado garantizaba la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay y contenía un compromiso de arreglar los límites entre ambos países sobre la base de los indicados por el Tratado de San Ildefonso de 1777.

Tratado de navegación con Corrientes
Los unitarios argentinos tampoco vieron con buenos ojos el mejoramiento de las relaciones entre Rosas y López. La provincia de Corrientes empezó a entorpecer la navegación entre Buenos Aires y Asunción, y el 7 de octubre de 1844 decretó el comiso de todos los buques con pabellón de Buenos Aires, así como de las propiedades de súbditos de esa provincia que fueran en barcos neutrales, para lo cual estableció el derecho de vista. Un importante convoy de cuarenta embarcaciones que pasaba por Corrientes rumbo a Asunción fué detenido y las mercaderías sacadas a remate. López protestó por este hecho y en represalia, el 14 de octubre decretó el cierre de los puertos de la República para la provincia de Corrientes y ordenó el abandono del país de todos los buques y comerciantes correntinos. Un incidente ocurrido entre la escuadrilla paraguaya, apostada en Tres Bocas, y embarcaciones correntinas empeoró la situación. Se cruzaron violentas reclamaciones de Gobierno a Gobierno. El Paraguay fué acusado de parcialidad y adhesión a favor de Rosas y el de Corrientes de violación de la Convención de 1842. La mediación del ministro brasileño Pimenta Bueno impidió la ruptura. Llegaron plenipotenciarios especiales del Gobierno de Corrientes, con los cuales, el 2 de diciembre de 1844 López firmó un tratado que reglamentó el derecho de vista exceptuando de ese procedimiento a los convoyes escoltados por barcos de guerra, y consagró el principio de que la bandera cubría la mercancía.

Rosas decreta el bloqueo del Paraguay
Rosas replicó el acuerdo paraguayo-correntino cerrando los puertos de la República a las embarcaciones procedentes del Paraguay. Para no dar a esta medida el carácter de una hostilidad hacia este país, la fundó en el deber “de salvar la dignidad y seguridad de la República de las feroces agresiones de los salvajes unitarios” y de “alejar todo motivo que pudiera turbar las amistosas relaciones con el Excmo. Gobierno del Paraguay, a lo que tienden los incesantes malévolos esfuerzos de los salvajes unitarios”. Luego se dirigió al Gobierno paraguayo, vituperando el Convenio con Corrientes y dejando sin efectos sus promesas de garantizar el comercio paraguayo.

Rosas en esta correspondencia con López, no abordó directamente la candente cuestión de la independencia paraguaya, limitándose a calificar de “equívoca” la posición política del Paraguay, pero ante el Gobierno del Brasil asumió actitud más franca y resuelta. El ministro de la confederación, general Tomás Guido, presentó en Río de Janeiro una formal protesta por el reconocimiento de la independencia paraguaya verificada el año anterior. El Gobierno brasileño rebatió los argumentos en que se basaba la Confederación para desconocer la independencia paraguaya y declaro a Guido su propósito de “sustentar como sustenta con todas sus consecuencias el acto de reconocimiento de la independencia del Paraguay”.

El Brasil sugiere la desmembración argentina
Grandes esfuerzos desplegaron los unitarios argentinos para arrastrar al Paraguay a la guerra contra Rosas. Corrientes se había convertido en el centro activo de esa lucha, y su gobernador Joaquín Madariaga destacó sucesivamente a José Santos Vargas, José Gregorio Valdez y Pedro Díaz Colodrero para procurar la alianza paraguaya, pero ninguno de esos emisarios pudo siquiera llegar a Asunción. En la confusa lucha en que se hallaban empeñados los bandos argentinos no veía López nada prometedor para la independencia paraguaya, y el ministro del Brasil procuraba inculcarle la idea de que ella no estaría asegurada en tanto un solo Estado poseyese la llave de la navegación del Río Paraná.

Designado el general José María Paz director de la guerra, con amplios poderes, juntamente con Madariaga escribió a López para requerirle la alianza paraguaya. López en su respuesta preguntó si Corrientes y Entre Ríos estarían dispuestos a formar un Estado separado de la Confederación Argentina. “El tiempo dirá – expresaba – si hay otro expediente que conjure las guerras fratricidas de una banda con otra y las ponga en igual posesión pacíficas de las aguas del Paraná”.

No tiene éxito la misión Derqui
La exploración de López motivó el inmediato envío de una nueva misión, a cargo del doctor Santiago Derqui, con credenciales de Madariaga y de Paz. López le permitió llegar a Asunción, aunque no le reconoció carácter oficial. Derqui le informó a López que el gobernador de Corrientes era contrario de la desmembración argentina, pero que la garantía que con ella el Paraguay buscaba, podía ser substituida por el formal compromiso que asumiría la Revolución argentina de reconocer la independencia paraguaya y la libertad de navegación con la garantía subsidiaria del Brasil, el Estado Oriental y Bolivia siempre que el Paraguay se aliase para la guerra contra Rosas. Era la primera vez que gobernantes argentinos ofrecían el reconocimiento de la independencia nacional, López no quiso comprometer al país en una guerra exterior, pendiente como estaba su alianza con el Brasil, que le bastaría defender la independencia del Paraguay si era atacado por la fuerza. Derqui propuso entonces que la alianza fuera condicional para el caso de que el Tratado con el Brasil no fuese ratificado; López le replicó que “no encontraba dignidad ni decoro en semejante propuesta”.

Derqui se retiró de Asunción con las manos vacías, y algún tiempo después, cuando informó a Paz del resultado de sus conversaciones, en un memorial que pasó a la aprobación de López, éste, molesto porque se hubieran hecho oficiales de tal modo conversaciones estrictamente confidenciales, algunas de las cuales comprometían al Brasil, le desautorizó en un violento contramemorándum. “Todo ese documento escribió además a Pimienta Bueno es de tal modo inconsiderado, que este Gobierno nunca vió ni tiene idea de otro igual”. López negó terminantemente que hubiera puesto, como afirmó Derqui, como condición de la alianza paraguaya la formación de un nuevo Estado. “López explicó: Constando, con fundamento o sin él, que entre los Gobiernos de Corrientes, Uruguay y Entre Ríos hubo alguna vez un principio de inteligencia para formar una confederación a esta parte del Río de la Plata, el infrascripto, deseando saber si permanecían esas ideas, en el caso de que hubiesen existido, y si fuese posible las probabilidades de su realización, aprovechó cierta oportunidad para dirigir al Gobierno de Corrientes, con calidad de reservada, una simple pregunta a este respecto, añadiendo solamente que según la naturaleza la respuesta el horizonte político pudiera o no abrirse. La distancia que hay entre una tal pregunta y la exigencia de un tal hecho como garantía para intervenir”. López también se quejo ante Paz, quien deseoso a pesar de todo, de conquistar la alianza paraguaya, no vaciló en desautorizar a Derqui, informando a López que había mandado que aquel informe había quedado nulo “como lo exige la justicia”

Aparece el paraguayo independiente
López se resistía a unirse militarmente con los enemigos internos de Rosas, aun cuando ello le deparase el reconocimiento de la independencia nacional, pero estaba dispuesto a enfrentarse con el gobernador de Buenos Aires en cualquier terreno a que le provocase. La Gaceta Mercantil y Archivo Americano, órgano oficiales de Rosas, redactado principalmente por Pedro de Angelis, iniciaron de consumo, poco después del decreto del 8 de enero, una sistemática campaña destinada a demostrar que el Paraguay, por el uti possideus era una provincia argentina y que su subsistencia como nación independiente era imposible y no consultaba sus intereses, por ser la Argentina dueña de la navegación del Paraná, única salida al exterior de aquel mediterráneo país. Para rebatir la propaganda periodística fue fundado el Paraguayo Independiente, que apareció el día 26 de abril de 1845 bajo la dirección del Presidente López y con el programa de demostrar que el Paraguay “tiene incuestionable derecho de mantener y sustentar su independencia; que Buenos Aires no tiene título alguno que oponer, su opinión no podrá fundarse sino en la fuerza y conquista que no es derecho y sí sería un hecho, porque la República del Paraguay resistiría hasta el último esfuerzo de los sacrificios”.

La independencia del Paraguay encontró defensores en muchos de los emigrados argentinos que en Montevideo y en Chile hacían por la prensa una guerra a muerte a Rosas. José Rivera Indarte publicó un libro para demostrar la “legitimidad de la independencia del Paraguay” y Domingo Faustino Sarmiento estampó en el Progreso lo siguiente: “Para el Paraguay la cuestión es ésta: ser o no ser. Para Rosas agregar un dominio más a seiscientas lenguas de distancia, no obstante los cientos de miles de lenguas de territorio despoblado que hoy posee. Pero un espíritu tan retrógrado como el de Rosas faltaría a la lógica si no sostuviera todos los errores de la política de las épocas bárbaras que ha resucitado en nuestros días. Sueña en conquistas, en engrandecimiento territorial, como los reyes de la Edad Media”.

Florencio Varela desde “El Comercio del Plata” y Manuel Derqui, desde “La Revolución”, de Corrientes, fueron también paladines de la causa de la libertad paraguaya en su lucha contra Rosas.

El Brasil defiende la independencia paraguaya en Europa
Mientras tanto continuaban los esfuerzos del Brasil para obtener la intervención de Francia e Inglaterra en el Río de la Plata, con el objeto de defender la independencia del Uruguay y del Paraguay contra las amenazas de Rosas. Enviado en misión especial, el Vizconde de Abrantes había declarado a los Gobiernos de Londres y París: “El Gobierno imperial juzga que es su deber, y deber que no puede prescindir, mantener la independencia e integridad del Estado Oriental del Uruguay y contribuir para que la República del Paraguay continúe siendo libre e independiente. Juzga también que siendo la independencia de esas dos Repúblicas de interés general, es forzoso adoptar medidas que tengan por objeto contener al Gobierno de Buenos Aires dentro de los límites marcados por el derecho de gentes y hacer frustráneos sus proyectos ambiciosos”. Y en otro memorándum escrito en Berlín el Vizconde de Abrantes definió expresamente los motivos de la política brasileña respecto a la independencia del Paraguay. “Un pueblo decía que se encuentra en circunstancias tan ventajosas, tiene indisputable derecho a figurar en la lista de naciones; y los intereses de la civilización y del comercio, que se hallan felizmente de acuerdo con este derecho, deben defender la causa de la independencia del Paraguay, por lo que toca al Brasil, si la independencia del Estado de Montevideo, establecida por la Convención del 27 d agosto de 1828, fué una condición o garantía necesaria para el equilibrio entre el Brasil y la Confederación Argentina, también la independencia de la República del Paraguay es evidentemente necesaria para complementar dicho equilibrio. La unión del Paraguay a la Confederación daría a ésta, además del orgullo de conquistadora, un aumento de territorio y de fuerzas tales que aquel equilibrio dejaría de existir, y todos los sacrificios hechos por el Brasil, cuando se adhirió a la independencia de Montevideo, quedarían enteramente estériles”. Gracias a los buenos oficios de la diplomacia brasileña, varios países europeos, comenzando por Portugal y Austria, reconocieron la independencia del Paraguay, pero las grandes potencias como Inglaterra y Francia no quisieron adoptar ninguna actitud definitivas mientras no obtuvieran resultados la intervención conjunta que habían resuelto efectuar en el Río de la Plata para procurar la paz entre Buenos Aires y Montevideo y asegurar la libertad de navegación del Río Paraná.

El paraguay ofrece cooperar en la intervención anglofrancesa
Resuelto por Inglaterra y Francia la intervención del Río de la Plata, el presidente López ofreció la cooperación militar del Paraguay. Se dirigió el 1º de junio de 1845 al Emperador del Brasil, y después de agradecerle las gestiones del Vizconde de Abrantes en Europa, sus deseos de participar en la intervención armada de las tres potencias, para lo cual le pedía que el representante del Brasil en esas negociaciones lo fuese igualmente del Paraguay y “pueda en su nombre obligarse a cuanto sea necesario”. El Paraguay daba carta blanca al Brasil para comprometerle en la intervención armada en el Río de la Plata y ponía su ejército a la disposición del Emperador. El mismo día en que esta conversación era cursada al Emperador, López informó al ministro francés Barón de Deffaudis la autorización que acababa de conferir al Brasil, “visto no haber tiempo de ir un enviado del Paraguay a la augusta presencia de S. M. el Rey de los Franceses”. Pero los Gobiernos de Francia e Inglaterra habían excluido de la intervención al Brasil, resolviendo proceder por cuenta propia. El Emperador no hizo uso de la facultad que le había otorgado el Presidente del Paraguay, y cuando el Barón Deffaudis se enteró de la disposición de López de cooperar en la intervención, le pidió el envío a Montevideo de un agente diplomático para tratar del asunto, el cual seguiría luego viaje a Francia si fuere menester.

López pone términos a su correspondencia con Rosas
El bloqueo del Paraguay se volvía cada vez más aflictiva la situación de la República. Levantando los cargos de la nota del 22 de marzo, y resuelto a adoptar frente a Rosas una actitud enérgica, López le dirigió un oficio en que defendió el Convenio con Corrientes, afirmando que la República no se había apartado de su neutralidad, y formulaba la siguiente declaración a propósito de la siguiente sugestión de Rosas de que el Paraguay adhiriese a la Confederación Argentina: “A este respecto conviene que la República del Paraguay dé a V. E. un ultimátum inmutable, que le dispersara el incómodo de enviar a su comisionado particular, si se trata de un confederación voluntaria y nacida de libertad y adhesión legítima de esta parte de la América, es odioso hablar de eso, pues que ella decida e irremediablemente no quiere; si se trata de confederación no por principios, sino por la arrogancia de la violencia y de la fuerza, es bueno entender que el siglo de las conquistas ya pasó. El Paraguay conoce lo que puede y vale: él juró su independencia, renueva anualmente su juramento y sus hijos aman su tierra, que para ellos es sagrada. El pueblo paraguayo es inconquistable; puede ser destruida por alguna grande potencia, más no será esclavizada por ninguna. En estos términos son excusadas ulteriores contestaciones: es además injurioso proponer a un pueblo que abdique su nacionalidad y existencia política”. El mismo día que curso este oficio a Rosas el presidente López dispuso que en lo sucesivo los documentos oficiales fueran encabezados con el lema: “¡Viva la República del Paraguay! ¡Independencia o muerte!”.

Se establece el servicio militar obligatorio
Consecuentemente con el ultimátum a Rosas, el Gobierno paraguayo intensificó sus preparaciones militares. Bajo la dirección de oficiales brasileños, contratados por mediación de Pimenta Bueno, comenzó la fortificación de los estratégicos pasos del Río Paraguay y se dio nueva organización al Ejército. Se estableció el servicio militar obligatorio y se crearon las guardias nacionales, cuerpos auxiliares del ejército permanente en línea. El órgano oficial dio carácter de acontecimiento histórico en la creación del servicio militar obligatorio y la llamó “una medida grande y religiosa”. Al frente del Ejército, cuyo campamento principal se estableció en Paso de Patria, fué puesto el General Francisco Solano López, el joven hijo mayor del presidente López y ya entonces su principal colaborador, a pesar de no contar sino diecinueve años.

Se firma la alianza con Corrientes
Persuadido López de que el Emperador del Brasil no ratificaría el tratado de alianza de 1844, se mostró mejor dispuesto para escuchar las proposiciones del general Paz, quien de acuerdo con el gobernador de Corrientes, envió plenipotenciarios con instrucciones de acceder a todas las exigencias de López, aún aquellas sobre límites territoriales, con tal de obtener la alianza del Paraguay para la guerra contra Rosas. El 11 de noviembre de 1845 se firmó, al fin un tratado de alianza, por el cual el Paraguay se comprometió a participar en la guerra contra el gobernador de Buenos Aires, con la constancia de que la guerra no era contra el pueblo no contra la Confederación Argentina, sino contra Rosas.

El Estado de Corrientes y el general Paz se obligaron a no deponer las armas sin conseguir el efectivo reconocimiento de la independencia del Paraguay, de su libre navegación por el Paraná y el Plata de la integridad de su territorio. Al efecto, en un protocolo adicional y secreto, quedaban desde entonces trazados los límites, de tal modo que al Paraguay se le reconocían la Misiones, al sur del Paraná, desde el Aguapey hasta Loreto, y el Chaco, al norte del Bermejo, subiendo la frontera este río hasta los 25º, 16’,40’’ de latitud austral, paralelo de Asunción, y desde allí, en línea recta, cubriendo los establecimientos paraguayos, hasta arriba del Fuerte Olimpo. El tratado fue puesto bajo la garantía del Brasil. En cumplimiento de las obligaciones contraídas, un ejército de 10.000 hombres debía ser puesto por el Paraguay a las órdenes del general Paz.


El Paraguay declara la guerra al gobernador de Buenos Aires
El 4 de diciembre de 1845, después de ratificado el tratado con Corrientes, el presidente López declaró la guerra al Gobierno de Buenos Aires, en un extenso manifiesto dirigido a las naciones de América en que se presentaba el recurso extremo a que había apelado el Paraguay como una medida meramente defensiva, en vista de la obstinación de Rosas es desconocer su independencia y bloquear su comercio, y de los indudables designios que tenía de conquistarlo una vez que sus ejércitos dieran buena cuenta de sus enemigos de la Banda Oriental y de Corrientes. “Por tanto terminaba el Manifiesto, “El presidente de la República del Paraguay, invocado a la providencia y al mundo entero de testigos de su razón y justicia, forzado a olvidarse de los sacrificios y calamidades de la guerra, rompiendo su preciada paz, cultivada desde tantos años, declara la guerra al Director de Buenos Aires, guerra justa y santa, que cesará luego que él respete la justicia del los pueblos y los preceptos del Creador.” Y en una proclama al pueblo dijo: “En la primera aurora de la independencia vuestra patria fue invadida, pero vosotros castigasteis debidamente al invasor. De las márgenes del Paraguarí y de Tacuarí él tuvo que huir vencido y cubierto de vergüenza y de temor. Hoy el mismo invasor, dirigido por un gobierno ambicioso y tiránico, intenta combatir de nueva la independencia nacional y violar nuestros lares, el sagrado territorio de la Patria. Conviene no esperarlo, conviene ir a su encuentro y obligarlo a retroceder sobre sus criminosos pasos. Así exigen los intereses, el honor, el nombre y la gloria de la República.” Las tropas paraguayas expedicionarias, al mando del coronel Francisco Solano López, hecho general y presentado a la tropa por su padre como “el otro yo”, pasaron el Paraná a fines de diciembre y se pusieron a las órdenes del general Paz.

Se acepta la mediación de los Estados Unidos
López, al mismo tiempo que declaraba la guerra a Rosas, aceptó la mediación que, en nombre de su Gobierno, le había ofrecido el agente especial de los Estados Unidos, Mr. Eduardo Augusto Hopkins. López aseguró a Hopkins que deseaba la paz, para la cual sugería las siguientes condiciones: en primer término, el reconocimiento de la independencia nacional; en segundo lugar, la promesa, bajo la garantía de los Estados Unidos, de un tratado de navegación y límites para cuando las circunstancias lo permitieran, asegurándose entre tanto la libre navegación del Paraná, y finalmente, la atención de las exigencias de la provincia aliada de Corrientes. Hopkins se trasladó a Río de Janeiro, donde el ministro norteamericano Mr. Wise apoyó sus gestiones y por intermedio del ministro argentino Guido intercedió ante el Gobierno de Buenos Aires para que el reconocimiento de la independencia del Paraguay fuera la base de la paz con esta nación.

Misión confidencial a Montevideo
Mientras Hopkins estaba de viaje en Río de Janeiro llegó a Asunción, en enero de 1846, el cañonero francés Fulton, uno de los barcos de la escuadra combinada anglofrancesa, que el 18 de noviembre de 1845 se había enfrentado con la escuadra argentina en la Vuelta de Obligado, buscando abrir a viva fuerza la navegación del Paraná. El Fulton trajo una carta Barón Deffaudis, en que se informaba a López que el Emperador del Brasil no había hecho uso de la autorización para designar representante del Paraguay ante los diplomáticos encargados de concertar la intervención europea en el Río de la Plata y se le invitaba a enviar un agente diplomático. Aunque Deffaudis aclaró que no tenía instrucciones especiales para tratar con el Paraguay, y López creyó que, de cualquier modo, en esas circunstancias convenía al país aceptar aquella invitación. Resolvió, en consecuencia, enviar a Montevideo, con carácter confidenciales a Bernardo Jovellanos y Atanasio González, quienes fueron portadores de una extensa nota en la que López explicaba la posición del Paraguay en el conflicto con Buenos Aires, se mostraba decepcionado por no haberse extendido las miras de la intervención anglofrancesa hasta el Paraguay e insistió en ofrecer la colaboración paraguaya.

Se reprime un motín en Corrientes
Por primera vez soldados del Paraguay independiente salían al exterior, su contacto con los turbulento habitantes del Sur produjo los efectos que tanto terminó el Dictador Francia. Emisarios de Madariaga habían comprobado que los paraguayos extrañaban “la sujeción en que los tenían, comparada con la libertad de que gozaban los correntinos”, de lo cual quiso sacar ventaja el general Paz, a quien disgustaba tener de aliado a un Gobierno que poco difería de aquel que combatían. “Los paraguayos son una masa blanda escribió a Márquez y recibirán con facilidad las impresiones que les demos.” Para el efecto distribuyó efectivos paraguayos entre las unidades correntinas y empezó a trabar la libre comunicación del comandante paraguayo con su Gobierno. Sus trabajos surtieron efecto en el campamento paraguayo donde la guerra no era popular y se deseaba el retorno a la patria. López, con gran presencia de ánimo, marchó al encuentro de los amotinados y logró prender fácilmente a los cabecillas, los cuales, después de sumario juicio, fueron fusilados frente a la tropa reunida. El orden quedó establecido, pero los López, padre e hijo, dándose de los enormes riesgos que estaban corriendo, decidieron liquidar la aventura correntina.

Se disuelve la alianza de Corrientes
Las diferencias entre Paz y Madariaga dieron ocasión a López para retirarse de la guerra. Advertido Rosas procedió con habilidad. Ordenó al general Justo José de Urquiza, que había marchado desde Entre Ríos sobre Corrientes para someter a las fuerzas de Paz, que no hostilizara a las fuerzas paraguayas. Así, después que el general Paz, mediante hábil movimiento táctico, obtuvo que las tropas de Urquiza se pusieran frente a las paraguayas en Ybahay, aquéllas, en vez de atacar, retrocedieron sin combatir hasta territorio entrerriano. Las fuerzas paraguayas no pudieron perseguirlas por falta de elementos de movilidad que de acuerdo con el tratado, debían ser puestos a su disposición por el Gobierno correntino. En Laguna Limpia cayó prisionero el general Juan Madariaga, hermano del gobernador, por cuyo intermedio Urquiza negoció la paz a espaladas del director de la guerra general Paz. Este se opuso al trato con el enemigo, pero fue depuesto el 4 de abril y su división quedó disuelta, refugiándose poco después en el Paraguay. Madariaga envió a Asunción a Juan Bautista Acosta, para explicar los sucesos, y López aprovechó la oportunidad para deshacerse de la alianza. Las tropas mandadas por el general López repasaron el Paraná, y el 15 de agosto de 1846, mediante el tratado de Alcaraz, Corrientes concertó la paz con Urquiza.

Rosas acepta la mediación de los Estados Unidos
Casi simultáneamente con el ofrecimiento de mediación formulado por Mr. Hopkins, el encargado de negocios de Estados Unidos con Buenos Aires, Mr. Guillermo Brent, formuló análogo ofrecimiento a Rosas, quien el 26 de febrero de 1846 lo aceptó; al día siguiente expidió órdenes a Urquiza para que “bajo ningún motivo haya de invadir el territorio del Paraguay”. Ese mismo día llegaba a Buenos Aires, procedente de Río de Janeiro, Mr. Hopkins trayendo las bases de Mr. Wise, que entrañaban, como condición esencial de la paz, el reconocimiento de la independencia paraguaya y la libertad de navegación. Rosas, al conocer el sesgo que tomaron las operaciones en Corrientes, explicó extensamente a Guido las razones que le impulsaban a no aceptar la propuesta de Mr. Wise, pero reiteró su disposición de no usar las armas argentinas en contra del Paraguay.

El 16 de marzo dio a conocer a Mr. Brent las bases de una paz con ese país para que las transmitiera al presidente López: aceptaba reconocer la independencia “de la Provincia del Paraguay, en todo lo que toca a la administración interior, por el mismo modo que las provincias confederadas”, así como otorgar a sus habitantes la libertad de navegación y comercio una vez efectuada la incorporación de la provincia de la Confederación. Hopkins se opuso a que semejante fórmula fuera transmitida al Paraguay; Rosas no admitió su intervención en las negociaciones, actitud en que fue apoyado por Brent, por lo cual Hopkins, después de informar a López de todo lo ocurrido, se desentendió de la mediación. El tenor de las proposiciones de Rosas, así como el hecho de querer darles curso el diplomático norteamericano, irritaron profundamente a López, que se dispuso a resistir enérgicamente cualquiera mediación que desconociera la independencia del Paraguay.

Llega la misión mediadora norteamericana
Las diferencias entre los diplomáticos norteamericanos entorpecieron durante algún tiempo el desarrollo de la mediación, que ya había sido aceptada por ambos Gobiernos. Finalmente Mr. Brent resolvió enviar ante López, en calidad de comisionados especiales, al cónsul, coronel José Graham y al secretario de la Legación, Jorge L. Brent, con una extensa nota en las que explicaba por que las gestiones de Mr. Hopkins habían quedado sin efecto y en la que ofrecía nuevamente la mediación oficial de los Estados unidos. Pero cuando desde Tres Bocas pidieron autorización para seguir viaje a Asunción, el ministro de Relaciones Exteriores, Andrés Gill, les exigió la comunicación del carácter oficial que tenían sus credenciales la franca exposición del objeto y términos de su comisión, y finalmente la remisión de los despachos que conducían. No era ésta una manera muy protocolatoria de recibir a los emisarios de una nación amiga, pero Brent y Graham, ya desde Villa del Pilar, explicaron que eran simples emisarios de notas del representante diplomático de su país para proponer al Gobierno del Paraguay la designación de comisionados que, bajo los buenos oficios de los Estados Unidos, negociaran con los de Buenos Aires los términos de un arreglo. Ni aun así quedó satisfecho López, quien les escribió criticando las bases del 16 de marzo de 1846 que Brent había aceptado, proponiendo en cambio la designación de plenipotenciarios a reunirse en Río de Janeiro, para tratar de la cesación de las hostilidades y la libre navegación, todo “sobre la base indefectible y preliminar del reconocimiento de la independencia del Paraguay como nacionalidad soberana y enteramente distinta de la Confederación Argentina”. Para el caso de que a los comisionados no les satisficieran estas ideas, eran invitados menos que cortésmente a desandar su camino. Graham y Brent no se desalentaron; contestaron que su oferta de mediación no estaba acompañada de condición alguna de Buenos Aires, e informaron que Mr. Brent ya había sido reemplazado por Mr. Williams Harris en la Legación en Buenos Aires. Sólo entonces López les envió pasaporte para llegar a Asunción.

Se decreta la cesación de las hostilidades
Las actuaciones de Graham y Brent en Asunción alcanzaron pronto y completo éxito en lo referente a la cesación del estado de guerra, que López decretó el 15 de septiembre de 1846. Ese mismo día López comunicó a Mr. Harris que aceptaba la mediación ofrecida por su antecesor, mostrándose dispuesto a designar inmediatamente los plenipotenciarios que en una capital neutral deberían ajustar el arreglo definitivo de paz. La cesación de las hostilidades fue completamente por otra disposición gubernativa que dio libertad a los buques argentinos para navegar hasta Villa del Pilar sobre la base de la reciprocidad de la navegación paraguaya hasta Corrientes.

El Himno Nacional
Dispuesto López a hacer la paz con Rosas, ya que no tenían objeto sus gestiones ante los representantes de Francia e Inglaterra, de lo que tanto Mr. Hopkins personalmente como Mr. Brent en su oficio del 29 de abril habían procurado disuadirle. La propuesta de los comisionados no habían sido considerada por el Barón Deffaudis, por carecer de instrucciones de su Gobierno; el ministro inglés Mr. Ousley, en cambio, el 7 de marzo de 1846 se dirigió al Gobierno de Asunción reconociendo la independencia de la República, bajo la reserva de la aprobación de su Gobierno, que tardó en producirse. En septiembre de 1846, Jovellanos y González recibieron orden de dar término a su misión. Su larga permanencia en Montevideo no resultó vana. Regresaron a Asunción con la letra del Himno Nacional Paraguayo que, dedicado el presidente López, escribió el poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa, autor también del Himno Nacional Uruguayo. De este modo el Paraguay completó la serie de sus símbolos nacionales: ya tenía como todas las naciones soberanas, su bandera, su escudo y su himno nacional.

Misión de Juan Andrés Gelly a Río de Janeiro
Al tiempo que decretaba la cesación de las hostilidades, López envió ante el Gobierno del Brasil, como encargado de negocios, el primero con este carácter que salía del Paraguay, a Juan Andrés Nelly. Llevaba la misión de procurar la ratificación de la alianza de 1844, el arreglo de los límites y la compra de armamentos. Gelly fue reconocido por el Gobierno Imperial en el carácter diplomático que investía, hecho contra el cual protestó el ministro argentino Guido. El estado en que se hallaba el Imperio, con varias revoluciones internas, entre ellas la de los republicanos riograndenses que era la más alarmante, no dio lugar sino para Gelly recogiera promesas de futura ayuda al Paraguay en su lucha contra Rosas, contra el cual el Brasil no quería por entonces comprometerse abiertamente.

Fracasa la mediación norteamericana
Las proposiciones que transmitieron Graham y Brent no fueron considerados por Rosas, quien se negó a negociar sobre la base del reconocimiento de la independencia. En nota a Guido, Arana expresó nuevas razones para no admitir esa independencia, por ser “el Paraguay le decía – un país enclavado en medio de un inmenso territorio sin salida para el Océano, sin línea propia de comunicación con las potencias extranjeras, sin elementos de civilización ni educación política, y falto al presente, por causas bien conocidas, de todos los medios para formar una nación”.López, sin embargo no fue informado oficialmente de la suerte de sus proposiciones, y sólo supo, por una publicación de La Gaceta Mercantil, que su exigencia del reconocimiento de la independencia, como condición indeclinable de las negociaciones, equivalía a “repulsa in limite de la mediación”. Graham, por su parte, escribió a su Gobierno un largo informe, que luego dio a la publicidad, en el que se desahogó libremente de la espera de un mes en Villa del Pilar, pintando al Paraguay como a un país en que sus habitantes “eran con madera, atan sus telares a los árboles y andan todos desnudos, cubiertos sólo con sus sombreros”. López se vengó llamando a él y a Brent, en El Paraguayo Independiente “dos apóstoles de la mentira, dos impostores famosos, dos hombres sin honor y hasta demasiados ingratos”.

Corriente gestiona de nuevo la alianza
La paz entre Corrientes y Rosas fue efímera. El general Urquiza recibió de Rosas órdenes de invadir Corrientes. Madariaga se apresuró a comunicar el hecho a López y le instó vivamente a firmar un nueva alianza, asegurándole a Urquiza tenía también instrucciones de invadir el Paraguay. López le contestó que, habiendo aceptado la mediación del Gobierno de los Estados Unidos para dirimir sus gestiones con Buenos Aires, permanecería fiel a sus compromisos y que sus preparativos militares eran los propios de una “neutralidad armada que a nadie provoca”. Posteriormente llegó a Asunción el propio general Juan Madariaga, quien tampoco logró disuadir a López de su actitud. De igual modo fue rehusada una petición de entrevista del gobernador Madariaga. Derrotados finalmente en la batalla de Vences, los Madariaga y los demás pro-hombres de Corrientes se refugiaron en el Paraguay. Su correspondencia con López fue aprehendida y enviada a Rosas, quien la publicó como una prueba de la connivencia del Paraguay y sus enemigos, haciendo aparecer el proyecto de tratado como de origen paraguayo.

Rosas anuncia que no invadirá el Paraguay
López puso al Paraguay en condiciones de resistir la anunciada invasión de las fuerzas de Urquiza. Organizó el gran campamento de Paso de Patria, desde donde dirigió una proclama al Ejército. Rosas procuró clamar las inquietudes paraguayas; mandó publicar en la Gaceta Mercantil las instrucciones que tenía todas a Urquiza, desde al año anterior, de no invadir el territorio paraguayo. “S. E. no desea la guerra al Paraguay”, había escrito Arana. “Ha ofrecido caplícitamente antes de ahora que las armas de la Confederación no pisarán su territorio, expresando sus deseos de que la cuestión promovida sobre la independencia de aquel país, que este Gobierno no puede admitir ni reconocer dándole el carácter de una nación independiente, desligada de la Confederación, sea discutida fraternal y amistosamente, y quiere, por lo mismo, mostrar prácticamente su íntima sinceridad”. Y en su mensaje a la legislatura, de diciembre de 1847, Rosas manifestó sus propósitos pacíficos con respecto del Paraguay, si bien también su decisión de no reconocer su independencia: “El Gobierno de la Provincia del Paraguay decía aún abriga el insensato deseo de segregarla de la Confederación. Ha continuado actos hostiles a la República, y ha celebrado tratados bélicos con los rebeldes unitarios de Corrientes, hasta poco tiempo antes de la completa derrota de éstos. A tales actos opone el Gobierno la constante moderación con que siempre ha caracterizado su marcha hacia aquella Provincia. No cesa de acreditarle finos sentimientos de fraternal amistad. Dispuestos a cooperar, bajo las prescripciones del pacto federativo, al engrandecimiento y progreso de sus habitantes, sólo anhela conservar ilesos los derechos soberanos e integridad de la República. Mantiene las seguridades que siempre ha dado y sostenido lealmente, de que las armas de la Confederación no invadirán la provincia del Paraguay, y siente que, siendo este hecho tan público, su Gobierno tenga innecesariamente armados a los paraguayos con un pretexto notoriamente destituido de exactitud y fundamento.”

Los correntinos son desalojados de la isla Apipé
Ocho mil hombres bien armados aguardaron, en los campamentos fortificados de Paso de Patria, momento a momento, la invasión argentina. Pero Urquiza no se aparto de las instrucciones que había recibido. Su aplicación, sin embargo se volvía difícil tratándose de los territorios misioneros ocupados por el Paraguay. El gobernador Virasoro, de Corrientes, creyó que podía exigir su desalojo y así lo hizo, intimidando a los “alferénces de la Provincia Argentina del Paraguay, en comisión sobre el Aguapié”, el inmediato abandono del territorio que ocupaban. La orden fue desobedecida y en réplica, López ordenó el desalojo por los pobladores correntino de la isla Apipé. Virasoro no reaccionó de momento ante este hecho y pidió instrucciones a Rosas sobre la conducta que debía observar. En respuesta, Rosas le instruyó que siguiera sosteniendo los derechos argentinos sobre las Misiones, que no admitiera ninguna correspondencia con el Presidente del Paraguay, y que la recibía debía enviarla al Gobierno central. Y en cuanto a las relaciones comerciales, Rosas dispuso que fueran abiertos los puertos de la Confederación de todos los buques argentinos procedentes del Paraguay. “En la denominación de buques argentinos, escribió Arana a Virasoro, se incluyen los paraguayos porque son argentinos.” López contestó a estas medidas lanzando un Manifiesto en que expuso los derechos históricos sobre las Misiones, y ordenado que “cualquier papel que se le dirija sin el tratamiento que le era dado de nación, se haga pedazos sin leerlo y arrojándolos al suelo se ordene al portador los recoja y regrese inmediatamente de cualquier punto adonde aportare”, y que también se rompiera en el primer puerto paraguayo las guías de los barcos que trajeran la injuriosa leyenda de “Provincia del Paraguay”. El comercio fluvial, débilmente reanudado, quedó una vez más interrumpido. La vía al Brasil estaba también cortada; dominando Virasoro en las orillas de Uruguay, el viejo camino terrestre del tiempo de Francia ya no pudo ser utilizado. El bloque del paraguay volvió a ser total.

El 1849 López es confirmado en la presidencia de la República
Ante el Congreso Nacional reunido en mayo de 1849, López quiso resignar el mando alegando su estado de salud. La representación nacional le confirmó en el poder, después de enterarse de la delicada situación originada por el conflicto con Buenos Aires, acerca de la cual López, en su mensaje de apertura, había pedido una definición. “El Gobierno decía el mensaje, ha creado y organizado un Ejército, respetable para su material y personal, por su disciplina, valor y entusiasmo por la causa pública; y a vosotros corresponde deliberar si en las expresadas circunstancias se ha de mantener frío espectador de las burlas y ultraje que el gobernador de Buenos Aires hace a la nación y a su Gobierno, bloqueando nuestros puertos.

Resultados de las deliberaciones del Congreso fue la resolución de emprender una campaña militar para la ocupación de las Misiones hasta el río Uruguay, tanto para romper el aislamiento de la República y asegurarse una comunicación con el Brasil que le permitiera introducir los armamentos adquiridos por Gelly en Río, como para adelantarse a los designios atribuidos a Rosas de desalojar las posiciones que el Paraguay tenía en ese territorio hasta el Aguapey y ponerse en situación de negociar una paz ventajosa con Buenos Aires, en el otro extremo, también ventajosamente, la guerra que pudiera ser la consecuencia de aquella operación.

Se ordena la ocupación militar de las Misiones
El 10 de junio de 1849, López lanzó un manifiesto ordenando la ocupación militar de las Misiones, para cuya operación se exponían las siguientes razones: 1“desde que el Gobierno de Buenos Aires ha ocupado la provincia de Corrientes y ha sitiado a la República por el Paraná y por la vía del Brasil, sin dejarle un camino de comunicación con el mundo, le forzado a consumirse, manteniendo numerosos ejércitos, fortificaciones y campamentos en toda la vasta extensión de sus fronteras, aguardando por todas partes la invasión que está a la víspera de efectuar; 2 ; que razones militares y políticas aconsejan la ocupación del mencionado territorio nacional entre el Paraná y el Uruguay de manera que se ponga al abrigo de los insultos del Gobernador de Buenos Aires, y para que no le sirva a efectuar los designios de ocupar esta parte de la República para su intentada provincia de Misiones; 3 ; que en este caso se vería forzada la República a replegarse a la derecha del Paraná y mantenerse en guardia perpetua con un enemigo insidioso; 4; que el Gobierno nacional se ve forzado a romper el aislamiento de la República por tierra, y restablecer su correspondencia y comercio inocente con el Imperio del Brasil.” López señalaba que con esta operación preparaba un medio “de poder negociar con los Estados vecinos un tratado de paz, amistad, comercio y límites en términos justos y convenientes a la seguridad y utilidad común, sobre la base esencial e indeclinable de la independencia y soberanía nacional de la República del Paraguay”; pero que si Rosas se negaba a negociar y quería romper sus condiciones. “con un puñal en el pecho”, el Paraguay no vacilaría: “firme en la justicia de su causa, confiado en el poder y recursos de la República y contando con la protección del cielo, no se someterá a esa ignonimia, y defenderá hasta el último extremo su territorio y sus derechos; y la Provincia en sus altos juicios ha resuelto que se pierda, habrá salvado su honor y habrá mostrado al mundo que era el digno de la Independencia nacional que proclamó hace treinta y siete años”.

La expedición paraguaya al río Uruguay
La división expedicionaria, al mando del coronel Wisner de Mongestern, pasó el Paraná el 27 de junio de 1849. “Está de vuestra parte el buen derecho, y vuestro valor va a sostenerlo”, dijo el Presidente en una proclama al despedir a las tropas. “Si el enemigo de la patria intentara detener vuestro paso, probadle que sois los vencedores de Paraguarí y Tacuarí.” En rápidas marchas y sin encontrar otra resistencia que las que fuerzas correntinas opusieron en Concepción, la división llegó a Hormiguero, antiguo Santo Tomé, sobre el río Uruguay, frente a San Borja. Del territorio brasileño pasaron varios emigrados correntinos, entre ellos el general Juan Madariaga, que con la autorización del coronel Wisner constituyeron un Gobierno provisional, a cargo de Gregorio Valdez, y anunciaron su propósito de emprender una campaña contra Virasoro. Las tropas paraguayas avanzaron entre tanto hasta Cuaí, donde fueron atacadas por fuerzas correntinas, y Wisner ordenó que se mantuvieran a la defensiva. En estas circunstancias llegó al cuartel general el general Francisco Solano López, quien inmediatamente destituyó al corones Wisner y disolvió el Gobierno constituido por los emigrados correntinos, que fueron obligados a repasar el Uruguay. El gobernador Virasoro, había reunido fuerzas mucho más superiores, con las cuales se dispuso a atacar a la retaguardia paraguaya. Solano López, viendo que no era posible cumplir el principal objetivo de la marcha hasta el Uruguay, que no era otro que recibir el importante cargamento de armas adquiridas en el Brasil y que el Gobierno de Río, cediendo a las reclamaciones de Guido, había embargado, ordenó un repliegue hasta Loreto y San Miguel. El 14 de julio 1849 fuerzas paraguayas fueron sorprendidas y dispersadas, hecho que motivó ejemplar castigo. Los jefes de la tropa derrotada, Francisco Meza y Juan De Dios Acosta, fueron fusilados de orden del general López. Justificando esta sanción, dijo el Paraguayo Independiente: “Un oficial paraguayo debe morir persuadido de que huyendo no salva su miserable vida.” Del 4 al 5 de agosto las fuerzas de Virasoro atacaron nuevamente las posiciones paraguayas de Loreto; causaron alguna mortandad, pero luego se replegaron a San José, reanudando el ataque el 28 de septiembre, sin lograr desalorjar a los paraguayos, que se habían fortificado sólidamente y recibieron órdenes de mantenerse a la defensiva. Las hostilidades ya no se reanudaron.

Fracaso de la misión Gelly
A la par que López entraba nuevamente en el terreno de los hechos en su lucha con Buenos Aires, el encargado de negocios en Río de Janeiro, Juan Andrés Gelly, solicitaba del Gobierno brasileño, con insistencia, la ratificación de la alianza de 1844 o la concertación de una nueva. Gelly fue invitado a proponer un convenio de límites; presentó entonces un proyecto de tratado por el cual se neutralizaba la zona situada entre los ríos Apa y Blanco, que era la litigada, y se ofrecía al Brasil una sección de las Misiones que acababan de ocupar las tropas paraguayas. El Gobierno brasileño, que no quería comprometerse abiertamente con el Paraguay, rechazó las proposiciones de Gelly. La presión argentina en Río fue creciendo. Por intervención de Guido se impidió el envío de la importante partida de armas que Gelly había adquirido y que en vano procuró despachar hacia Misiones y luego por la larga ruta de Cuyabá.

Mientras tanto o Americano, importante órgano de la prensa fluminense, emprendía activa campaña contra la independencia del Paraguay subscribiendo los argumentos argentinos. El Gobierno brasileño, que ya no parecía tan animado a sostener la independencia paraguaya, cuando Gelly solicitó un pasaporte para el Coronel Bernardino Báez, ciudadano paraguayo, aceptó la tesis de ministro Guido de que Báez era argentino por ser la Provincia del Paraguay argentina; el Ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil expidió los pasaporte a Báez, pero en calidad de ciudadano argentino. El hecho trivial en sí, entrañaba una rectificación en la política brasileña respecto del Paraguay. Gelly se consideró desairado y se retiró de Río de Janeiro.

López propone la renovación del Tratado de 1811
El cambio de actitud del Brasil, el fracaso de la campaña de Misiones, los ostensibles preparativos de Rosas para llevar la guerra al Paraguay desde que sus dificultades internacionales habían quedado resultas en el levantamiento del bloqueo por Inglaterra, y el reconocimiento del Paraná como río interior sometido a los reglamentos argentinos, movieron a López a efectuar un radical viraje en su política con Buenos Aires. Haciendo caso omiso del estado de hostilidad en que se había colocado, López se dirigió a Rosas, el 16 de octubre de 1849, invitándole a abrir negociaciones “sobre bases enteramente diferentes de las que hasta ahora se han sostenido por una y otra parte”. López proponía nada menos que la renovación del Tratado del 12 de octubre de 1811, con las adiciones necesarias para evitar la repetición de los hechos que causaron su rompimiento.

Respecto de la cuestión capital entre Buenos Aires y el Paraguay, que era de la independencia, López sugirió su aplazamiento hasta la reunión del Congreso General de la Confederación Argentina. Hasta esa fecha regiría el Tratado, para entenderse el Paraguay, con el citado Congreso. El Paraguay estaba dispuesto a allanar aún las dificultades meramente protocolares. Si Rosas juzgaba que el uso por López del título de Presidente de la República del Paraguay importaba el reconocimiento de la independencia, el Gobierno paraguayo se conformaba con arbitrar un medio que resolviera la cuestión. “Se permitirá solamente una observación, decía: o el pueblo paraguayo está inclinado y decidido por la incorporación a la Confederación Argentina, o la resiste. En el primer tiempo, aquella decisión ha de prevalecer tarde o temprano. Déjese, pues al tiempo y a la convicción el pronunciamiento: no se intente arrancarlo por la fuerza.”

Rosas es autorizado a someter el Paraguay
La oferta de López a Rosas provocó estupor en el Río de la Plata. Los defensores de Montevideo la criticaron acerbamente, considerándola una capitulación, y Rosas, que también la estimó así. Arana se limitó a prometer la contestación para más adelante. A López ya no le irritó que ésta última nota estuviera dirigida al Gobierno “de la Provincia del Paraguay”, y Varela, acusando recibo de esta comunicación, volvió a proclamar “sus sinceros y leales deseos de ver restablecidas la amistad y buenas relaciones entre dos pueblos ligados por tantos y tan idénticos intereses”.

Ni aún así Rosas dio respuesta a la proposición paraguaya. Su situación interna y externa mejoraba rápidamente; después de Inglaterra, Francia se disponía a capitular, levantando el bloqueo y reconociendo la exclusividad argentina de legislar sobre los ríos interiores. La situación de Montevideo era cada vez más precaria, carentes sus defensores de todo apoyo y recursos. Las coaliciones estaban deshechas; toda la Argentina parecía sometida, por primera vez, a su exclusivo dominio. Rosas creyó llegado el momento de emprender la campaña, que siempre había proyectado, para someter el Paraguay, de cuya independencia el Brasil ya no estaba dispuesto a erguirse en campeón. En vez de aceptar la invitación paraguaya a negociar pacíficamente la renovación de Tratado de 1811, que estipulaba la Confederación, Rosas obtuvo que el 18 de marzo de 1850 la Legislación de Buenos Aires le autorizara “para disponer sin limitación alguna de todos los fondos, rentas y recursos de todo género de la Provincia hasta tanto se haga efectiva la reincorporación de la Provincia del Paraguay a la Confederación Argentina”.

Los brasileños son desalojados de Pan de Azúcar
La repulsa de sus proposiciones y la declaración de guerra por Rosas, ni consternó a López, que se limitó a multiplicar sus preparativos militares, ni le movió a proceder con debilidad frente al Imperio, cuando se enteró que los brasileños venían avanzando en los territorios litigiosos al sur del río Blanco. El Gobierno notificó al encargado de negocios del Brasil, Pedro Alcántara Bellegarde, que el Paraguay estaba resulto a impedir la fundación de nuevos establecimientos, tolerando los ya existentes a título meramente precario, a la espera de un definitivo arreglo de los límites. La notificación no fue tenida en cuenta y los brasileños fundaron poco después un fuerte en Pan de Azúcar o Fecho dos Morros, estratégica posición que domina el Alto Paraguay. López ordeno entonces que se aprontara en Concepción una expedición fluvial para desalojar a los ocupantes del fuerte y los establecimientos situados al norte del Apa; antes de iniciar las hostilidades propuso una avenencia a Alcántara, quien se dirigió al comandante del fuerte y al presidente de Matto Grosso para pedirle la evaluación del Pan de Azúcar, al mismo tiempo que gestionaba del Gobierno Imperial que dejara las cosas en el statu quo anterior.

Las autoridades brasileñas se negaron a evacuar Pan de Azúcar, alegando que estaban allí en cumplimiento de órdenes superiores. Entonces las fuerzas paraguayas de Villa concepción avanzaron sobre las posiciones brasileñas y el 14 de octubre fue atacado el fuerte de Pan de Azúcar, que se rindió después de corta lucha. Prácticamente el Paraguay se encontraba en guerra con sus dos poderosos vecinos, y nunca como en ese momento su independencia se hallaba expuestas a mayores peligros.

Alianza defensiva con el Brasil
No había llegado la hora de que el Paraguay tuviera nuevamente que defender por las armas su independencia y su integridad territorial. Cambios fundamentales se acaban operando en el Brasil como en el río de la Plata. El Río de Janeiro el Gabinete que quiso contemporizar con Rosas había sido substituido por otro que sustentaba diversa política, y nuevamente el Imperio consideró que estaba en su interés defender la independencia paraguaya, entonces en grave peligro. El asunto de Pan de Azúcar fue inmediatamente liquidado, satisfecho del arreglo, dispuso el regreso de la escuadrilla que vigilaba el río a la altura de Pan de Azúcar y la desocupación de la orilla izquierda del Apa. El Imperio fue aún más lejos y aceptó lo que el Paraguay había venido proponiendo desde 1844: una alianza defensiva de obligaciones mutua que substituyera a la especie de protectorado a cargo del Brasil. El 25 de diciembre de 1850 se firmó un tratado por el cual se obligaban Brasil y Paraguay a prestarse mutua asistencia en caso de que cualquiera de los dos países fuera atacado por la Confederación Argentina o por su aliado en el Estado Oriental, y fin de auxiliarse también para que la navegación del Río Paraná fuera libre. El tratado, cuyo canje de ratificaciones se verificó el 26 de abril de 1851, tendrá una vigencia de seis años.

Misión a los Estados Unidos
Poco después de firmada la alianza con el Brasil, López, para reforzar aún más su posición internacional, decidió gestionar, por conducto de una Misión especial, el reconocimiento de la independencia por los Estados Unidos. A tal efecto fue destacado ante el Gobierno de Washington, con el carácter de ministro especial, el propio cónsul de los Estados Unidos, Mr. Eduardo Augusto Hopkins, a quines se les expidieron instrucciones precisas. Si Hopkins obtenía el reconocimiento de la independencia que arribaba en Asunción con un buque de vapor, el Gobierno se comprometía a otorgarle, por el término de diez años, el monopolio de la navegación a vapor, con facultad de establecer una compañía nacional.

Se pide la adhesión paraguaya al pronunciamiento de Urquiza
Cuando el gobernador de entre Ríos, general Urquiza, y el de Corriente Virasoro, conferenciaron en Concordia para concertar la Guarra al Paraguay que Rosas les había ordenado, resolvieron no cumplir esas instrucciones y desde ese momento se pusieron de acuerdo para derribar al Gobernador de Buenos Aires. En los primeros días de abril de 1851 Urquiza envió comisionado al interior para anunciar su determinación de llevar la guerra a Rosas y solicitar el apoyo de las provincias. Al enviado entre Corrientes, doctor Nicolas Molinas, se le extendió su comisión al Paraguay, para procurar previamente el cese de las hostilidades y luego la concertación de un tratado de alianza para derrocar al Gobierno de Buenos Aires.

Al Paraguay se le invitaba a participar en la alianza con el ejército a su costa, bajo el mando de Urquiza, con el compromiso de sus aliados de someter al Congreso General argentino el reconocimiento de la independencia paraguaya. El gobernador Virasoro subscribió las mismas seguridades e instruyó a Molinas para que solicitara del Paraguay la evacuación del territorio correntino y la devolución de la isla Apipé.

López acogió con gran interés, aunque con no menor recelo, a la Misión del doctor Molinas. Aparte sentirse el abrigo de todo peligro mediante la alianza brasileña, se le hacía difícil confiar del todo en las intensiones de Urquiza, que había sido el brazo armado con que Rosas amenazó, día y noche, al Paraguay. Cuando López se enteró de las condiciones de la alianza estalló en cólera; más que nada se sintió ofendido por la exigencia de Corrientes de desocupar las Misiones y devolver Apipé. “El Gobierno de Corrientes escribió a Urquiza, al firmar este insulto, ha debido estar soñando en un día de victoria”. López rechazó terminantemente cualquiera posibilidad de concertar una alianza sobre semejantes bases.

Al desastroso resultado de la misión Molinas siguió una iracunda campaña de El Paraguayo Independiente encaminada a justificar la actitud paraguaya con las desconfianzas que suscitaban los antecedentes de Urquiza. “El cambio es para nosotros de un enemigo por otro, decía. Ha creído Urquiza que ya no cabe en la Provincia de Entre Ríos y quiere abrirse camino de sangre para la ciudad rey; no sabe el infeliz que lo arrojarán los herederos exclusivos de Fernando VII.” Y luego, recordando los antecedentes del Tratado de Alcaraz, dijo que en el Paraguay “se tenían presentes sus actos en aquella doble negociación”.

Se solicita de nuevo la adhesión paraguaya
Como consecuencia del pronunciamiento del general Urquiza y de los gobernadores de las demás provincias argentinas contra Rosas, el 29 de mayo de 1851 se firmó en Montevideo un tratado de alianza entre el Imperio del Brasil, Montevideo y Entre Ríos, con el objetivo principal de “mantener la independencia y pacificar el territorio de la República del Uruguay” haciendo salir del territorio al general Oribe y las fuerzas argentinas que manda”. El tratado estipuló que el Paraguay sería invitado a entrar en la alianza. El fracaso de la misión Molinas retrasó duramente algún tiempo el cumplimiento de las cláusulas referentes al Paraguay. Urquiza organizó su campaña el 18 de julio sin haberse expedido la invitación estipulada al Gobierno de Asunción, que sólo fue subscrita el 23 de agosto, por insistencia del Brasil no fue enviada inmediatamente esa nota, y sólo el 14 de octubre fue entregada en Asunción, cuando la campaña de Uruguay había terminado con la capitulación de Uribe, el 8 de ese mes.

Los gobernantes de Corrientes prohijaron con calor la necesidad de obtener la adhesión paraguaya en la guerra contra Rosas, y al mismo tiempo comenzaron a preparar el terreno para la idea, que creían grata al Paraguay, de formar un nuevo Estado segregado de al Confederación, en el caso de que la guerra contra Rosas, no alcanzara su objetivos. Se pusieron en comunicación con el encargado de negocios con el Brasil en Asunción, Alcántara de Bellegarde, a quien el día 20 de agosto se había dirigido Juan Pujol para declararle que la libre navegación de los ríos debía ser una consecuencia precisa y un resultado lógico del movimiento, insinuando que si no se la obtenía en esta ocasión, las demás provincias argentinas se construirían en nacionalidades independientes.

Santiago Derqui, pro su parte aseguró a Pujol que daría resultados decisivos hacerle entrever al Paraguay, como una cosa probable, la independencia absoluta de esas provincias, y atento a ese pensamiento, también escribió a Bellagarde que las provincias de Corrientes y Entre Ríos, que se habían desligado del Pacto de 1831 con el pronunciamiento del 1º de mayo, no volverían a la comunidad argentina si no era bajo la condición de la libre navegación de sus ríos, de su soberanía en el orden interior, y que siendo sus intereses fundamentales y comunes con los del Paraguay, les era necesario obtener su cooperación.

Paraguay se adhiere a la alianza
Aún no se conocía en Asunción la terminación de la guerra en Uruguay, que era el objeto principal de la alianza estipulada en el Convenio del 29 de mayo, cuando el Gobierno acordó adherirse al tratado, con la condición de que los aliados “no podrían separarse de la alianza común, antes de obtener el reconocimiento de la independencia del Paraguay”. Llevando los instrumentos de ratificación fue enviado en Montevideo, como encargado de negocios ante el Gobierno uruguayo, José Berges. El Paraguayo Independiente cambiando radicalmente de tono, anunció que “el Paraguay esta resuelto a consagrar todos sus esfuerzos al logro de tan importantes objetos”. Fue inmediatamente organizado un ejército expedicionario de las tres armas, con el general Francisco Solano López a la cabeza, en Paso de la Patria esperó órdenes para incorporarse a las fuerzas del general Urquiza una vez cumplidos los objetivos de la misión Berjes. Aunque la campaña oriental, que constituía la finalidad principal de la alianza, había terminado ya a la sazón, la guerra contra Rosas continuaba todavía en pie y el Paraguay se mostraba, dispuesto a ingresar en ella.

Corrientes sugiere la creación de un nuevo Estado
Los correntinos persistían en la idea de formar un bloque con el Paraguay, con miras a la ulterior fundación de un nuevo Estado, si no se obtenía del futuro Gobierno argentino la libertad de navegación, daban un carácter más concreto y oficial a sus exploraciones. Derqui escribió al presidente López en los mismos términos que había hecho a Bellegarde, y Pujol, se dirigió directamente al general López insinuándole la convivencia de que la misión Berjes, en su vez de ser destinada a Montevideo, donde terminada la campaña, ya no tenían objeto y “podían hacer una figura no muy digna”, se entendiera con los Gobiernos de Entre Ríos y Corrientes que podrían como condición de ser unidos a la comunidad argentina el reconocimiento de la independencia paraguaya.

Pujol creía posible celebrar una alianza entre los tres Estados e invitaba al general López a que empleara toda “su influencia porque se depongan infundadas por parte de algunos hombres influyentes de ese país”. Esta era una alusión transparente a la actitud de su padre, tan lleno de recelos, que el general López rechazó abiertamente en su repuesta en que se quejó amargamente por el olvido y postergación en que el Paraguay había sido tenido en toda la cuestión. “Estábamos decididos le decía López, a entendernos franca y útilmente hacer la campaña sobre la derecha del Paraná; pero desde que nos hemos visto postergados, el Paraguay no ha debido ofrecerse a nadie. Es una finalidad que siempre hemos de andar a medias en las circunstancias más solemnes, sin poder acercarnos al punto de donde parten nuestros intereses comunes”. Afirmaba el general López que mientras los Gobiernos aliados no lo dispusiesen en común o se consideraría al Paraguay desligado de la alianza que había aceptado; que no podía desviarse a Berges del cumplimiento de sumisión en Montevideo, y que el positivo interés del Paraguay estaba en su verdadera amistad con las provincias de Corrientes y Entre Ríos, aunque continuaran perteneciendo a la Confederación Argentina. De este modo eludía una definición sobre las sugestiones separatistas de Pujol, el presidente López en su respuesta a Derqui, tampoco soltó prenda, limitándose a declarar que el Paraguay tenía vivos deseos de aprovechar la oportunidad de enlazar sus intereses con los de Entre Ríos y Corrientes.

Nuevo tratado de alianza con Rosas
Terminada la campaña oriental, la diplomacia del Brasil gestionó una nueva alianza y directamente encaminada a llevar la guerra a Rosas en territorio argentino. Previamente, el 13 de octubre de 1851, firmó un tratado con el Uruguay, proclamando ambos países que la independencia del Paraguay interesaba “al equilibrio y seguridad de los Estados vecinos”. El nuevo tratado se firmó en Gualeguaychú, el 21 de noviembre de 1851, entre Brasil, Uruguay y las provincias de Entre Ríos; y Corrientes. Berges no lo firmó porque sus instrucciones no proveían el caso, pero se estipuló que se gestionaría la adhesión del Paraguay, y a petición de Berges, que así creyó facilitar la adhesión de su país, el 30 de mismo mes fue subscripto un protocolo adicional, por el cual los Gobiernos de Entre Ríos y Corrientes se comprometía a emplear toda su influencia cerca del Gobierno que se organizara, para que reconociera la independencia paraguaya, y en todo caso defender al Paraguay contra cualquier agresión. El 9 de diciembre los signatarios cursaron la invitación al Gobierno del Paraguay, pero ese mismo día Bellegarde se adelantaba a entregar a López una copia del tratado, con una carta que había recibido del plenipotenciario de su país, Carnerio Leão, donde le decía que si el Paraguay no se adhería inmediatamente a la alianza “por exagerados recelos y mucho querer, quedará sin las únicas garantías que le obtuve de los Estados de Entre Ríos y Corrientes”.

Bellegarde, dando a conocer esta carta de Carnerio Leão, no hacía precisamente lo más apropiado para desarmar las suspicacias de López. Varela se apresuró a escribirle anticipándole la negativa paraguaya a aceptar la alianza propuesta. “Si la República tuviera la debilidad, le decía – de aceptar esta oferta, aparecería entre los aliados en la humillante figura de empeñar su sangre y sus caudales a merecer que los Gobiernos de Entre Ríos y Corrientes quieran recomendarle al que sucediera al gobernador Rosas, para cuando guste reconocerla.” Cuando la invitación del 9 de diciembre llegó a poder del Gobierno paraguayo, éste en su respuesta a los signatarios, produjo las razones que había aducido ante Bellegarde para negarse a la alianza que constituía a su entender, tal como había sido concertada, una repulsa de las bases de que fue portador Berges.

López busca una inteligencia con Corrientes
En Corrientes cundió la impresión de que el Brasil impedía que el Paraguay se adhiriese a la alianza. Derqui escribió a Pujol: “Tengo la sospecha, que raya en convicción, de que el Brasil trata de evitar que el Paraguay se ligue con nosotros para constituirse él el fiel de la balanza en nuestras relaciones exteriores y sería tontera dejarlo realizar”. Derqui hizo nuevas gestiones ante López, insinuándole una reunión de plenipotenciarios para tratar de la libertad de navegación y para estipular que su consagración y el reconocimiento de la independencia del Paraguay fueran condiciones de la unión de Entre Ríos y Corrientes. E4l presidente López le contestó justificando “resolución forzada” que acababa de tomar rehusar su adhesión a la alianza. “Se me han imputado – decía – exagerados recelos y mucho querer. La marcha de los sucesos ha de aclarar las cosas. Es cierto que no estoy en disposición de subordinar mi Patria a promesas, ni a exigencias menos conformes a mi modo de ver las cosas.” Pero declaró: “El reconocimiento de hacer del reconocimiento de la República del Paraguay y su libre navegación una condición de la asociación federal de Corrientes y Entre Ríos, llenará mis deseos.” Aunque pareciera tardío el concurso paraguayo, López manifestó estar dispuesto a organizar un cuerpo de reserva pronto en acudir en caso de contraste en la campaña de Buenos Aires.

La Confederación Argentina reconoce la independencia
El 3 de febrero de 1852 terminó la campaña con la derrota de Rosas en los campos de Caseros. El general Urquiza, constituido en director provisional de la Confederación, dedicó sus primeras preferencias al Paraguay. Aunque no se había cumplido la condición del Convenio del 30 de septiembre, Urquiza interpretando el sentimiento de las provincias libertadoras, resolvió acreditar en misión especial a Santiago Derqui, que tan de cerca había seguido la política paraguayo-argentina, para proceder al reconocimiento de la independencia del Paraguay. El histórico acontecimiento tuvo efecto en Asunción el 17 de julio de 1852. Ese día Derqui, en solemne ceremonia y mientras las campanas se echaban al vuelo, firmó un documento que ponía fin a una lucha de cuarenta y un años y restablecía la amistad entre los pueblos argentino y paraguayo. Decía: “En virtud de buenos poderes que me ha conferido el Excmo. Sr. Gobernador y Capitán General de la Provincia de Entre Ríos, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina y actual Director Provisorio de la misma, Brigadier Don Justo José de Urquiza, reconozco en nombre de la expresada Confederación Argentina la Independencia y soberanía a la República del Paraguay como un hecho consumado competentemente comunicado al Gobierno Argentino en demando de su reconocimiento; hallándose además establecidos los límites territoriales entre ambos Estados. Declaro en nombre y por orden del Excelentísimo Sr. Director, que si bien este reconocimiento ha de ser llevado al reconocimiento del próximo Congreso General de la Confederación Argentina, será en el concepto de un hecho practicados con la adhesión de los Gobiernos Provisionales que los encargan de representar a la Nación; tomando sobre sí el mismo Magistrado la responsabilidad de instruir de todo ello el mencionado Congreso General sosteniendo su justicia, ventajas e importancia; declarando que la República del Paraguay está en el derecho de ejercer todas las grandes prerrogativas que son inherentes a su Independencia y Soberanía nacional”.


Tratado de navegación, comercio y límites con la Argentina
Previamente al reconocimiento de la independencia fue ajustado un Tratado en que quedaron resueltas las otras cuestiones que separaban al Paraguay de la Argentina: la de la libre navegación del río Paraná y sus afluentes, que era concedida al pabellón paraguayo, así como la del Paraguay era otorgada a la Argentina y la de los límites. El Paraguay renunciaba al territorio misionero de la izquierda del río Paraná, a cambio de un reconocimiento por la Argentina de su perfecta soberanía sobre el territorio del Chaco situado en la margen derecha del río Paraguay. López prefirió perder las ricas Misiones, su corredor natural al Brasil, con tal de asegurarse el dominio exclusivo del río Paraguay, que juzgaba de cardinal importancia para su seguridad política y para la mejor defensa de la autonomía nacional a tanta costa adquirida. La navegación del Bermejo fue considerada común para ambos países, comprometiéndose el Paraguay a mantener su curso en condiciones de navegabilidad, así como ha instalar un puerto a la mayor altura posible del Bermejo para el comercio con Bolivia. Quedaba neutralizada una franja de una lengua de costa sobre el río Paraguay, el sur de Bermejo hasta la isla del Atajo, y se garantizaba el libre tránsito por las Misiones de los correos brasileños y paraguayos. Se consagraba la libertad comercial para los ciudadanos de uno y otro país, y se especulaba el siguiente artículo que concretaba el espíritu que había presidido la firma del tratado: “En razón de la hermandad que establecen entre ambas Repúblicas la comunidad de origen, intereses y situación respectiva, los ciudadanos paraguayos que su Gobierno quiera destinar a cultivar sus talentos en los establecimientos de facultades y estudios mayores que sostuviere el Gobierno General de la Confederación serán considerados a la par de los ciudadanos argentinos”.

Grandes fiestas por la reconciliación con la Argentina
El reconocimiento de la independencia por la Argentina se festejo un júbilo inmenso en todo el Paraguay. Por primera vez la bandera Argentina tremoló junto a la paraguaya en la plaza principal. El general Urquiza adquirió singular prestigio. Su nombre se escribió en arcos triunfales y su retrato se estampó hasta en los pañuelos. “Tengo el placer de felicitar a V. E. – le escribió el presidente López – y en su ilustre persona a la Confederación Argentina por el fausto suceso del restablecimiento de las buenas relaciones de dos Repúblicas hermanas llamadas por la naturaleza y por la comunidad de origen a cultivar su mutuo engrandecimiento”. Urquiza destacó a su propio hijo, el mayor José de Urquiza, para expresarle su reconocimiento por los homenajes que había recibido, y escribió: “Por mi padre, también felicito a V. E. y en su nombre a toda la República que preside, pues es bien plausible el ver ligadas con vínculos de amistad a dos Repúblicas tan poderosas y de tan ilustres antecedentes. Llamados por la naturaleza y por un cómulo de circunstancias a llenar un destino importantes entre las Repúblicas Americanas”.

El espíritu público se mostró predispuesto a favor de la Argentina, olvidando la dolorosa historia de tantos años y deseando ver restablecida la hermandad originaria. Nadie recordaba al Brasil, que tanto había hecho por el reconocimiento y la defensa de la independencia paraguaya. El Paraguayo Independiente anunció que el tratado de alianza con el Brasil “ha quedado sin objeto por el feliz cambio del Gobierno argentino”, y Derqui informó a su Gobierno que el Paraguay no se negaría a concertar una alianza con la Confederación. “Hoy el Paraguay escribió a su Gobierno – es un elemento con el cual puede contar el general Urquiza”. Entre Urquiza y López se inició una correspondencia que se mantuvo durante largos años.

Desaparece “El Paraguayo Independiente”
El 14 de septiembre del año 1852 se procedió al canje de las ratificaciones de los Tratados Derqui-Varela, con la reserva de que su definitiva vigencia en cuanto a los límites establecidos dependía de la ratificación de los Congresos. Al mismo tiempo que informó de este acontecimiento, El Paraguayo Independiente reproducía el decreto que suprimió el lema de “Independencia o Muerte” y anunció su propia desaparición. “Nuestro papel concluye con este número – decía al despedirse de sus lectores, y al cerrarlo tenemos la íntima complacencia de felicitar a nuestros compatriotas por la consecución de los tres grandes objetos de la República: el reconocimiento de la Independencia de la República; el acuerdo definitivo de sus límites con la Confederación Argentina, y la libre navegación de nuestro pabellón por el río Paraná y sus afluentes”. Había aparecido ciento dieciocho números y su redactor principal y casi única había sido el presidente López. Le substituyó como órgano oficial del Gobierno el Semanario, cuyo redactor principal fue Juan Andrés Gelly y en cuyas columnas Carlos Antonio López continuó cultivando sus dotes de escritor.

Bolivia alega derechos sobre parte del Chaco
El Tratado de 1852 consagró el derecho paraguayo sobre todo el Chaco, al norte y al sur del Pilcomayo. Contra sus estipulaciones, el encargado de negocios de Bolivia en Buenos Aires, José de la Cruz Benavente, creyó necesario protestar, por considerar a su patria ribereña en la costa occidental del río Paraguay entre los grados 20, 21 y 22. La promesa no fue dirigida al Gobierno paraguayo, sino al de la Confederación. Era la primera vez que Bolivia manifestaba pretensiones sobre una parte del Chaco. El Paraguayo Independiente, en su penúltimo número, anunció que el Gobierno paraguayo esperaba análoga reclamación boliviana, lo cual no se produjo, para dar a conocer oficialmente su opinión, pero se adelantó a reafirmar los seculares derechos del Paraguay sobre el Chaco.

Disposición del Paraguay para una alianza con Argentina
Abierto el Paraná a la navegación internacional, Urquiza temió que, al amparo de la nueva libertad, las potencias europeas avasallaran la independencia de los países del Río de la Plata, temor que Rosas había sabido inculcar y del cual López participaba. Para hacer frente a este peligro le pareció necesaria la unión de las naciones ribereñas; a ese efecto, el ministro Derqui recibió instrucciones para gestionar un tratado de alianza ofensiva y defensiva entre la Confederación y el Paraguay. López que estaba inclinado a realizar un viraje fundamental en su política internacional, abandonando la amistad y l protección del Brasil para entenderse estrechamente con la Argentina, acogió con entusiasmo la idea, y pronto fueron convenidas las bases del tratado.

La alianza tenía en vista tanto a las potencias europeas como al Brasil, y si ponía al Paraguay en la obligación de garantizar la independencia del Uruguay, también le aseguraba el apoyo argentino contra cualquier imposición brasileña en las cuestiones pendientes de navegación y límites con el Imperio. El ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, de la Peña, introdujo en el proyecto una nueva cláusula, según la cual los aliados se comprometían a sostener el orden legal y el Gobierno establecido contra cualquier ataque de una nación extranjera o contra las sublevaciones que pudieran intentarse en la misma nación. Semejante innovación desvirtuaba los alcances de la alianza, pues acarreaba al Paraguay el compromiso de actuar en la política argentina, que surcaba un periodo tormentoso después del rechazo del Acuerdo de San Nicolás por Buenos Aires. La alianza no se firmó, si bien López escribió a Urquiza una carta confidencial ofreciéndole su cooperación.

Inquietudes del Brasil
No complugo al Brasil el acercamiento paraguayoargentino que se venía perfilando después de Caseros, y su representante en Asunción, Bellegarde, recibió instrucciones para interferir la ejecución del tratado Derqui-Varela, oponiéndose a la entrega del territorio de Misiones. “El Gobierno Imperial – dijo a López – no cree al Paraguay con el derecho de suponer por sí del territorio de Misiones, entregándolo a la Confederación, y declara que si el Paraguay lo cede, ésta no podrá ocuparlo sin la aquiescencia del Brasil”. López resuelto a desprenderse de la tutela brasileña, comunicó a Urquiza que, aún cuando no se había ratificado el tratado, estaba dispuesto pese a la oposición del Imperio, a entregar las Misiones a la Confederación. Derqui había convenido proceder por su cuenta, tomando posesión de este territorio, pero los sucesos políticos del 11 de septiembre motivaron la ruptura de Buenos Aires con la Confederación, dejaron sin efecto la resolución del Gobierno paraguayo. Derqui recibió orden de solicitar que se suspendiera la evacuación de Misiones, por temor a que la anarquía de Buenos Aires penetrara en este territorio. El Gobierno paraguayo comunicó entonces que no lo evacuaría antes de la ratificación del tratado por los Congresos.

Paraguay se niega a aliarse con Buenos Aires
Urquiza creyó que la entusiasta y buena voluntad demostrada por el Paraguay podía serle útil en las luchas internas de la Confederación. Producida la ruptura con Buenos Aires, propuso a López una alianza militar para restaurar la unidad argentina, solicitando que la cooperación paraguaya fuera dirigida contra Corrientes si se manifestaba con favor de Buenos Aires. López se negó a considerar una proposición que contrariaba la tradicional política paraguaya de no intervención en las luchas internas argentinas.

Urquiza desistió de hacer la guerra a Buenos Aires y pensó que para salvar a Entre Ríos y Corrientes de la Anarquía, si ésta irrumpía en el país, no restaba otro camino que la formación con provincias de un Estado independiente bajo la protección del Paraguay. El ministro Derqui recibió instrucciones para preparar ambiente a la idea. El nuevo gobernador de Corrientes, doctor Juan Pujol, apoyó el pensamiento y para llevarlo a ejecución elaboró un proyecto concreto que mereció la aprobación de Urquiza. Nada hizo López para alentar este pensamiento, que no tenía objetivo práctico para el Paraguay desde el momento que su independencia ya estaba reconocida. La anarquía temida por Urquiza no se produjo; las provincias, con la sola excepción de Buenos Aires, respondieron al llamamiento y concurrieron a la Convención Nacional Constituyente que el 20 de noviembre de 1852 inauguró sus sesiones en Santa Fe Buenos Aires quiso evitar la reunión, enviando una expedición armada, y Urquiza con su ejército marchó sobre Buenos Aires, pero desistió de sus propósitos bélicos; tácitamente se estableció un régimen de connivencia. La Convención de Santa Fe promulgó la Constitución, sin el voto de la provincia de Buenos Aires que también promulgó una Constitución en que se declaraba con el libre ejercicio de su soberanía interior y exterior.

El Paraguay entabló relaciones con la Confederación y con el Estado de Buenos Aires, que también reconoció la independencia del Paraguay. Acreditó cónsules, pero no envió representantes diplomáticos a Paraná, capital de la Confederación, ni reconoció la segregación de Buenos Aires.

Tratados con las grandes potencias
Reconocida la independencia paraguaya por la Argentina, las grandes potencias anunciaron sus propósitos de enviar misiones especiales para proceder a análogo reconocimiento y al mismo tiempo obtener tratados de libre navegación. López se mostró seriamente opuesto a todo convenio con los europeos, pues temía los avances y exigencias de las potencias marítimas y deseaba alejarla todo lo posible. Su hijo, el general Francisco Solano López, que deseaba hacer participar al Paraguay en la vida internacional, supo desarmar sus suspicacias, y hecho plenipotenciario, firmó el 4 de marzo de 1853 sendos tratados con los representantes de Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Cerdeña, por los cuales estas naciones reconocían la independencia nacional y el río Paraguay quedaba abierto a la navegación internacional. Ratificados los tratados por el presidente, el general López fue designado ministro en misión especial ante los Gobiernos europeos, para agradecer el reconocimiento de la independencia y proceder al canje de las ratificaciones de los tratados. Acompañado de lucido sequito salió de Asunción el 12 de junio de 1853. El Paraguay entraba así a formar parte del concierto de las naciones civilizadas. Cesaba, al fin, su fabuloso aislamiento de tantos años.

Cuestiones de límites y navegación
Consagrada su independencia y en relaciones normales con sus vecinos, pasaron al primer plano de las preocupaciones del Paraguay las cuestiones provenientes de la falta de definición de sus fronteras y de la navegación del río Paraguay. Por intermedio del encargado de negocios en Río de Janeiro, Manuel Moreira Castro, el Paraguay propuso al Brasil el arreglo de la cuestión de límites, pero la negociación fracasó por haber insistido este país en la línea del Apa. El Brasil, en sus controversias con las demás naciones sudamericanas, venía sosteniendo la caducidad del tratado hispanoportugués de 1777, pero al Paraguay le reclamaba la aceptación de las líneas trazadas en ese convenio; la tesis brasileña significaba la pérdida de una vasta de extensión de territorio rico en yerbales, sobre el cual el Paraguay aducía derechos basados en el uti possidetis, para lo cual le bastaba reproducir los argumentos del Brasil en sus demás disputas sobre límites. La cuestión de fronteras que dividía al Paraguay y al Imperio estaba estrechamente vinculada con la navegación del Alto Paraguay, que pronto fue materia de agrias disputas. Nadie hablaba del tratado de 1850 del río Paraguay, y su libre navegación era de vital importancia para el Imperio, para la seguridad y prosperidad del extenso Estado de Matto Grosso. El Paraguay quería concederla sólo a cambio de un tratado de límites que tuviera en cuenta sus derechos, y el Brasil, temiendo llevar hasta muy cerca de sus poblaciones del Alto Paraguay un Paraguay cada vez más poderoso, insistió en la línea del Apa. “Semejantes cuestiones declaró el consejero Paulino en el Parlamento – haría inevitable una guerra con un vecino que aumentaría extraordinariamente su poder adquiriendo proporciones gigantescas”.

Con la Argentina no había cuestiones de navegación, pero las estipulaciones del tratado Derqui-Varela sobre límites despertaron viva oposición en el Congreso Federal y en la prensa, donde se sostuvo que ellas vulneraban derechos argentinos sobre la margen occidental del río Paraguay. El Chaco estaba en posesión del Paraguay desde los tiempos coloniales, y aparte las razones jurídicas en que se apoyaba su ocupación, había otras muy particulares que volvían en este punto inflexible a López en la sustentación de esos derechos. La presencia de la Argentina en la otra margen del río entrañaba miles de peligros para la seguridad interna y aún para la independencia nacional y despojaría al Paraguay del derecho de reglamentar exclusivamente la navegación de ese río, poderosa arma con la cual contaba López para hacer frente a las pretensiones territoriales del Brasil.

De este modo las cuestiones de límites y de navegación aparecieron frecuentemente vinculadas, contribuyendo a aumentar su complejidad. Además, hacía difícil su solución el hecho de que, por las primeras, estaban en discusión más de las dos terceras partes de su territorio, y las segundas constituían el único resorte con que contaba el Paraguay, aparte su fuerza militar, para hacerse respetar en el orden internacional y mantener su independencia e integridad.

Es expulsado el encargado de negocios del Brasil
Fracasadas las negociaciones de Río de Janeiro, las conversaciones continuaron en Asunción. En febrero, en encargado de negocios del Brasil, Felipe José Pereira Leal, presentó un proyecto de tratado de comercio y navegación; se le informó que debía venir acompañado de otro sobre límites. El que formuló reprodujo las pretensiones brasileñas sobre el Apa. López sugirió como transacción, la neutralización del la zona el litigio, entre los ríos Apa y Blanco, propuesta que fue rechazada. Pronto las negociaciones adquirieron un tono de gran violencia personal. Pereira Leal fue acusado de promover el descontento entre los paraguayos, de introducir cizaña en las relaciones entre el Paraguay y la Argentina, y finalmente, de faltar al respeto al propio presidente. El 10 de agosto de 1853 el ministro de Relaciones Exteriores, Benito Varela, le envió una nota en que le dijo: “Siendo notorio en esta capital que V. S., con el olvido del indeclinable deber que le impone la misión que le fue conferida por su Gobierno para representarle ante la República, se ha permitido faltar públicamente al respeto a las consideraciones recomendadas por todos los Gobiernos en sus órdenes e instrucciones a sus agentes diplomáticos, y se ha dedicado a la intriga e impostura en odio al Supremo Gobierno de la República… S. E. el Sr. Presidente de la República, no pudiendo ni debiendo desatender por mayor tiempo el procedimiento singular de V. S., me dio orden de comunicarle que este Ministerio de Relaciones Exteriores suspende toda correspondencia con V. S. hasta que dé entera satisfacción la Gobierno de la República sobre sus referidos procedimientos ofensivos y hasta que haga sincera protesta de guardar en adelante la fidelidad y el respeto debido al Excmo. Sr. Presidente de la República, quedando en la inteligencia de que, en caso contrario, S. E. esta dispuesto a mandarle sus pasaportes y dar las debidas explicaciones al Gobierno S. M. el Emperador del Brasil”. Pereira Leal no dio la satisfacción que se le exigía, y en consecuencia el 12 de agosto, le fueron entregados los pasaportes. Las relaciones con el Imperio quedaron suspendidas, y el ministro de Relaciones Exteriores del Brasil declaró en su Velatorio que “solamente la guerra podría no desatar, sino cortar esas dificultades”.

Paraguay se niega a desocupar Misiones
Al tiempo que empeoraban las relaciones con el Brasil, la Argentina promovió una cuestión respecto a la posesión de las Misiones, que el Tratado de 1852 declaraba de su pertenencia y que continuaban ocupadas por el Paraguay. Urquiza se dirigió a López, en términos un tanto conminatorios, para informarle que, con la promulgación de la Constitución Argentina, había desaparecido las circunstancias especiales que le movieron para consentir que el Paraguay continuase reteniendo las Misiones argentinas, en consecuencia esperaba que ellas fueran entregadas cuanto antes. A López le extraño el tono de esta nota y la ninguna mención que en ella se hacía el Tratado de 1852, que el Paraguay no estaba obligado a cumplir hasta haberlo ratificado ambos Congresos. “El territorio de las antiguas Misiones – contestó a Urquiza – ha pertenecido al Paraguay el régimen colonial desde 1806 hasta la Revolución de Mayo de 1811, y desde esta época ha integrado el territorio nacional paraguayo. No hay más propietario de la izquierda del Paraná que la República del Paraguay, mientras llega el caso de verificar su entrega a la Confederación en virtud del Tratado”. Y como continuará el Congreso argentino sin pronunciarse sobre el Tratado, el ministro de Relaciones Exteriores José Falcón se dirigió al de la Confederación Argentina para decirle que del “silencio prolongado en que yace sepultado aquel Tratado no puede resultar más que inconvenientes considerables de peores consecuencias que los que ocasionaba el déspota de Palermo con su extravagante política”.

Fracaso de la empresa naviera de Mr. Hopkins
Hopkins en los Estados Unidos fue facilitada por los sucesos del Río de la Plata. Para obtener el monopolio que se le había prometido y al mismo tiempo introducir nuevas industrias en el Paraguay, campo virgen de iluminadas perspectivas, promovió en Rhode Island la fundación de la “United Status and Paraguay Navigation Co.”, con cuyo recurso fue adquirido el vapor Paraguay, donde embarco gran cantidad de maquinaria agrícola y manufacturera; pero el Paraguay naufragó en 1853 en las costas del Brasil. Un segundo barco, el Blogdet, naufragó también en el río de la Plata; sólo una parte del cargamento pudo salvarse, con el cual Hopkins se presentó en Asunción en octubre de 1853.

Aunque el monopolio de la navegación no le fue concedido, López ayudó a Hopkins, proporcionándole recursos, tierra y mano de obra, con todo lo cual instaló un aserradero, un molino harinero, una fábrica de cigarros, otra de ladrillos y varias industrias menores. Hopkins pretendió sobre estas actividades industriales el derecho de exclusividad durante diez años; López se negó a concederle monopolio alguno, alarmado por esta irrupción del capital extranjero que ponía en peligro el sistema económico nacional, comenzó a hostilizar las actividades de la nueva empresa. En julio de 1854 un soldado vejó al hermano de Hopkins; éste reclamó a las autoridades, y lo hizo en términos violentos. El soldado fue castigado, pero el Gobierno paraguayo se quejó de Hopkins, que retenía el título de cónsul de los Estados Unidos, al Gobierno de Washington, y dictó nuevas reglamentaciones para los establecimientos industriales o comerciales, que debían proveerse de licencia; prohibió el uso de “un título comercial extranjero en la República, sin permiso expreso del Gobierno”. Hopkins desacató una u otro disposición; sus fábricas no se inscribieron y continuó usando el título agente de la Compañía de Navegación. El Gobierno clausuró sus establecimientos cancelando, finalmente, su exequátur.

En aquel tiempo navegaba las aguas del Paraguay, en exploración científica, el Water Wich y Hopkins reclamó en vano su protección. El comandante de ese barco, teniente Page, había recibido instrucciones de gestionar el canje de ratificaciones del Tratado de 1853, pero el ministro de Relaciones Exteriores, José Falcón, se negó a recibir la nota en que se le invitaba a ello por estar redactada en inglés. Sólo después de este incidente, Page tomó el partido de Hopkins; con marineros del Water Wich se apoderó de los papeles de la Compañía de Navegación, bajo amenaza de proceder militarmente, obtuvo que se permitiera embarcar a Hopkins y miembros de su familia, lo cual hizo el 30 de septiembre de 1854.

Es reelegido el presidente López
En medio de estas dificultades internacionales se reunió en marzo de 1854 el Congreso General que debía proceder a la navegación del Poder Ejecutivo. Leído y aprobado el mensaje del presidente López, en que éste dio cuenta de los actos de su administración, hubo unanimidad en reelegirlo por otro periodo de diez años. Pero López alegando su avanzada edad, sólo aceptó una reelección por un periodo de tres años. López dio cuenta de su aceptación en un bando en que “ordenaba y mandaba” al pueblo “que habiendo entrado la República en una época normal de paz y tranquilidad, todos los ciudadanos se entreguen francamente al trabajo, labor e industria que más le conviniere”.

La misión del general López en Europa
La embajada presidida por el general Francisco Solano López fue cordialmente recibida en la Cortes europeas, particularmente por el Emperador de Francia, Napoleón III. Aparte de la misión de agradecer el reconocimiento de la independencia nacional por las naciones europeas, López fue encargado de contratar técnicos y adquirir maquinarias con que promover el desarrollo industrial del Paraguay. Así lo hizo, también contrató músicos, arquitectos, matemáticos, literatos, en número suficiente para impulsar el progreso cultural del Paraguay, así como médicos, químicos y farmacéuticos. En Paris firmó un contrato con Antonio López, armador de Burdeos, para trasladar al Paraguay de 800 a 900 agricultores, y “algunos pocos de oficios mecánicos”, vascos españoles o franceses, con los cuales se iba a intentar en el Paraguay, por primera vez la colonización europea organizada. En Londres adquirió un barco de guerra, al cual se dio el nombre de Tacuarí y a su bordo, con la bandera paraguaya al tope, emprendió el viaje de regreso al Paraguay. En París conoció a Elisa Lynch, hermosa dama irlandesa que imperaba en algunos círculos elegantes, de la cual López se enamoró, llevándola al Paraguay, donde había de desempeñar un importante papel histórico.

Antes de regresar al Paraguay el general residió algún tiempo en Madrid. España aún no había reconocido formalmente la independencia del Paraguay, López se propuso lograrlo negociando un tratado de paz y amistad. Las gestiones realizadas personalmente con el ministro de Estado Calderón de la Barca, tropezaron con inconvenientes que no pudieron ser salvados. El Gobierno español exigió que el Paraguay devolviera las propiedades confiscadas durante la guerra de la Independencia y que pertenecieron a la Corona y la admisión de la nacionalidad española de los hijos de españoles nacidos en el Paraguay. López se negó rotundamente a aceptar semejantes exigencias, alegando que en su país no se había producido confiscación alguna de propiedades en ocasión de la independencia y sosteniendo el principio del jus soli. Producido un cambio de Gobierno en España, el nuevo ministro de Estado se mostró dispuesto a reanudar las negociaciones, pero López contestó que no podía postergar la partida del Tacuarí, que le esperaba con los fuegos encendidos; salió de Burdeos el 11 de noviembre de 1854, llevando consigo a los ingenieros Whitehead, Richardson y a otros técnicos.

A su paso por Río de Janeiro se entrevistó con el Emperador don Pedro II y se enteró de los preparativos para el envío de una escuadra punitiva al Paraguay. Llegó en Asunción el 21 de enero de 1855 y enseguida se dedicó a poner al país en estado de defensa en vísperas de la invasión fluvial brasileña.

Brasil envía una escuadra al Paraguay
La expulsión de Pereira Leal excitó en Río de Janeiro el sentimiento popular, el Gobierno vaciló varios meses antes de tomar una resolución que satisficiera las exigencias de la dignidad nacional herida. Finalmente se apresto una poderosa escuadra, bajo el mando del almirante Pedro Ferreira de Oliveira, investido de plenipotencias especiales, con la misión de obtener del Paraguay una amplia satisfacción por la ofensa recibida y al mismo tiempo un tratado de navegación y, si fuera posible, de límites. Si el Paraguay no admitía la propuesta de límites, Ferreira debía negociar la libre navegación, y si en un plazo no mayor de ocho días el Paraguay no daba su consentimiento a las proposiciones brasileñas, la escuadra tenía que forzar el paso del río y llegar hasta Fecho de Morros, para dejar allí, bien fortificados, de 300 a 400 hombres. Si en las Tres Bocas, después de manifestar que su misión era pacífica, no se le permitía el paso a la escuadra, tenía que forzarlo “repeliendo, si fuera necesario la fuerza contra la fuerza, deteniendo las embarcaciones de guerra y destruyendo las fortificaciones”. La organización de esta escuadra suscitó críticas en la prensa de oposición al Gobierno. “Sería una veleidad pueril querer aterrar con un simulacro al Gobierno del Paraguay”, dijo Diario do Río.

El paso de la escuadra por la Argentina
A fines de diciembre la escuadra brasileña apareció en las agua del río de la Plata y comenzó a remontar el Paraná, jurisdicción de Buenos Aires, sin solicitar permiso de su Gobierno. El hecho provocó alarma y animaba discusión en la prensa porteña. El Gobierno de Buenos Aires pidió explicaciones al ministro del Brasil, quien se limitó a declarar que no habiendo declaración de guerra ni rompimiento de hostilidades con el Paraguay, y siendo pacífica las intensiones del Gobierno imperial, no había quiebra de la neutralidad argentina. Al Gobierno de Argentina no le bastó esta explicación; la polémica entre ambos Gobiernos se prolongó durante todo el año, sin que en ningún momento el Brasil desistiera su opinión de que para pasar fuerzas navales por las aguas argentinas no necesitaba la aquiescencia del Gobierno de Buenos Aires, entonces separado de la Confederación.

Otra fue la actitud que asumió el Gobierno de la Confederación, con sede en Paraná, cuando la escuadra navegó las aguas de su jurisdicción. Encontró justificada la conducta del Brasil, ofreció sus buenos oficios, y anunció que entre tanto, la escuadra brasileña podía contar con todos los auxilios compatibles con la neutralidad. El Gobierno de Paraná pidió también explicaciones acerca de los verdaderos propósitos de la escuadra. El ministro brasileño reiteró que las intenciones de la misión naval eran pacíficas y Ferreira de Oliveira siguió viaje sin solicitar el acuerdo de la Confederación. No le fue necesario a la escuadra forzar el paso, pues no encontró ninguna resistencia a lo largo del Paraná.

El “Water Wich” es cañoneado
Mientras el Paraguay se preparaba a hacer frente a la expedición brasileña se produjo un grave incidente en aguas paraguayas. La conducta de Water Wich en el asunto de Hopkins había ofendido a López, quien en represalias, prohibió por decreto la navegación de los ríos interiores por los barcos de guerra. A pesar de ello el 1 de febrero de 1855, el Water Wich pretendió navegar el canal que separaba el campamento de la isla de Paso de Patria del continente. El comandante del fuerte de Itapirú le intimó para que no lo hiciera, pero el Water Wich forzó el paso; el fuete barrió fuego, siendo contestado la artillería del barco norteamericano. Las baterías paraguayas se impusieron y el Water Wich retrocedió con serios destrozos, llevando un muerto y varios heridos a bordo. El coronel Wenceslao Robles, comandante del cuartel general de Paso de Patria, comunicó al presidente López el incidente. “Tal ha sido la retirada del Water Wich – informó, llevando una lección que hace tiempo buscaba”. Conocido el suceso, el Gobierno dirigió al de los Estados Unidos sus protestas por los procedimientos del Water Wich.

La escuadra brasileña llega a Tres Bocas
Días después del incidente del Water Wich apareció en Tres Bocas la poderosa escuadra enviada por el Brasil – 20 cañoneras con 120 piezas de artillería. López lanzó una proclama llamando a todos los paraguayos a la defensa de la Patria y dio órdenes para evacuar la capital y emplearse en las costas “todo género de esfuerzos y resistencia a no dejarles poner pie en tierra, que no puedan cortar un gajo de leña ni hallar un animal útil de ninguna clase, ni granos, ni raíces, ni frutas”. Sin embargo, la primera actitud paraguaya no fue de hostilidad. El comandante de la guardia de Tres Bocas envió al jefe de la escuadra un oficio en el que le participaba que ningún inconveniente habría en que subiese a Asunción, como creía, era su misión pacífica y diplomática, pero que se sirviese dirigirse al Gobierno previamente, para hacer conocer su carácter “como es costumbre en tales casos”. Poniendo a su disposición las postas del servicio público.

La escuadra dio fondo y, accediendo a la indicación del comandante paraguayo, el almirante Ferreira envió al ministro de Relaciones Exteriores una nota en que comunicaba que venía provisto de plenos poderes “para tratar y terminar, si fuera posible, y por medio pacíficos y honrosos a ambos Gobiernos, las cuestiones pendientes”. Ferreira para dar una prueba de sus sentimientos pacíficos, informó que aguardaría, no los cuatro días que según comandante de la guardia se requería para recibir respuesta a su nota, sino seis “vencidos los cuales seguiría su marcha hasta la Asunción”. Lo que Ferreira Oliveira no había querido hacer al paso por Buenos Aires y el territorio de la Confederación lo hacía en el Paraguay: pedir permiso para transitar por aguas que no eran brasileñas.

Se exige que la escuadra quede fuera de las aguas nacionales
La respuesta del ministro Falcón al almirante Ferreira expresó la sorpresa con que el Paraguay se había enterado de los aprestos militares y navales del Brasil, convencido como estaba el presidente López de que no era posible, sino “muy sencillo y fácil”, el arreglo de las cuestiones pendientes y de que se agotarían todos los medios pacíficos antes de recurrir a medio violentos. V.E. entraba en el Paraná con una Escuadra imponente, y que lo remontaba del mismo modo, sin anunciar su medida y objeto, se disiparon todas sus ilusiones y esperanzas; vió con el más profundo pesar cerrada toda vía de comunicación amigable y discusión pacífica porque el honor y la dignidad de Estado independiente le imponían el deber y la necesidad de negarse a toda comunicación y negociación iniciada y continuada bajo en amago y amenaza de al fuerza; semejante forma en una misión diplomática, cuando no ha precedido reclamación ninguna que el Paraguay hubiese desechado, es inusitada, es injuriosa, ofensiva y humillante si necesidad”. Con sólo el apresto y armamento se ha hecho ya al Gobierno paraguayo y a la República una injuria y ofensa gravísima, Falcón declaraba que el Presidente estaba pronto a recibir a Ferreira de Oliveira para entrar en negociación pacífica, siempre que quisiera hacer salir de las aguas de la República la escuadra de su mando y se aviniera a arribar a la Asunción en el buque que lo conducía. Terminaba la nota: “Si por desgracia para ambos Estados V.E. no quisiese prestarse a este paso conciliatorio, e insiste en remontar el río Paraguay con su fuerza naval, V.E. habrá iniciado las hostilidades a la República: cargará con al responsabilidad de agresor gratuito y no provocado, y habrá puesto a la República en la indeclinable necesidad de defenderse, sin reparar en el resultado de la lucha, ni detenerse en la superioridad de poder y fuerza de que V.E. dispone. Este terrible y penoso, pero indeclinable deber, le imponen su honor y su dignidad”.

Ferreira sigue viaje sin la escuadra
Ferreira de Oliveira accedió a la propuesta de fondear la escuadra fura de las aguas paraguayas, y el 27 de febrero de 1855 siguió viaje en el Amazonas, embarcación que enarbolada su insignia. El viaje del Amazonas comenzó arrogantemente, a su paso por Humaitá no saludó a la plaza militar, y cuando varó en Tayí se negó a aceptar los auxilios paraguayos. Pero cuando nuevamente varó cerca del Bermejo, Ferreira no pudo menos que pedir oficialmente la cooperación del Gobierno paraguayo para salir a flote, y permiso para que se permitiera subir en su auxilio a dos vapores menos de su escuadra, a lo cual accedió el presidente López a condición de que así que el Amazonas flotara regresaran aquéllos al punto de estación. El Amazonas se liberó de su encallamiento cuando aún no habían llegado a su auxilio los dos barcos, pero Ferreira de Oliveira insistió en que el Gobierno paraguayo le permitiera utilizar esos dos barcos para un posible nuevo varamiento. El Gobierno se opuso a esta concesión. “Si sucediese la desgracia escribió Falcón a Ferreira – de volver a varar en la proximidad de la Capital, el Gobierno Supremo de la República sentiría mucho que el pueblo paraguayo viese arribar dos vapores más, que en el estado de inquietud, de alarma y exasperación en que se halla desde la aparición de la Escuadra Brasileña en el río Paraguay podría dar lugar a lances desagradables, y por imprevistos no pudiera evitar el Supremo Gobierno, a pesar de sus mejores disposiciones”. Mientras tanto el Amazonas seguía encallando en cada paso difícil, hasta que Ferreira resolvió cambiar de buque y seguir viaje en el Ypiranga, de menor calado, para lo cual pidió también permiso al Gobierno paraguayo, al cual comunicó que, una vez desencallado, el Amazonas regresaría a su estación, “a fin de destruir cualquiera preocupación del pueblo paraguayo”. Como las aguas del río comenzaban a reputar, Ferreira quiso desistir de transbordarse al Ypiranga e intentó llegar en el Amazonas, pero el Gobierno paraguayo le observó que ya no había tiempo de hacer regresar al Ypiranga y que sería prudente dejar donde estaba encallado, al Amazonas y efectuar el trasbordo, “para que no lleguen dos vapores de guerra” por las consideraciones anteriormente expuestas. El 16 de marzo de 1855 llegó a Asunción el almirante Ferreira de Oliveira sin su escuadra y a bordo del pequeño barco Ypiranga.

Se dan satisfacciones a la bandera brasileña
Ferreira de Oliveira, una vez en el puerto de Asunción, entregó a Falcón la nota del Vizconde de Abaeté, rechazando las explicaciones que el 12 de agosto del año anterior había formulado Varela a propósito de la despedida de Pereira Leal, reclamaba una “reparación que pueda considerarse suficiente y eficaz” y anunciaba que para obtener había sido comisionado el jefe de la escuadra Ferreira de Oliveira, esperando que se concordara “un ajuste razonable, que ponga términos a esa desagradable ocurrencia de un modo satisfactorio”. Anunciaba también que Ferreira llevaba plenos poderes para proseguir las negociaciones acerca de navegación y límites, sobre la base de un proyecto de tratado que contenía las máximas concesiones del Gobierno Imperial. Falcón explicó entonces a Ferreira que al presidente le había sido penoso verse impelido a adoptar con Pereira Leal “la medida extremada que no pudo evitar, porque la situación excepcional del Paraguay lo impelía a ellos sin tregua”. Y agregaba: “S. E. el señor presidente juzga que es de suma conveniencia omitir una más amplia justificación de su procedimiento en aquel deplorable incidente, el interés de ambas partes está en que se relegue al más completo olvido, en la seguridad que debe tener S. M. I. de que ha estado muy distante de la mente de S. E. el Señor Presidente ofender en lo más mínimo la alta dignidad y decoro de S. M. el Emperador, ni romper o alterar las relaciones amigables entre ambos Gobiernos”. Ferreira de Oliveira contestó que reputaría completas y satisfactorias estas explicaciones si se las adicionaba una salva de veintiún cañonazos a la bandera brasileña enarbolada en tierra, que sería inmediatamente contestada con igual salva por el Ypiranga a la bandera paraguaya izada en su tope de proa, y haciéndose publicar la manera “amigable y honrosa” con que se ponía término a la cuestión procedente de la despedida del encargado de negocios Pereira Leal. El Gobierno paraguayo aceptó esta propuesta, y el 25 de marzo, al amanecer, una batería de tierra saludó el pabellón brasileño, enarbolado a la par del paraguayo, con la salva convenida, haciendo lo propio el Ypiranga.

Ferreira discute con Francisco Solano López las cuestiones de límites
Resuelto el incidente Pereira Leal, el almirante Ferreira de Oliveira fue reconocido en su carácter diplomático y se designó al general Francisco Solano López plenipotenciario del Paraguay para discutir las cuestiones de navegación y límites. Ferreira le presentó el proyecto de Tratado de Navegación y Límites de que era portador, y por el cual se trazaba como lindero entre los dos países el río Apa, sobre la base del uti possidetis. El plenipotenciario paraguayo propuso que fueran separadas las cuestiones de límites de las de comercio y navegación, a lo cual asistió Ferreira, entrando luego a considerar las primeras. El general López declaró que no tendría inconveniente en admitir como base de la negociación el uti possidetis, según fuera la inteligencia que le diera el Brasil, y pidió que esa explicación se formulara por escrito. Ferreira de Oliveira explicó que la inteligencia genuina del uti possidetis dada por el Brasil era la que se deducía de la línea propuesta. López no aceptó esta explicación basada en el testo del proyecto, cuya redacción era la que suscitaba sus deudas. “El modo con que está redactado el artículo deja entender que está poseído por una de las partes, en el caso del uti possidetis, todo lo que abrazan las líneas que describe y traza el mismo artículo que establece el principio; cuando por el tenor mismo del artículo debería ser el resultado y el efecto de la posesión, lo que quiere decir que se invierten las cosas poniendo por efecto lo que en realidad es y debe ser la causa”. Alegó López que la posesión extrema del Brasil era Coimbra, a 19º 54’ de latitud austral, y la paraguaya, Borbón u Olimpo, a 20º 4’ 30’’, y que el río Apa, propuesto por el Brasil, estaba a los 22º, no indicando el límite de ningún posesión brasileña. Ferreira de Oliveira entendió que la línea propuesta no era aceptada, declaró que no podía presentar otra, con lo cual dio por concluida su gestión sobre el tratado de límites e invitó a López a entrar a considerar el de comercio y navegación. Accedió a ello López, no sin antes declarar a Ferreira que la cuestión de límites era para el Paraguay cuestión vital. “Es cuestión de seguridad decía, de tranquilidad y de conservación de las buenas relaciones con el Imperio del Brasil”. Entraron ambos plenipotenciarios a estudiar las cuestiones de navegación, pero siguió la polémica escrita sobre los derechos territoriales aún después de haberse embarcado Ferreira ya terminada su misión.

Se firma un Tratado de Comercio y Navegación
Consistiendo el desvío de su inveterada posición diplomática, aceptó el Paraguay tratar la cuestión de la navegación independientemente de la de límites, aunque condicionando la validez definitiva de lo que se acordase a la solución territorial que las dos partes se comprometía a estipular en el plazo de un año. El 27 de abril de 1855 firmaron López y Ferreira un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación. Ambos países se concedieron mutuamente la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay en las partes en que eran ribereños. El Paraguay, haciendo prohibición general de navegar por sus ríos, sin previo permiso, a los buques de guerra, concedió al Brasil el derecho de introducir a sus posesiones del Alto Paraguay hasta dos de ellos, que no fueran más de 600 toneladas ni con más armamento que ocho piezas cada uno. Por un tratado adicional de la misma fecha la cuestión de límites quedó aplazada por el término de un año, debiendo el tratado de límites, de concluirse dentro de dicho plazo, ser ratificado al mismo tiempo que el de amistad, comercio y navegación, “de modo que no podrá ratificarse y hacerse el canje de las ratificaciones del uno sin la del otro”.

El plenipotenciario López, al informar al ministro de Relaciones Exteriores del resultado de las negociaciones, explicó esta condición del siguiente modo: “He juzgado que los intereses vitales de la República y la política del Supremo Gobierno fundada en ellos me imponían esta reserva: si el tratado de amistad, comercio y navegación era prontamente ratificado y puesto en ejecución, no conseguiría la República ajustar y concluir el de límites sobre un pie razonable y justo, porque habría entregado indirectamente a una nación vecina, poderosa y fuerte, sus posiciones de seguridad y defensa y se habría entregado, con las manos atadas, a su discreción, sin conservar más un fantasma de Nación Independiete”.

Se disuelve la colonia “Nueva Burdeos”
Apenas radicados en la colonia “Nueva Burdeos”, especialmente fundada en mayo de 1855 para ellos en el Chaco, los colonos franceses contratados por el general López en Europa dieron muestras de escasa adaptabilidad a las condiciones del país. El presidente López temeroso del contacto de los emigrantes europeos con los campesinos, se opuso a que aquéllos eligieran libremente su ubicación y castigó severamente las tentativas de fuga que no tardaron en producirse. Los colonos se negaron a aceptar el régimen militar a que fueron sometidos; y como de los 410 que vinieron, sólo 86 eran labradores y los restantes de profesiones liberales que nada podían hacer en el desierto, pronto conocieron grandes privaciones, multiplicándose los actos de insubordinación y tentativas de fuga, con las consiguientes represiones, finalmente el Gobierno declaró la disolución de la colonia y dio a los ex colonos un plazo de cincuenta días para pagar las deudas contraídas con el Estado, sin lo cual no se les permitirían abandonar el país. Muchos de los que no pudieron satisfacer sus deudas fueron destinados a las fábricas y minas del Estado. El cónsul francés Lucien Brayer protestó porque el Gobierno paraguayo quería asimilar los colonos franceses a los “esclavos del Estado”, y del mismo modo manifestó su disgusto el ministro de Relaciones Exteriores de Francia Conde Walewski, quien dispuso que, en represalias, y entre tanto se entraban las relaciones correspondientes, ya no se concedieran pasaportes para el Paraguay. Los ex colonos destinados a las obras públicas se negaron a trabajar y por su absoluta carencia de recursos pronto constituyeron un problema gravoso para el Gobierno, que el 13 de junio de 1856 resolvió liberales de sus deudas y otorgarle gratuitamente sus pasaportes para abandonar el país “por la conveniencia pública de libertar al pueblo de ese grupo de zánganos gravosos a la sociedad con sus demandas de limosnas para vivir”. Había fracasado el primer intento de colonización europea en vasta escala en el Paraguay.

José Berges es enviado a Río de Janeiro
Los tratados López – Ferreira de Oliveira produjeron indignación en Río de Janeiro. Se consideró que el almirante había sido burlado; de nada le había servido la poderosa escuadra que llevó como mejor argumento. Lo que el Paraguay concedía en materia de navegación era una limosna denigrante para la dignidad del Imperio. El Emperador se negó a ratificar los convenios, lo cual fue comunicado el 8 de julio de 1855. Mientras tanto el presidente López, deseoso de ponerse dentro de las estipulaciones del Convenio, y antes de que feneciera el plazo estipulado para el arreglo de fronteras, destacó ante la Corte de Río de Janeiro en misión especial a José Berjes, uno de los paraguayos más capacitados de la época. El plenipotenciario brasileño fue José María da Silva Paranhos, y las negociaciones tuvieron efecto en marzo y abril de 1856. Largas y eruditas discusiones sobre los alcances del uti possidetis y sobre historia colonial se desarrollaron entre los dos plenipotenciarios, sin que fuera posible obtener siquiera una aproximación de los puntos de vista. El Brasil insistió en que la frontera debía trazarse sobre el río Apa; el Paraguay reivindicó el límite del Río Blanco. Berges ya no defendió la tesis de la prioridad de arreglo de límites sobre el de navegación. Conviniéndose por un protocolo especial el emplazamiento por seis años la cuestión de límites y la neutralización de la zona en litigio, se firmó el 6 de abril de 1856 un Tratado de Amistad y Navegación que garantizaba a ambas partes la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay, a reserva del derecho de reglamentación de la política fluvial y sin las trabas estipuladas en el Tratado López – Ferreira.

El Congreso Argentino rechaza los tratados Derqui – Varela
Las relaciones del Paraguay con la confederación pasaron por un periodo crítico desde que el Congreso de Paraná había rechazado el 11 de septiembre de 1855 las estipulaciones sobre límites de los tratados Derqui-Varela. El Congreso invitó al Gobierno a iniciar nuevas negociaciones con el Paraguay y a tal efecto la Confederación envió a Asunción, en misión especial, al general Tomás Guido. Las instrucciones que recibió el 21 de marzo de 1856 trasuntaban el estado de ánimo de los gobernantes argentinos respecto del Paraguay. “La prolongada clausura y completa incomunicación con el exterior – decía – que ha sufrido el Paraguay; lo reciente de su independencia; la poca armonía que existe entre su estado social y político y el de la mayor parte de las naciones americanas y europeas con que se ha puesto en relación de poco tiempo a esta parte, y otras muchas circunstancias bien conocidas, hacen del Gobierno paraguayo y de su política una entidad aparte y especial”. Guido encontró el ambiente asunceño enrarecido. El semanario no disimulaba su hostilidad a la Confederación. López, que primeramente quiso que Guido mantuviera contacto con el Gobierno por los conductos protocolares comunes, tomó luego a su cargo la negociación, que se prolongó desde marzo a julio de 1856 en una atmósfera nerviosa y tensa. El plenipotenciario argentino reiteró las pretensiones de su país sobre el Chaco y las Misiones, y ellas fueron rechazadas con firme energía por el mandatario paraguayo. “La pretensión del Chaco – declaró López a Guido – significa cortar la mano a un hermano. El Paraguay consentiría más bien reducirse a escombros antes que enajenar el territorio que le corresponde.” El Paraguay sostuvo que le era de vital necesidad para su seguridad interna y para la conservación de su independencia el dominio de ambas márgenes del río de su nombre. Veía en las pretensiones argentinas, que venía paralelamente a las del Brasil, una amenaza latente contra la independencia del Paraguay. “Se me quiere cercar de elementos de discordias y encerrar a este país”. Exclamaba López. Y agregaba: “Será preferible acudir a las armas”.

Se firma con la Argentina un nuevo Tratado de Navegación
El sistema diplomático elegido por López para obtener satisfacción soluciones territoriales no mostraba suficiente eficacia. Como el Brasil, la Argentina no estaba dispuesta a ceder sus exigencias territoriales a cambio de la libertad de navegación, en la cual no estaba interesada por carecer de flota y porque su comercio no la reclamaba, satisfecho con el régimen implantado en el año 1845. Viendo la imposibilidad de todo acuerdo inmediato de límites, López, como ya lo hizo Berges en Río de Janeiro, acepto tratar con Guido la cuestión de la navegación, consintiendo fácilmente en conceder a la Confederación las facilidades que había otorgado al Brasil. El 29 de julio de 1856 se firmó un Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación, con un protocolo adicional en que se declaraba que el Paraguay no vería diferente la ocupación de Martín García por alguna potencia que quisiera entorpecer la navegación – alusión dirigida al Brasil – y que se había opuesto a la propuesta de la Confederación de neutralizar esa isla “para no apoyar ni directa ni indirectamente la desmembración de sección alguna territorial de cualquiera de las Altas Partes Contratantes”, con lo cual el Paraguay desvanecía cualquier duda sobre sus intenciones contrarias a la unidad argentina. La cuestión de límites fue aplazada por seis años más. El Congreso Federal aprobó los tratados el 26 de septiembre. López esperó esta sanción para acordar su ratificación el 15 de octubre. El 15 de noviembre se canjearon las ratificaciones en Paraná.

Reforma de la Constitución en 1856 y reelección de López
En noviembre de 1856 se reunió un Congreso especialmente convocado para proceder a al reforma de la Constitución. La reforma, según los puntos indicados por el presidente López, se limitó a los artículos relacionados con las condiciones para la sucesión presidencial, el número de diputados y el régimen electoral. El Congreso reformó las disposiciones vigentes otorgando al presidente la facultad de designar por pliego reservado la persona que debía sucederle provisionalmente en caso de muerte, ausencia o renuncia y hasta la reunión del Congreso, y resolviendo que para ejercer la Primera Magistratura bastaba haber cumplido treinta años y ser de cualquiera de los fueros, civil o militar. La reforma estaba dirigida ostensiblemente a preparar la exaltación al poder, al término del mandato del presidente Carlos Antonio López, de su hijo el general Francisco Solano López, que en 1857 iba a cumplir treinta años. También quedó reducido a ciento el número de diputados y se estableció que electores y elegidos debían ser “ciudadanos revestidos de las condiciones de propiedad, probidad, buena fama, conocido patriotismo, el goce de todos los derechos civiles y una capacidad regular”, quedando suprimido de tal suerte el sufragio universal hasta entonces vigente.

No se ratifica el tratado con Estados Unidos
El Gobierno de los Estados Unidos no acogió las reclamaciones de Hopkins; el incidente de Water Wich tampoco suscitó sus protestas. El 30 de julio de 1856, el presidente Buchanan nombró comisionado especial a Ricardo Fistzpatrick para gestionar el canje de las ratificaciones del tratado de 1853. Después de reconocido, se le preguntó la resolución que había adoptado su Gobierno sobre aquellos incidentes; el enviado norteamericano contestó que su misión se limitaba al canje de las ratificaciones. Y el Senado norteamericano había introducido en el texto de tratado 32 modificaciones, con objeto de uniformar la designación de los Estados Unidos, que se había hecho incorrectamente; el representante norteamericano pidió que el Paraguay accediera a las mismas correcciones antes de procederse al canje de ratificaciones. Vázquez le declaró que el Paraguay había ya ratificado el tratado sobre su texto original, pero se mostró dispuesto a negociar otro si se quería salvar sus deficiencias. Fistzpatrick insistió en que las correcciones no alteraban el tratado. Vázquez cerró bruscamente la negociación, y el diplomático norteamericano abandonó Asunción altamente ofendido.

Carlos Antonio López es reelegido en 1857
En víspera del Congreso de 1875, convocado para la elección de nuevo presidente, la candidatura del general López, a la cual respondieron aparentemente las reformas constitucionales de 1856, ganaba rápidamente terreno. El Jornal do Comercio se refirió a ella como un hecho inevitable y El Eco del Paraguay, periódico asunceño no oficial, reproduciendo la información del diario brasileño, afirmó que en el caso de ser elegido el general López pediría “el aplauso común”. Y agragaba: “Es necesario que seamos francos de una vez y para siempre, y no procuremos envolver en la línea del misterio lo que está claro como la luz en la mente y el espíritu de todos los paraguayos”. La indiscreción política del periódico asunceño mereció severa reprimenda del órgano oficial. Dijo el Semanario: “Creemos un mal ejemplo en la República el anuncio y discusión de una candidatura. El H. Congreso Nacional no necesitará de apuntamientos de ningún periodista para hacer su elección en la persona que hallare a propósito”. Reunido el Congreso en marzo, no faltó un diputado que propusiera resueltamente para la presidencia de la Asamblea al general López; pero la iniciativa no prosperó, y el Congreso eligió nuevamente presidente por un periodo completo de diez años a Carlos Antonio López, a quien ni los achaques de su salud ni su avanzada edad bastaban para decirle a dejar las riendas del poder en momentos en que los horizontes de la patria estaban cargados de negros nubarrones.

López defiende su sistema de gobierno
En el mensaje de 1857, Carlos Antonio López creyó necesario justificar la continuación del sistema de gobierno implantado por la Constitución de 1844. Decía: “El Gobierno os ha dicho que todas las instituciones que han formado durante el período que ha ejercido el poder no podían considerarse sino como provisorias, como expedientes de ensayo para empezar a regularizar de algún modo el orden administrativo hasta ver lo que la experiencia mostrare de perjudicial o útil. El tiempo ha mostrado que más instituciones contienen algunas disposiciones que es necesario corregir y ha demostrado también que para la República del Paraguay llegue a organizarse y constituirse, en el sentido en que hoy se toman estas palabras, es necesario que por muchos años continúen en su orden y régimen provisorio, que permita mejorar y aún perfeccionar, poco a poco las instituciones, modificando gradualmente las que existen y creando las que aconseje la experiencia para que el pueblo se acostumbre al uso regular y moderado de derechos que aun no se conoce. Si no se procede de este modo, el Paraguay no podrá gozar de paz y sufrirá a su turno las grandes calamidades que han atormentado los Estados vecinos”. “No hay una sola de las nuevas Repúblicas de la América antes españolas, a excepción del Paraguay, que arrastrada por un inmoderado deseo de libertad, que no comprendía, no se haya apresurado a establecer leyes, llamadas fundamentales, y a organizarse, dándose una constitución. Todas ésas, más o menos, teóricamente perfectas, están basadas sobre los principios más luminosos y encierran las ideas más elevadas, justas y liberales; todas otorgan a sus ciudadanos amplios e importantes derechos políticos; todos garanten los derechos primordiales del hombre, su libertad, su propiedad, su seguridad y su igualdad ante la ley; todas están marcadas con el sello de la permanencia e inmutabilidad; todas han debilitado la autoridad, y creyendo hacer difícil el despotismo, no han hecho mas que facilitar la anarquía. Ninguna de esas Repúblicas ha escapado a un despotismo, más o menos brutal o sangriento; o a las revoluciones y desórdenes más o menos frecuentes. Prueba incontestable de que para conservar la paz, el orden y la libertad, algo más se necesita que constituciones escritas y vacías de un golpe”. López invitaba al Congreso a continuar “en la marcha lenta de tanteamientos y experiencia, pero de mejoras y progresos posibles que hasta aquí”, reformando gradualmente las instituciones y estableciendo y reconociendo los derechos individuales, pero aplazando su ejercicio “para el tiempo en que la República tenga la capacidad suficiente para saber aplicar esos principios y usar de ellos con discernimiento”. El ideal que propugnaba López era el poder frente; sin un poder frente no hay justicia, no hay orden, no hay libertad civil ni política. Un poder frente por la ley, no es ni quiere decir un poder arbitrario y tiránico que nada respete. Un poder frente, ilustrado y prudente, es la primera condición, es el primer elemento de organización y constitución de la República”.


Se inicia una campaña periodística en Buenos Aires
La oposición interna contra el régimen sustentado por López era toda vista imposible, por lo que los descontentos emigraron a Buenos Aires, donde el sistema paraguayo, tan en desacuerdo con las concepciones liberales del siglo, tenía pocos simpatizantes. La prensa argentina, desde la caída de Rosas, había mostrado hacía el Paraguay prudente actitud, y los panfletos de Hopkins no encontraron en su seno mayor eco, hasta que el orden, de Luís L. Domínguez, inició el 3 de junio de 1857 una campaña contra la “dictadura suspicaz y aletargada por el monopolio oficial” del Paraguay, que pronto fue coreada por El Nacional, de Domingo Faustino Sarmiento, y los Debates, de Bartolomé Mitre. El primer paraguayo que bajó a la liza periodística para secundar a los escritores argentinos fue Luciano Recalde, que el 20 de junio publicó en El Orden una carta que luego reprodujo en folleto prolongado por Sarmiento. “Es llegado el momento – decía Recalde – después de cuarenta años de silencio, degradación e inquietud, de que el Paraguay tenga hijos que, aunque sin apoyo de ninguna clase y sin ilustración por culpa de sus Gobiernos, acometan por eso con heroísmo y resignación, la árida y cruel tarea de bosquejar la triste situación de su país natal”. Fernando Iturburo, Serapio Machain y otros emigrados también dejaron escuchar su voz; pero quien tomó a su cargo la tarea principal fue Manuel Pedro de la Peña, El Ciudadano Paraguayo, que escribía casi día de por medio cartas dirigidas a López en que se hacía severo proceso del régimen paraguayo. El publicista Francisco Bilbao, que en Revista del Nuevo Mundo había predicado la guerra al Paraguay, “justa porque es atacar el poder bárbaro de un hombre que imposibilita la regeneración de su pueblo”, y “útil porque ese país libertado enriquecería a sus vecinos con la multiplicación de sus productos y la libertad de sus ríos”, en La Prensa, cuya dirección había asumido, después de afirmar que López era “un monstruo que es necesario ir a buscar con las armas en las manos”, estimuló a los paraguayos emigrados “a reunirse y formar en Buenos Aires un Comité destinado a revolucionar al Paraguay”.

Se constituye la “Sociedad Libertadora del Paraguay”
Las incitaciones de Bilbao fueron escuchadas. Bajo su dirección, el 17 de diciembre de 1857, Manuel Pedro de la Peña, Carlos Loizaga, Luciano Recalde, Serapio Machain y Gregorio Machain, acordaron iniciar un movimiento encaminado a poner fin al régimen imperante en el Paraguay, firmando un acta en que estamparon el siguiente juramento: “Hallándonos desterrados, proscriptos, perseguidos en nuestros bienes, en nuestras familias, contemplando desde riberas extrañas el despotismo más feroz que se enseñorea sobre el honor, sobre la propiedad, sobre la libertad y el porvenir de nuestro pueblo, en nombre de Dios, padre de toda luz y de toda justicia, hacemos el juramento de no separarnos hasta vencer o morir por la mas noble y santa de las causas. Engrosado el grupo con la adhesión de numerosos emigrados, en junio de 1858 lanzaron un manifiesto y el 2 de agosto de 1858 quedó definitivamente constituida la “Sociedad Libertadora del Paraguay” siendo “el principal fin de esta sociedad, según sus estatutos, libertar aquella tan fértil como desgraciada parte del Globo, comunicarle el espíritu civilizado de nuestro siglo, establecer en ella, por medio de la propaganda y de todo cuanto recurso humano y decente esté a su alcance, los principios de libertad, igualdad, derecho de propiedad y todos aquellos goces concedidos a los hombres por la leyes divinas y humanas, reconocidas y acatadas hoy por el mundo civilizado, y de que ha estado privada por la arbitrariedad de sus mandatarios”. Los diarios porteños, en su mayoría apoyaron los propósitos revolucionarios públicamente enunciados por los emigrados. “Estamos completamente de acuerdo – decía una de ellos – con las ideas vertidas por los proscriptos paraguayos. Para nosotros, como para éstos, separar del gobierno a López es santo y humanitario. Combatirlo y derrumbarlo del puesto que indignamente ocupa es prestar servicio de incalculable importancia al pueblo que victimiza y favorecen los intereses de esta parte de América”. Y otro diario dijo: “El Paraguay necesita regenerarse, y esa regeneración creemos que no podrá obtenerse de otro modo que a cañonazos. Los paraguayos necesitan rehabilitarse de dignidad ante el mundo civilizado; pero esa rehabilitación forzoso es que la compren a sangre”. Los emigrados, a su turno, fundaron periódicos, como El Grito Paraguayo y El Clamor de los Libres, con los cuales prosiguieron su campaña contre el régimen paraguayo.

El “poder frente” suscita protestas de la oposición
La oposición radicada en Buenos Aires combatió, principalmente el sistema político de López. Como no difería esencialmente del que Francia había estructurado para defender la independencia nacional, se creía que, obtenida ésta, no se justificaba que se mantuviera al pueblo sin derecho cívico. No había libertad de prensa, de reunión o de asociación y los poderes políticos estaban en manos del presidente, de quien dependía la vida y el honor de los ciudadanos. El sistema representativo era un mito; el Congreso se limitaba a aprobar sin discusión los actos y proposiciones de López. Además, la familia del presidente ocupaba dentro del Estado una posición preeminente, y su hijo mayor, el general López, se preparaba para sucederle en el ejercicio del poder.

Se criticaba también el sistema de monopolios en el Paraguay. De hecho, el Estado tan identificado con la familia López, ejercía la dirección de la actividad económica del país. Por decreto de 1846 se había decretado libre el comercio, pero esa libertad era nominal; por el mismo decreto se estableció la propiedad del Estado sobre los yerbales y bosques de madera de construcción. Bastaba la menor insinuación del Gobierno para que las más ricas propiedades particulares pasasen al Fisco, a trueque de irrisorias indemnizaciones, y las multas dejaban en la miseria a las familias de los emigrados. El Estado era el más importante estanciero y el principal exportador, lo que no permitió la formación de ninguna fortuna privada apreciable, aparte las que reunieron los parientes de López.


La campaña de oposición no tiene ambiente en el país
López en un principio permitió la libre introducción de los papeles impresos en el Río de la Plata, pero luego los prohibió radicalmente, a pesar de lo cual los periódicos en que escribían los emigrados de Buenos Aires lograban infiltrarse en el país. Pero esta campaña no tuvo repercusiones notorias. Observa el cónsul inglés: “Las masas no solo están resignadas, sino satisfechas con su suerte, y se les ha dado a creer que el Supremo Gobierno es el legítimo dueño y dispensador de todo cuanto posee. Y así, sin ningún esfuerzo, pero con el apoyo del clero, que depende enteramente de él, el Gobierno puede ejercer libremente su poder de vida y muerte, prisión, destierro y confiscación”. Confrontando la paz y el orden que reinaba en el país con la anarquía imperantes en la República americanas que vivían bajo un régimen distinto, el pueblo parecía satisfecho de su suerte, ya aún el régimen económico, tan objetado por la oposición, permitía al Estado contar con los recursos suficientes para prescindir casi por completo de los impuestos, pero esta satisfacción sólo era aparente. La sumisión del pueblo estaba en contradicción con una larga tradición de rebeldías y de libertad, y se explicaba por la convicción, inculcada por los gobernantes, de que sólo mediante un régimen de férrea disciplina era posible conservar la independencia nacional, amada sobre todas las cosas. Señalaba el principal órgano principal: “El paraguayo ama la independencia de su país con todo el calor de un pueblo joven. Este sentimiento ha sido fomentado por el Gobierno hasta un grado de exaltación. Los derechos políticos no han penetrado en un país que del estado de colonia pasó a una tiranía sin ejemplo que lo mantuvo aislado de todo el mundo durante cuarenta y cinco años; sistema que con muy pocas modificaciones se continúa hasta hoy. Al paraguayo no se le habla de libertad política sino para mostrarle abultados los desastres que ha producido en las Repúblicas circunvecinas. La independencia en su ídolo, y a pretexto de conservarla, se le pone en la imposibilidad absoluta de adquirir y ejercer sus derechos naturales. Por eso se ve allí un enemigo oculto en todo agente consular o diplomático que se acerca al Paraguay, un espía en todo capitán de buque extranjero que hecha su anteojo hacia la tierra o mete la sonda en las aguas del río, una vanguardia contraria en cada vapor que divisa el comandante de las Tres Bocas. Así vive el país militarizado; así la tierra inculta; así el trabajo muerto, y justificado el monopolio oficial, que da recursos para defender la independencia, afirmada en un ejército numeroso y una marina de vapor que causa el asombro de los que se figuran que los instrumentos de opresión son signos de prosperidad y riqueza. Se defiende la independencia y se ahoga la libertad”.

López encuentra defensores en la prensa extranjera
No solamente algunos paraguayos, como Juan J. Brizuela, hicieron la apología del régimen paraguayo en la prensa argentina. La Reforma Pacífica, dirigida por Nicolás Calvo, asumió también la defensa de la administración de López ante los ataques de El Orden, La Prensa y los emigrados paraguayos.

En las provincias la situación paraguaya también encontró defensores. Decía El Progreso, de Paraná: “Dichoso el Paraguay que, libre de las calamidades de la guerra de que estamos siendo víctimas en estos pueblos, puede consagrar sus fuerzas al trabajo moralizador que funda su grandeza, constituye su poder y hace su gloria. La República del Paraguay, ese modelo de buen juicio, nos está enseñando que el Gobierno es conciliable con la libertad, y que cuando se realiza la unión sincera de ésta con aquél, es que los pueblos marchan progresivamente a cumplir sus destinos en la Historia.” También en otros países la prensa alababa los progresos paraguayos. Decía La República, de Montevideo: “El Paraguay sin meter ruido, ni hacer ostentación, ni propalar como otros pueblos la animación creciente del progreso efectivo de que participa, es sin duda la República mas floreciente de la América del Sur, si bien la menos conocida y la mas arbitrariamente juzgada”. El Expres, de Nueva York: “El Paraguay ya no es la tierra incógnita de algunos años atrás. En el día sabemos que es el más rico, el mas delicioso como también el mejor situado de los Estados Sudamericanos…” El Fénix, de Madrid: “El Paraguay, ese escondido país de la América meridional, está llamando la atención de Europa a la sabia prudente administración del jefe supremo que la dirige, el presidente López, que ha sido para ella lo que fue Moheced-Alí para Egipto y ha regenerado al Paraguay”. El Morning Post, de Londres: “La educación elemental (en el Paraguay) está tan extensamente difundida que apenas hay hombre alguno en la República que no sepa leer, escribir y contar, un estado de cosas que con toda probabilidad no existe en otro país del mundo, y que es debido a la inteligente y liberal administración del presidente López”. Le Globe, de París: “Las últimas noticias del Paraguay son como siempre muy satisfactorias. La paz es inalterable bajo el Gobierno paternal y progresivo del presidente López. La prosperidad del país se acrecienta incesantemente, gracias a una administración tan hábil como ilustrada”.

La bandera paraguaya surca el Atlántico
La paz y el orden que reinaba en el Paraguay no era la única justificación del régimen gubernativo alegada por sus defensores. Los progresos materiales alcanzados en todos los órdenes, bajo la dirección de los técnicos europeos contratados por el general López, hicieron del Paraguay una unidad económica autónoma y pujante que en poco tiempo se colocó entre los primeros países sudamericanos. Abandonando el intento de implantación de capital extranjero con el provocado fracaso de la Compañía Hopkins, el Paraguay fue la única nación del Continentes donde encontró vallas infranqueables la expansión del imperialismo europeo, y acostumbrado a prolongados aislamientos desarrolló un género de economía peculiar que dependía muy poco de la economía internacional. Conseguida la libertad de la navegación, López abordó resueltamente el problema de la comunicación directa con Europa, que fue el sueño de Francia. La primera etapa fue la formación de una marina mercante oficial, que tomó a su cargo el servicio regular hasta el río de la Plata, y que fue constituida por barcos en su mayoría construidos en el país. El 2 de julio de 1856 era botado el Yporá, el primer barco a vapor con casco de acero que se construía en la América española, y sucesivamente fueron botados al Salto del Guairá, el Ygurei, el Río Apa, el Jejui y otras naves que, al propio tiempo que servían al comercio, integraban la marina de guerra, llamando la atención en los puertos del Río de la Plata por la regularidad de sus servicios y la disciplina y marcialidad de su tripulación. El Aquitania, que había traído los colonos franceses, adquirido por el Estado, con el nombre de Río Blanco, fue destinado a la navegación transatlántica y en septiembre de 1857 llegaba a Londres con un importante cargamento de productos paraguayos. La bandera paraguaya tremoló así, por primera vez sobre las aguas del Atlántico, con orgullo de López, que lanzó una proclama en que decía: “Compatriotas: Alimentad en vuestros pechos ese noble orgullo que inspira un sincero patriotismo, y comprended que a la sombra de esa paz saludable que no queréis ver interrumpida, vamos dando pasos agigantados en el camino de las reformas. Ciudadanos: La bandera Paraguaya surca las espumosas aguas del Atlántico y tal vez a esta hora se verá solemnemente saludada por el pabellón de la Gran Bretaña, en cuyas márgenes habrá fondeado el Río Blanco, Republicanos del Paraguay: Vuestro vapor Tacuarí tremoló también vuestro paño tricolor por el anchuroso Océano. Cuatro vapores mercantes de vuestra exclusiva propiedad son cada día una patente revelación del desarrollo mercantil de nuestra nación. Amigos de la paz: Saludemos con entusiasmo al Salvo del Guairá, Saludemos de consuno a la Providencia que nos colma de tan singulares beneficios; tributémosle nuestro leal reconocimiento porque no ha consentido que arda entre nosotros la tea de discordia, que nos arrebataría los bienes a que tan de veras aspiramos”.

Altos hornos, ferrocarriles, arsenales, telégrafo
Siempre con el pensamiento de consolidar la autonomía nacional, López abordó otro de los problemas que más había preocupado a su antecesor: el de la provisión de armas. Para la explotación de las minas de hierro, en 1854 fue instalada en Ybycuí una fundición dotada del más moderno material, bajo la dirección técnica del ingeniero Guillermo Godwin, a quien reemplazó más tarde otro ingeniero, Jhon W. Whitehead, de extraordinaria capacidad que formó un personal paraguayo apto para las difíciles tareas de la fundición, sobresaliendo Elizardo Aquino. En la fundición del Ybycuí y en los arsenales, también modernamente dotados, de Asunción, se fundieron cañones, proyectiles, armas de filo y utensilios agrícolas. Los ingenieros ingleses, especialmente William Padisson, dirigieron también la construcción de ferrocarril, el primero que se tendía en el Río de la Plata y cuyo primer tramo se inauguró en 1856. Los rieles eran importados pero los coches fueron totalmente construidos en los talleres del país. También comenzó el tendido de un telégrafo que, bordeando el río Paraguay, iba en dirección del gran Campamento de Paso de Patria. Los técnicos ingleses, aparte de su actuación profesional, no ejercieron ninguna influencia sobre el espíritu público, respetando escrupulosamente las peculiaridades políticas del país, al cual muchos sirvieron aún después de sobrevenida la guerra contra la Triple Alianza tupiéndoles a algunos participación militar activa en las operaciones de la guerra.

Duplicación del comercio internacional
Desde que el Paraguay obtuvo la libertad de navegación, el comercio internacional tomó extraordinario auge. En el año y medio transcurrido desde junio de 1851 hasta fines de 1852, el movimiento del puerto de Asunción no pasó de 120 goletas de 40 a 80 toneladas, movimiento que siguió en aumento, siendo de 403 buques 20.000 toneladas, movimiento que siguió en aumento, siendo de 403 buques en 1861. El principal artículo de exportación, y base de la economía nacional, era la yerba mate, en que el Paraguay tenía, en el mercado americano, una especie de monopolio exportándose también maderas, tabaco, cigarros, cueros y naranjas. El comercio de exportación e importación, registrado en Asunción, marcó el ascenso constante.

Incremento de la cultura popular
No solamente fueron contratados en Europa ingenieros y técnicos; también llegaron hombres de letras, de artes y ciencia, de todas las ramas, que organizaron diversos establecimientos culturales. Un Instituto de Filosofía, que funcionaba bajo la dirección del literato español Ildefonso A. Bermejo, convertido en el director del movimiento intelectual y que luego, de regreso en Europa, escribió un mordaz e ingrato libro sobre el Paraguay; una Escuela de Matemáticas, dirigida por el francés N. Dupuy; un curso de Medicina, bajo la dirección del médico inglés Guillermo Stewart; una Escuela de Derecho, planeada por Juan Andrés Gelly, constituyeron el incipiente plantel de la Universidad paraguaya. También participaron de esta reacción intelectual elementos nacionales. En el año 1857 fue fundada en Asunción, bajo la dirección de José Carlos Riveros, una Escuela de Latinidad, y análogas instituciones y academias literarias funcionaron en Villa Rica, Ajos y Misiones. Los mejores alumnos de estas escuelas, en número de dieciséis, fueron seleccionados en 1858 y enviados a Europa, a seguir por cuenta del Estado estudios, preferentemente técnicos. También la enseñanza primaria, obligatoria y gratuita, alcanzó gran impulso, pero no favorecía sino a los varones; a las mujeres les estaba vedado, por lo general saber escribir. La instrucción que se daba era rudimentaria, inculcándose a la niñez principios de obediencia y respeto a las autoridades establecidas, mediante un Catecismo en que se decía que “después de la idea de Dios y de la Humanidad, la de Patria es la más humilde y fecunda en inspiraciones sublimes”.

En 1857 el censo acusó 402 escuelas con 16.775 alumnos. Había además buen número de escuelas de Artes y Oficios. El desarrollo de la cultura popular se manifestó en la intensificación de la vida artística y en el periodismo literario, el único permitido. Bermejo organizó un elenco teatral, y cuando la sociedad tomó gusto por las representaciones escénicas, el Gobierno contrató sucesivamente varias compañías de arte dramático. El periodismo estaba representado por el Semanario, que hacía de órgano oficial del Gobierno, por una revista ilustrada, La Aurora, y por varios periódicos, como El Eco del Paraguay, El Comercio y la Época, donde los jóvenes ilustrados hacían inocentes escarceos literarios o estudiaban los problemas económicos sin pizca de intención política, sobresaliendo entre ellos Natalicio Talavera, escritor de prosa castiza y poeta romántico, y Carlos Riveros, latinista consumado y paciente investigador del pasado histórico. La introducción de libros y revistas no sufrió cortapisas, y la afición por la lectura, único pasatiempo en los largos y sombríos de la Dictadura de Francia, siguió caracterizando a la sociedad paraguaya.

La vida social
El regreso del general López de Europa significó también cambios diversos en la vida del país. De su viaje trajo gustos distinguidos y costumbres sociales y que revolucionaron la tranquila rutina colonial de la sociedad paraguaya. Se constituyó el “Club Nacional”, que fue el centro de la vida social y donde se realizaron suntuosos saraos que sorprendía a los visitantes extranjeros. Se renovó la arquitectura particular y fueron importados de Europa muebles, tapicería y vajilla fina. La sociedad, en contacto con el mundo civilizado, después de tantos años de forzado aislamiento, aunque desgajada de sus rancios y representativos elementos, se reconstruyó rápidamente, con un sentido democrático muy peculiar, manifestados en los bailes populares con que se conmemoraban los grandes acontecimientos y donde concurrían obligatoriamente las encopetadas familias, que lucían elegantes trajes importados de París, junto a las famosas “quyguá verá”, descalzas y vestidas al estilo popular, y a las mujeres del mercado y de servicio, bailando todos a los sones de la misma música, baja la mirada y vigilancia del presidente y de su familia. El mismo espíritu igualitario fue impuesto en las reuniones teatrales, aunque no con grados de todos. El Semanario criticó que algunos espectadores querían modificar la colocación de las localidades para establecer “una clasificación inoportuna y viciosa que en ninguna parte mejor que en la República del Paraguay debe desaparecer”. El igualitarismo tenía dos excepciones: la familia presidencial, que estaba por encima de todos, y los numerosos esclavos del Estado, que trabajaban en las minas y en las obras públicas; pero el resto de la sociedad, sin las distinciones que crea la fortuna, constituían una masa homogénea que ningún peligro aparente representaba que la estabilidad del régimen institucional.

La militarización del país
El ejército estaba bajo el más completo control del Gobierno. A su frente fue puesta el general Francisco Solano López, hijo mayor del Presidente, quien se propuso convertir al Ejército en la principal institución del país. El Paraguay había vivido militarizado desde que existió, pero la larga y prolongada paz obligó a suplir con una vida de cuartel estricto y severo la falta de experiencia guerrera. El general Paz calificó al Ejército paraguayo enviado a Corrientes de “masas informes”, pero también reconoció que “son tales las cualidades que reúne el soldado paraguayo, que seguramente será el soldado de la América del Sur si se le organiza, instruye y disciplina como corresponde”. La fe que Francisco Solano López tenía en el soldado de su patria, abnegado, sobrio, sufrido y resistente, era grande. En un desfile militar en París dijo a Héctor Varela: “Sepa usted que con mis paraguayos tengo bastante para brasileños, argentinos y orientales; y aun con los bolivianos si se meten a zonzos”. A su regreso al Paraguay convirtió al Ejército en el centro de la vida nacional, y la militarización de todos los órdenes llegó a su máximo. Se adoptó el sistema de levas anuales de reclutas, severa disciplina de los cuerpos reglados, organización de las reservas, llamamiento anuales para ejercicio en el Ejército permanente, es decir, el sistema prusiano con las modificaciones exigidas por el clima, costumbres nacionales, condiciones financieras y administración. El Ejército permanente constaba de 18.000 hombres, que en cualquier momento podía aumentarse hasta 45.000 con las reservas. Los que no había pisado los cuarteles formaban parte de las guardias nacionales y recibían también, en sus respectivos pueblos, la instrucción militar. La sanidad militar fue organizada por numerosos médicos y farmacéuticos contratados en Europa.

La escuadra contaba con quince vapores armados, pero ninguno de ellos era acorazado, confiándose más la defensa del río de la fortaleza del Humaitá, poderosamente artillada y centro de un vasto campo de atrincheramiento. Aunque el parque era vasto, la calidad de las armas dejaba mucho que desear. Durante la larga guerra contra Rosas, López compró armas de todas las especies y antigüedades, y terminado el sitio de Montevideo adquirió el armamento utilizado por los combatientes, que en gran parte procedía del tiempo colonial. Establecida la comunicación con Europa, se inició el aprovechamiento de armas modernas, pero por un exceso de confianza en el material humano, en ningún momento los López dieron importancia a este factor de la defensa nacional. Los soldados paraguayos, en su gran parte y pese a su alto grado de disciplina, continuaron armados con viejos fusiles de chispa, y muchos de los cañones de las baterías del Humaitá ostentaban escudos de los reyes de España del siglo XVII.

Paranhos es destacado al Paraguay
Los armamentos paraguayos iban dirigidos especialmente contra el Brasil, con el cual las relaciones empeoraban rápidamente. López, haciendo uso del derecho de reglamentación fluvial que le había sido reconocido, dictó varias órdenes, en virtud de las cuales los barcos brasileños debían someterse a la fiscalización en Tres Bocas, Humatitá, Asunción y Olimpo a aceptar prácticos paraguayos. Para gestionar la modificación de estos reglamentos, contra los cuales protestó la Cancillería de Río, el 26 de enero de 1857 fue enviado a Asunción el consejero José María de Amaral, quien sostuvo violentas discusiones verbales con el presidente López, y después de cambiar airadas notas con la Cancillería, abandonó la capital ruidosamente el 25 de mayo. El Brasil comenzó a acumular tropas sobre la frontera y unidades de guerra en los puertos de Matto Grosso. La prensa de Río pidió abiertamente la guerra al Paraguay, iniciando una violenta campaña contra el gobierno de López, campaña que fue subiendo de tono hasta alentar los trabajos revolucionarios de los emigrados de Buenos Aires.

El Imperio decidió jugar su carta mayor de la diplomacia enviando a Asunción al propio ministro de Relaciones Exteriores, José María da Silva Paranhos, su más experto estadista, profundo conocedor de las cuestiones del Río de la Plata. Tenía la misión de disipar lo recelos de López, significándole que la guerra sería el “último recurso” al cual apelaría el Brasil. Los aprestos militares del Imperio y los pasos de Paranhos dio en la Confederación robustecieron los temores de López, a su vez, multiplicó sus preparativos bélicos. El Semanario aseguró “que la política brasileña medita un crimen funesto contra el Paraguay” y que el país estaba dispuesto a resistir por las armas antes que ceder.

Acuerdo entre el Brasil y la Confederación
Parnhos a su paso por Paraná formuló una proposición de alianza contra el Paraguay, que fue bien acogida entre los gobernantes argentinos predispuestos contra el Paraguay desde el fracaso de la misión Guido. La alianza fue concertada protocolariamente, condicionándola a los resultados de la misión Paranhos en Asunción; la Argentina se comprometió de antemano, se conviniese o no la alianza, a dar paso a su territorio a los ejércitos del Brasil contra el Paraguay. Paranhos firmó además en Paraná una Convención que reglamentaba de la navegación de los ríos, Paraná, Uruguay y Paraguay, de la que debía recabar la adhesión del Paraguay: la oposición paraguaya sería la condición resolutiva de la alianza. Los documentos permanecieron en secreto, pero la reserva fue rota por el propio Paranhos, quien en un brindis hizo votos porque “la gloria de Caseros no sea la única adquirida en común por el Brasil y la Argentina”. Los rumores del acuerdo llegaron a Asunción, donde causó sorpresa la inteligencia entre los tradicionales rivales.

No solo en Asunción el acuerdo brasileñoargentino despertó sospechas y protestas. En Buenos Aires, que seguía segregada de la Confederación, la opinión adversa a la política de Urquiza se manifestó contraria a todo entendimiento ofensivo de la Argentina con el Imperio. Los debates, cuyo principal redactor era el coronel Bartolomé Mitre, jefe del partido liberal porteño, vituperó la alianza. Dijo: “No está en interés de las Repúblicas del Plata auxiliar al Brasil de su política invasora del territorio ajeno, traicionando la causa de la República del Paraguay, nuestro antemural contra las pretensiones exageradas del Brasil, y sería también traicionar nuestra propia causa, cuando más adelante pueden surgir cuestiones entre el Brasil y la República Argentina”. Y contestando a los órganos defensores de la política de Urquiza, donde escribían los emigrados paraguayos, y que querían una guerra de liberación, Mitre replicó “que no está la República Argentina en estado de emprender cruzadas libertadoras”. Sostuvo también los debates que, aun conservando la neutralidad no debía permitirse el paso de la escuadra brasileña en caso de una guerra entre el Brasil y Paraguay que parecía inminente.

Se firma la Convención López-Paranhos
Silva Paranhos llegó a Asunción el 7 de enero de 1858 e invitó a López a adherirse a las Convenciones de Paraná. López rechazó la pretensión de que el Paraguay se adhiriese a tratados en cuya redacción no había intervenido. Como Paranhos aclaró que no fue el pensamiento de los Gobiernos representados en Paraná infligir una injuria a la República del Paraguay, López considerando que si no cedía era la guerra, y que el país no estaba en condiciones de afrontarla, encontró la forma que conciliará las pretensiones brasileñas y la dignidad nacional. En general López, designado plenipotenciario, firmó el 12 de febrero de 1858 una Convención fluvial, que reprodujo las estipulaciones de la de Paraná, pero como un acto voluntario del Paraguay, y varios protocolos anexos, entre ellos en que el Brasil reconocía la Bahía Negra como límite entre ambos países en el Chaco. La cuestión de límites quedaba en pie.

Ratificados los tratados, el Gobierno paraguayo anuló los reglamentos fluviales objetado por el Brasil, y desde entonces el río Paraguay fué recorrido sin inconveniente por los barcos de todas las naciones; pero al mismo tiempo López dispuso la intensificación de los preparativos militares, en espera de los acontecimientos. El general Solano López dirigió personalmente los preparativos; sus conversaciones con Paranhos le convencieron de que una guerra con el Imperio era inevitable y que al Brasil no le sería difícil asegurarse la alianza argentina.

La controversia sobre “Nueva Burdeos”
Mientras Paranhos estaba en Asunción llegó la cañonera francesa Bisson para respaldar las reclamaciones que el Gobierno de Napoleón III formuló con motivo de la disolución de la colonia “Nueva Burdeos”, por intermedio del cónsul Alfredo de Brossard, quien exigía el reembolso de las sumas pagadas por los colonos antes de su salida del Paraguay. El Gobierno paraguayo consistió el 10 de febrero de 1858 en la demanda francesa, pero sin reconocer el buen derecho de los reclamantes y sólo para asegurar “la tranquilidad y las buenas relaciones de la República”. López quedó asombrado cuando se enteró que las reclamaciones se elevaban a la suma de 9615 pesos, que fue inmediatamente pagada, quedando así liquidado el asunto. Brossar comunicó que con este pago “todas la dificultades pendientes entre Francia y el Paraguay, y a las cuales había dado lugar la colonia “Nueva Burdeos” son completas y definitivamente arregladas y terminadas.

El tratado de comercio con Inglaterra
Mientras tanto se promovía otro conflicto con Inglaterra, cuyo ministro Dowgall Christie entregó sus credenciales el 1º de julio de 1859 en términos muy economiásticos para el Paraguay y López. Las dificultades se presentaron bien pronto; Christie propuso la prórroga a perpetuidad del tratado de comercio firmado en 1853 y que aún tenía varis años de vigencia; quiso tratar directamente con el presidente y limitar a veinte días el tiempo de la negociación. El Gobierno rechazó por impertinentes estas proposiciones, lo que dio origen a una correspondencia que fué subiendo de tono hasta que el 15 de julio se le comunicó a Christie el cese de las negociaciones. El ministro inglés pidió sus pasaportes y abandonó Asunción después de amenazar con represalias.


Estados Unidos envían una escuadra
La actitud de Estados Unidos con respecto al Paraguay varió desde que James Buchanan se hizo cargo de la Presidencia. En su mensaje al Congreso del 8 de diciembre de 1857 expuso el estado de las relaciones con el Paraguay y solicitó autorización para exigir por procedimientos adecuados, “indemnización por lo pasado y garantías para lo futuro”, a raíz de los incidentes Hopkins, Water Wich y Fistzpatrick. Parte de la prensa apoyó la demanda del presidente, sosteniendo que Estados Unidos debían repetir la expedición del almirante Piercy al Japón, para abrir también a cañonazos el Paraguay al comercio internacional. “El presidente López es un obstáculo para toda empresa”, dijo Express, de Nueva Cork. El Congreso concedió la autorización solicitada; en consecuencia se organizó una escuadra de 19 buques de guerra, con 200 cañones, 257 oficiales y 2400 soldados de desembarco, al mando del comodoro William B. Schubrick y con el juez James J. Bowlin como comisionado del presidente Buchanan. En diciembre de 1858 la escuadra apareció en las aguas del río de la Plata.

La expedición norteamericana suscitó alarma y expectativa continental. El Brasil envió inmediatamente a Asunción, a bordo del buque de guerra Araguay, al ministro José Joaquín Tomás do Amaral, para ofrecer su mediación. El ministro francés en Buenos Aires, Lefebre Bécourt, a bordo del Bisson, también se trasladó al Paraguay con el mismo objeto. El general Urquiza, presidente de la Confederación, creyó asimismo que era su deber buscar un arreglo. Después de conocer las exigencias que en nombre del presidente Buchanan debía formular Bowlin, concertó una entrevista con López para tratar las bases de un arreglo. La entrevista debía efectuarse en Corrientes, pero López regresó de Humaitá a Asunción cuando supo que la escuadra norteamericana ya estaba remontando el Paraná. Urquiza con su séquito, siguió viaje a Asunción, adonde llegó el 16 de enero de 1859; era la primera vez que el jefe de una nación extranjera pisaba tierra paraguaya. Urquiza fué recibido con extraordinarios agasajos y encontró a López resuelto a resistir la invasión norteamericana, pues no quiso siquiera escuchar las proposiciones de Urquisa “si no quedaba a salvo su honor y la apertura de negociaciones pacíficas, a condición de que la flota norteamericana quedara fuera de las aguas paraguayas. Aceptada esta condición, el 24 de enero llegaron a Asunción, a bordo del Fulton, el comodoro Schubrick y el comisionado Bowlin. En seguida se iniciaron las conversaciones con activa intervención de Urquiza, secundado por el general Tomás Guido, ministro de la Confederación.

Con mediación de Urquiza se llega a un acuerdo con Estados Unidos
Las negociaciones fueron difíciles y laboriosas. Muchas de las pretensiones norteamericanas eran indeclinables, como la reparación a las ofensas, indemnización a la familia del marinero muerto en el Water Wich y la libre navegación. López aceptó pagar 250.000 dólares, no como reconocimiento de los perjuicios causados a Hopkins, sino para “comprar la tranquilidad del Paraguay”, pero Bowlin le disuadió convenciéndole que para el Paraguay era más conveniente someter al asunto Hopkins a decisión arbitral. La controversia se concentró sobre las satisfacciones exigidas por el ataque al Water Wich. La firme negativa de López a permitir que el Paraguay sufriera una humillación estuvo a punto de hacer fracasar la negociación. Urquiza irritado por la actitud de López, en cierto momento prorrumpió en amenazas contra el Paraguay y aun contra el presidente. Al parecer estaban rotas las negociaciones y la guerra era inevitable; pero López se prestó personalmente en la residencia de Urquiza, y después de larga conversación, que se inició violentamente, se llegó a una fórmula transaccional que satisfizo a López y a Bowlin. El 1º de febrero Urquiza abandonó a Asunción, dejando a Guido la prosecución de las negociaciones. Urquiza fué colmado de agasajos y de homenajes de gratitud, y escribió a López desde el Tacuarí una carta amistosa llena de elevados conceptos sobre el Paraguay y su gobernante.

Todas las diferencias con Estados Unidos fueron zanjadas. Un nuevo tratado de comercio y navegación fué firmado el 14 de febrero de 1859 de acuerdo con las correcciones introducidas por el Senado de la Unión. El 6 de febrero, Velázquez, en nota dirigida a Mr. Bowlin, dió explicaciones y satisfacciones al Gobierno de los Estados Unidos por los discutidos incidentes; asimismo se dispuso que el pabellón norteamericano fuera saludado con una salva de veintiún cañonazos, que fueron correspondidos, en igual forma, por el Fulton, a la bandera paraguaya. Fué completado el arreglo con una indemnización de 10.000 dólares a la familia del marinero muerto en Itapirú. Bowlin aceptó las explicaciones en términos efusivos.

El mismo día se firmó una convención por la que se sometían a arbitraje las reclamaciones de la “United Status and Paraguay Navegation Co”. El Tribunal debía reunirse en Washington, y estaría compuesto por un representante de ambas partes y un tercero, que sería el presidente diplomático de Rusia o de Prusia en Washington. El Paraguay hizo también otras concesiones a los Estados Unidos, permitiendo la libre navegación de buques norteamericanos exploradores. Con grandes regocijos públicos se celebró la paz con los Estados Unidos. El arreglo fué considerado satisfactorio por el órgano oficial. El comisionado norteamericano al conocer los progresos del país y tratar a su presidente, rectificó sus primitivas prevenciones y espontáneamente prometió convertirse en su patria en el mejor defensor del Paraguay.

Urquiza recaba la cooperación del Paraguay
Urquiza aprovechó su viaje al Paraguay para incitarle a unirse en alianza con la Confederación en a inminente guerra contra Buenos Aires, en pago de servicio que acababa de prestarle; en el mismo objeto había comisionado como agente confidencial, poco tiempo antes, a Ignacio Comas. Las propuestas de Comas fueron rechazadas y las que formuló Urquiza no tuvieron mejor éxito, si bien López, como única concesión, prometió algunos auxilios navales. Para hacer efectiva esa promesa, Urquiza envió a Asunción al propio ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, Luís J. de la Peña, quién encontró a López más accesible. López, alterando la tradicional neutralidad paraguaya, quiso complacer a Urquiza, que acababa de rendir tan señalado servicio a la República. Le ofreció cuatro vapores, y el 4 de mayo de 1859 se firmó un protocolo en el que se acordaba el préstamo de estos barcos; sin embargo, la ejecución quedaba supeditada al arreglo definitivo de límites. “Mientras esta cuestión – dijo López a Peña – no se resuelva, no habrá amistad segura, y una guerra más o menos distantes es el único porvenir de ambos países”.

Peña efectuó un breve viaje a Paraná en procura de instrucciones para abordar la cuestión de límites, de donde regresó el 19 de junio. López, por su quebranto por su salud, delegó la presidencia el 19 de mayo en el ministro de Gobierno, Mariano González, pero desde su lecho dirigió las negociaciones, Peña presentó cuatro proyectos de tratado: uno de límites, otro de alianza contra Buenos Aires, otro de alianza perpetua para garantizarse mutuamente la independencia, y el cuarto de amistad, comercio y navegación. López formuló otros proyectos de substitución; afirmó el derecho del Paraguay sobre el Chaco y las Misiones, y sugirió que en Asunción se reunieran plenipotenciarios especiales de los dos países y de Bolivia, para fijar definitivamente los límites en el Chaco. Rehusó la idea de la alianza perpetua y propuso otra para no auxiliar ni permitir el tránsito terrestre y fluvial del enemigo de una de las partes; tampoco aceptó la alianza contra Buenos Aires. En cambio la alianza solicitada, López propuso a Peña la mediación del Paraguay en el conflicto de la Confederación y Buenos Aires; el canciller argentino no consideró esta propuesta y exigió el cumplimiento de la obligación contraída en el protocolo de mayo. López repuso que la condición para ese cumplimiento se había hecho imposible con el tratado que la confederación acababa de firmar con Bolivia. Peña declaró rotas las negociaciones. De regreso a Paraná, Peña informó a su Gobierno que la cuestión de límites era insoluble por negociaciones.

Se descubre un complot en Asunción
Urquiza creyó que el Paraguay se dejaría arrestar fácilmente a al guerra contra Buenos Aires, por efecto del disgusto que a López ocasionaba la prédica de los emigrados en aquella ciudad y las actividades subversivas que se les atribuía. En los primeros días de febrero de 1859 la policía asunceña descubrió los hilos de una conspiración que parecía dirigidos por aquellos emigrados. Fueron tomadas severamente medidas. Cayeron presos numerosos paraguayos y algunos extranjeros. Según las informaciones policíacas, el complot tenía por objeto un cambio violento en las instituciones después del asesinato de López y de los miembros de su familia. Aunque no se comprobó la participación de los emigrados en el plan, la idea del crimen político venía siendo predicada desembozadamente desde la prensa de Buenos Aires. El Orden había dicho: “Mientras López y su raza queden en el poder, no hay posibilidad de entrar en relaciones amigables con aquel país y es preciso aniquilarle y hacerlo desaparecer de entre los hombres para que cese el Paraguay de ser la cizaña de entre el buen trigo de las naciones de Sudamérica”.


Conflicto con el cónsul inglés
Complicado en el abortado movimiento subversivo, el súbdito inglés Santiago Cansttar fue sometido a los procedimientos judiciales comunes, con aplicación de las viejas Leyes de Partidas. El cónsul de Inglaterra, Charles Henderson, pidió que el Gobierno procediera a una investigación sobre las circunstancias de esa prisión; el ministro Vázquez le contestó que no podía informarle otra cosa sino que Cansttar estaba procesado. Henderson insistió en que se levantara la incomunicación que pesaba sobre su compatriota y entabló una agitada correspondencia con el Gobierno, al cual finalmente conminó, el 1º de agosto de 1859 para que en el plazo de tres días fuera aquél puesto en libertad, se le abonase una indemnización y se diera una reparación a la Gran Bretaña. El ultimátum no fue aceptado; Henderson pidió sus pasaportes y abandonó la capital, al propio tiempo que Vázquez se dirigía directamente al ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra para protestar por el proceder de Henderson, que se había atribuido funciones diplomáticas y pretendía impedir el Gobierno del Paraguay la ejecución de las leyes nacionales.

Medición paraguaya en la guerra civil argentina
Comenzaron las hostilidades entre la Confederación y Buenos Aires. López no quiso aprovechar la oportunidad que se le deparaba para sacar provecho de las disensiones argentinas, ya que tanto desde el Paraná como desde Buenos Aires le llegaron proposiciones tentadoras; el Gobierno de la provincia le solicitó, sino la alianza, por lo menos la neutralidad a cambio del cese de las actividades de los emigrados, cuyos artículos ya no encontraron acogida en la prensa oficial, debido a que había tenido un fin imprevisto la “Sociedad Libertadora” desde que algunos de sus miembros se decidieron por la causa de Urquiza y otros por la de Buenos Aires. El Paraguay no escuchó aquellas sugestiones e insistió en su ofrecimiento de buenos oficios. También había ofrecido su mediación los Gobiernos de Inglaterra, Francia y Brasil, pero la del Paraguay fué la preferida después que uno y otro bando quedaron convencidos de que no sería posible arrancarle de su neutralidad.

En consecuencia, el general Francisco Solano López, investigó de la calidad de ministro mediador, se trasladó a bordo del Tacuarí, con numeroso séquito, a la ciudad de Paraná y luego a Buenos Aires. En vano procuró un armisticio como condición preliminar para iniciar las negociaciones de paz. El 22 de octubre de 1859 se libró la batalla de Cepeda, a consecuencia de la cual las tropas de Urquiza pusieron sitio a la ciudad de Buenos Aires. Procediendo con extraordinaria diligencia y habilidad, el general López consiguió que el 11 de noviembre se firmara en San José de Flores el Convenio de Paz, que puso fin a la cesesión porteña y estableció definitivamente la unidad argentina. Por este pacto, la República del Paraguay, a petición del presidente de la Confederación Argentina cuanto del Gobierno de Buenos Aires, se constituyó en fiador del cumplimiento del Pacto de Unión.

La intervención del Paraguay y las aptitudes demostradas por el mediador fueron muy alabadas. Tanto en Buenos Aires como en Paraná el general López fué objeto de grandes homenajes oficiales y populares. El ministro de Relaciones Exteriores de Buenos Aires, Carlos Tejedor, resaltó, en la nota en que agradecía a López su actuación, la importancia de la actitud asumida por el Paraguay: “El primer paso externo de la más joven de las Repúblicas americanas ha sido en obsequio de la paz y la unión de sus vecinos, dando un ejemplo consolador de desinterés e imparcialidad, poco común en los Anales de la América, creados por las posiciones y las luchas de los Estados que la componen; y en ese primer paso se ha descubierto sin dificultad que la República del Paraguay no sólo ha ofrecido a la América el contingente de su poder y su riqueza, sino el valioso homenaje de su política alta y circunspecta, expresada por una diplomacia hábil, cuanto ingenua y sincera. Estos antecedentes pueden ser precursores de grandes bienes que la América del Sur tiene derecho a esperar, cuando las conveniencias de una política general y trascendental aproximen a sus Estados de primer rango, para la combinación de sus intereses legítimos y de sus propósitos más requeridos”.

Urquiza en su manifiesto al pueblo de Buenos Aires, ensalzó los esfuerzos del mediador del Paraguay: “A él se debe – dijo – en gran parte tan fausto resultado. Ninguna demostraron de gratitud será demasiada para honrar su amistad. La República Argentina le debe una muestra de aprecio: la ciudad de Buenos Aires le debe una palma”.

La escuadra inglesa trata de apresar el “Tacuarí”
El ambiente de fiesta que se creó en Buenos Aires después del pacto fué turbado por un ingrato episodio. Cuando a bordo del Tacuarí se embarcaba López de regreso, despedido por salvas de artillería, estuvo a punto de ser apresado por la escuadra inglesa apostada en el Río de la Plata, que se proponía apoderarse de su persona en represalia por la detención de Consttat. El Tacuarí regresó a la rada y desembarcó el general López preguntó al Gobierno de Buenos Aires “hasta qué punto se puede creer garantizado un Ministro Paraguayo, encargado de una misión de paz”, en aguas argentinas. La respuesta del ministro Tejedor fue desconcertante; diciendo que ignorando el estado de las relaciones entre el Gobierno de Inglaterra y el del Paraguay no podía dar la seguridad que se pedía. López tuvo que abandonar Buenos Aires por la vía terrestre, profundamente resentido por la actitud del Gobierno porteño, que ni siquiera protestó por el hecho ante Inglaterra.

El comandante de la escuadra inglesa informó que se impediría la navegación del Tacuarí hasta que Cansttat fuera puesto en libertad. Mientras tanto, en prosecución del proceso, Cansttat, junto con otros encausados, fué condenado a muerte, pero luego indultado por el presidente. Sólo después de que Consttat había desembarcado en Corrientes el almirante Lushington permitió al Tacuarí seguir. El Gobierno inglés se había negado a considerar la nota de Vázquez en tanto no fuera satisfechas las exigencias del ultimátum de Henderson, que hizo suyas. Producido el ataque al Tacuarí, el Paraguay formuló sus protestas, y tampoco el Gabinete inglés quiso recibirlas. Desganado Carlos Calvo encargado de negocios en Londres, Lord Russel rehusó reconocerle hasta tanto se satisficieran las reclamaciones de Hernderson. Clavo resultó con reputados internacionalistas, quienes dictaminaron que en el caso Cansttat como en el Tacuarí correspondía al Paraguay la razón. Las investigaciones ordenadas por la Corona inglesa llevaron al mismo resultado, por lo cual el ministro inglés en Buenos Aires, míster Thorton, recibió instrucciones para trasladarse a Asunción a fin de zanjar el conflicto de forma satisfactoria para el Paraguay.

Thorton firmó el 23 de abril de 1862 un convenio en el cual declaraba que en la cuestión Cansttat el Gobierno británico no pretendió arrogarse el derecho de intervención en la jurisdicción del Paraguay y que la demostración contra el Tacuarí había sido un acto ajeno al Gobierno de su Majestad Británica y espontáneo del almirante Lushington. El Paraguay, por su parte, declaraba que no había tenido intención de ofender al cónsul Henderson, ni menos al Gobierno británico. La cláusula relativa al incidente del Tacuarí no agradó a Londres, de donde se envió a William Doria para obtener su modificación; se llegó a un acuerdo, firmándose el nuevo acuerdo el 14 de octubre de 1862 y Calvo fue admitido por el “Foreing Office”.

El arbitraje en la cuestión Hookins da la razón al Paraguay
Mientras se ventilaba el pleito con Inglaterra, llegaba a su término la cuestión promovida por los Estados Unidos con motivo de las reclamaciones de la compañía de Hopkins. De acuerdo con la convención del 4 de febrero de 1859, se constituyó en Washington el tribunal arbitral, en el cual el Paraguay estuvo representado por José Berges y los Estados Unidos por Cave Johnson. No hubo necesidad de designar el tercer árbitro, Johnson, después de escuchar el alegato de las partes, se decidió por las tesis sostenida por el Paraguay. Antes de firmar el fallo, el 10 de agosto de 1860, Johnson expuso a su Gobierno, en un extenso memorial, los motivos sobre que fundamentó su decisión. “Es preciso felicitarse – terminaba su informe - , para el Gobierno de los Estados Unidos y sus ciudadanos, de que el comisario Bowlin, después de haber recibido pronta y completa satisfacción por el insulto hecho al pabellón de los Estados Unidos y los daños causados a bordo de Waver Wich, haya consentido en cuanto a la reclamación pecuniaria de la “United Stetes and Paraguay Navigation Co.” en someterla al arbitraje, por el cual la justicia podía estar mejor asegurada a las partes que por una tentativa de obtener el arreglo de esta reclamación a viva fuerza, mediante el fusil y el sable. Con pena se ha comprobado en el curso de este examen de habilidad desplegada para agrandar un negocio prima facie a fin de obtenerse la toma en consideración por el Congreso y el Gobierno, fundándose sobre representaciones ex parte hechas por las personas más interesadas en la reclamación con la ayuda de una falsa interpretación de las leyes y los reglamentos de la República del Paraguay, como si éste lo consintiese; la exageración criminal de las demandas de esta Compañía que aumentan constantemente, gracias a la manera hábil con que sus cuentas son hechas; los ataques malevolentes y premeditados dirigidos contra el presidente y el pueblo del Paraguay; todo con el simple objeto de poner el dinero en el bolsillo de los reclamantes. El Gobierno y los ciudadanos de los Estados Unidos se han vanagloriado siempre de “no soportar ningún acto injusto de otro Gobierno de otro pueblo”, pero, al mismo tiempo, de “no pedir nada sino lo justo”; y el día está lejos, lo espero sinceramente, en que las riquezas de la India Oriental sean acaparadas, con su aprobación y sanción, por el pillaje en los Estados débilies, a los cuales ellas habrían sido arrancadas bajo la amenaza del cañón”.

El mismo Johnson redactó la sentencia arbitral, pronunciada el 13 de agosto de 1860, en virtud de la cual se estableció que la “United States and Paraguay Navigation Co.” “no ha probado ni establecido su derecho a los daños y perjuicios en relación a dicha reclamación contra el Gobierno de la República del Paraguay; y que a la vista de las pruebas examinadas, dicho Gobierno no es por ningún derecho responsable de una indemnización o compensación pecuniaria cualquiera a favor de la nombrada Compañía”

Paraguay se desentiende de la garantía a la unidad argentina
López estaba desilusionada de la amistad argentina que, a su juicio, no había correspondido a los esfuerzos del Paraguay para obtener su unidad nacional y buscó la forma de desentenderse de la garantía del Pacto de Unión. La ejecución de ese Convenio tuvo diversas peripecias, sin que en las negociaciones que realizaron la Confederación y Buenos Aires, y que culminaron con la firma de un Convenio aclaratorio, fuera consultado para nada Paraguay. El semanario hizo entonces una declaración que reflejó el desgrado oficial, al mismo tiempo que la decisión de dar por caducada la garantía del Paraguay. Los antiguos contendientes recurrieron una vez más a las armas, y de nuevo una y otra parte buscaron la alianza del Paraguay. El Gobierno de Paraná envió como plenipotenciario a Baldomero García, y el de Buenos Aires, como agente confidencial, a Lorenzo Torres. García hizo proposiciones ventajosas a cambio de la alianza; ofreció reconocer los límites del Paraguay, de acuerdo con sus máximas pretensiones, pero López no aceptó las sugestiones de ninguno de los enviados. La crisis argentina se resolvió en la batalla de Pavón, ganada por Buenos Aires, que entonces se puso al frente de la Confederación. Algunos periódicos extranjeros atribuyeron a la abstención del Paraguay la derrota de los enemigos de Buenos Aires. El Semanario no aceptó este aserto, dudando que el soldado paraguayo pudiera pelear bien “cuando hubiere sabido que no iba a derramar su sangre por su patria, sino a hacer el triste papel de un auxiliar a causa ajena, y por consiguiente a presentarse en una lucha extraña bajo la condición de un mercenario”.

Como consecuencia de Pavón, las provincias confirieron una a una la dirección de las relaciones exteriores al nuevo gobernador de Buenos Aires, general Bartolomé Mitre, jefe del movimiento triunfante. No se juzgó en Asunción que el cambio favoreciese al Paraguay. Acerca de los propósitos de Mitre llegaron contradictorias noticias, algunas alarmantes. El órgano oficial aludió a esos informes que adjudicaban a Mitre la intención de indisponer a la provincia de Corrientes contra el Paraguay, para provocar un conflicto y anexar este país a la Confederación argentina. “El Gobierno de la Confederación – dijo además – creyó desde luego que el resentimiento del Paraguay contra la hostilidad perpetua que le ha profesado Buenos Aires, que la ingratitud o la indiferencia con que ha recompensado nuestros esfuerzos en las cuestiones del 59, serían un estímulo poderoso a aprovecharnos de la ocasión para una reparación de agravios, que bien interpretados, no hubieran tenido más que el carácter de una venganza mezquina que ningún bien no hubiese reportado; antes por el contrario, hubiésemos dado mayor consistencia a la infundada antipatía que nos ha profesado siempre Buenos Aires y hubiésemos dado un funesto ejemplo en abierta contradicción con los principios de paz que siempre hemos proclamado”.

El Uruguay busca una inteligencia
La conquista de la dirección política de la Argentina por el partido liberal encabezado por Mitre despertó análogos recelos en el Uruguay, entonces gobernado por el partido blanco y cuyo principal opositor, el general Venancio Flores, dirigente del partido colorado, había combatido en Pavón al lado de Mitre. El Gobierno uruguayo, que sintió en peligro su estabilidad, quiso buscar un acuerdo con el Paraguay, y destacó en misión especial a Juan José Herrera, quien debía exponer a la vista del Gobierno paraguayo dos peligros: “Es el uno la tentativa de absorción de las (dos) repúblicas, predominando en la Confederación los políticos que tal pretenden, ya que no estaría lejos de presentarse el Brasil si se ofreciese en perspectiva la adquisición de una buena parte; es el otro una invasión de una demagogia turbulenta, que no deja de trabajar por introducir el desquicio en las dos repúblicas”. Aludía este último párrafo a los emigrados, uruguayos y paraguayos, que en Buenos Aires, en estrecha afinidad con los gobernantes argentinos, reanudaban por entonces sus actividades periodísticas.

Una vez Herrera en Asunción sugirió a López cambiar ideas sobre el “respeto y garantía recíproca por la vida independiente de cada una de las nacionalidades” y “la estabilidad en ellas de sus Gobiernos institucionales”, pero el presidente paraguayo eludió tratar el tema. López reconoció que el Paraguay estaba rodeado de peligros vecinos; de un lado “los más incorregibles anarquistas”, como titulaba a los porteños liberales, que “no abandonaban la idea de absorber o retacear el Paraguay”, y por el otro los brasileños, “que se empeñaba en traer sus límites dentro del territorio paraguayo”, pero que “aun para el caso de que esos dos enemigos forman alianza contra el Paraguay éste está preparado”, pues “para los unos y para los otros, o para ambos juntos, son las fuerzas que el Paraguay se ve en el caso de tener siempre reunidas”. No encontrando ambiente para sus proposiciones políticas, Herrera derivó entonces sus gestiones al terreno comercial, mostrando a López la gran conveniencia de que el Paraguay “centralizar sus relaciones comerciales en Montevideo y no en Buenos Aires”. Invitó, en consecuencia, en concertar un tratado que hiciese posible esa desviación del comercio paraguayo, pero tampoco esta sugestión fue aceptada. López le repuso que “no desenado dar por su pate motivo a las hostilidades que contra el Paraguay pueda dirigir Buenos Aires, ya directa, ya indirectamente, y suponiendo que un tratado benévolo con el Uruguay en estos momentos podría ser interpretado como un acto de preferencia por los “anarquistas”, creía conveniente que se esperara a que se acabara de normalizarse la situación argentina”. El enviado uruguayo abandonó Asunción sin haber logrado apear a López de su resuelta negativa a sumir posiciones hostiles contra el Gobierno de Buenos Aires.

Los brasileños avanzan en el territorio neutralizado
El sesgo que tomaron las relaciones con el Imperio justificó la prudencia con lo que López obró con Herrera. El 23 de junio de 1862 expiró el plazo de seis años estipulado en 1856 para el arreglo de las fronteras con el Brasil, y éste, sin mostrar interés en reanudar las negociaciones, comenzó a penetrar profundamente en la zona litigiosa que por los convenios de 1856 había sido neutralizada. Una patrulla paraguaya comprobó la existencia de los fuertes de Miranda y Dorado en ese territorio y a raíz de este reconocimiento militar el encargado de negocios con el Brasil, Antonio Pedro de Carbalho Borges, pidió explicaciones y seguridades alegando que la fuerza paraguaya había exigido la evacuación de aquellas posiciones sin que mediara reclamación diplomática alguna como hubiera sido procedente. El ministro de Relaciones Exteriores negó que se hubiera hecho intimación alguna y adujo que consideraba inútil formular reclamaciones “porque la Legación Imperial diría, como dice ahora, que esas nuevas poblaciones están en territorio brasileño”. Tampoco se prestó el Gobierno paraguayo a dar seguridad alguna, “porque eso importaría nada menos que un consentimiento de la violación de la neutralidad estipulada en la tregua del año 1856”. De hecho, ambos países denunciaban la neutralización estipulada seis años atrás y recobraban su libertad de acción.

Borges, después de recibir la nota paraguaya, abandonó Asunción, difiriendo la respuesta a su Gobierno. El asunto fue llevado al Parlamento brasileño, oficial al abandonar la sede de su Legislación. Tavares Bastos al igual que otros parlamentarios, sostuvo que la guerra contra con el Paraguay era inevitable si no se llegaba a una transacción, que podía consistir en la partición del territorio litigado y la neutralización del Pan de Azúcar, y que bien valía el sacrificio que el Brasil hiciera de sus derechos la libre navegación q ue el Paraguay había concedido. “La apertura del Paraguay y del Paraná a todos los pabellones hasta Matto Grosso – dijo – fué un gran paso de parte del presidente López, tanto más cuanto que él hacía esa concesión al país que justamente ha sostenido a ese respecto las opiniones menos liberales. ¿No somos nosotros en el Amazonas más paraguayos que el Paraguay mismo?” El canciller Taques le repuso que el Brasil no podía renunciar a lo que había heredado de sus antecesores. “¿Entonces V. E. nos anuncia la guerra inminente” – contestó Taques - , pero cualquiera que sean las previsiones del noble diputado la Cámara no exigirá que el Gobierno venga a declarar lo que ha hecho o pretenda hacer”

En Paraguay se dio al debate inquietantes alcances alcances. El Semanario dijo: “La preconizada cuestión de límites, y que parecía iba a tener una pronta, fácil y pacífica solución, se presenta bajo un aspecto bélico, lo cual nos induce a creer que el Gabinete imperial no desea que se resuelva de una manera tranquila. Los acontecimientos que se ha denunciado nos colocan en el imprescindible deber de aceptar la cuestión en el terreno que escojan nuestros antagonistas”.

Muerte de Carlos Antonio López
La reforma de 1856 facultó a López a dejar designado su sucesor provisional. Sintiendo próximo el fin de sus días, decidió afrontar ese serio problema. El general Francisco Solano López, su ministro de Guerra y Comandante del Ejército, parecía estar destinado para sucederle desde hacía mucho tiempo, pero Carlos Antonio López tuvo un momento de vacilación. Temía que su hijo mayor, creador del Ejército, amante de la gloria y que había heredado su carácter imperioso y autoritario, no supiera sortear con su misma habilidad los inmensos peligros que se cernían sobre el porvenir nacional. Insolubles las cuestiones de límites con el Brasil y la Argentina, sin amistades ni simpatías en el orden internacional, pero con el más poderoso ejército y la mayor marina fluvial de la América del Sur, todo tentaría al general López, impetuoso y deseoso de ganar para el Paraguay un lugar honroso en el mundo, a recurrir a las armas, aun no probadas, para encontrar las soluciones que la diplomacia aparecía incapaz de alcanzar. Carlos Antonio López pensó que su hijo menor, Benigno, que por sus ideas liberales gozaba de cierto prestigio internacional, sería el hombre capaz de atemperar desde la Presidencia del genio impulsivo de Solano López, aún cuando éste conservase el mundo del Ejército. Pero la autoridad que el general López se había asegurado era tan efectiva, que el propósito de dejar la Presidencia a Benigno quedó frustrado. Carlos Antonio López formuló un nuevo pliego de reservas, dejando sin efecto el anterior y en él señaló al general Francisco Solano López para la presidencia provisional. Los últimos momentos del anciano presidente denotaron honda preocupación por el destino de la patria. “Hay muchas cuestiones pendientes a ventilarse, pero no trate usted de resolverlas con la espada, sino con la pluma, principalmente con el Brasil”, fueron sus últimas palabras, dirigidas a su sucesor, momentos antes de expirar, el 10 de septiembre de 1862.

Bibliografia: Efraím Cardozo. Paraguay Independiente.

1 comentarios:

Cristhian Cabral Mendez dijo...

no entiendooooooooooooooooooooooo

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