miércoles, 15 de julio de 2009

LA EDUCACION EN LA EPOCA DE LOS LOPEZ.

miércoles, 15 de julio de 2009

  • Instrucción primaria.
  • Enseñanza media y superior.
  • Acción cultural de Bermejo.
  • Otros centros educacionales.
  • Estudiantes paraguayos en Europa.
  • Artesanos y técnicos extranjeros.
INSTRUCCION PRIMARIA
Los sucesores del Dr. Francia pusieron el mayor empeño en incrementar la educación primaria y en restaurar los estudios superiores, suprimidos en 1822. El Congreso de 1841, primero que se reunía en un cuarto de siglo, adoptó expresas disposiciones en la materia. El gobierno consular decía que- “la falta de capacidades civiles para elevar a. la República al rango a que le llaman su posición y el destino es otro motivo poderoso para restablecer los elementos de ilustración enteramente extinguidos”. D. Carlos Antonio López dedicó siempre especial atención al fomento de la instrucción pública.
La Escuela Central de Primeras Letras siguió a cargo de Téllez. Al jubilarse éste en 1843, lo sucedió en el empleo el maestro Antonio María Quintana, de cuyos métodos docentes y nivel científico, no muy superiores a los del siglo anterior, el coronel Centurión da amena noticia en sus “Memorias”. El establecimiento recibió mayor asistencia oficial y en 1842 se impartía en él enseñanza gratuita a doscientos treinta y tres niños y adolescentes. Quintana era también músico y sus alumnos constituyeron un coro que actuó en público, contribuyendo a la difusión del conocimiento del Himno Nacional.
Después de 1860, funcionaba una escuela en cada parroquia de la capital.
Igualmente, se fomentó la educación primaria en las villas y partidos campesinos. Según informaba el Presidente López en su Mensaje de 1857, 16.755 niños concurrían a 408 escuelas elementales, sustentadas por el Estado y por los padres de familia beneficiados con su acción. Moreno dice que en 1862 funcionaban 435 escuelas, con 24.524 alumnos, y Pérez Acosta da una lista de setenta maestros de primeras letras que, en vísperas de la guerra, ejercían la docencia en cuarenta poblaciones del interior.
Los encargados de algunas de estas escuelas de primeras letras dictaban también clases de nivel más elevado. Así, tenemos noticia de Mariano Antonio López que se desempeñaba como maestro de latinidad en Villa Rica, y años más tarde hallamos referencia a la misma materia en la escuela de Villeta.

ENSEÑANZA MEDIA Y SUPERIOR
El Congreso Nacional reunido en marzo de 1841 dispuso la creación de un colegio secundario para la formación del clero, para cuyo funcionamiento debía construirse las instalaciones necesarias.
En cumplimiento de esta resolución y como base para una ulterior ejecución íntegra de la misma, el gobierno consular decretó, el 30 de noviembre de ese año, el establecimiento de la Academia Literaria que debía iniciar sus clases el 9 de febrero inmediato. El plan de estudios comprendía Latinidad, Idioma Castellano y Bellas Letras, Filosofía Racional, Teología Dogmática, Historia Eclesiástica y Oratoria Sagrada, inicialmente, sólo fueron provistas las dos primeras de las cátedras mencionadas que se confiaron a los P. P. Marco Antonio Maíz, simultáneamente director del instituto, y José Joaquín Palacios, de los cuales hemos dado noticia en el capitulo anterior. El catedrático de latinidad debía dictar a sus alumnos una conferencia semanal sobre los elementos de la religión cristiana, y el de idioma castellano y bellas letras, otra sobre “los derechos y deberes de un hombre social”.
“Las clases de latinidad sostenidas en esta capital por maestros particulares se reunirán a la Academia Literaria con todos sus alumnos bajo la inmediata orden del director interino”, rezaba la última de las cláusulas del decreto que venimos glosando.
En noviembre de 1842, los cónsules informaban al Congreso el desenvolvimiento satisfactorio de la casa de estudios, a la que concurrían ciento cuarenta y nueve jóvenes de los cuales veintitrés eran internos y anunciaba la próxima habilitación de la cátedra de Filosofía, lo que se cumplió en 1843.
Consagrado Obispo Auxiliar el P. Maíz, lo reemplazó interinamente en la dirección el P. Miguel Albornoz, antiguo dominico exclaustrado por el Dr. Francia, que ya enseñaba Filosofía. Fallecido el mismo prelado en 1848, se encargó de la cátedra de Latinidad Juan de la Cruz Velázquez, seglar, que había sido alumno del Real Colegio Seminario de San Carlos en la época de la Independencia, y a su vez, en sustitución de éste, que había pasado a ejercer funciones judiciales, otro seglar, Domingo Viveros, era en 1856 preceptor interino de Latinidad.
Entre los primeros jóvenes que se inscribieron en la Academia se contaba Francisco Solano López, hijo del cónsul al que se debía la fundación. Más su permanencia habrá sido corta, pues en 1843 cumplía ya una misión diplomática en Buenos Aires y dos años después mandaba el ejército expedicionario destacado en Corrientes.
Todos los sacerdotes ordenados por el Obispo López hasta la inauguración del Seminario Conciliar en 1859, con excepción de algunos antiguos religiosos exclaustrados necesariamente debieron pasar por las aulas de la Academia Literaria. Sin embargo, la formación recibida en las mismas no era completa y los aspirantes al orden sagrado ampliaban sus conocimientos bajo la dirección personal del ya citado jefe de la Iglesia y de su auxiliar, y más tarde, del P. Gaspar Téllez, hijo del maestro de ese apellido y Rector de la Catedral, que los instruían en Teología, Moral, Derecho Canónico y Liturgia.
Entre 1846 y 1850, fueron ordenados los P. P. Juan Francisco Zayas, Manuel Antonio Adorno, muerto por el enemigo en Cerro Corá. Manuel Antonio Palacios, premiado con medalla de oro en 1844, más tarde Obispo y fusilado en 1868, Jaime Antonio Corvalán, en 1862 canónigo, también fusilado, Pedro Pablo Benítez, Francisco Ignacio Maíz, caído en la defensa de las trincheras de Piribebuy.
Manuel Vicente Moreno, Administrador Eclesiástico en 1873, José Ramón González, ultimado en Cerro Corá, Ramón Ferriol, Daniel Sosa, premiado como el mejor alumno de su promoción, José María Velázquez y Eugenio Bogado, más tarde Rector del Seminario y Deán, fusilado en 1868. El P. Gaona da noticia de cincuenta y tres sacerdotes ordenados hasta 1858, cincuenta y uno de los cuales deben haber sido alumnos de la institución. Entre ellos figuran dos Obispos, cuatro Administradores de la Diócesis, cuatro dignatarios del Senado Eclesiástico, cinco capellanes que perecieron en combate o a manos del enemigo, tres miembros de la Convención Nacional Constituyente de 1870 y tres indios guaraníes, oriundos de las antiguas reducciones de Tobatí, Itá y Yaguarón, respectivamente.
Por espacio de una década, la Academia Literaria fue el único centro permanente de enseñanza media. Más, a partir de la apertura del curso de matemáticas establecido en “Zevalioscué” y de las escuelas superiores que lo siguieron, quedó cada vez más reducida a la sola función preparatoria de la formación del clero.
Finalmente, en 1859 se erigió el Seminario Conciliar. Primer Rector del mismo y catedrático de Prima de Teología Moral y Vísperas de Cánones designaron al P. Fidel Maíz, varias veces mencionado, que también daba lecciones de Oratoria Sagrada y Liturgia, en tanto que las clases de Latinidad, Idioma Castellano y Moral Cristiana las dictaba el P. José del Carmen Moreno, aún no ordenado en ese momento, a quien tocaría morir valientemente en el combate de Ytororó. Encarcelados ambos sacerdotes en 1862, el Rectorado pasó al P. Eugenio Bogado que lo ejerció hasta la desaparición del instituto, a fines de 1866 o comienzos de 1867.
Entre los catedráticos que se incorporaron después de su fundación al cuerpo docente del Seminario, cabe recordar al canónigo Justo Román, a los P. P. Bonifacio Moreno y Francisco Solano Espinoza y al diácono Roque A. Campos, después sacerdote. Las últimas ordenaciones las llevó a cabo el Obispo Palacios, en el campamento de Paso Pucú, en febrero de 1868.
La caída de Rosas y el consiguiente acceso del Paraguay a la libre navegación de los ríos abrieron amplias posibilidades de desarrollo en todos los órdenes. El Presidente López se apercibió de la conveniencia de contratar profesores extranjeros, así como también de que la labor de los mismos solamente daría fruto satisfactorio si los alumnos beneficiados con ella poseían una adecuada base previa de conocimientos. Con esta mira, en 1852 dispuso que en la antigua chacra del patricio Juan Valeriano de Zevallos, en Tapuá, se concentrase un grupo de adolescentes seleccionados en las escuelas de primeras letras. Con ellos, se organizó un curso preparatorio de matemáticas, a cargo del joven Miguel Rojas, formado en la Academia Literaria.
El año siguiente, estos alumnos, a los que ahora se incorporaba en el mismo nivel el propio preceptor Rojas, fueron trasladados a la capital para la fundación de una Escuela de Matemáticas, instituto superior especializado cuya dirección se confió al francés Pedro Dupuy (1816-1887), que comenzó enseñando lo más elemental de la Aritmética, para pasar de inmediato al Algebra y la Geometría. Es suyo el mérito de haber difundido el sistema métrico decimal en el Paraguay. La escuela funcionó hasta la llegada del literato español Ildefonso Bermejo, en 1855.
Por esos años, el ya mencionado. P. Fidel Maíz y Bernardo Ortellado, antiguos alumnos ambos de la Academia Literaria, tenían una Escuela de Latinidad. Los más aventajados de entre sus discípulos pasaron en 1856 al Aula de Filosofía organizada por Bermejo.
También en 1850 y costeada por el Fisco, había funcionado una escuela o cátedra de Derecho Civil y Político a cargo del Dr. Juan Andrés Gelly, y en 1862, Zenón Ramírez, juez de lo criminal, dictaba un curso de Práctica Forense, para curiales y otros auxiliares de la justicia. Ramírez, que integró la Convención Nacional Constituyente de 1870 y más tarde el Senado, falleció en la indigencia, a comienzos del presente siglo, siendo portero de la Universidad de Asunción.

ACCION CULTURAL DE BERMEJO
El general López, durante su estada en Europa, contrató al periodista y escritor español Ildefonso Antonio Bermejo (1820-1892), que permaneció en el Paraguay de 1855 a 1863, dedicado a la enseñanza y a la promoción de las actividades culturales.
Con los mejores de entre el medio centenar de discípulos de Dupuy, Bermejo formó una Escuela Normal en unas casas antiguas situadas donde hoy está el Departamento de Policía. Algún malestar suscitado entre los alumnos de más edad, por sus métodos y exigencias, fue reprimido con el enrolamiento de los menos disciplinados en la marina de guerra.
Esta escuela de Bermejo, que funcionó solamente un año, era preparatoria del instituto secundario que él proyectaba.
En efecto, con los jóvenes de mayor aprovechamiento de este plantel y de la ya citada Escuela de Latinidad de Maíz y. Ortellado, se organizaba a comienzos de 1856 el Aula de Filosofía. Su amplio plan de estudios, novedoso para la época y el lugar, comprendía Gramática Castellana, Lógica, Historia Sagrada y Profana, Cosmografía, Geometría, Literatura, Moral y Teodicea, Catecismo Político, equivalente de la actual Educación Cívica, Derecho Civil, Francés y Composición Literaria. Todas estas materias las enseñaba el propio Bermejo que dictaba los apuntes en clase, y el sistema expositivo era el de preguntas y respuestas, esencialmente mnemónico.
Los primeros exámenes públicos del Aula de Filosofía los, presidié personalmente D. Carlos Antonio López, acompañado del Obispo, de los ministros y de los más altos dignatarios civiles y militares. De este curso, cinco alumnos distinguidos fueron enviados como becarios a Gran Bretaña, de donde algunos regresaron en 1863 con acrecentado caudal de conocimientos
Aparte de sus obligaciones docentes, Bermejo tuvo a su cargo la redacción del “Semanario”, fundó “El Eco del Paraguay” y animó a sus alumnos a redactar “La Aurora”, donde daban a conocer sus producciones en poesía, narrativa y ensayo. También con jóvenes del Aula de Filosofía, organizó la primera compañía teatral de aficionados de carácter estable.
El año de su venida al Paraguay, Bermejo había publicado en Madrid “La capa del rey García”, novela histórica, y después de su muerte apareció su “Historia anecdótica y secreta de la Corte de Carlos IV”, así mismo en la capital española. En Asunción, estrenó en 1858 “Un paraguayo leal”, drama en verso en dos actos, y “Un sombrero y una llave”, en tres actos, y en 1862 se editó aquí su libro sobre “La Iglesia Católica en América”.
Colaborador de importantes periódicos madrileños y hombre del mundo, gravitó notoriamente en el desarrollo cultural del Paraguay y en la difusión del conocimiento de las corrientes estéticas e ideológicas de la época. Aunque de importancia secundaria entre los escritores de su patria se hallaba incorporado a la vida intelectual española de mediados de siglo XIX con vinculaciones en la política, en la prensa y en el ambiente del teatro. Estas circunstancias lo jerarquizan con relación a los demás extranjeros que por entonces prestaban servicios en el Paraguay y le otorgan cierta preeminencia sobre ellos. Era un europeo culto que impulsó a sus alumnos a ponerse al día en el conocimiento del mundo de su tiempo y al cultivo de las letras.
Generalmente no se guarda un buen recuerdo de Bermejo, debido a que años después de su regreso a Europa publicó “Episodios de la vida privada, política y social de la República del Paraguay”, obrita en la que hace burla del país, de sus costumbres y de sus gobernantes. Sin embargo, ocho años de labor sostenida en la instrucción pública, la prensa y el teatro y en la promoción de las actividades del espíritu, compensan lo negativo de su actuación, y arrojan un saldo a su favor.

OTROS CENTROS EDUCACIONALES
Los jesuitas, que habían sido restablecidos en Buenos Aires en 1835, no quisieron doblegarse a la imposición de Juan Manuel de Rosas de colocar su retrato en los altares, por lo cual éste los expulsó de sus dominios. Cuatro de los proscriptos, los P. P. Bernardo Parés. Anastasio Calvo, Fidel López y Manuel Martos, bajo la dirección del primero de ellos, abrieron en Asunción en 1843 un Instituto de Moral Universal y Matemáticas, de muy corta duración. Entre sus alumnos figuraron los hijos del entonces Cónsul López.
El maestro Juan Pedro Escalada continuó enseñando primeras letras y hasta tres años de latinidad. El P. Palacios, hasta la apertura de la Academia Literaria, tuvo un grupo permanente de alumnos particulares de filosofía y retórica. Dionisio Lirio, librero español que en su patria había sido militar, y Manuel Pedro de Peña también se dedicaban a la docencia en sus respectivos domicilios, y subsistió la escuelita del maestro Cañete, de tiempos de Francia.
Después de 1850, jóvenes formados en la Academia Literaria y en las sucesivas escuelas de Dupuy y Bermejo sostuvieron también centros privados de educación. Tal es el caso de Silvestre Yegros, maestro en las cercanías de Itauguá, que contó entre sus discípulos al coronel Centurión, y de Carlos Riveros y el diácono José Aniceto Benítez, ordenado sacerdote en 1860, que enseñaron latinidad, y de otros cuya enumeración alargaría innecesariamente el presente estudio.
El arquitecto Ravizza montó una escuela de dibujo lineal y geométrico y percibía por ello un sueldo del Estado, en tanto que el músico Dupuy, como ya hemos visto, adiestraba a los componentes de las bandas militares, gestión que anteriormente había estado a cargo de los hermanos Benjamín y Felipe González, y logró formar meritorios discípulos. Ana Monnier de Dupuy, esposa del matemático de ese apellido, fue en 1853 la primera profesora de piano que actuó en Asunción.
Hubo extranjeros que enseñaban sus lenguas maternas. En diversos años y con duración no muy prolongada, funcionaron cinco escuelas privadas de niñas, de otras tantas señoras francesas. La esposa de Bermejo, Purificación Jiménez, española como su marido, publicó un “Catecismo de los deberes domésticos de las madres de familia”.
En 1865, el alemán Gustavo Mackensen anunciaba en el “Semanario” que podía dar a domicilio o en el suyo propio clases de francés, alemán, latín, griego, botánica, aritmética, álgebra y contabilidad, y el italiano Enrique Tuvo, tomaba pupilos para el aprendizaje de las primeras letras, del francés y de la enseñanza comercial.
Estas escuelas particulares por lo general no pasaron de cursos circunstanciales y poco numerosos, equivalentes de los que dictan aquellos que preparan alumnos aplazados. En más de un caso, los referidos maestros particulares no eran otra cosa que osados que explotaban su condición de europeos.

ESTUDIANTES PARAGUAYOS EN EUROPA
En 1854, cuando el general López regresó de su misión diplomática en Europa, dejó en una escuela naval francesa a los jóvenes Nicanor Sánchez y Domingo Antonio Ortiz. Este último, se incorporo más tarde a la marina de guerra paraguaya, tuvo destacada actuación durante la contienda de 1864-70 y alcanzó el grado de capitán de fragata. Restablecida la paz, fue delegado demarcador de límites con el Brasil y jefe de la expedición naval que desalojó a los usurpadores bolivianos de Bahía Negra.
En 1858, como ya hemos referido, se seleccionó a cinco jóvenes, cuatro de ellos alumnos distinguidos del Aula de Filosofía para ir a Gran Bretaña a prepararse para la carrera diplomática. Se llamaban Juan Crisóstomo Centurión, Gerónimo Pérez, Cándido Bareiro, Andrés Maciel y Gaspar López. Permanecieron cinco años en ese país, adquiriendo cultura, general y formación jurídica. Bareiro alcanzo a ser Presidente de la República en 1878 y falleció en el ejercicio del cargo, en 1880. Centurión (1840-1902) llegó a coronel durante la guerra, fue herido en Cerro Corá y después ocupó altos cargos públicos. Publicó cuatro volúmenes de “Memorias”, de extraordinaria importancia en la historiografía paraguaya, una novela y diversos artículos, estudios y ensayos.
Otros ocho jóvenes viajaron ese mismo año, también a Gran Bretaña, para especializarse en carreras técnicas. Do vuelta en el país, prestaron útiles servicios en los arsenales, el ferrocarril y la marina.
En 1863, viajó un grupo de treinta y nueve becarios, de los cuales tres debían estudiar Derecho, treinta iniciarían su aprendizaje de ingeniería mecánica y seis iban destinados a la Escuela Militar francesa de Saint-Cyr, cuyos cursos uno solo de ellos pudo aprobar. Otros dos jóvenes, Emilio Gill y Hermógenes Miltos, viajaron por su cuenta a Europa e ingresaron en la misma institución castrense. Años antes, Adolfo Saguier había cursado estudios, sin beca, en Francia y Gran Bretaña.
Lo estudiantes de Derecho se destacaron en distintos órdenes de actividades: Juan Bautista Delvalle regresó en 1867 por Bolivia y se incorporé al ejército en campaña; ya coronel, murió a manos del enemigo, después de haberse rendido, a fines de febrero o comienzos de marzo de 1870 Miguel Palacios presidió la Convención Nacional Constituyente y se desempeñó posteriormente como Senador y Ministro de Relaciones Exteriores. En cuanto a Aurelio García Corvalán, encauzó en Europa su vocación artística y lo hemos recordado entre los primeros pintores del Paraguay; se le atribuyen dos retratos del Mariscal López que se conservan. Los tres murieron en plena juventud.
Los que iban a perfeccionarse en mecánica fueron colocados en astilleros y otros establecimientos británicos, en los cuales lograron su formación práctica en máquinas a vapor, fundición, herrería, calderería y otras especialidades técnicas. Algunos pudieron regresar antes de la guerra y sirvieron con abnegación y eficacia. De los demás, afirman varios autores que perecieron en Europa o en Montevideo, adonde algunos alcanzaron a llegar. No sería difícil, sin embargo, que hubieran sobrevivido sin retornar al país: artesanos y técnicos expertos, habrán encontrado posibilidades de progresar en ambas márgenes del Océano.
Emilio Gill, que vino hacia 1867 con correspondencia de la Legación en Paris, desvió su itinerario y pasó a Buenos Aires, sin entregar el envío ni incorporarse al servicio de la República. Restablecida la paz, fue sucesivamente, en rápida sucesión, Jefe de Policía, Ministro de Hacienda y General de Brigada. Murió trágicamente en 1877.
Tal es a grandes rasgos la historia de los primeros cincuenta y seis jóvenes paraguayos que fueron enviados a Europa para aumentar sus conocimientos, de acuerdo a lo resuelto por el Congreso Nacional de marzo d 1844.

ARTESANOS Y TECNICOS EXTRANJEROS
Desde 1852, al allanarse el acceso del Paraguay a la navegación oceánica a través del estuario platense, el Presidente López buscó la cooperación de técnicos extranjeros, tanto para promover las actividades productivas, como para estimular desarrollar las aptitudes naturales de los trabajadores para guayos.
Con ingenieros y artesanos ingleses, se instalaron el arsenal de Asunción, la fundición de hierro de Ybycui, el ferrocarril y se organizó la marina mercante y de guerra. En las gradas del referido arsenal, fueron construidos el “Ypora”, el “Correo”, el “Salto Guaira”, el “Río Apa” y otros vapores y embarcaciones menores. Capitanes y maquinistas ingleses los tripularon inicialmente. Jefe del arsenal y astillero era el ingeniero John W. Whitehead, por espacio de una década, y lo sucedió su colega John Nesbitt, que acompañó al ejército en la retirada de las Cordilleras. George F. Morice fue el primer capitán del “Tacuari”. Al frente de la fundición de Ybycuí se sucedieron varios técnicos ingleses y en los trabajos de tendido de las vías férreas tuvo la responsabilidad directiva el ingeniero George Paddison, llegado al país en 1868. Todos estos ingenieros, fundidores, maquinistas, oficiales de marina y auxiliares técnicos formaron un nutrido y eficiente núcleo de aprendices criollos, a los que se sumarían luego los jóvenes becarios que retornaban de Gran Bretaña.
Mención especial merece el ya recordado ingeniero Jorge Thompson, colaborador de Paddison en el ferrocarril. Durante la guerra sirvió en el cuartel general y alcanzo el grado de teniente coronel. Tuvo el mando del reducto de Angostura durante la batalla de las Lomas Valentinas y se rindió el 30 de diciembre de 1868. Después, publico “Guerra del Paraguay”.
En 1864, llegó a Asunción el ingeniero alemán Roberto von Fisher Treuenfeldt, contratado para el tendido de las primeras líneas telegráficas. El 16 de octubre de ese año, a los tres meses escasos de haber sido desembarcados los materiales, era transmitido el primer mensaje telegráfico de la historia paraguaya, entre Asunción y Villeta. La línea se extendió pronto hacia el Sur hasta Humaitá y alcanzó las avanzadas paraguayas durante la contienda, Treuenfeldt y su lugarteniente Hans Fish formaron un numeroso equipo de telegrafistas, entre los cuales se destacaba el pintor Saturio Ríos que ideó simplificaciones del equipo transmisor. De regreso en Alemania, Treuenfeldt por espacio de medio siglo llevó a cabo proficua labor divulgadora de todo lo concerniente al Paraguay.
En la sanidad militar, prestaron servicios los doctores Banks, Barton, Skinner, Fox y Stewart y el farmacéutico Masterman, autor de “Siete años de aventuras en el Paraguay”, Otro farmacéutico, Porter C. Bliss, se dedicó a la literatura y al periodismo y publicó ataques a la triple alianza. Los discípulos de estos profesionales se desempeñaron como Cirujanos y Practicantes en los hospitales de sangre y de la retaguardia, y uno de ellos, Justo P. Candia, ejerció la medicina y fue Cirujano Mayor del ejército hasta treinta y cinco años después de restablecida la paz.
Gradualmente, los paraguayos formados por ellos y otros igualmente capacitados fueron tomando la conducción de los servicios referidos. En la construcción de los terraplenes ferroviarios y tendidos de los rieles trabajaron los “chaflaneros” bajo el comando del entonces teniente Elizardo Aquino, que por un tiempo interinó la jefatura de la fundición de hierro de Ybycuí. Maquinistas nativos conducían los trenes y el mayor José María Bruguez, más tarde general, tenía la dirección superior de tan importante medio de comunicación. Los capitanes Gill, Meza y Cabral y los tenientes Ortiz y Herreros recibieron de Morice y sus coterráneos el mando de los buques mercantes y de guerra, y el capitán Julián Insfrán tuvo a su cargo la mencionada fundición de Ybycuí durante la guerra, hasta su muerte a manos del enemigo.
BIBLIOGRAFÍA
Juan Crisóstomo Centurión, “Memorias”.
Fidel Maíz, “Etapas de mi vida”.
Silvio Gaona. “El clero en la guerra del 70”

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