sábado, 13 de junio de 2009

LAS REDUCCIONES JESUITICAS

Poco antes del establecimiento de la nueva provincia de la Compañía, el gobernador Hernando había escrito al Provincial del Perú, pidindole que se comisionara a misioneros de su orden para dedicarse a la conversión de los indios del Paraguay. Fundada su instancia en el deseo del Rey de que los aborígenes no fuesen sometidos por las armas, sino por la persuasión. En carta dirigida al propio soberano, el 5 de mayo de 167, el mismo Hernandarias, entre otras muchas cosas, señalaba la conveniencia del envío de misionero, jesuitas Guairá, y en la respuesta, contenida en real cédula del 5 de agosto subsiguiente, se le daba noticia de haber destinado cincuenta religiosos al Perú, de los cuales seta debían pasar al Río de la Plata.
Entre tanto, el P. Torres había venido al Paraguay, para estudiar las posibilidades de dar satisfacción a la precitada demanda determinaba que los PP. .Simón Masseta y José Cataidino, italianos ambos, se trasladaron a la región del Guairá a hacerse cargo de los pueblos indios predicar el cristianismo entre sus habitantes. En diciembre de 1609, salían de Asunción ambos sacerdotes para dar comienzo a una de las empresas evangelizadas de mayor celebridad.
El P. Lorenzana había tomado a su cargo un pueblo de indios fundado en el Guairá por los españoles que pasó a llamarse San Ignacio Guazú, y los PP. Masseta y Cataidino comenzaron su transcendente labor con la formación de otras dos reducciones, las de San Ignacio Mini o de Yabebyry y de Loreto, ambas a más de 60 leguas al Este de Ciudad Real. Con la llegada de nuevos misioneros, fue creciendo el número de neófitos, agrupados en nuevas reducciones situadas en los campos de Jerez en el Cuaracy-verá y al Norte del Salto del Guairá. Quince años más tarde, catorce prósperas y nutridas comunidades indígenas contribuían a afirmar la presencia española en esas soledades.
No todo, sin embargo, era tan halagador, ni inspiraba optimismo: desde 1614, se hacía sentir la proximidad de los “mamelucos” o “bandeirantes’ de San Pablo, verdaderos piratas de la selva, derrotados en su primer encuentro armado, pero no contenidos por tal revés. En 1628, siguiendo los pasos del nuevo Gobernador, D. Luís de Céspedes Xeria, acusado más tarde de tener vinculación con ellos, apareció en las reducciones una considerable fuerza de “mamelucos” y auxiliares tupíes. Aquellos indios cristianos que no lograron darse a la fuga fueron inexorablemente cautivados y conducidos a la esclavitud en el litoral brasileño. Crónicas de la Compañía hablan de 60.000 guaraníes capturados, cifra que quizás sea algo abultada. Parte de los restantes, conducida por los sacerdotes que los adoptaban, emprendió larga migración en balsas y canoas, aguas abajo del Paraná, salvando las dificultades del salto del Guairá y las penurias de tan accidentado viaje, hasta tomar tierra de definitivamente en la zona aledaña a de las actuales ciudades de Encarnación y Posadas.
Después, también pasaría a cargo estos religiosos dos antiguas reducciones emigradas del Itatín ante la invasión portuguesa, las de Santiago de Caaguazú y de Aguaranambí o Nuestra Señora de Fe (hoy, Santa María).
En su nuevo emplazamiento, volvieron los jesuitas a organizar sus pueblos. En 1646, había veinticuatro reducciones en el Paraguay, Paraná y Uruguay, y en 1702, eran veintinueve y albergaban a noventa mil indios cristianes.
La presencia portuguesa se hizo sentir nuevamente en las proximidades del río Uruguay. A fines de 1638, el Gobernador O. Pedro de Lugo y Navarra se trasladó a las reducciones de esa zona, librándose en Caazapá-Guazú un combate entre sus tropas y los invasores, desfavorable para estos últimos. En la acción, no obstante, perdió la vida el P, Diego de Alfaro, Superior de -las referidas misiones.
El permanente peligro portugués hizo que los jesuitas pidieran y obtuvieran del Rey el privilegio de munir de armas de fuego a sus neófitos e instruirlos en el manejo de las mismas. Alertado por su Procurador General Francisco de Rivas Gavilán, veterano de las guerras de Chile con los araucanos y antiguo vecino de la ciudad, el Cabildo de Asunción reclamó de las autoridades superiores que se revocara tal medida. Por considerarla peligrosa para la seguridad del Paraguay. En efecto, temían los paraguayos las consecuencias de proporcionar ese material bélico a indios recién salidos de los bosques, que habían nacido en la barbarie. Esta situación, prolongada por casi medio siglo, provocó frecuente controversia de los jesuitas con gobernantes y población criolla de la provincia.
Otro motivo de roce con las autoridades políticas y eclesiásticas era el ejercicio del vice-patronato por las primeras y de las facultades jurisdiccionales propias de las segundas. Aun cuando las reducciones se hallaban asentadas en territorios que pertenecían a los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires y a sus respectivas diócesis, desarrollaban su vida prácticamente al margen de ambas provincias, y cuando algún funcionario o prelado se mostraba más celoso de sus prerrogativas que sus, antecesores, no era extraño que se produjeran litigios.

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