miércoles, 8 de julio de 2009

Vida cultural en los primeros tiempos de Carlos A. López.

A la muerte del Dr. Francia, pocos eran los hombres de cultura superior que sobrevivían. La brillante y memorable generación directiva de 1811 había perecido en su casi totalidad, Quebrantado por doce años de cárcel, Mariano Antonio Molas no alcanzó a vivir un lustro más y éste lo pasó retirado en la Villa del Pilar o en las tierras de su esposa en “Montiel Potrero”. Juan Bautista Rivarola (1790-1857), de destacada participación en los acontecimientos del trienio 1811-1814, vino de su retiro de Barrero Grande con un proyecto de Constitución de inspiración liberal que fue rechazado de mala manera en 1841, tras lo cual tuvo que regresar al desierto, sin posibilidades de influir en la vida política. José Domingo Campos (1795- l861), que integró uno de los gobiernos provisionales de 1841, tenía formación jurídica y experiencia administrativa. También pasó en el retiro campesino, en San José de los Arroyos, los últimos veinte años de su vida.

El más ilustrado de los colaboradores del Presidente López fue Juan Andrés Gelly (1790-1856), doctor en Derecho, de larga militancia en el agitado acaecer político rioplatense, poeta y periodista, además de experto diplomático. En 1845, se reintegró a la patria, después de casi treinta y cinco años de ausencia y se relacionó con el referido gobernante. Actuó sucesivamente como redactor de “El Paraguayo Independiente” y del “Semanario”, Dictó clases de Derecho Civil y Político. Sirvió de asesor principal en la conducción de la diplomacia paraguaya. Desempeñó misiones de esa índole en Río de Janeiro (1847) y en Europa, adonde acompañó al general López, en 1853. Después de su incorporación al servicio civil paraguayo, publicó “Apuntes sobre el Paraguay, para desvanecer los cuentos del señor Graham”, de contenido polémico, y un opúsculo aparecido en francés y portugués, en Río de Janeiro, en 1848, con el título de “Paraguay, lo que fue, lo que es y lo que será” Su asistencia resultó de suma utilidad para D. Carlos Antonio López, tanto por sus luces, como por su gran conocimiento de la realidad política de la Cuenca del Plata.
Entre los opositores de la época, cabe recordar a Manuel Pedro de Peña (1811-1867) que recibió su primera formación cultural en la cárcel, de parte de Mariano Antonio Molas. Era hombre de regular ilustración. Desempeñó en 1843 una misión diplomática cerca del gobierno de Rosas y se mostró por más de una década muy adicto al Presidente López. Perdida la confianza de éste, se expatrió en 1857 y, establecido en Buenos Aires, dirigió dos series de “Cartas”, publicadas en periódicos de esa ciudad, a Don Carlos, las primeras, y a su hijo el Mariscal, las segundas. Su estilo es con frecuencia chabacano y denosta a los defensores del Paraguay en la guerra contra la triple alianza. Se cuenta entre los inspiradores de la tristemente célebre Legión Paraguaya.
La primera misión destacada a Montevideo por López estuvo a cargo de Atanasio González y Bernardo Jovellanos, a los cuales el poeta Francisco Acuña de Figueroa entregó los originales de nuestro Himno Nacional, por él compuesto. Andrés Gill, Secretario del Gobierno y comisionado en el exterior, y Francisco Domingo Sánchez, secretario de Congresos Nacionales, Juez, Ministro de varias carteras y Vice-Presidente de la República, muerto por los brasileños en Cerro Corá, se contaron entre los más allegados colaboradores del Presidente. Así mismo, cabe mencionar a Mariano González, Nicolás Vázquez, José Falcón, Juan G Valle, Juan de la Cruz Velázquez, Juan Manuel Álvarez y José María Mentiel, ministros, jueces y funcionarios de otras categorías. No han quedado escritos de estos ciudadanos, salvo a documentación oficial que se les puede atribuir, pues dedicaron todas sus energías al servicio de la República, acuciada entonces por la falta de equipo directivo.
La primera legación destacada en Europa la encabezó el brigadier F4rancisco Solano López, acompañado del ya citado Gelly, Benigno López, Rómulo Yegros, Juan José Brizuela y otros. La única representación permanente, posterior a esta primera y con rango diplomático, tenía su asiento en París y se hallaba a cargo del Dr. Carlos Calvo, publicista argentino. Actuaron como agentes confidenciales en el exterior Félix Egusquiza, en Buenos Aires, y el ya citado Brizuela, en Montevideo, en tanto que José Rufo Caminos se desempeñaba como Cónsul en Paraná, donde gozaba de la especial estima del general Urquiza: Un súbdito portugués llamado Manuel Moreira de Castro sirvió por un tiempo como agente en Río de Janeiro.
Mención especial corresponde a Benito Martínez Varela (1800-1854), que había sido alumno del Colegio Seminario de San Carlos. Desempeñó sucesivamente la Secretaría General del Gobierno y el Ministerio de Relaciones Exteriores. En nombre del Paraguay y en 1852, suscribió el tratado Varela-Derqui, de límites, amistad y navegación, con la Confederación Argentina. Su hermano José María Martínez Varela (1801-1862) se contó entre los firmantes del Acta de la Independencia y en el Congreso del 16 de octubre de 1862 apoyó su intervención en los postulados de ese documento. Los Varela, ricos terratenientes y hacendados en Ajos, poseían una biblioteca importante para la época.
No puede hablarse de la vida cultural. de este período sin recordar a Juan Vicente Estigarribia (1788-1866), médico personal del Supremo Dictador, herborista y fi1áitropo que siguió practicando el arte de curar en tiempos de Don Carlos. Sin formación académica, había adquirido notable práctica y poseía conocimientos apreciables de herborística. Publicó un “Vocabulario en varios Idiomas de algunas plantas medicinales”, pero la mayor parte de sus apuntes y recetarios se han perdido o permanecen inéditos en colecciones particulares.
Desde 1843, actuó en el Paraguay el médico y naturalista sueco Eberhard Munck af Rosenchold, cuyo epistolario ha sido publicado hace pocos años en su país natal. Munck falleció durante la guerra contra la triple alianza.
Contratados por el gobierno paraguayo. Alfredo Demersay y el Barón Du Graty realizaron estudios sobre el país y produjeron sendos libros intitulados “Historia física, económica y política del Paraguay y de los establecimientos de los jesuitas” y “La República del Paraguay”, respectivamente.
El comandante húngaro Francisco Wisner de Morgenstern se incorporó al servicio del Paraguay en 1845 y participó de su vida cultural basta la guerra contra la triple alianza. Dejó inédito un libro sobre “El Dictador Francia” que ha sido objeto de dos ediciones en nuestro siglo.
Entre los eclesiásticos, cabe recordar al P. Basilio Antonio López, hermano del Presidente y primer Obispo paraguayo de la diócesis, en 1844. Obispo auxiliar, como hemos referido en el capitulo anterior, fue el P. Marco Antonio Maíz, de notable ilustración, fundador y director de la Academia Literaria, Segundo Obispo de esta época correspondió serlo al P. Juan Gregorio Urbieta, fallecido en 1963. Merece ser citado también el P. José Joaquín Palacios, correntino de valiosos servicios en la introducción pública.

Bibliografía
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”
Justo Pastor Benítez, “Carlos Antonio López”

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