miércoles, 8 de julio de 2009

LOS COMIENZOS DEL PERIODISMO PARAGUAYO

Durante el gobierno consular de López y Alonso, fue adquirida en Corrientes una imprenta usada, que en 1846 se vio reforzada por otro equipo impresor comprado por Gelly en el Brasil. Con estos elementos se formó la Imprenta del Estado. En la misma, se publicaron todos los “Mensajes”, con excepción del de 1842, editado en Corrientes, el “Repertorio Nacional” y la primera y única edición paraguaya de “La Argentina”, de Ruy Díaz de Guzmán.
Entre el 26 de abril de 1845 y el 18 de septiembre de 1852, aparecieron ciento dieciocho números de”EI Paraguayo Independiente”, primer periódico del Paraguay. Fue su principal redactor y orientador el propio D. Carlos Antonio López con la valiosa cooperación de Juan Andrés Gelly y de otros funcionarios. La hoja tenía por cometido la defensa de la soberanía y de los derechos del Paraguay, frente a las pretensiones anexionistas del gobernador Juan Manuel de Rosas, de Buenos Aires. Derrocado éste, “El Paraguayo Independiente” desapareció.
Desde el 21 de mayo de 1853, comenzó a publicarse el “Semanario de avisos y conocimientos útiles”, en cuya dirección se sucedieron Juan Andrés Gelly, el español Ildefonso Antonio Bermejo, Natalicio Talavera y Gumersindo Benítez.
El “Semanario” subsistió hasta 1868. Era un periódico con bastante información y expresaba el pensamiento del Presidente López. Los agentes paraguayos en el exterior le servían de corresponsales.
El mismo Bermejo, en 1855, publicó por breve tiempo “El Eco del Paraguay”, como primera tentativa de periodismo independiente, hacia 1858. Aparecieron también por entonces “La Época”, de los alumnos de aquél, y en 1861 y 62, “La Aurora”, revista literaria redactada por Talavera. Benítez, José Mateo Collar, Mariano del Rosario Aguiar y otros de sus más connotados condiscípulos del Aula de Filosofía, a los que se sumaban el italiano Domingo Parodi y la poetisa Marcelina Almeida, los cuales publicaron en sus páginas ensayos, poesías y cuentos.

Epoca de don Carlos Antonio López - LOS SIMBOLOS NACIONALES

El Himno Nacional fue compuesto por el poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa (1790-1862), también autor de la letra del Himno de su patria. El poeta envió los originales al gobierno paraguayo, en mayo de 1846, por intermedio de los ya citados agentes Jovellanos y González, según una anotación autógrafa del propio Figueroa. Cecilio Báez, sin embargo, afirma que el portador de la primera copia fue Gelly, el año anterior.
Consta la letra de siete estrofas, de ocho decasílabos cada una, y un coro de cuatro versos del mismo metro. Corresponde al tipo de las canciones épicas, con un relato histórico.
Sobre el autor de la música, no existe acuerdo entre los que han tratado el tema. Para unos, es el maestro húngaro Francisco José Debalí, de gran actuación en Montevideo, compositor también de la música de la canción patria del Uruguay, y para otros, el francés Francisco Sauvageot de Dupuis, organizador de bandas militares de la época. “Existe semiplena prueba de que Debalí fue el autor de la música del Himno Paraguayo actual”, escribe Juan Max Boettner, luego de analizar fuentes y argumentos. En todo caso, hacia 1873, el maestro italiano Luís Cavedagni restauró esa música y su versión fue oficialmente estrenada el 25 de noviembre de 1874, al asumir Juan B. Gill la Presidencia de la República. La partitura hoy en uso fue ajustada por Remberto Giménez, en 1933.
Dupuis había sido contratado como maestro de banda y formé aventajados discípulos, entre los cuales cabe recordar a Cantalicio Guerrero e Indalecio Odriosola, maestro de banda también el primero y director de orquesta el segundo.
El Congreso Nacional de 1842 adoptó la bandera, el escudo y el sello nacionales, así como también el sello de Hacienda.
El pabellón de la República, de acuerdo a lo resuelto, se compone de una bandera de tres fajas horizontales iguales - colorada, blanca y azul, que de un lado, en el centro, lleva el escudo nacional, de forma circular, con una estrella resaltante, entre una palma y una oliva entrelazadas en la parte inferior, y la inscripción “República del Paraguay” en la orla; y del lado opuesto, o reverso, un circulo con la inscripción “Paz y Justicia” distribuida y en el medio un león en la base del símbolo de la libertad (el gorro frigio en lo alto de una pica). El escudo nacional es también sello nacional, en tanto que la composición del reverso sirve de sello de Hacienda, con el agregado de la inscripción “República del Paraguay” en la orla.
Es de notar que en documentación oficial de la época pueden encontrarse sellos ovales.

Vida cultural en los primeros tiempos de Carlos A. López.

A la muerte del Dr. Francia, pocos eran los hombres de cultura superior que sobrevivían. La brillante y memorable generación directiva de 1811 había perecido en su casi totalidad, Quebrantado por doce años de cárcel, Mariano Antonio Molas no alcanzó a vivir un lustro más y éste lo pasó retirado en la Villa del Pilar o en las tierras de su esposa en “Montiel Potrero”. Juan Bautista Rivarola (1790-1857), de destacada participación en los acontecimientos del trienio 1811-1814, vino de su retiro de Barrero Grande con un proyecto de Constitución de inspiración liberal que fue rechazado de mala manera en 1841, tras lo cual tuvo que regresar al desierto, sin posibilidades de influir en la vida política. José Domingo Campos (1795- l861), que integró uno de los gobiernos provisionales de 1841, tenía formación jurídica y experiencia administrativa. También pasó en el retiro campesino, en San José de los Arroyos, los últimos veinte años de su vida.

El más ilustrado de los colaboradores del Presidente López fue Juan Andrés Gelly (1790-1856), doctor en Derecho, de larga militancia en el agitado acaecer político rioplatense, poeta y periodista, además de experto diplomático. En 1845, se reintegró a la patria, después de casi treinta y cinco años de ausencia y se relacionó con el referido gobernante. Actuó sucesivamente como redactor de “El Paraguayo Independiente” y del “Semanario”, Dictó clases de Derecho Civil y Político. Sirvió de asesor principal en la conducción de la diplomacia paraguaya. Desempeñó misiones de esa índole en Río de Janeiro (1847) y en Europa, adonde acompañó al general López, en 1853. Después de su incorporación al servicio civil paraguayo, publicó “Apuntes sobre el Paraguay, para desvanecer los cuentos del señor Graham”, de contenido polémico, y un opúsculo aparecido en francés y portugués, en Río de Janeiro, en 1848, con el título de “Paraguay, lo que fue, lo que es y lo que será” Su asistencia resultó de suma utilidad para D. Carlos Antonio López, tanto por sus luces, como por su gran conocimiento de la realidad política de la Cuenca del Plata.
Entre los opositores de la época, cabe recordar a Manuel Pedro de Peña (1811-1867) que recibió su primera formación cultural en la cárcel, de parte de Mariano Antonio Molas. Era hombre de regular ilustración. Desempeñó en 1843 una misión diplomática cerca del gobierno de Rosas y se mostró por más de una década muy adicto al Presidente López. Perdida la confianza de éste, se expatrió en 1857 y, establecido en Buenos Aires, dirigió dos series de “Cartas”, publicadas en periódicos de esa ciudad, a Don Carlos, las primeras, y a su hijo el Mariscal, las segundas. Su estilo es con frecuencia chabacano y denosta a los defensores del Paraguay en la guerra contra la triple alianza. Se cuenta entre los inspiradores de la tristemente célebre Legión Paraguaya.
La primera misión destacada a Montevideo por López estuvo a cargo de Atanasio González y Bernardo Jovellanos, a los cuales el poeta Francisco Acuña de Figueroa entregó los originales de nuestro Himno Nacional, por él compuesto. Andrés Gill, Secretario del Gobierno y comisionado en el exterior, y Francisco Domingo Sánchez, secretario de Congresos Nacionales, Juez, Ministro de varias carteras y Vice-Presidente de la República, muerto por los brasileños en Cerro Corá, se contaron entre los más allegados colaboradores del Presidente. Así mismo, cabe mencionar a Mariano González, Nicolás Vázquez, José Falcón, Juan G Valle, Juan de la Cruz Velázquez, Juan Manuel Álvarez y José María Mentiel, ministros, jueces y funcionarios de otras categorías. No han quedado escritos de estos ciudadanos, salvo a documentación oficial que se les puede atribuir, pues dedicaron todas sus energías al servicio de la República, acuciada entonces por la falta de equipo directivo.
La primera legación destacada en Europa la encabezó el brigadier F4rancisco Solano López, acompañado del ya citado Gelly, Benigno López, Rómulo Yegros, Juan José Brizuela y otros. La única representación permanente, posterior a esta primera y con rango diplomático, tenía su asiento en París y se hallaba a cargo del Dr. Carlos Calvo, publicista argentino. Actuaron como agentes confidenciales en el exterior Félix Egusquiza, en Buenos Aires, y el ya citado Brizuela, en Montevideo, en tanto que José Rufo Caminos se desempeñaba como Cónsul en Paraná, donde gozaba de la especial estima del general Urquiza: Un súbdito portugués llamado Manuel Moreira de Castro sirvió por un tiempo como agente en Río de Janeiro.
Mención especial corresponde a Benito Martínez Varela (1800-1854), que había sido alumno del Colegio Seminario de San Carlos. Desempeñó sucesivamente la Secretaría General del Gobierno y el Ministerio de Relaciones Exteriores. En nombre del Paraguay y en 1852, suscribió el tratado Varela-Derqui, de límites, amistad y navegación, con la Confederación Argentina. Su hermano José María Martínez Varela (1801-1862) se contó entre los firmantes del Acta de la Independencia y en el Congreso del 16 de octubre de 1862 apoyó su intervención en los postulados de ese documento. Los Varela, ricos terratenientes y hacendados en Ajos, poseían una biblioteca importante para la época.
No puede hablarse de la vida cultural. de este período sin recordar a Juan Vicente Estigarribia (1788-1866), médico personal del Supremo Dictador, herborista y fi1áitropo que siguió practicando el arte de curar en tiempos de Don Carlos. Sin formación académica, había adquirido notable práctica y poseía conocimientos apreciables de herborística. Publicó un “Vocabulario en varios Idiomas de algunas plantas medicinales”, pero la mayor parte de sus apuntes y recetarios se han perdido o permanecen inéditos en colecciones particulares.
Desde 1843, actuó en el Paraguay el médico y naturalista sueco Eberhard Munck af Rosenchold, cuyo epistolario ha sido publicado hace pocos años en su país natal. Munck falleció durante la guerra contra la triple alianza.
Contratados por el gobierno paraguayo. Alfredo Demersay y el Barón Du Graty realizaron estudios sobre el país y produjeron sendos libros intitulados “Historia física, económica y política del Paraguay y de los establecimientos de los jesuitas” y “La República del Paraguay”, respectivamente.
El comandante húngaro Francisco Wisner de Morgenstern se incorporó al servicio del Paraguay en 1845 y participó de su vida cultural basta la guerra contra la triple alianza. Dejó inédito un libro sobre “El Dictador Francia” que ha sido objeto de dos ediciones en nuestro siglo.
Entre los eclesiásticos, cabe recordar al P. Basilio Antonio López, hermano del Presidente y primer Obispo paraguayo de la diócesis, en 1844. Obispo auxiliar, como hemos referido en el capitulo anterior, fue el P. Marco Antonio Maíz, de notable ilustración, fundador y director de la Academia Literaria, Segundo Obispo de esta época correspondió serlo al P. Juan Gregorio Urbieta, fallecido en 1963. Merece ser citado también el P. José Joaquín Palacios, correntino de valiosos servicios en la introducción pública.

Bibliografía
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”
Justo Pastor Benítez, “Carlos Antonio López”

El Paraguay en 1840. El gobernante. Las instituciones.

EL PARAGUAY EN 1840
Complejos y acumulados problemas se planteaban a la consideración de los sucesores inmediatos del Dr. Francia. Ardua tarea les correspondería desarrollar en los órdenes interno e internacional.
Los nuevos gobernantes tendrían que establecer íntegro el ordenamiento legal y administrativo propio de un estado soberano, y que en esta materia, según hemos visto, poco se había innovado desde los días de la Independencia. Los crecientes riesgos externos les obligarían a montar y organizar un ejército completamente nuevo, pues se carecía virtualmente de cuadros de oficiales y el armamento era casi el mismo que a fuera considerado viejo en 1811. Faltaba personal idóneo para la administración, la judicatura, la diplomacia y la vida política en general, porque la generación directiva de la época emancipadora había desaparecido sin que hubieran podido formarse los hombres destinados a cubrir los claros que se iban produciendo. Había que recuperar los mercados tradicionales de la producción paraguaya, perdidos durante la clausura de las fronteras, o ganar otros, nuevos. Una economía que había que había retornado a la etapa doméstica debía ser transformada, para adecuarla a las condicionar y características de la competencia internacional y a las necesidades de una sociedad que en lo sucesivo alternaría como igual con los demás estados americanos.

Todo lo reseñado debía llevarse a cabo con premura y sin errores de consideración, pues estaba en juego el futuro del Paraguay, porque las fuerzas actuantes en la política de la Cuenca del Plata exigían una conducción hábil, una organización eficiente y el respaldo de la fuerza material.
Agudizaba el problema general una situación en verdad infortunada: desde 1835, Juan Manuel de Rosas venía imponiendo de modo cada vez más acentuado su hegemonía a toda la Confederación Argentina, con la mira puesta en la reconstrucción del extinguido Virreinato del Río de la Plata. Precisamente cuando el Paraguay, rectificando la conducto del cuarto de siglo anterior se aprestaba a una participación activa en la vida política, económica y cultural de América, el gobernador de Buenos Aires, desconociendo su Independencia ratificada por el Congreso del 25 de noviembre dé 1842, le sometía a nuevo aislamiento, desde 1844, bloqueaba su comercio fluvial y terrestre y amagaba una invasión.
Dos gobiernos provisionales se sucedieron en el semestre inmediato a la muerte del Supremo Dictador. Integrado el primero por los comandantes de los cuarteles y asesorado inicialmente por Policarpo Patiño, fue derrocado por el sargento Romualdo Duré y el subteniente Mariano Roque Alonso. En sustitucióndel mismo, se estableció otro, de hombres de derecho, formado por Juan José Medina, José Gabriel Benítez y José Domingo Campos, que antes de transcurrido un mes resultarla también depuesto por el referido subteniente Alonso.
Instaurada en febrero de 1841 la Comandancia General de Armas, a cargo del propio Alonso, comienzan veintiún años de creciente preponderancia de Carlos Antonio López (1792- 1862) en el manejo de los intereses del Paraguay.
Desde ese mismo año, hasta su muerte acaecida el 10 de septiembre de 1862, primero como Secretario de la Comandancia General de Armas, luego como Cónsul de la República (1841-1844) y finalmente por espacio de dieciocho años (1844- 1862) en carácter de Presidente de la República, López tuvo a su cargo el gobierno del Paraguay. Lo ejerció sin limitaciones ni controles efectivos, pero con el ánimo dispuesto siempre para el progreso material y espiritual de la patria, buscando en todo momento mejorar el orden de cosas imperante y asegurar la supervivencia del Paraguay como estado soberano. En esos veintiún años se echaron las bases jurídicas, administrativas y económicas del Estado Paraguayo.

EL GOBERNANTE
Capital para el conocimiento de este fecundo período es dar noticia, siquiera breve, de la personalidad de D. Carlos Antonio López.
Alumno del Real Colegio Seminario de San Carlos, alcanzó allí el grado de Maestro en Artes y tuvo a su cargo en el mismo las cátedras de Filosofía y de Vísperas, hasta la clausura de la institución. Luego de unos años de ejercicio de la abogacía y ya casado con doña Juana Pabla Carrillo, de esclarecido linaje, se retira al campo a formar una regular fortuna y a leer los pocos libros que podía obtener.
Ilustrado por el estudio y la reflexión, se hizo presente en la capital en las semanas iniciales de 1841 y se vinculó con el subteniente Mariano Roque Alonso, ya mencionado. Al asumir éste el gobierno con título de Comandante General de Armas, como hemos visto, lo designó su Secretario, desempeñándose López como asesor y orientador político de la nueva autoridad. En marzo del mismo año, un Congreso confió a ambos el poder con título de Cónsules de la República y tres años más tarde, otro Congreso aprobaba un proyecto de Constitución preparado por López y elegía a éste Presidente de la República por diez años, mandato que le sería sucesivamente renovado por Congresos reunidos en 1854 y 1857.
Con sus actos y sus manifestaciones, demostró López ser un completo y grande estadista. La magnitud de su obra en lo político, económico, social y espiritual, escapa a una síntesis de la naturaleza de l presente.
Su gobierno fue personal y su poder, como hecho dicho antes, prácticamente ilimitado. Pero lo usó fundamentalmente para beneficio del Paraguay. Sus colaboradores eran principalmente ejecutores de órdenes y, con la sola posible excepción de Gelly y más tarde de su hijo Francisco Solano, les estaba vedado expresar disentimiento o aconsejar. Halla tal sistema su explicación en la carencia de equipo directivo, ya señalada.
Debe hacerse notar, por otra parte que el Presidente López fue montando, gradual e ininterrumpidamente, la estructura del Estado y que, como veremos más detenidamente al ocuparnos de la instrucción pública, no escatimó esfuerzos para la formación de una juventud apta para la dirección política y cultural de la sociedad.
D. Carlos Antonio López ha dejado expreso su pensamiento en sus “Mensajes” dirigidos a los sucesivos Congresos Nacionales, reeditados en volumen durante la presidencia de José P, Guggiari, en los artículos principales de “El Paraguayo Independiente”, que ha tenido das reediciones, y del “Semanario” y en la correspondencia diplomática, toda ella redactada o rigurosamente controlada por él. La parte histórica de sus escritos ha sido recogida en libro, con el título de “La emancipación paraguaya”, por J. Natalicio González.

LAS INSTITUCIONES
La formulación del ordenamiento jurídico de la sociedad paraguaya, con la consiguiente superación de las estructuras administrativas coloniales, se debe a Don Carlos Antonio López Obra suya es la Constitución de 1844, aprobada en marzo de ese año por un Congreso Nacional con el nombre Ley que establece la administración política de la República del Paraguay.
La ley fundamental de 1844 no reúne las características generales de las constituciones más adelantadas de su tiempo: falta en ella la especificación de derechos y garantías, no se encuentra una declaración de los fines del Estado, la separación de poderes resulta de hecho inexistente por la abrumadora primacía del Ejecutivo, cuyas atribuciones y limitaciones no se expresan con claridad. Sin embargo, debe ser la misma considerada como el punto de partida de un proceso de evolución institucional, admitiendo que sus imperfecciones habrían de ser presumiblemente superadas por ulteriores reformas.
Un Presidente de la República, paraguayo, de fuero civil y de cuarenta y cinco años cumplidos, designado por el Congreso y reelegible por períodos de diez años, constituía la principal autoridad. Habría ministros si él lo consideraba ‘necesario y en el número y con las atribuciones que les fijara el mismo. Era de su potestad autorizar el funcionamiento de imprentas y no se admitía la libertad de cultos. Los grados militares no lo eran en propiedad. La ausencia de un cuerpo legislativo permanente daba aun mayor amplitud al poder presidencial.
Como contrapartida, señalemos que no se admitían en el Paraguay ni la vigencia de leyes extranjeras, ni la jurisdicción de tribunales que no fueran los de esta República.
El Congreso, de doscientos diputados propietarios, se reuniría cada cinco años. Tan espaciada periodicidad con la correspondiente renovación del cuerpo para cada oportunidad reducía a grado mínimo sus posibilidades de erigirse en poder co-gobernante.
Se reunieron Congresos, ordinarias y extraordinarios, en 1841, 142 1844, 1849, 1854, 1856 y 1857, en vida don Carlos; y en 1862, a su muerte. Entre los más importantes, conviene recordar el de noviembre de 1842, de cuatrocientos diputados, que el 25 de ese mes aprobó el Acta de la Independencia, ratificó la soberanía del Paraguay y proclamó que éste no sería nunca patrimonio de persona ni de familia alguna. En sus reuniones de los días subsiguientes, dispuso la extinción de las reducciones de indios y la concesión de la ciudadanía y sus habitante, así como también la libertad de vientres, encaminada a la gradual supresión de la esclavitud. En la misma oportunidad, se adoptaron la bandera y el escudo definitivos de la República.
El Congreso de 1844 aprobó la carta fundamental ya citada, y el de 1856 la modificó en el sentido de franquear a los militares el acceso a la Presidencia de la República y de reducir a treinta años la edad mínima ‘para dicho ‘cargo, al tiempo que disminuía a cien el número de diputados.
Por el Estatuto de la Administración de Justicia dictado en 184, un Juez Superior de Apelaciones entendía en grado de alzada en lo esos sometidos a los Jueces de la 1a. Instancia y además de éstos, había Jueces de Paz en las villas y partidos del interior y en las parroquias de la capital. No obstante, las autoridades judiciales se hallaban sometidas al Presidente de la República, a quien se reservaba el conocimiento de diversas cuestiones que hoy son de exclusiva competencia de aquellas.
En materia de Derecho Privado, seguía en vigencia la legislación española, con algunas innovaciones, y en el orden militar, las Ordenanzas de esa procedencia.

Bibliografía
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”
Justo Pastor Benítez, “Carlos Antonio López”

sábado, 4 de julio de 2009

LA DICTADURA DE FRANCIA Y LA CULTURA.

INSTITUCIONES.
El 3 y 4 de octubre de 1814, un Congreso General de mil diputados, presidido por el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, actuando de Secretario D. Juan Bautista Rivarola, acuerda establecer por cinco años el cargo de Dictador Supremo de 15 República, al cual deben prestar acatamiento el Cabildo y la oficialidad y tropa de las fuerzas militares, como se hace. Se ordena la reunión de nuevo Congreso, reducido a la cuarta parte de su número, para el año 1816. La dictadura instaurada, que se confía al mencionado Dr. Francia, sustituye al gobierno consular dispuesto en el Reglamento de Gobierno aprobado un año antes.
El 1º de junio de 1816, un nuevo Congreso acuerda designar al mismo Francia, “Dictador Perpetuo de la Repúb1ica durante su vida con calidad de ser sin exemplar”. El artículo 3° de la resolución dice a la letra: “Congreso General tendrá la Republica cada vez y cuando el Dictador haya por necesario”. Además se dispone requerir al Obispo que en lo sucesivo, en vez de “Regem”, se diga “dictatorum nostrum populo sivi comiso et exercitu suo”.
Desde entonces y hasta la muerte del Supremo Dictador, no vuelve a reunirse el Congreso. El Cabildo es extinguido en 1824, permaneciendo solamente los Alcaldes, para lo judicial, pero con sus atribuciones muy mermadas de hecho. El equipo de funcionarios también se reduce; un Tesorero del Ramo de Guerra, a veces llamado Ministro Tesorero de Hacienda, tiene a su cargo el manejo de los fondos públicos, en tanto que un Fiel de Fechos es ministro universal o amanuense de confianza, y los Comandantes y Sub-Delegados ejecutan las directivas superiores en el interior.

Tan acentuada es la concentración de poder en manos del Supremo Dictador, que él personalmente interviene en la aprobación de mensuras y particiones, juzga, dispone el trazado de las calles, autoriza o deniega venia para matrimonios, resuelve sobre vestuario y racionamiento de la tropa y decide otras cuestiones no menos particularizadas.
No se puede hablar de innovaciones legislativas o administrativas en este período; rige el derecho privado español, se conserva la institución de Comandantes y Sub-Delegados y subsiste, inclusive, el sistema de reducciones indígenas. La administración pública se reduce a un mínimo y desaparecen organismos de competencia y representación local, como el Cabildo, o de trascendencia cultural, como el Colegio Seminario y las casas de las órdenes religiosas.
En estas circunsanc1as, sin embargo, prosigue el proceso de formación social del pueblo paraguayo y de diferenciación respecto de sus vecinos, aun cuando la estructuración jurídica e institucional del Estado tendrá lugar en años posteriores.
Este apartado es versión revisada de la síntesis que sobre el tema proporcionamos al Dr. Salvador Villagra Maffiodo y que éste, poniendo expresamente de manifiesto nuestra intervención, insertó en su libro “Gobierno y Administración del Paraguay” (Asunción, 1961).

IDEOLOGIA PREDOMINANTE.
Difícil es establecer la ideología predominante de una época como ésta, que se caracteriza precisamente por la retracción y el silenciamiento de la opinión pública, por la inexistencia de debate.
Puede, si, apuntarse información sobre el pensamiento del gobernante. Alumno de la Universidad de Córdoba e interno del Colegio de Monserrat en la penúltima década del siglo XVII, José Gaspar Rodríguez de Francia recibió las mismas influencias que sus compañeros de generación. Vale decir que ya no fue un adicto ciego de la monarquía absoluta, sino un crítico del sistema y un lector de las obras, entonces prohibidas, de los enciclopedistas y otros escritores revo1ucionarios. Su biblioteca, de la cual tenemos noticia parcial por Robertson, contenía libros de Voltaire, del abate Raynal, de Hoibach de Rousseau, la Enciclopedia y otros de similar tendencia. Algunas de las ideas del “Contrato Social” se traslucen en la correspondencia internacional de 1811 cuya redacción se atribuye a Francia.
Dos documentos son de sumo interés para arrojar luz sobre su ideología. Son ellos la nota del 20 de julio de 1811, dirigida a la Junta de Buenos Aires, de cuya orientación ya hemos dado somera noticia y el Reg1amernto de Gobierno de l813, por el cual el Paraguay se declara República Soberana. Su correspondencia de la época de la dictadura con las autoridades, subalternas no permite seguir con claridad su pensamiento, pues contiene por lo general reflexiones circunstanciales, a veces no encomiásticas para el pueblo paraguayo, y disposiciones de carácter administrativo. Mas, a través de toda ella, es posible percibir u permanente adhesión al principio de la soberanía del Paraguay.
Otra fuente de información, de conocimiento menos vulgarizado, sobre la ideología franciana es el Catecismo Político reproducido por Benítez en “La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia”. El “Patrio Reformado”, su sistema de gobierno, se halla “regulado por principios sabios y justos, fundados en la naturaleza y necesidades de los hombres y en las condiciones de la sociedad”; el propio Francia “acreditó, con la experiencia que sólo se ocupa de nuestra prosperidad y bienestar”; los gravámenes son reducidos y todos deben trabajar en comunidad. En cuanto a la duración de su régimen, “Dios lo conservará en cuanto sea útil”

INSTRUCCION PÚBLICA.
Durante toda la dictadura, continuó funcionando la Escuela Central de Primeras Letras y hubo maestros que cump1ieron análoga tarea en las villas y los partidos del interior. Más, las medidas de fomento de la Junta Superior Gubernativa y sus planes de elevar el-nivel de la educación fueron abandonadas. Además, la enseñanza media y superior desapareció completamente. Clausurado el Colegio Seminario en 1823 y secularizadas las comunidades religiosas poco después, sin ninguna importación de libros u otras publicaciones, salvo los que adquiría el propio Dr. Francia. la vida cultural entró en un largo paréntesis.

LOS MAESTROS PRIVADOS.
Además de la escuela regentada por Téllez y de la labor docente de los maestros campesinos, diversas personas de regular ilustración se ganaban la vida o se ayudaban económicamente con la enseñanza.
De éstos maestros privados, el más notable fue el porteño Juan Pedro Escalada (1777-1869), que en su casa del barrio de San Roque y después en una quinta de la vega del Mburicaó (actual ubicación del Asilo Nacional) educaba y recibía en pupilaje a niños de familias acomodadas. La formación de sus alumnos era la más completa de ese tiempo y fueron ellos los únicos que pudieron seguir satisfactoriamente el curso medio de matemáticas del francés Dupuy, contratado en 153 por O. Carlos Antonio López. Por espacio de cincuenta años, Escalada fue el más acreditado maestro de la niñez.
Carlos R. Centurión menciona al maestro Mateo Vicente Fretes que tuvo una escuela elemental entre 1816 y 1824.
El P. Marco Antonio Maíz, liberado después de catorce años de cárcel, tuvo también a su cargo un grupo de educandos al que impartía enseñanza de nivel satisfactorio. Preconizado Obispo Auxiliar en 1844, falleció cuatro años más tarde.
Otros sacerdotes, ex-seminaristas y laicos ilustrados se contaron también entre los maestros privados.

BIBLIOGRAFIA
  • Efraim Cardozo, “Paraguay Independiente”
  • Rafael Eladio Velázquez, “Breve Historia de la Cultura en el Paraguay”.

LAS LETRAS EN EL PARAGUAY DURANTE EL PERIODO EMANCIPADOR.

El año 1811 marca la culminación de un interesante proceso de desarrollo cultural, algunas de cuyas líneas fundamentales hemos puesto de resalto en capítulos anteriores.
Además de Fernando de la Mora y José Gaspar Rodríguez de Francia, redactores principales de la más trascendente documentación oficial, debemos recordar la intervención de Mariano Antonio Molas, el P. Manuel Antonio Corvalán el P. Sebastián Patiño y otros seglares y eclesiásticos en las deliberaciones del Congreso del año referido. Sacerdotes igualmente ilustrados eran Fray Fernando Caballero, del capitulo provincial franciscano, el Dr. Francisco Javier Bogaría, el P. Fermín Sarmiento, cura de la Villa Real. y propagandista de las ideas emancipadoras, y el P. José Agustín Molas, capellán de las fuerzas paraguayas en el combate de Tacuarí. Cabe, así mismo, recordar a los hermanos Marco Ignacio y Juan Bautista Qüin de Valdovinos, doctores ambos, y a Juan Manuel Grance, Manuel. José Báez y el porteño Pedro Alcántara de Somellera.
José Gaspar Rodríguez de Francia, nacido entre 1756 y 1766, hijo de García Engracia Rodrigues Francia portugués, capitán de artillería en las milicias provinciales, y de la paraguaya María Josefa de Velasco y Yegros, estudió en la Universidad de Córdoba, en la cual se doctoró en Teología, más sin haberse ordenado sacerdote. De regreso en Asunción, ejerció la docencia en el Real Colegio Seminario de San Carlos, integré el Cabildo de Asunción y en 1808 fue sorteado de una terna de candidatos para ser propuesto a la diputación del Virreinato en las Cortes Españolas. Diputado adjunto al Gobernador Velasco, el 16 de mayo de 1811, en representación de los patriotas, integré luego la Junta Superior Gubernativa y manejó las negociaciones del tratado del 12 de octubre de ese año con los representantes de Buenos Aires. Los dos escritos más trascendentes que se atribuyen a su pluma son la nota del 20 de julio de 1811, dirigida a las autoridades de Buenos Aires, en la cual se afirma el principio de la igualdad de todos los pueblos y el de la federación como medio de llegar a la unión de América, y el Reglamento de Gobierno aprobado por el Congreso de 1813 primera tentativa de un ordena miento jurídico nacional. Cónsul de la República en 1813 dictador temporal en 1814 y perpetuo desde 181ó, ejerció el poder sin limitaciones, hasta su muerte, acaecida el 20 de septiembre de 1840.
Fernando de la Mora, hijo de Fernando de la Mora y de Ana del Cazal y Sanabria, de linaje comunero, era hombre de sólida formación y de vasto conocimiento de los clásicos y de los autores de la Ilustración. En su mocedad, se alistó en la fuerza expedicionaria que acudió a la defensa del Río de la Plata contra las invasiones inglesas. Vocal y Secretario de la Junta Superior Gubernativa, comandó, pese a su condición de civil, una expedición punitiva contra los portugueses de Coimbra y de paso fundó el Cabildo de la Villa Real de la Concepción. Con Yegros y Caballero, sus compañeros de gobierno, compartió noble inquietud por el desarrollo de la enseñanza. Hemos hecho ya extensa referencia a la labor cultural de la Junta de 1812 y a los documentos cuya redacción cabe atribuir a Mora. Falleció en 1835, en el Cuartel del Hospital, donde desde hacía muchos años se hallaba encarcelado.
Mariano Antonio Molas, nacido hacia 1780, hijo de Pedro Molas, capitán de milicias y acaudalado vecino, y de Ursula de la Costa, cursó estudios en el Colegio Seminario y completé su formación en Buenos Aires, en las actividades forenses, como pasante de Juan José Castelli. Cuñado de los Montiel, se hallaba estrechamente vinculado con la juventud militar de la época. En el Congreso General de 1811, fue el vocero del partido patriota y la principal resolución de la asamblea tuvo origen en una extensa y pormenorizada propuesta suya. Durante los años iniciales de la dictadura, ejerció la abogacía con entereza y ética profesional. Preso desde 1828, permaneció en la cárcel hasta 1840. Es voz corriente que allí compuso su “Descripción histórica de la antigua provincia del Paraguay” primer libro escrito por Un paraguayo después de la Independencia, aunque se supone que lo terminó una vez en libertad. Se le atribuye también el “Clamor, de un paraguayo”, enérgico alegato contra el régimen franciscano. Falleció en una hacienda de los Montiel en los campos aledaños a Caapucú, en 1844.
José Agustín Molas, sacerdote y hermano del anterior, capellán militar en la acción de Tacuarí, acudió como parlamentario paraguayo a entrevistarse con el general Belgrano y compuso un relato de la conferencia, que ese mismo año fue publicado en Montevideo, con el titulo de “Conferencia que tuvo el Capellán del Ejército del Paraguay, D. José Agustín Molas, con el General D. Manuel Belgrano el día 10 de marzo de 1811 en el arroyo de Tacuarí”. Ejerció diversos curatos campesinos y adhirió a la causa emancipadora.
Manuel Antonio Corvalán, sacerdote patriota, cura de la Villa Rica, de Itapé y más tarde de Carapeguá, donde falleció en 1827, participó de las deliberaciones del Congreso de 1811 y una propuesta suya fue la más radical de las allí formuladas: Corvalán se opuso allí a que, ni tan siquiera dentro de un sistema federal, se sometiera el Paraguay a poder foráneo alguno.
A Fulgencio Yegros, militar de notables servicios y de preclara ascendencia nacido hacia 1780, era hijo del teniente coronel José Antonio de Yegros y de María Angela Franco de Torres y nieto de un gobernador, le tocó presidir la Junta Superior Gubernativa, cuya notable inquietud cultural hemos destacado. Ha quedado de él un poema, evocativo y de triste acento, escrito en la prisión, donde esperaba la muerte. De su prosa, nos sirve de muestra una carta firmada por su esposa, Facunda Esperati, y dirigida al capitán Pedro Juan Caballero, con motivo de la expedición enviada en 1812 a la reconquista del Fuerte Borbon, así como también diversos escritos de su puño y letra en actuaciones judiciales. Era hombre de regular ilustración y le corresponde responsabilidad solidaria en las medidas de fomento de la educación adoptadas durante su gobierno. Combatiente desde la adolescencia en las fronteras brasileña y correntina, en el rechazo de las invasiones inglesas y en la obtención de sendas victorias en Paraguari y Tacuari, recibió del Congreso de 1813 su investidura de Brigadier de Ejército. Fue ejecutado el 17 de julio de 1821.
Jóvenes oficiales de lúcida inteligencia y de satisfactoria ilustración eran Pedro Juan Caballero, los hermanos Iturbe, varios Montiel y Juan Bautista Rivarola.
De esta época es el “Diario de los sucesos memorables de Asunción desde el 14 de mayo de 1812”, varias veces reproducido en revistas, atribuido por unos al Dr. Juan Manuel Grance y por otros al coronel José Antonio de Zavala y Delgadillo. Grance tenía formación universitaria y había desempeñado diversos empleos en la administración colonial. Preso por espacio de dos décadas fue ejecutado, ya muy anciano, en 1835, Zavala y Delgadillo (1749-1715), uno de los más ca1icado Jefes militares de fines del siglo XVIII y comienzos del siguiente, tuvo a su cargo la función del Fuerte Borbón, en 1792, y otras comisiones de importancia. Le caracterizaba un notable conocimiento de los fondos documentales del archivo provincial y dejó informativas anotaciones genealógicas.
Pedro Alcantara de Somellera (1774-1854), natural de Buenos Aires, en 1811 era Teniente Asesor Letrado de la Intendencia del Paraguay. Prestó su adhesión a la causa patriota, pero en octubre del mencionado año, se dispuso su extrañamiento del territorio, iniciando la serie de los deportados de la historia política del Paraguay Independiente. Doctor en Jurisprudencia por la Universidad de Córdoba, desempeñó altas funciones políticas, administrativas y universitarias en la Argentina y el Uruguay, y dejó publicados varios libros. Durante su corta permanencia en Asunción (1807-1811) participó activamente de vida cultural.
Por último justo es hacer referencia a los doctores paraguayos Francisco Javier Bogarín, sacerdote y antiguo colegial de Monserrat, en Córdoba, Vocal que fue de la Junta Superior Gubernativa, Manuel José Báez, ya citado, vecino de la Villa Real y congresal en 1811, y Ventura Díaz de Bedoya que, aunque residía en Buenos Aires, se hallaba presente en Asunción en la época de las jornadas revolucionarias que hemos historiado.
Otros talentos se frustraron por la muerte prematura, la prisión prolongada o el silencio insuperable, antes de dar los frutos que cabía esperar de su ilustración y de sus dotes naturales.

LA EPOCA DE LA INDEPENDENCIA - CULTURA

  • El período revolucionario.
  • La Junta Superior Gubernativa y la cultura.
EL PERIODO REVOLUCIONARIO
El Paraguay no permaneció ajeno al gran proceso de la emancipación americana: por el contrario, desde 1811 se gobernó por sí mismo, sin reconocimiento de supremacía a poder foráneo alguno.
Podemos afirmar que el periodo revolucionario comienza con la reunión del Congreso General o Cabildo Abierto del 24 de julio de 1810, convocado por el Gobernador-Intendente D Bernardo de Velasco y Huidobro, que había seleccionado personalmente a los concurrentes al mismo. Si bien en la mencionada oportunidad se refirmó la lealtad más completa a la monarquía española y al Consejo de Regencia, que la representaba, allí quedaron definitivamente rotos los vínculos de sujeción con las autoridades radicadas en Buenos Aires, cuyo Virrey había sido depuesto dos meses antes por los patriotas porteños.
Desde ese momento, el Paraguay vivió en un verdadero y permanente estado de emergencia, a punto tal que dos cabildantes de la confianza del bando realista fueron agregados como diputados adjuntos a Velasco, para la resolución de las más importantes cuestiones de Estado.
La expedición militar organizada en Buenos Aires y comandada por Belgrano dio lugar a la movilización integral de los recursos de la provincia. Las victorias de Paraguari y Tacuarí, obtenidas exclusivamente por los criollos, ratificaron la independencia paraguaya respecto del Río de la Plata, y en los campamentos de las fuerzas vencedoras nació la conspiración que daría por tierra con el régimen español.
Producido el alzamiento de la joven oficialidad, el 14 de mayo, en Asunción, encabezado aquí por Pedro Juan Caballero y coordinado con sendos pronunciamientos de Fulgencio Yegros, en Itapúa y Candelaria, y de Blás José de Rojas Aranda, en Corrientes, ocupada entonces por tropas paraguayas, el Gobernador debió a allanarse a aceptar de nuevo dos diputados adjuntos, delegados esta vez de los patriotas, que fueron Juan Valeriano de Zevallos y Dr. José Gaspar Rodríguez, de Francia. De regreso en Asunción, el 21 de mayo, Fulgencio Yegros asumió el mando militar con carácter de Comandante General de Armas.
Del 17 al 20 de junio de 1811, deliberó un nuevo Cabildo Abierto o Congreso General, al que además de trescientos invitados de los patriotas, se incorporaron seis diputados de las villas y poblaciones principales, los más calificados dignatarios eclesiásticos y el juez-diputado del comercio. De tan espectadle asamblea, de orientación definidamente favorable a la causa patriota surgió el primer gobierno nacional del Paraguay, la Junta Superior Gubernativa, presidida por Yegros.
Otro Congreso General, reunido del 30 de septiembre al 12 de octubre de 1813, adoptó el nombre de República del Paraguay y el sello de armas, y aprobó un Reglamento de Gobierno, primera carta política del Paraguay.

LA JUNTA SUPERIOR GUBERNATIVA Y LA CULTURA
En los preparativos de la defensa contra la expedición de Belgrano, a fines de 1810, el edificio ocupado por el Real Colegio Seminario de San Carlos había sido afectado a fines militares, y sus colegiales debieron buscar alojamiento precario en locales inadecuados para ese efecto, con virtual paralización de los cursos. Por otra parte, las rentas de la institución también fueron aplicadas a las apremiantes necesidades de carácter bélico.
Las condiciones y la celeridad con que se desenvolvieron los hechos no dieron lugar a que, de inmediato, se procediera a normalizar la instrucción pública.
Tal tarea quedaría a cargo de la Junta Superior Gubernativa y ésta, sí, se preocupó de restaurar e incrementar los establecimientos de enseñanza. Se distinguió particularmente en tal empeño durante el año 1812, cuando la integraban solamente Fulgencio Yegros, Pedro Juan Caballero y Fernando de la Mora.
Documentos memorables de este período son el Manifiesto del 6 de enero de 1812, en el cual se enuncia la ideología de sus firmantes en materia de instrucción pública y su decisión de darle la importancia que le corresponde en un estado libre y civilizado, la Instrucción para el maestro de primeras letras, del 15 de febrero, y el oficio dirigido al Cabildo de Asunción, el 10 de marzo, para 1a difusión general de aquella.
El Real Colegio Seminario de San Carlos fue restablecido y funcionaría ininterrumpidamente hasta 1823. Anunció la Junta su propósito de instalar una Cátedra Superior o Facultad de Matemáticas, en cuanto se obtuviera un profesor de la materia. Igualmente, se creó una Sociedad Patriótica Literaria, con la participación personal de los propios gobernantes, para estimular la vida cultural y orientar la labor en el campo de la educación. Como ya se ha expresado, las instrucciones preparadas para el maestro de la Escuela Central de Primeras Letras fueron transmitidas al Cabildo para su general difusión entre los que ejercían la docencia en las villas y partidos del interior: Al mismo Cabildo, se le encomendaba el control de todas las escuelas primarias de la ciudad y su distrito.
En los cuarteles, se introdujo el sistema de “academia” o adiestramiento teórico y cívico de la tropa, así como también para la formación de los futuros oficiales.
Hasta en el campo de las innovaciones técnicas, se hizo sentir en esos días el impulso renovador de los hombres de la Junta: nos habla Moreno de la concesión de privilegios para el establecimiento de una línea de buques a vapor en la navegación de los ríos paraguayos, a favor de Thomas Lloyd Halsey, cuando había corrido muy corto tiempo desde el invento de Fulton.
Particular interés reviste la Instrucción para el Maestro de Escuela, ya citada, por la elevación de miras, por la inquietud patriótica que traduce, por la nobleza de los sentimientos y por la orientación que refleja en el campo educacional. Se proscriben los castigos físicos o muy frecuentes se recomienda usar de la persuasión para ganarse el maestro el apoyo de los alumnos para su labor, se exaltan las virtudes del gremio docente y su importancia para el desenvolvimiento social. El plan de estudios recibe notable impulso innovador: al lado de las nociones que de tiempo inmemorial se impartían, se recomienda la enseñanza de la Historia General y de la Americana, la formación moral y ciudadana del educando, así como también la religiosa. Gramática de acuerdo con los preceptos de la Real Academia Española Matemáticas y Geografía, completaban el cuadro general de las ciencias.
La gran cantidad de citas y referencias se menciona a Demóstenes, los Gracos, Cicerón, Hortensio, San Jerónimo, Quintiliano, el Padre Sarmiento, Hervás y Panduro, Montaigne, Locke y Rousseau nos da una idea de la cultura clásica y de las influencias ideológicas que recibían D. Fernando de la Mora, presumible redactor del documento, y sus compañeros de gobierno.
Anunciaba la Junta haber encargado la compra en Buenos Aires de libros de Locke, Rousseau y otros autores, para orientación y preparación de los maestros. Aludiendo a los resultados que esperaba de la ejecución de sus planes; terminaba diciendo: “Así el Paraguay será un semillero y Areópago de las ciencias, y sus naturales, que tienen las dotes más adecuadas, las adquirirán; en toda perfección”.
Manuel Domínguez, que enalteció, la acción, de la Junta presidida por Yegros, nos dice: “A poco que se reflexione, se concluye, que si el gobierno que desarrollaba tan grandioso programa en la aurora de nuestra emancipación política, hubiera durado, el Paraguay de un salto se hubiera colocado por encima de sus hermanos”.
Examinado por el Cabildo en lectura, caligrafía, las cuatro operaciones fundamentales, regla de tres y doctrina cristiana, fue confirmado para regentar la Escuela Central de Primeras Letras el ciudadano José Gabriel Téllez que se desempeñaba en tal función desde el gobierno de Ribera y al cual, ya en tiempo de D. Carlos Antonio López sucedería Antonio Quintana.
En la Sociedad Patriótica Literaria, de corta duración trabajaron con entusiasmo, el Dr Zavala y Juan Andrés Gelly.
Las plausibles iniciativas de la Junta Superior Gubernativa no llegaron a llevarse todas a la práctica y otras cayeron a los pocos años en desuso de modo que la enseñanza volvió a presentar características generales de la época colonial. Tal situación se agravó con la clausura del Colegio Seminario producida en 1823, y con la muy poco posterior extinción de las comunidades religiosas, que determinó la desaparición de las cátedras que en ellas había.

La Constitución de 1940.

Se busca normalizar al país Después de la liquidación definitiva del pleito del Chaco volvieron a aflorar las inquietudes políticas y socia...