martes, 28 de julio de 2009

Vida cultural en el Paraguay hasta la Guerra del Chaco

Vida cultural hacia 1900.
La revolución de 1904.
Hasta la guerra del Chaco.
El Instituto Paraguayo.
Instituciones y revistas culturales.
El periodismo.
VIDA CULTURAL HACIA 1900
Los años corridos desde la terminación de la guerra hasta los albores del nuevo siglo no fueron fecundos en el campo de las letras. Los intelectuales de ese tiempo, tuvieron que dedicar de preferencia sus energías a la satisfacción de las más apremiantes necesidades de la República. Machaín, Aceval, Centurión, Decoud, Caminos, Collar y sus contemporáneos se vieron absorbidos por la función administrativa, la magistratura judicial, la cátedra, el periodismo y el quehacer político. Pocas eran las horas libres que podían dedicar a la creación literaria a la investigación científica o a discutir sobre problemas de diversa índole y poner por escrito los resultados de sus reflexiones.
Para 1900, sin embargo, se observaba un notable incremento cultural. El Instituto Paraguayo había abierto su tribuna y las páginas de su revista a Cecilio Báez, Manuel Domíguez, Manuel Gondra, Fulgencio R. Moreno, Guido Boggiani y otros muchos, Zubizarreta, Jordán, Olascoaga, Abente Lago y los sabios Hassler, Bottrell y Elmassian se sumaban a ellos en el menester de enseñar, clasificar la flora, la fauna y el reino mineral, estudiar las parcialidades indígenas, debatir temas económicos y sociales, y comenzar a buscar la realidad del pasado en sus fuentes documentales, sin perjuicio de componer poesía y colaborar en la prensa.
En esos años de transición de un siglo a otro, Báez y Domínguez se habían constituido en las luminarias del pensamiento paraguayo, en tanto que a Gondra se le reconocía su calidad de maestro de la juventud. Junto a ellos, Moreno, Audibert, Emeterio González y López Decoud, así como los ya recordados médicos, Insfrán, Velázquez, Duarte y Peña, sostenían la vida cultural. Más jóvenes, pero comenzando ya a destacarse en la prensa, la cátedra, la judicatura y la política, cabe mencionar a Juan Cancio Flecha; Antolín Irala, Francisco C. Chaves, Antonio Sosa, Adolfo R. Soler, Eusebio Ayala y Manuel Franco, reformador éste de los planes de la enseñanza media. Más o menos contemporáneos de los mencionados, Juan E. O’Leary e Ignacio A. Pane eran poetas que surgían y escritores de pluma polémica.
En Villarrica también se desarrollaba notable actividad cultural. Se editaban periódicos. Desde 1890, funcionaba un Colegio Nacional y eran sus catedráticos los pedagogos Simeón Carísimo, Atanasio Riera y Ramón I. Cardozo y el gramático Delfín Chamorro.. Extranjeros cultos, como los doctores Nicolás Sardi y Enrique Bottrell, completaban el ambiente intelectual, y también moraba allí Gregorio Benítez, dedicado a sus trabajos históricos.

LA REVOLUCION DE 1904
La revolución liberal de 1904, a la que se sumaron prominentes colorados, como Manuel Domínguez y Arsenio López Decoud, y que terminó con el “Pacto de Pilcomayo”, en virtud del cual se reconocía la conservación de las carteras del Interior y de Justicia al gobierno derrocado y se respetaba la integridad del Parlamento, en el que aquél tenía la mayoría, determinó el ascenso a la primera fila de la vida pública de una nueva generación.
Llegan a la responsabilidad directa de la conducción superior de la sociedad Adolfo Riquelme, fundador de “El Diario”, Félix Paiva, tratadista de Derecho Constitucional, Teodosio González, autor del Código Penal, Cleto J. Sánchez, educador y promotor del Instituto Paraguayo, Ramón Lara Castro y Belisario Rivarola, periodistas estos dos últimos, y los poetas Ricardo Marrero Marengo, Francisco Luís Bareiro, Liberato Rojas y Alejandro Guanes, todos ellos menores de treinta y cinco años. Se afirma el magisterio de Gondra, en tanto que Domínguez y Moreno entran a integrar el personal de la Cancillería para la atención de la cuestión de límites con Bolivia, y O’Leary se define como el reivindicador de la figura histórica del Mariscal López.
Bastante más jóvenes, en torno todos ellos de los veinte años, pero desde entonces en la vida política y cultural del país, cabe recordar a Gomes Freire Esteves y Carlos García, periodista fogosos, enfrentados en 1906 en un duelo fatal para el segundo de ellos, y a Modesto y José P. Guggiari, Eligio Ayala, Juan León Mallorquín. Eduardo López Moreira. José P Montero, Luís A. Riart, Eladio Velázquez, Isidro Ramírez y varios otros que hacen política, profundizan el estudio de las ciencias jurídicas y sociales, forman parte del Poder Judicial y se dedican al periodismo, sin perjuicio sic incursionar algunos de ellos en la poesía.
Muy poco después, Eloy Fariña Núñez se da a conocer como poeta.
Por entonces también, se incorporan a la vida cultural el insigne polígrafo español Viriato Díaz Pérez (1875-1958). Animador de todas las actividades del espíritu, el ensayista y revolucionario Rafael Barret, el economista ruso Rodolfo Ritter y el periodista argentino José Rodríguez Alcalá.
De la misma época es Herib Campos Cervera (1879-1922).
Dos diplomáticos extranjeros, el peruano Carlos Rey de Castro y el boliviano Emeterio Cano, también participan del quehacer intelectual paraguayo.
Todos ellos contribuyeron a dar impulso a la cultura paraguaya.
Adolfo Posada y Vicente Blasco Ibánez, que visitaron el. Paraguay en esa época, pudieron percatarse del notable adelanto cu1tural.

HASTA LA GUERRA DEL CHACO
El período de 1908 al 12 es de inestabilidad y culmina en larga guerra civil. Pero desde este último año, merced a una política de paz sin vergüenzas y de acceso de oficialistas y opositores a la función pública, a la tribuna, a la judicatura, a la prensa y al efectivo control parlamentario, se afirman las instituciones y se perfecciona la convivencia política entre los paraguayos.
En 1915, se funda la Escuela Militar para afirmar el carácter profesional y apartadista del Ejército.
Se publican revistas literarias y de difusión cultural: “Crónica”, vocero del modernismo, de 1913 al 15; “Revista del Paraguay 7”, para cubrir el claro dejado por la “Revista del Instituto Paraguayo”; “Ariel” y otra posterior de los estudiantes de Derecho, que dan comienzo al mismo tiempo a la edición de una importante biblioteca de autores nacionales.
Gondra, Domínguez, O’Leary y Pane son los pensadores que más Influyen por entonces en las generaciones jóvenes, en tanto que Manuel Franco, sienta escuela de acrisolada honestidad en la gestión gubernativa y Cecilio Báez sigue en su rol de puntal de la Universidad.
En la década del 12 al 20, se forman estudiosos de las ciencias sociales, ensayistas y literatos, como Juan Vicente Ramírez, Adriano Irala, Juan Stefanich, Federico García, Justo Pastor Benítez, J. Natalicio González, Enrique Bordenave, Justo Prieto y Anselmo Jover Peralta, muchos de los cuales llevan al Libro o a la monografía breve sus conocimientos y sus inquietudes.
Entre los militares y desde muchos años antes, se destaca por su cultura por su versación profesional Manilo Schenoni (1879-1957), primer Director de la Escuela Militar, y revistan otros oficiales formados en Chile y la Argentina y perfeccionados en Europa.
Manuel Ortíz Guerrero y José Asunción Flores, creado éste de la guarania, se inician también en tan fecunda década.
A la docencia universitaria se incorporan Paiva, Eusebio Ayala, Antolín Irala y Pane, en Derecho, y en Medicina doctores paraguayos reemplazan a los extranjeros de los primeros tiempos: de este modo, ocupan las cátedras Luís E. Migone, Esteban Semidei, Justo .P. Vera, Juan Benza y otros. Pedro Bruno Guggiari. (1885-1933), formado en Alemania, inicia la enseñanza superior de la química. Los pintores Juan Samudio y Pablo Alborno, así como también el italiano Héctor Da Ponte, y el escultor Francisco Almeida, perfeccionados todos en Francia e Italia, dan vida a las artes plásticas, en tanto componen y ejecutan música el guitarrista Agustín Barrios y-el violinista Femando Centurión de Zayas. En este período, Arturo Alsina, Luís Ruffinelli, Eusebio A. Lugo y otros comienzan a dar a las tablas sus obras dramáticas.
Los diez años anteriores a la guerra del Chaco ven madurar a los jóvenes de la década precedente, y dan lugar a que surja una generación poderosamente influenciada por las nuevas corrientes estéticas y sociales.
La poesía post-modernista, en plena evolución, y las nuevas corrientes estéticas hallan expresión en las revistas “Juventud” y “Alas”, que se suceden como tribunas de una misma generación a partir de 1923.
La polémica histórica y las luchas ideológicas se desarrollan sin trabas, al amparo de un efectivo sistema de garantías para la expresión del pensamiento, pese a que durante un año, de 1922 a 1923, se ha librado cruenta guerra civil en buena parte’ del territorio nacional. Hace su. aparición el comunismo, que desplaza y absorbe a las aún no asentadas corrientes anarquistas que impulsara Rafael Barret antes de 1910, y otras tendencias también extremistas, aunque de derecha, hallan voceros y propagadores. Los partidos tradicionales, por su parte, actualizan sus idearios, y el debate parlamentario completa la formación de sus dirigentes. Numerosos periódicos, de la más diversa orientación, llegan al público paraguayo.
Para la formación de los cuadros superiores de las instituciones armadas, capitanes y jefes jóvenes son becados, a Europa, se contratan sucesivas misiones militares de Instrucción y se establece la Escuela Superior de Guerra.
En las vísperas mismas de la contienda chaqueña, las luchas ideológicas y sociales han de desembocar en el campo de la violencia, sin que llegue por eso a estallar la guerra civil, ni a anarquizarse o sectarizarse el Ejército.
Tal la situación general en 1932.

EL INSTITUTO PARAGUAYO
Fundado en 1895, en las circunstancias que hemos referido, el Instituto Paraguayo agrupaba al mundo intelectual de la época graduados universitarios, bachilleres, periodistas, extranjeros ilustrados y promovía actividades culturales.
Su tribuna de conferencias fue ocupada por los paraguayos y extranjeros de mayor relevancia.
Desde 1896 hasta 1909, apareció la “Revista del Instituto Paraguayo”, al frente de la cual se sucedieron Manuel Gondra. Cleto J. Sánchez, Guido Boggiani, Belisario Rivarola y Viriato Díaz Pérez. Ha sido ésta la más trascendente de las realizaciones en su género en nuestra patria. En sus páginas es posible hallar casi toda la producción científica y humanística del Paraguay de fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Colaboraban allí Decoud, Godoi, Centurión, Domínguez, Báez, Gondra, Moreno, López Decoud y los extranjeros que se incorporaban a nuestra vida cultural, como Boggiani, Hassler Bertoni y Rey de Castro. Hasta Ricardo Palma, desde el Perú le hizo llegar la primicia de algunas “Tradiciones” aún inéditas. También se dieron a conocer poemas de Guanes, Pane y O’Leary.
La revista publicó, por entregas sucesivas o en tirada aparte, obras extensas y completas, entre las que cabe recordar los “Comentarios” de Alvar Núñez Cabeza de Vaca; “Los pájaros del Paraguay”, de Félix de Azara; “Veinte años en un calabozo” de Ramón Gil Navarro, con prólogo de Manuel Domínguez; “Los límites del Paraguay”, de Juan León Mallorquín; “Cartas polémicas sobre la guerra del Paraguay”, cruzadas entre Bartolomé Mitre y Juan Carlos Gómez; “La cuestión monetaria en el Paraguay”, de Rodolfo Ritter; y la ya mencionada “Colección Garay” de documentos históricos, así como también, capítulos sueltos de “El evangelio de los pueblos libres”, de José Segundo Decoud.

También se exhumó “Camire”, novela nacional que habría sido traducida del francés en 1811, y se dieron a conocer crónicas y documentos antiguos sobre la campaña militar de los comuneros de 1724, los estudiantes paraguayos en la Universidad de Córdoba, el célebre informe del gobernador Pinedo acerca de la pobreza de la provincia y la opresión de los indios, las actas del Congreso Nacional de 1841, la nomenclatura urbana en 1849, las “Cartas históricas” de Peña, las protestas de las Repúblicas del Pacífico con motivo de la publicación del tratado secreto de la triple alianza y muchas otras fuentes históricas de similar interés.
La revista desapareció en 1909 porque sus promotores y redactores no pudieron seguir dedicándole su tiempo debido a que habían llegado a las más altas funciones en la conducción de la sociedad paraguaya en todos les órdenes.
El Instituto Paraguayo no se limitó a su revista y a su tribuna de conferencias. Organizó una sección esgrima y gimnasia, con sala de armas y otras instalaciones. Habilitó una biblioteca y archivo histórico, y mantuvo activo canje con publicaciones y entidades culturales de todo el mundo. Para la sección de música, fue contratado el maestro Miguel Morosoli, se organizaron cursos del más alto nivel y se llegó a contar con orquesta y estudiantina. En sus clases de dibujo y pintura se formaron muchos artistas plásticos. Se dietaron también cursos de otras especialidades de innegable utilidad social, tales como telegrafía, fotografía, contabilidad y lenguas vivas (inglés, francés e italiano). La promoción y orientación de estas actividades, que no fueron todas simultáneas, corrió en gran medida a cargo de Cleto J. Sánchez (1867-1938) y Juan Francisco Pérez Acosta (1873-1968).
Desde 1905, el Instituto desenvolvió su acción en un edificio de su propiedad, cedidole por el Estado, y por espacio de cuarenta años ejerció efectiva influencia en el desarrollo de la vida cultural, hasta que en 1933 se fusionó con el Gimnasio Paraguayo para dar nacimiento a una nueva asociación, el Ateneo Paraguayo.

OTRAS INSTITUCIONES Y REVISTAS CULTURALES
En 1914 y con participación principal de jóvenes que habían cursado sus estudios en Europa, se fundó el Gimnasio Paraguayo, asociación cultural de objetivos similares a los del Instituto y que ese mismo año comenzó a publicar sus “Anales”.
En 1933, como llevamos referido, el Instituto Paraguayo y el Gimnasio Paraguayo se fusionaban dando nacimiento al Ateneo Paraguayo, de notable influencia en el desarrollo de las letras, que subsiste en nuestros días.
Debe mencionarse también la acción divulgadora y de promoción de las actividades del espíritu desarrollada por el Centro de Estudiantes de Derecho en la época de la cual nos venimos ocupando: además de su ya mencionada revista, tomó a su cargo la edición de una biblioteca de autores paraguayos, empresa que permitió la aparición de obras de notable interés.
Grupos o peñas de gente de letras hallaron medio de expresión en las revistas “Crónica”, en la década del 10 al 20, y “Juventud” y “Alas”, en la inmediatamente posterior.
En 1913 y con ánimo de cubrir el claro producido por a desaparición de la “Revista del Instituto Paraguayo”. Ramón Lara Castro y Viriato Díaz Pérez publicaron la “Revista del Paraguay”. Aunque de corta vida fue ella de alta jerarquía intelectual, tanto por su contenido, como por la relevancia nacional e internacional de sus colaboradores.
En 1915, apareció “Letras”, de Enrique Bordenave y Manuel Riquelme, y poco después, “Pórtico”, de Federico García (1892-1922) y Anselmo Jover Peralta.
Conviene recordar, asimismo, los “Anales de la Universidad Nacional”, con artículos de reconocido valor científico, y la “Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales” que por muchos años ilustró a profesionales y estudiantes.
En 1921, se fundaba la Sociedad Científica del Paraguay que editaría con regularidad la “Revista de la Sociedad Científica del Paraguay”, muy cotizada en Academias y Universidades de Europa y América. Naturalista y antropólogos han publicado en sus páginas valiosas colaboraciones.
Andrés Barbero, Emilio Hssler, Carlos Fiebrig, Pedro Bruno Guggiari, Guillermo Tell Bertoni, Luís E. Migone y Tomás Osuna, entre otros, han contribuido a dar vida a la institución y a encauzarla. Después de la guerra se sumaron a ellos o los fueron sustituyendo con el correr de los años Juan Boggino, Gustavo González, Ricardo Boettner, Claudio Pavetti, Branislava Susnik y muchos más. Merced a la generosidad de los hermanos Barbero, la Sociedad cuenta con un espacioso y moderno local propio.
En 1929, la institución habilitaba su Museo de Historia Natural y Etnográfico, hoy Museo “Andrés Barbero”. Sus colecciones etnográficas, reunidas y ordenadas por el antropólogo alemán Max Schmidt (1879-1951), son de notable importancia y han merecido elogios de hombres de ciencias extranjeros que las inspeccionaron.
En 1920, comenzaba a aparecer la revista “Guarania” que, dirigida por J. Natalicio González, ha vuelto a publicarse en diversas épocas, en Asunción y más tarde en Buenos Aires. Ha sido una publicación de Índole cultural y con colaboradores en diversos países americanos.
Publicaciones de origen militar, de esta época, son entre otras “El memorial del Ejército”, la “Revista de la Escuela Militar”, la “Revista del Regimiento de Infantería No. 1” y la “Revista Militar”. Las dos primeras de ellas fueron dirigidas y orientadas por el después general Manlio Schenoni, ya recordado.
Centurión menciona ochenta y dos revistas, casi todas ellas de vida efímera, aparecidas entre 1913 y 1936, y su lista no es completa.

EL PERIODISMO
Durante el primer tercio de nuestro siglo, hasta la guerra del Chaco, las más diversas tendencias políticas y sociales hallan su medio de expresión en la prensa. Desde ‘Germinal”, de orientación anarquista, hasta “Los Principios”, hoja católica; desde “El Diario”, que aparece por espacio de treinta y seis años, hasta el semanario que muere al primer número, vasta es la variedad de ideologías y modalidades que hallamos en el periodismo paraguayo, nutrido con el talento de los hombres más significativos de ese tiempo.
Centurión anota ida nombres de ciento sesenta y dos diarios y semanarios, de diversa duración e importancia, que aparecieron en Asunción y en las principales poblaciones del interior, de 1900 a 1936.
En la primera década, entre otros periódicos, se publicaron “La Democracia” fundada en 1881 y desaparecida en 1904.
“EÍ Cívico”, dirigido por Adolfo R. Soler, hasta 1908, y “El País”, de Francisco C. Chaves, de 1901 a 1905. En 1900; Enrique Solano López, con la cooperación de Juan E. O’Leary e Ignacio A. Pane, editó “La Patria”.
El 1º de junio de 1904 comenzó a aparecer “El Diario”, integraban el núcleo fundador Adolfo Riquelme, Félix Paiva, Ramón Lara Castro, Cleto J. Sánchez, Eduardo Schaerer, Juan F. Pérez Acosta, Adolfo Aponte y Gualberto Cardús Huerta, y el primero de ellos tuvo a su cargo la dirección. Esta hoja subsistió hasta 1940. Por largos años le correspondió el decanato de la prensa diaria y alcanzó una posición muy destacada en la misma.
Tuvo “El Diario” el servicio telegráfico más completo y el sistema de impresión más rápido y moderno, habiendo sido sus talleres los primeros que contaron con linotipos en el país. En sus páginas se publicaban varias secciones permanentes y entre sus redactores figuraban el poeta Alejandro Guanes, José Rodríguez Alcalá y el francés Jean Paul Casabianca. Su edición dominical contenía habitualmente colaboraciones de mérito y promovió “El Diario” numerosas iniciativas de interés general, entre las cuales cabe recordar la fundación de la Liga Paraguaya de Fútbol.
Después del la guerra civil de 1904, a los periódicos que acabamos de mencionar se sumaron “Alon”, a cargo de Carlos García, y “El Liberal”, de Gomes Freire Esteves, cuyos respectivos directores sostuvieron una polémica de trágicas consecuencias “La Ley”, de Alejandro Audibert, y “Los Sucesos”, de Eugenio A. Garay, eran hojas opositoras. Desde 1908 y por diez años, el sacerdote Heriberto Gamarra publicó “Los Principios”.
Entre 1910 y 1920, de. los muchos diarios y semanarios que comenzaron a publicarse entonces, cabe recordar a “El Nacional”, a “El Tiempo”, de Antonio Sosa, a “General Caballero”, que dirigía Juan Manuel Frutos, y a “Colorado”, a cargo de Eugenio A. Garay, todos ellos de oposición.
Durante las luchas cívicas de, 1911, de enfrentamiento contra el régimen militar de coronel Jara, cupo un rol sobresaliente a “El Diario”, cuyo redactor responsable era Ramón Lara Castro, y a “El Nacional”, dirigido entonces por Gomes Freire Esteves. El grupo fundador de este último periódico comprendía a intelectuales de diversa militancia política, aunque más tarde se definió en el orden partidario al asumir su dirección Carlos Luís Isasi.
Algo posteriores, pero de esta misma década, fueron “Patria”, en cuya dirección se sucedieron Telémaco Silvera e Ignacio A. Pane, “La Prensa”, de Antonio Sosa. “La Reacción”, de Federico García y Tomás Ayala, y “La Tribuna” redactada por Alejandro Guanes.
En la década del 20 al 30 y hasta a guerra del Chaco, los periódicos paraguayos perfeccionan sus servicios informativos, refuerzan ‘sus plantillas de redacción, modernizan sus equipos impresores y entran en una puja para aumentar sus respectivos tirajes y el número de sus lectores, al propio tiempo que conceden mayor importancia a la publicidad como fuente de recursos.
“El Diario”, decano ya de todos ellos, se mantiene a la cabeza en materia de .innovaciones. El elenco fundador se ha alejado, pasando la hoja a ser propiedad de Eliseo Da Rosa. A Guanes, se suman Pablo Max Ynsfrán, Anselmo Jover Peralta y Roque Gaona, en el consejo de redacción.
Desde 121, aparece “El Liberal”, de los hermanos Manuel y Eduardo Peña; y en 193, “El Orden”, fundado por Gualberto Cardús Huerta, que en 1935, al adquirirlo Poli carpo Artaza, se convertirá “El País” y con esta denominación ha de perdurar hasta nuestros días. El 31 de diciembre de 1925, Eduardo Schaerer comienza a editar,”La Tribuna”, único diario paraguayo que ha logrado aparecer por espacie de cuarenta años sin .interrupciones. Todos los periódicos mencionados en este párrafo responden entonces a diversas tendencias del Partido Liberal.
Desde 1926, la Liga Nacional independiente, grupo apartidista cuyos principales orientadores son Juan Stefanich y Adriano Irala, publica “La Nación” que se convertirá pronto en órgano definidamente opositor.
En los años finales de la década, “La Opinión”‘y “La Unión”, representan las dos tendencias que por entonces se manifiestan en el Partido Colorado, y sigue apareciendo “La Prensa”.
Numerosos periódicos, casi todos ellos de corta duración y de reducido tiraje, han aparecido en Villarrica, Concepción, Pilar y otras poblaciones del interior. Para no recargar indebidamente la presente reseña, recordaremos del período que aquí estudiamos a “El Orden”, editado en Villarrica en 1916, y a “El Surco”, que aparece allí desde 1924 y es hoy el decano de la prensa campesina. “Correo del Norte”, de Concepción, fundado en 1921, subsistió por espacio de muchos años, y de la década anterior fueron “El Municipio”, “El Nacional” y “La Constitución” figuraron entre las manifestaciones de la prensa pilarense.
Bibliografía
Justo Pastor Benítez, “El solar guaraní”
Benítez, “Algunos aspectos de la literatura paraguaya”
Gomes Freite Esteves, “Historia contemporánea del Paraguay”
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”

martes, 21 de julio de 2009

LA POST-GUERRA “Guerra de la Triple Alianza”

  • El Paraguay en 1870.
  • La Convención Nacional Constituyente.
  • La Constitución del 70. La primera década.
  • Los tratados de paz y de límites.
  • El periodismo y las luchas cívicas.
  • Formación de los grandes partidos.
EL PARAGUAY EN 1870
Terminada la contienda y derrotado el Paraguay, tras heroica y prolongada resistencia opuesta a tres naciones coligadas, dos de las cuales eran las mayores del continente, se veía desesperante y abrumadora la situación en todos los órdenes. Aproximadamente el 80% de la población masculina y buena parte de la femenina habían perecido en los duros años corridos de l864 a 1870.
Mujeres, niños y ancianos se sumaron a los pocos varones sobrevivientes en la magna tarea de reconstruirlo todo y adaptarlo a las nuevas condiciones políticas, sociales, económicas y culturales. Todos los paraguayos, tanto los que provenían de las filas del glorioso ejército nacional, como los que lo hacían de las carpas aliadas, pusieron manos a la obra, sin formularse reproches, ni buscar motivos de disensión en el pasado inmediato.
De manera gradual paro sostenida, se fue repoblando el territorio, se reedificaron la casas, se cultivaron los campos y tomaron impulso creciente las actividades económicas.
En tan formidable empresa jugaron un rol decisivo las mujeres paraguayas.
También se iban incorporando a esta sociedad en recuperación numerosos extranjeros comerciantes, patrones de embarcaciones, industriales menores, artesanos, que se afincaron en el país y se integraron a su vida cotidiana.
Con las limitaciones impuestas por la permanente precariedad de los medios materiales, se fueron organizando los servicios esenciales del Estado y tuvo impulso un sistema educacional en constante desarrollo.

LA CONVENCION NACIONAL CONSTITUYENTE
Lo primero en la reconstrucción del Estado Paraguayo era dotarlo de una ley fundamental acorde con sus necesidades, con los adelantos de la ciencia política y con la evolución social y cultural del pueblo.
Con esa finalidad, el 3 de julio de 1870, por el sistema de sufragio universal y con candidaturas opuestas en muchos casos, se llevaron a cabo a elecciones generales en la capital y en las villas y partidos del interior, para integrar una Convención Nacional Constituyente. Esta inició sus tareas el 15 de agosto inmediato, con la presencia de cuarenta y uno de los cincuenta y un electos.
El 31, fue declarado acéfalo el Triunvirato que ejercía interinamente la función ejecutiva y se designó Presidente de la República al Dr. Facundo Machaín. Pero al día siguiente, por presión de los generales de las fuerzas aliadas de ocupación, dicho nombramiento quedó revocado y se confió el cargo al ex-triunviro Cirilo Antonio Rivarola, apoyado éste por el “Club del Pueblo” que dirigía Cándido Bareiro.
La Convención nombró de su seno una comisión redactora de la futura Constitución, formada por el citado Dr. Machaín y los convencionales Juan José Decoud, Juan Silvano Godoi, Salvador Jovellanos y Miguel Palacios. Esta tomó como base de su trabajo un proyecto del mismo Decoud, publicado por partes en el periódico “La Regeneración”.
El 18 de noviembre y tras extenso y pormenorizado debate, estaba terminado el estudio en general .y en particular de la nueva Constitución Nacional. Promulgada ella por Rivarola el 24, fue solemnemente jurada por pueblo y gobierno el 25 de noviembre de 1870.

LA CONSTITUCION DEL 70
De inspiración ibra1 y basada en las leves fundamentales de los Estados Unidos, la Argentina y otros países de Occidente, la Constitución aprobada por la Convención establecía el más amplio y comprensivo sistema de derechos y garantías, sin privar por ello al Estado de los medios idóneos para la eficaz atención de los intereses sociales.
Bajo su imperio y sin transgredirla en nada, pudieron regir la “Ley de Colonización y del Hogar”, la “Ley del Homestead” y otras disposiciones agraristas, así como también funcionaron el Departamento Nacional del Trabajo, el Banco Agrícola del Paraguay, con su Oficina Revisadora de Frutos, y la Oficina Cambios, luego transformada en Banco de la República.
Reconocía la Carta Magna el principio de a soberanía popular y organizaba el gobierno de acuerdo al sistema de separación de poderes.
El Poder Legislativo, bicameral, a cargo de un Senado y una Cámara de Diputados, era el único legislador, sin perjuicio de la facultad promulgatoria del Ejecutivo y de su derecho de veto. Las instituciones de la interpelación parlamentaria y del juicio político ponían en sus manos poderosos medios de controlar y moderar a los otros dos poderes.
El Poder Ejecutivo lo desempeñaba un Presidente de la República, paraguayo natural, cristiano, de treinta años cumplidos, nombrado por sufragio indirecto, que duraba cuatro años en sus funciones y no podía ser reelecto hasta transcurridos dos períodos completos desde su cese en el mando. Lo asistían cinco ministros que podía nombrar y remover a su arbitrio, los cuales refrendaban su firma en los decretos y demás actos de gobierno, Sustituto legal de aquél era el Vice-Presidente de la República, que debía reunir los mismos requisitos personales, era electo simultáneamente y presidía el Senado.
Componían el Poder Judicial el Superior Tribunal de Justicia, de tres miembros nombrados por el Ejecutivo con acuerdo del Senado, y tribunales y juzgados inferiores.
Inspirada en el interés general y elaborada por los representantes de la Nación, la Constitución de 1870 rigió por espacio de casi tres cuartos de siglo la vida política y social del Paraguay. Aunque nunca cumplida en su plenitud, fue un estatuto respetado y, en nuestra opinión, adecuado para el progreso de las instituciones y de la convivencia social. Durante su vigencia, el Paraguay se encaminó, de modo gradual y generalmente sostenido, al funcionamiento integral del sistema democrático representativo de gobierno.

LA PRIMERA DECADA
A mediados de 1870, durante los preparativos de la Convención Constituyente, se organizaron dos enucleaciones políticas, denominadas respectivamente “Club del Pueblo” y “Gran Club del Pueblo”. El primero postulaba la candidatura presidencial del coronel Fernando Iturburu, jefe de la “Legión Paraguaya”, y eran sus principales directores Cándido Bareiro, el coronel Pedro Recalde, Cayo Miltos. Rufino Taboada y Cirilo Solalinde, a los que, a partir del 31 de agosto y una vez Presidente Provisional de la República, se habría de sumar Rivarola. El segundo se nucleaba en torno de dirigentes más jóvenes, tales como el Dr. Facundo Machaín, los hermanos Decoud (Juan José y José Segundo), Juan Silvano Godoi, Benigno Ferreira y Miguel Palacios, y era su candidato el primero de los mismos. Sin diferencias ideológicas fundamentales, ambas enucleaciones agrupaban por igual a veteranos de la defensa y a antiguos “legionarios”, pudiendo considerarse más autoritarista al “Club del Pueblo” y también más permeable a las presiones de los generales de las fuerzas aliadas de ocupación.
Clausurada la Convención, luego de haber cumplido su misión específica, ambas agrupaciones desaparecieron, sumándose la mayor parte de sus respectivos integrantes a la administración pública, al parlamento y a la judicatura. La angustiosa situación que confrontaba el pueblo hacía imperativo para todo hombre idóneo el desempeño de la función pública, sin distinción de afectos o banderías.
Para el primer período constitucional (1870-74), resultaron electos Presidente y Vice-Presidente de la República, respectivamente, Cirilo Antonio Rivarola y Cayo Miltos. Este último falleció a las diez semanas de haber asumido sus funciones.
Rivarola, que tuvo cuestiones con el parlamento por haber sostenido contra éste a su ministro de hacienda, Juan B. Gill, dio un golpe de estado el 15 de octubre de 1871, declarando disueltas ambas, cámaras legislativas y convocando a elecciones. El nuevo Congreso, integrado en gran mayoría por partidarios de Gill, aceptó sin embargo la renuncia de Rivarola y confió la función ejecutiva a Salvador Jovellanos, al que acababa de proclamar Vice-Presidente de la República.
El referido período resultó muy agitado y sangriento. Durante la presidencia de Rivarola y después de su golpe de estado, se produjo en Pirayú e Itauguá un alzamiento, conocido como “Revolución de Tacuaral”, duramente reprimido por el oficialismo, siendo asesinado uno de sus principales promotores, el ex convencional José M. Concha, y debiendo emigrar los demás. Las fuerzas de represión se organizaron en un cuerpo permanente, que alcanzaría ulterior celebridad como “Batallón Guarará”, y cometieron toda clase de tropelías, incluso la muerte del ex diputado Juan Fulgencio Miltos, en Asunción.
Gobernando Jovellanos, se producen varias revoluciones campales, encabezadas por el general Bernardino Caballero. Derrotadas dos de ellas en marzo y en mayo de 1873 respectivamente, triunfa una tercera, en febrero de 1874, a cuyo comando se sumaban Bareiro, Rivarola, Gill y los coroneles Patricio Escabar y Germán Serrano. La intervención de los representantes brasileños salva al presidente Jovellanos y en virtud del llamado “Pacto de Febrero” los jefes de la rebelión victoriosa entran a formar parte del gabinete de aquél. Aquí nace una situación política que ha de prolongarse por varios años y en cuya dirección superior han de sucederse Gill, Bareiro y Caballero.
No satisfacen los acuerdos y su ejecución a muchos de los cabecillas revo1ucionario del interior, y en abril se pronuncian bajo la jefatura del mayor José Dolores Molas, veterano de la guerra y jefe político de Paraguarí. Avanza Molas sobre la capital, desbarata el ejército gubernista en Santísima Trinidad y se apresta a ocupar Asunción. En estas circunstancias, el 25 de abril, el Consejo de Ministros acuerda por unanimidad pedir el concurso del ejército brasileño de ocupación para batir a los insurgentes y documenta en acta tal resolución. Salen 2.500 soldados imperiales de las tres armas, encabezados por el general Auto da Silva Guimaraes. Barón de Yaguarón, a enfrentar a Molas. Este, en la imposibilidad de oponer resistencia material a tan poderosa fuerza, desbanda a sus hombres y emigra con sus partidarios más destacados.
El 8 de diciembre de 1875, nueva sublevación se produce en Caacupé, esta vez contra el gobierno de Gill: batido y perseguido su jefe, el general Germán Serrano, es ultimado en los bosques próximos a Caazapá.
El 12 de abril de 1877, matan en pleno centro de la capital al Presidente de la República, D. Juan Bautista Gill. Son jefes del complot, Molas, los hermanos Juan Silvano y Nicanor Godoi, el comandante Matías Goyburú y otros ciudadanos, y los apoya el ex-Presidente Rivarola con gente alzada en la Cordillera. Fracasa el golpe, son encarcelados varios de sus dirigentes y el 29 de octubre del mismo año son asesinados en la cárcel, corriendo igual suerte su abogado defensor, el Dr. Facundo Machaín. En diciembre de 1878, el ex-Presidente Rivarola, que había obtenido garantías para regresar a la capital, es asesinado a pocos instantes de haber salido de la casa del Presidente Bareiro. Con su muerte, sumada a las otras que también se habían producido de manera violenta en los años anteriores y al exilio del general Benigno Ferreira y de Juan Silvano Godoi, quedaban borrados los últimos vestigios de oposición. No obstante, Godoi haría un último intento en junio de 1879, con el vapor “Galileo’, logrando capturar varios puertos del Sur, pero fracasando finalmente.
A Jovellanos, lo había sucedido en la Presidencia de la República, para el período 1874-1878, Juan B. Gill, cuyo mandato completó el Vice-Presidente Higinio Uriarte. Para el cuadrienio 1878-82, resultaron electos los señores Cándido Bareiro y Adolfo Saguier. El 4 de septiembre de 1880, falleció inesperadamente Bareiro y los jefes militares apresaron al Vice-Presidente Saguier, cuando éste se disponía a asumir la función ejecutiva. Vista la acefalía del poder, el Congreso designó Presidente Provisional al general Caballero, que resultaría también electo para el periodo siguiente, completando así el sexenio 1880 – 1886.

LOS TRATADOS DE PAZ Y DE LÍMITES
Derrotado el Paraguay, los aliados vencedores se aprestaron a imponerle el cumplimiento de las injustas y onerosas condiciones del Tratado Secreto de la Triple Alianza, suscrito el 1° de mayo de 1865. La puja de sus influencias en el país y el cambio de sus respectivos gobiernos permitió que en alguna medida se atenuara la presión, sin que por ello se reconocieran al Paraguay sus indiscutibles derechos. Gravitaba penosamente en la vida nacional la presencia de ejércitos de ocupación.
La cuestión con el Brasil quedó terminada con el tratado firmado el 9 de enero de 1872 entre el representante paraguayo Carlos Loizaga y el Barón de Cotegipe, brasileño. Nuestro país admitía como límites el río Paraná, desde el Yguazú hasta el Salto del Guairá, y desde este gran accidente natural seguía por las alturas del Mbaracayú, la sierra de Amambay y el río Apa hasta su desembocadura en el Paraguay. Por la parte del Chaco, no se estableció delimitación, pues el Brasil estaba obligado a sostener las pretensiones territoriales argentinas, según los términos del ya referido Tratado Secreto de la Triple Alianza. En el momento de procederse a la demarcación sobre el terreno, los brasileños impusieron como cauce del Apa el arroyo Estrella. que queda al Sur del brazo principal de dicho río.
Con la Argentina, las tratativas fueron más largas. Dicho estado pretendía el Chaco hasta el río Verde, lo que hallaba fuerte oposición en nuestro país. El general Bartolomé Mitre, comisionado a Asunción en 1873, informaba a su Cancillería que el ministro Benigno Ferreira, “con influencia predominante en los consejos de gobierno y con mayoría de diputados en el Congreso, era de opinión que el Paraguay no debía ceder una pulgada al Norte del Bermejo” y que en esta actitud lo secundaban los demás paraguayos con gravitación.
Un acuerdo suscrito en Río de Janeiro por el plenipotenciario Jaime Sosa, en virtud de instrucciones de Jovellanos y por el cual se accedía a las demandas argentinas, fue terminante y severamente desautorizado por el Presidente Gill y por el Canciller Facundo Machain.
Por último, el propio Machain se trasladó a Buenos Aíres a negociar directamente. El Paraguay era país ocupado por ejércitos extranjeros y se hallaba inerme frente a ellos: no era mucha la resistencia que podría oponer a sus apropiaciones territoriales, salvo en el campo del Derecho. El 3 de febrero de 1876, suscribía Machain con su colega argentino, el Dr. Bernardo de Irigoyen, sendos tratados de paz y navegación y de límites. De acuerdo al segundo de ellos, se renunciaba a las tierras de la margen izquierda del Paraná y a la porción del Chaco situada al Sur del Pilcomayo, pero se sometía a arbitraje la parte Norte de ese río hasta el Verde, lo que equivalía su recuperación por el Paraguay cuyos títulos eran incuestionables. En efecto, oídos los alegatos del Dr. Benjamín Aceval y del representante argentino, el Presidente Hayes, de los Estados Unidos, designado árbitro, declaró en 1878 que todo ese territorio era del Paraguay.
En 1879, se realizó la solemne entrega de la Villa Occidental a nuestro gobierno, representado en ese acto por el general Patricio Escobar, y se dio la misma la denominación de Villa Hayes, como homenaje al árbitro.
Una nueva cuestión de límites ya no motivada directamente por los resultados de la guerra, se promovería, poco después. Bolivia, sin litoral marítimo desde su conflicto con Chile, aspiraba al acceso al estuario platense a través del río Paraguay. Para lograrlo, aducía derechos sobre el Chaco.
En 1879, se hizo presente en Asunción el plenipoteniciario Antonio Quijarro que, el 15 de octubre, suscribía con José Segundo Decoud, entonces Ministro de Relaciones Exteriores del Paraguay, un tratado en el cual, “sin discutir títulos ni antecedentes”, se establecía como frontera de ambos estados en el Chaco “el paralelo que parte de la desembocadura del Río Apa hasta encontrar el Río Pilcomayo”, Acuerdo tan desastroso provocó en el Paraguay enérgica repulsa de la prensa, expresada a través de los artículos de Alejandro Audibert, y no fue ratificado.
Propuesta en 1853 por Bolivia la modificación del referido acuerdo, cuatro años después se suscribía uno nuevo, en Asunción, por los Dres. Benjamín Aceval e Isaac Tamayo. Se dividía el Chaco en tres porciones. Pertenecía al Paraguay el extremo Sudeste, delimitado por una diagonal trazada desde el paralelo del Apa hasta la intersección del Pilcomayo con el meridiano 63° de longitud de Paris. Pertenecía a Bolivia el territorio situado al Norte de una línea que corría desde una legua aguas arriba de Fuerte Olimpo hasta el mismo meridiano 63º. La zona intermedia se sometía al arbitraje del rey de Bélgica. Tampoco hubo ratificación en este caso, por la considerable resistencia suscitada en ambos países.
La caducidad de ambos tratados fue acordada en un protocolo suscrito en Asunción, el 3 de agosto de 1894, por el paraguayo Gregorio Benítez y el boliviano Telmo Ichazo, los cuales continuaron las negociaciones hasta llegar, el día 23 de noviembre inmediato, a un nuevo convenio. Se disponía que serviría de límite una línea trazada de Nordeste a Sudoeste, desde tres leguas arriba de Fuerte Olimpo hasta la intersección del Pilcornayo con los 61º28 de Greenwich. Al día siguiente, el Presidente Marcos Morínigo, en decreto firmado por todos sus ministros, aprobaba el pacto y lo elevaba al Congreso para su ratificación. Sin embargo, el general Juan B. Egusquiza, que asumió la Presidencia de la República el 25 del mismo mes, nunca pasó al Poder Legislativo el pedido de confirmación de acuerdo internacional tan inconveniente.
En los últimos años del siglo, los cancilleres Juan Cancio Flecha y Fabio Queirolo se preocuparían de afirmar los derechos paraguayos y formularían una política más acorde con los intereses nacionales.

EL PERIODISMO Y LAS LUCHAS CIVICAS
El primer periódico aparecido en Asunción, aún antes de terminar la guerra, fue “La Regeneración”, de los hermanos Decoud, donde se publicó el ya mencionado anteproyecto de Constitución de Juan José Decoud. Dirigido por el Dr. Miguel Gallegos, cirujano militar argentino, y apoyada por el Club que presidía Bareiro, apareció el mismo año “La Voz del Pueblo”. Ambos órganos de prensa sufrieron asaltos y empastelamientos, en esos agitados días.
Diversos periódicos, de vida efímera, se sucedieron en la primera década. En 1876 y para sostener la política del Presidente Gill, comenzó a aparecer “La Reforma”, bajo la dirección de José Segundo Decoud, que se publicaría por varios años.
Con posterioridad a 1880, circularon “La Democracia’, dirigida por Ignacio Ibarra, que duró casi un cuarto de siglo, “El Heraldo”, de Héctor F. Decoud, entre cuyos redactores figuraba José de la Cruz Ayala, que firmaba sus colaboraciones con el seudónimo de “Alón”, y “El Orden”, del español Cristóbal Campos. Años más tarde, aparecerían “El Independiente” y “El Pueblo”, además de otras publicaciones de variada importancia y generalmente de poca duración.
Todos estos periódicos contribuyeron a animar la vida política y a interesar a la opinión pública en los problemas de esa índole.
En la última década del siglo, “El Tiempo”, redactado por Manuel Gondra, Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno y Blas Garay, “El Progreso”, de los mismos Moreno y Domínguez, con Arsenio López Decoud, “E1 Pueblo”, en cuya dirección se sucedieron Cecilio Báez, Liberato M. Rojas y Francisco Luís Bareiro, “El Cívico”, a cargo de Adolfo R. Soler, “La Patria”, de Enrique Solano López con la cooperación de Juan E. O’Leary e Ignacio A. Pane, y otros diarios y semanarios que raramente vivían más de tres o cuatro años, ponían de manifiesta las diversas tendencias de la Opinión paraguaya.

LA FORMACION DE LOS GRANDES PARTIDOS
Diversas circunstancias se suman para que el período de gobierno del general Caballero revista caracteres distintos de los anteriores. La muerte ha hecho desaparecer a los grandes jefes civiles de la década precedente: Machain, Rivarola, Gill y Bareiro. Las medidas de extremo rigor adoptadas de 1874 al 80 han determinado la extinción de toda forma de oposición organizada.
Por otra parte, no en vano han transcurrido diez años desde la terminación de la guerra: una nueva generación se incorpora ya a la vida pública y a las actividades productivas, y el país va superando el estado de extrema, postración de 1870.
Los factores anotados y otros hacen que el sexenio presidido por el general Caballero sea de paz y constructivo. Dos instituciones de crédito, privadas pero con privilegios especiales, funcionan sucesivamente, el Banco Nacional del Paraguay y el Banco del Paraguay. Se establece el Registro del Estado Civil de las Personas y se dieta una nueva ley de municipalidades. El Uruguay, gobernado entonces por el general Máximo Santos, condona la deuda de guerra impuesta por los vencedores y devuelve los trofeos paraguayos.
Por iniciativa privada, se echan las bases del Asilo de Caridad.
Las maniobras de los agiotistas y las dificultades de colocación de los productos paraguayos en el exterior, sin embargo, contribuyen a que 1883 sea un año de dura crisis económica.
Aun cuando desde 1877 no existe oposición organizada, adquiere resonancia la interpelación que sobre manejo de los fondos públicos promueven al Ministro de Hacienda los diputados José M. Fretes, Ignacio Ibarra y Antonio Taboada, en 1883. Constituye ella la primera manifestación concreta y pública de disconformidad.
Circunstancias de orden político interno e internacional, así como también social y económico, influyen en la nucleación progresiva de los que no consideran satisfactorio el orden de cosas imperante. Del Colegio Nacional, ha egresado en 1882 la primera promoción de bachilleres, que será seguida por otras en los años inmediatos: gente joven e idealista, contribuye a dinamizar la vida pública y el periodismo, y más de uno de sus componentes choca con el sistema represivo en uso. Los ya recordados tratados de límites con Bolivia, aunque no ratificados, importan para el país grandes cesiones territoriales y han sido vigorosamente combatidos por Audibert. En virtud de las leyes de venta de las tierras públicas, dictadas en 1883 y 1885, enormes extensiones de campos, bosques y yerbales, han pasado a manos de propietarios, extranjeros, radicados en el Plata o en Europa, y ha nacido el latifundio en el Paraguay, Las prácticas electorales también irritan a hombres directivos y de pueblo en la capital y en el interior. A fines de 1885, el periodista José de la Cruz Ayala, que se había caracterizado como opositor a las leyes de venta de tierras, es reclutado y enviado al Chaco.
Gobernando el general Patricio Escobar, que desempeñó la función ejecutiva de 1886 al 90, se convoca a elecciones parlamentarias en Villarrica para el 12 de junio de 1887. El “Comité Popular”, presidido por Marcelino Rodas, con el apoyo del coronel Florentín Oviedo, preconiza las candidaturas de Esteban Gorostiaga y Antonio Taboada, frente a las oficialistas del general Caballero y Claudio Gorostiaga. Los comicios son sangrientos, hay muertos opositores y sus candidatos y partidarios principales son traídos presos a Asunción. Con este grupo guaireño y la gente opositora de la capital, vinculada por una afinidad nacida de las diversas causas arriba enumeradas, en reuniones sucesivas celebradas el 2 y el 10 de julio de 1887 se funda el “Centro Democrático”, que pronto será conocido como Partido Liberal. Es su presidente Taboada y sus más calificados dirigentes, el capitán de navío Pedro V. Gill, Cirilo Solalinde, José de la Cruz Ayala, Cecilio Báez, el Dr. Zacarías Caminos, Ignacio Ibarra y otros.
En otras reuniones posteriores, que tienen lugar el 25 de agosto y el 11 de septiembre del mismo año, los hombres más caracterizados de la situación acuerdan también organizarse de manera permanente en la Asociación Nacional Republicana, o Partido Colorado. El general Bernardino Caballero, secundado por José Segundo Decoud, es su primer jefe y figuran entre los fundadores el ex-Presidente Higinio Uriarte, los futuros Presidentes Juan G. González, Marcos Morínigo, Juan B. Egusquiza y Héctor Carvallo, los coroneles Juan Crisóstomo Centurión y Pedro Recalde, el mayor Higinio Céspedes y otros ciudadanos de prominente figuración en la política de entonces.
De esta manera, quedan establecidos los dos partidos tradicionales de nuestra patria, que durante más de ochenta años han canalizado buena parte de las inquietudes del pueblo paraguayo.
Las elecciones de diciembre de 1887, en la capital, fueron turbadas por la violencia y el 18 de octubre de 1891 los liberales tentaban un asalto a los cuarteles de la guarnición, que fracasó al caer muerto el Presidente del partido, mayor Eduardo Vera. En 1894 tomaba posesión de la Presidencia Constitucional de la República el general Juan B. Egusquiza, que el 9 de junio de ese año, de acuerdo con los generales Caballero y Escobar, había resuelto la destitución del Presidente González. El advenimiento del “egusquicismo” significó la división de ambos partidos. Egusquiza desplaza a los amigos de Caballero y busca el apoyo de los dirigentes liberales que habían permanecido en el país después de 1891, al mismo tiempo que permite el retorno de los exiliados. El Partido Liberal se divide en “cívicos”, partidarios de la cooperación con el gobierno, y “radicales”, intransigentes y encabezados por el Dr. Cecilio Báez. En el Partido Colorado, es perceptible la escisión entre “egusquicistas”, en ejercicio del poder, y “caballeristas”, relativamente marginados del mismo, aunque el Dr. Facundo Insfrán, Vice-Presidente de la República, pertenece a este último sector.
Esta situación se mantenía en líneas generales en 1900, cuando promediaba el gobierno de D. Emilio Aceval, sucesor inmediato de Egusquiza en la Presidencia de la República.
BIBLIOGRAFIA
Breve Historia de la Cultura en el Paraguay. Rafael Eladio Velázquez.
Gomes Freire Esteves, “Historia contemporánea del Paraguay” (Buenos Aires. 1921).
Efraim Cardozo, “Paraguay Independiente” Héctor F. Decoud, “La Convención Nacional Constituyente”. “Actas de la Convención Nacional Constituyente”, del año 1870 (Asunción, 1897).

miércoles, 15 de julio de 2009

LA EDUCACION EN LA EPOCA DE LOS LOPEZ.

  • Instrucción primaria.
  • Enseñanza media y superior.
  • Acción cultural de Bermejo.
  • Otros centros educacionales.
  • Estudiantes paraguayos en Europa.
  • Artesanos y técnicos extranjeros.
INSTRUCCION PRIMARIA
Los sucesores del Dr. Francia pusieron el mayor empeño en incrementar la educación primaria y en restaurar los estudios superiores, suprimidos en 1822. El Congreso de 1841, primero que se reunía en un cuarto de siglo, adoptó expresas disposiciones en la materia. El gobierno consular decía que- “la falta de capacidades civiles para elevar a. la República al rango a que le llaman su posición y el destino es otro motivo poderoso para restablecer los elementos de ilustración enteramente extinguidos”. D. Carlos Antonio López dedicó siempre especial atención al fomento de la instrucción pública.
La Escuela Central de Primeras Letras siguió a cargo de Téllez. Al jubilarse éste en 1843, lo sucedió en el empleo el maestro Antonio María Quintana, de cuyos métodos docentes y nivel científico, no muy superiores a los del siglo anterior, el coronel Centurión da amena noticia en sus “Memorias”. El establecimiento recibió mayor asistencia oficial y en 1842 se impartía en él enseñanza gratuita a doscientos treinta y tres niños y adolescentes. Quintana era también músico y sus alumnos constituyeron un coro que actuó en público, contribuyendo a la difusión del conocimiento del Himno Nacional.
Después de 1860, funcionaba una escuela en cada parroquia de la capital.
Igualmente, se fomentó la educación primaria en las villas y partidos campesinos. Según informaba el Presidente López en su Mensaje de 1857, 16.755 niños concurrían a 408 escuelas elementales, sustentadas por el Estado y por los padres de familia beneficiados con su acción. Moreno dice que en 1862 funcionaban 435 escuelas, con 24.524 alumnos, y Pérez Acosta da una lista de setenta maestros de primeras letras que, en vísperas de la guerra, ejercían la docencia en cuarenta poblaciones del interior.
Los encargados de algunas de estas escuelas de primeras letras dictaban también clases de nivel más elevado. Así, tenemos noticia de Mariano Antonio López que se desempeñaba como maestro de latinidad en Villa Rica, y años más tarde hallamos referencia a la misma materia en la escuela de Villeta.

ENSEÑANZA MEDIA Y SUPERIOR
El Congreso Nacional reunido en marzo de 1841 dispuso la creación de un colegio secundario para la formación del clero, para cuyo funcionamiento debía construirse las instalaciones necesarias.
En cumplimiento de esta resolución y como base para una ulterior ejecución íntegra de la misma, el gobierno consular decretó, el 30 de noviembre de ese año, el establecimiento de la Academia Literaria que debía iniciar sus clases el 9 de febrero inmediato. El plan de estudios comprendía Latinidad, Idioma Castellano y Bellas Letras, Filosofía Racional, Teología Dogmática, Historia Eclesiástica y Oratoria Sagrada, inicialmente, sólo fueron provistas las dos primeras de las cátedras mencionadas que se confiaron a los P. P. Marco Antonio Maíz, simultáneamente director del instituto, y José Joaquín Palacios, de los cuales hemos dado noticia en el capitulo anterior. El catedrático de latinidad debía dictar a sus alumnos una conferencia semanal sobre los elementos de la religión cristiana, y el de idioma castellano y bellas letras, otra sobre “los derechos y deberes de un hombre social”.
“Las clases de latinidad sostenidas en esta capital por maestros particulares se reunirán a la Academia Literaria con todos sus alumnos bajo la inmediata orden del director interino”, rezaba la última de las cláusulas del decreto que venimos glosando.
En noviembre de 1842, los cónsules informaban al Congreso el desenvolvimiento satisfactorio de la casa de estudios, a la que concurrían ciento cuarenta y nueve jóvenes de los cuales veintitrés eran internos y anunciaba la próxima habilitación de la cátedra de Filosofía, lo que se cumplió en 1843.
Consagrado Obispo Auxiliar el P. Maíz, lo reemplazó interinamente en la dirección el P. Miguel Albornoz, antiguo dominico exclaustrado por el Dr. Francia, que ya enseñaba Filosofía. Fallecido el mismo prelado en 1848, se encargó de la cátedra de Latinidad Juan de la Cruz Velázquez, seglar, que había sido alumno del Real Colegio Seminario de San Carlos en la época de la Independencia, y a su vez, en sustitución de éste, que había pasado a ejercer funciones judiciales, otro seglar, Domingo Viveros, era en 1856 preceptor interino de Latinidad.
Entre los primeros jóvenes que se inscribieron en la Academia se contaba Francisco Solano López, hijo del cónsul al que se debía la fundación. Más su permanencia habrá sido corta, pues en 1843 cumplía ya una misión diplomática en Buenos Aires y dos años después mandaba el ejército expedicionario destacado en Corrientes.
Todos los sacerdotes ordenados por el Obispo López hasta la inauguración del Seminario Conciliar en 1859, con excepción de algunos antiguos religiosos exclaustrados necesariamente debieron pasar por las aulas de la Academia Literaria. Sin embargo, la formación recibida en las mismas no era completa y los aspirantes al orden sagrado ampliaban sus conocimientos bajo la dirección personal del ya citado jefe de la Iglesia y de su auxiliar, y más tarde, del P. Gaspar Téllez, hijo del maestro de ese apellido y Rector de la Catedral, que los instruían en Teología, Moral, Derecho Canónico y Liturgia.
Entre 1846 y 1850, fueron ordenados los P. P. Juan Francisco Zayas, Manuel Antonio Adorno, muerto por el enemigo en Cerro Corá. Manuel Antonio Palacios, premiado con medalla de oro en 1844, más tarde Obispo y fusilado en 1868, Jaime Antonio Corvalán, en 1862 canónigo, también fusilado, Pedro Pablo Benítez, Francisco Ignacio Maíz, caído en la defensa de las trincheras de Piribebuy.
Manuel Vicente Moreno, Administrador Eclesiástico en 1873, José Ramón González, ultimado en Cerro Corá, Ramón Ferriol, Daniel Sosa, premiado como el mejor alumno de su promoción, José María Velázquez y Eugenio Bogado, más tarde Rector del Seminario y Deán, fusilado en 1868. El P. Gaona da noticia de cincuenta y tres sacerdotes ordenados hasta 1858, cincuenta y uno de los cuales deben haber sido alumnos de la institución. Entre ellos figuran dos Obispos, cuatro Administradores de la Diócesis, cuatro dignatarios del Senado Eclesiástico, cinco capellanes que perecieron en combate o a manos del enemigo, tres miembros de la Convención Nacional Constituyente de 1870 y tres indios guaraníes, oriundos de las antiguas reducciones de Tobatí, Itá y Yaguarón, respectivamente.
Por espacio de una década, la Academia Literaria fue el único centro permanente de enseñanza media. Más, a partir de la apertura del curso de matemáticas establecido en “Zevalioscué” y de las escuelas superiores que lo siguieron, quedó cada vez más reducida a la sola función preparatoria de la formación del clero.
Finalmente, en 1859 se erigió el Seminario Conciliar. Primer Rector del mismo y catedrático de Prima de Teología Moral y Vísperas de Cánones designaron al P. Fidel Maíz, varias veces mencionado, que también daba lecciones de Oratoria Sagrada y Liturgia, en tanto que las clases de Latinidad, Idioma Castellano y Moral Cristiana las dictaba el P. José del Carmen Moreno, aún no ordenado en ese momento, a quien tocaría morir valientemente en el combate de Ytororó. Encarcelados ambos sacerdotes en 1862, el Rectorado pasó al P. Eugenio Bogado que lo ejerció hasta la desaparición del instituto, a fines de 1866 o comienzos de 1867.
Entre los catedráticos que se incorporaron después de su fundación al cuerpo docente del Seminario, cabe recordar al canónigo Justo Román, a los P. P. Bonifacio Moreno y Francisco Solano Espinoza y al diácono Roque A. Campos, después sacerdote. Las últimas ordenaciones las llevó a cabo el Obispo Palacios, en el campamento de Paso Pucú, en febrero de 1868.
La caída de Rosas y el consiguiente acceso del Paraguay a la libre navegación de los ríos abrieron amplias posibilidades de desarrollo en todos los órdenes. El Presidente López se apercibió de la conveniencia de contratar profesores extranjeros, así como también de que la labor de los mismos solamente daría fruto satisfactorio si los alumnos beneficiados con ella poseían una adecuada base previa de conocimientos. Con esta mira, en 1852 dispuso que en la antigua chacra del patricio Juan Valeriano de Zevallos, en Tapuá, se concentrase un grupo de adolescentes seleccionados en las escuelas de primeras letras. Con ellos, se organizó un curso preparatorio de matemáticas, a cargo del joven Miguel Rojas, formado en la Academia Literaria.
El año siguiente, estos alumnos, a los que ahora se incorporaba en el mismo nivel el propio preceptor Rojas, fueron trasladados a la capital para la fundación de una Escuela de Matemáticas, instituto superior especializado cuya dirección se confió al francés Pedro Dupuy (1816-1887), que comenzó enseñando lo más elemental de la Aritmética, para pasar de inmediato al Algebra y la Geometría. Es suyo el mérito de haber difundido el sistema métrico decimal en el Paraguay. La escuela funcionó hasta la llegada del literato español Ildefonso Bermejo, en 1855.
Por esos años, el ya mencionado. P. Fidel Maíz y Bernardo Ortellado, antiguos alumnos ambos de la Academia Literaria, tenían una Escuela de Latinidad. Los más aventajados de entre sus discípulos pasaron en 1856 al Aula de Filosofía organizada por Bermejo.
También en 1850 y costeada por el Fisco, había funcionado una escuela o cátedra de Derecho Civil y Político a cargo del Dr. Juan Andrés Gelly, y en 1862, Zenón Ramírez, juez de lo criminal, dictaba un curso de Práctica Forense, para curiales y otros auxiliares de la justicia. Ramírez, que integró la Convención Nacional Constituyente de 1870 y más tarde el Senado, falleció en la indigencia, a comienzos del presente siglo, siendo portero de la Universidad de Asunción.

ACCION CULTURAL DE BERMEJO
El general López, durante su estada en Europa, contrató al periodista y escritor español Ildefonso Antonio Bermejo (1820-1892), que permaneció en el Paraguay de 1855 a 1863, dedicado a la enseñanza y a la promoción de las actividades culturales.
Con los mejores de entre el medio centenar de discípulos de Dupuy, Bermejo formó una Escuela Normal en unas casas antiguas situadas donde hoy está el Departamento de Policía. Algún malestar suscitado entre los alumnos de más edad, por sus métodos y exigencias, fue reprimido con el enrolamiento de los menos disciplinados en la marina de guerra.
Esta escuela de Bermejo, que funcionó solamente un año, era preparatoria del instituto secundario que él proyectaba.
En efecto, con los jóvenes de mayor aprovechamiento de este plantel y de la ya citada Escuela de Latinidad de Maíz y. Ortellado, se organizaba a comienzos de 1856 el Aula de Filosofía. Su amplio plan de estudios, novedoso para la época y el lugar, comprendía Gramática Castellana, Lógica, Historia Sagrada y Profana, Cosmografía, Geometría, Literatura, Moral y Teodicea, Catecismo Político, equivalente de la actual Educación Cívica, Derecho Civil, Francés y Composición Literaria. Todas estas materias las enseñaba el propio Bermejo que dictaba los apuntes en clase, y el sistema expositivo era el de preguntas y respuestas, esencialmente mnemónico.
Los primeros exámenes públicos del Aula de Filosofía los, presidié personalmente D. Carlos Antonio López, acompañado del Obispo, de los ministros y de los más altos dignatarios civiles y militares. De este curso, cinco alumnos distinguidos fueron enviados como becarios a Gran Bretaña, de donde algunos regresaron en 1863 con acrecentado caudal de conocimientos
Aparte de sus obligaciones docentes, Bermejo tuvo a su cargo la redacción del “Semanario”, fundó “El Eco del Paraguay” y animó a sus alumnos a redactar “La Aurora”, donde daban a conocer sus producciones en poesía, narrativa y ensayo. También con jóvenes del Aula de Filosofía, organizó la primera compañía teatral de aficionados de carácter estable.
El año de su venida al Paraguay, Bermejo había publicado en Madrid “La capa del rey García”, novela histórica, y después de su muerte apareció su “Historia anecdótica y secreta de la Corte de Carlos IV”, así mismo en la capital española. En Asunción, estrenó en 1858 “Un paraguayo leal”, drama en verso en dos actos, y “Un sombrero y una llave”, en tres actos, y en 1862 se editó aquí su libro sobre “La Iglesia Católica en América”.
Colaborador de importantes periódicos madrileños y hombre del mundo, gravitó notoriamente en el desarrollo cultural del Paraguay y en la difusión del conocimiento de las corrientes estéticas e ideológicas de la época. Aunque de importancia secundaria entre los escritores de su patria se hallaba incorporado a la vida intelectual española de mediados de siglo XIX con vinculaciones en la política, en la prensa y en el ambiente del teatro. Estas circunstancias lo jerarquizan con relación a los demás extranjeros que por entonces prestaban servicios en el Paraguay y le otorgan cierta preeminencia sobre ellos. Era un europeo culto que impulsó a sus alumnos a ponerse al día en el conocimiento del mundo de su tiempo y al cultivo de las letras.
Generalmente no se guarda un buen recuerdo de Bermejo, debido a que años después de su regreso a Europa publicó “Episodios de la vida privada, política y social de la República del Paraguay”, obrita en la que hace burla del país, de sus costumbres y de sus gobernantes. Sin embargo, ocho años de labor sostenida en la instrucción pública, la prensa y el teatro y en la promoción de las actividades del espíritu, compensan lo negativo de su actuación, y arrojan un saldo a su favor.

OTROS CENTROS EDUCACIONALES
Los jesuitas, que habían sido restablecidos en Buenos Aires en 1835, no quisieron doblegarse a la imposición de Juan Manuel de Rosas de colocar su retrato en los altares, por lo cual éste los expulsó de sus dominios. Cuatro de los proscriptos, los P. P. Bernardo Parés. Anastasio Calvo, Fidel López y Manuel Martos, bajo la dirección del primero de ellos, abrieron en Asunción en 1843 un Instituto de Moral Universal y Matemáticas, de muy corta duración. Entre sus alumnos figuraron los hijos del entonces Cónsul López.
El maestro Juan Pedro Escalada continuó enseñando primeras letras y hasta tres años de latinidad. El P. Palacios, hasta la apertura de la Academia Literaria, tuvo un grupo permanente de alumnos particulares de filosofía y retórica. Dionisio Lirio, librero español que en su patria había sido militar, y Manuel Pedro de Peña también se dedicaban a la docencia en sus respectivos domicilios, y subsistió la escuelita del maestro Cañete, de tiempos de Francia.
Después de 1850, jóvenes formados en la Academia Literaria y en las sucesivas escuelas de Dupuy y Bermejo sostuvieron también centros privados de educación. Tal es el caso de Silvestre Yegros, maestro en las cercanías de Itauguá, que contó entre sus discípulos al coronel Centurión, y de Carlos Riveros y el diácono José Aniceto Benítez, ordenado sacerdote en 1860, que enseñaron latinidad, y de otros cuya enumeración alargaría innecesariamente el presente estudio.
El arquitecto Ravizza montó una escuela de dibujo lineal y geométrico y percibía por ello un sueldo del Estado, en tanto que el músico Dupuy, como ya hemos visto, adiestraba a los componentes de las bandas militares, gestión que anteriormente había estado a cargo de los hermanos Benjamín y Felipe González, y logró formar meritorios discípulos. Ana Monnier de Dupuy, esposa del matemático de ese apellido, fue en 1853 la primera profesora de piano que actuó en Asunción.
Hubo extranjeros que enseñaban sus lenguas maternas. En diversos años y con duración no muy prolongada, funcionaron cinco escuelas privadas de niñas, de otras tantas señoras francesas. La esposa de Bermejo, Purificación Jiménez, española como su marido, publicó un “Catecismo de los deberes domésticos de las madres de familia”.
En 1865, el alemán Gustavo Mackensen anunciaba en el “Semanario” que podía dar a domicilio o en el suyo propio clases de francés, alemán, latín, griego, botánica, aritmética, álgebra y contabilidad, y el italiano Enrique Tuvo, tomaba pupilos para el aprendizaje de las primeras letras, del francés y de la enseñanza comercial.
Estas escuelas particulares por lo general no pasaron de cursos circunstanciales y poco numerosos, equivalentes de los que dictan aquellos que preparan alumnos aplazados. En más de un caso, los referidos maestros particulares no eran otra cosa que osados que explotaban su condición de europeos.

ESTUDIANTES PARAGUAYOS EN EUROPA
En 1854, cuando el general López regresó de su misión diplomática en Europa, dejó en una escuela naval francesa a los jóvenes Nicanor Sánchez y Domingo Antonio Ortiz. Este último, se incorporo más tarde a la marina de guerra paraguaya, tuvo destacada actuación durante la contienda de 1864-70 y alcanzó el grado de capitán de fragata. Restablecida la paz, fue delegado demarcador de límites con el Brasil y jefe de la expedición naval que desalojó a los usurpadores bolivianos de Bahía Negra.
En 1858, como ya hemos referido, se seleccionó a cinco jóvenes, cuatro de ellos alumnos distinguidos del Aula de Filosofía para ir a Gran Bretaña a prepararse para la carrera diplomática. Se llamaban Juan Crisóstomo Centurión, Gerónimo Pérez, Cándido Bareiro, Andrés Maciel y Gaspar López. Permanecieron cinco años en ese país, adquiriendo cultura, general y formación jurídica. Bareiro alcanzo a ser Presidente de la República en 1878 y falleció en el ejercicio del cargo, en 1880. Centurión (1840-1902) llegó a coronel durante la guerra, fue herido en Cerro Corá y después ocupó altos cargos públicos. Publicó cuatro volúmenes de “Memorias”, de extraordinaria importancia en la historiografía paraguaya, una novela y diversos artículos, estudios y ensayos.
Otros ocho jóvenes viajaron ese mismo año, también a Gran Bretaña, para especializarse en carreras técnicas. Do vuelta en el país, prestaron útiles servicios en los arsenales, el ferrocarril y la marina.
En 1863, viajó un grupo de treinta y nueve becarios, de los cuales tres debían estudiar Derecho, treinta iniciarían su aprendizaje de ingeniería mecánica y seis iban destinados a la Escuela Militar francesa de Saint-Cyr, cuyos cursos uno solo de ellos pudo aprobar. Otros dos jóvenes, Emilio Gill y Hermógenes Miltos, viajaron por su cuenta a Europa e ingresaron en la misma institución castrense. Años antes, Adolfo Saguier había cursado estudios, sin beca, en Francia y Gran Bretaña.
Lo estudiantes de Derecho se destacaron en distintos órdenes de actividades: Juan Bautista Delvalle regresó en 1867 por Bolivia y se incorporé al ejército en campaña; ya coronel, murió a manos del enemigo, después de haberse rendido, a fines de febrero o comienzos de marzo de 1870 Miguel Palacios presidió la Convención Nacional Constituyente y se desempeñó posteriormente como Senador y Ministro de Relaciones Exteriores. En cuanto a Aurelio García Corvalán, encauzó en Europa su vocación artística y lo hemos recordado entre los primeros pintores del Paraguay; se le atribuyen dos retratos del Mariscal López que se conservan. Los tres murieron en plena juventud.
Los que iban a perfeccionarse en mecánica fueron colocados en astilleros y otros establecimientos británicos, en los cuales lograron su formación práctica en máquinas a vapor, fundición, herrería, calderería y otras especialidades técnicas. Algunos pudieron regresar antes de la guerra y sirvieron con abnegación y eficacia. De los demás, afirman varios autores que perecieron en Europa o en Montevideo, adonde algunos alcanzaron a llegar. No sería difícil, sin embargo, que hubieran sobrevivido sin retornar al país: artesanos y técnicos expertos, habrán encontrado posibilidades de progresar en ambas márgenes del Océano.
Emilio Gill, que vino hacia 1867 con correspondencia de la Legación en Paris, desvió su itinerario y pasó a Buenos Aires, sin entregar el envío ni incorporarse al servicio de la República. Restablecida la paz, fue sucesivamente, en rápida sucesión, Jefe de Policía, Ministro de Hacienda y General de Brigada. Murió trágicamente en 1877.
Tal es a grandes rasgos la historia de los primeros cincuenta y seis jóvenes paraguayos que fueron enviados a Europa para aumentar sus conocimientos, de acuerdo a lo resuelto por el Congreso Nacional de marzo d 1844.

ARTESANOS Y TECNICOS EXTRANJEROS
Desde 1852, al allanarse el acceso del Paraguay a la navegación oceánica a través del estuario platense, el Presidente López buscó la cooperación de técnicos extranjeros, tanto para promover las actividades productivas, como para estimular desarrollar las aptitudes naturales de los trabajadores para guayos.
Con ingenieros y artesanos ingleses, se instalaron el arsenal de Asunción, la fundición de hierro de Ybycui, el ferrocarril y se organizó la marina mercante y de guerra. En las gradas del referido arsenal, fueron construidos el “Ypora”, el “Correo”, el “Salto Guaira”, el “Río Apa” y otros vapores y embarcaciones menores. Capitanes y maquinistas ingleses los tripularon inicialmente. Jefe del arsenal y astillero era el ingeniero John W. Whitehead, por espacio de una década, y lo sucedió su colega John Nesbitt, que acompañó al ejército en la retirada de las Cordilleras. George F. Morice fue el primer capitán del “Tacuari”. Al frente de la fundición de Ybycuí se sucedieron varios técnicos ingleses y en los trabajos de tendido de las vías férreas tuvo la responsabilidad directiva el ingeniero George Paddison, llegado al país en 1868. Todos estos ingenieros, fundidores, maquinistas, oficiales de marina y auxiliares técnicos formaron un nutrido y eficiente núcleo de aprendices criollos, a los que se sumarían luego los jóvenes becarios que retornaban de Gran Bretaña.
Mención especial merece el ya recordado ingeniero Jorge Thompson, colaborador de Paddison en el ferrocarril. Durante la guerra sirvió en el cuartel general y alcanzo el grado de teniente coronel. Tuvo el mando del reducto de Angostura durante la batalla de las Lomas Valentinas y se rindió el 30 de diciembre de 1868. Después, publico “Guerra del Paraguay”.
En 1864, llegó a Asunción el ingeniero alemán Roberto von Fisher Treuenfeldt, contratado para el tendido de las primeras líneas telegráficas. El 16 de octubre de ese año, a los tres meses escasos de haber sido desembarcados los materiales, era transmitido el primer mensaje telegráfico de la historia paraguaya, entre Asunción y Villeta. La línea se extendió pronto hacia el Sur hasta Humaitá y alcanzó las avanzadas paraguayas durante la contienda, Treuenfeldt y su lugarteniente Hans Fish formaron un numeroso equipo de telegrafistas, entre los cuales se destacaba el pintor Saturio Ríos que ideó simplificaciones del equipo transmisor. De regreso en Alemania, Treuenfeldt por espacio de medio siglo llevó a cabo proficua labor divulgadora de todo lo concerniente al Paraguay.
En la sanidad militar, prestaron servicios los doctores Banks, Barton, Skinner, Fox y Stewart y el farmacéutico Masterman, autor de “Siete años de aventuras en el Paraguay”, Otro farmacéutico, Porter C. Bliss, se dedicó a la literatura y al periodismo y publicó ataques a la triple alianza. Los discípulos de estos profesionales se desempeñaron como Cirujanos y Practicantes en los hospitales de sangre y de la retaguardia, y uno de ellos, Justo P. Candia, ejerció la medicina y fue Cirujano Mayor del ejército hasta treinta y cinco años después de restablecida la paz.
Gradualmente, los paraguayos formados por ellos y otros igualmente capacitados fueron tomando la conducción de los servicios referidos. En la construcción de los terraplenes ferroviarios y tendidos de los rieles trabajaron los “chaflaneros” bajo el comando del entonces teniente Elizardo Aquino, que por un tiempo interinó la jefatura de la fundición de hierro de Ybycuí. Maquinistas nativos conducían los trenes y el mayor José María Bruguez, más tarde general, tenía la dirección superior de tan importante medio de comunicación. Los capitanes Gill, Meza y Cabral y los tenientes Ortiz y Herreros recibieron de Morice y sus coterráneos el mando de los buques mercantes y de guerra, y el capitán Julián Insfrán tuvo a su cargo la mencionada fundición de Ybycuí durante la guerra, hasta su muerte a manos del enemigo.
BIBLIOGRAFÍA
Juan Crisóstomo Centurión, “Memorias”.
Fidel Maíz, “Etapas de mi vida”.
Silvio Gaona. “El clero en la guerra del 70”

miércoles, 8 de julio de 2009

LA CULTURA - EN LOS ULTIMOS AÑOS DE CARLOS A. LOPEZ.

En 1880, la administración estaba servida por jóvenes capaces como José Berges. Luís Caminos, Benigno López. Gumersindo Benítez y otros. Una brillante promoción de poetas y escritores, formada bajo el magisterio de Bermejo y encabezada por Natalicio Talavera, comenzaba a prometer para un futuro cercano, lamentablemente frustrado por la guerra. Pintores jóvenes, como Saturio Ríos, autodidacto y algo primitivo, y Aurelio García Corvalán, de formación académica adquirida en París, comenzaban el cultivo de las artes plásticas. Compañías de teatro extranjeras realizaban giras al Paraguay, como las de Julián García (1858-59) y Pelayo Ascona (1863). El maestro Dupuis y sus discípulos orientaban la natural inclinación musical de los paraguayos Comerciantes y patrones de embarcaciones nacionales y extranjeras nos ponían en comunicación con el mundo exterior. El “Club Nacional”, fundado por los López, fomentaba una sociabilidad cuita y refinada Agentes diplomáticos y consulares europeos y americanos se sumaban a la vida cultural. Decenas de paraguayos estudiaban en Europa y otros viajaban con frecuencia al Río de la Plata.
Con estas manifestaciones de progreso material y cultural, sumadas a la supresión de la esclavitud y del sistema de reducciones indígenas, el Paraguay superaba al fin el orden colonial.

Entre los colaboradores del gobierno en esta segunda etapa, merece especial recordación José Berges (1822-1868), diplomático y hombre de estado de condiciones excepcionales. Dos misiones cumplió con gran altura en el extranjero: en 1856, negoció con el Vizconde de Río Branco, en Río de Janeiro, un tratado que superaba de momento las dificultades que se oponían a unas armoniosas relaciones con el Brasil: y en 1859, conjuez paraguayo para resolver el conflicto pendiente con los Estados Unidos, obtuvo un fallo en todo favorable a nuestro país. Desempeñó la cartera de Relaciones Exteriores en los días culminantes del estallido de la guerra contra la triple alianza, y tuvo a su cargo la dirección del gobierno civil de la provincia argentina de Corrientes, durante la ocupación militar paraguaya. Murió fusilado el 21 de diciembre de 1868.
El más allegado de los colaboradores de Don Carlos fu su hijo mayor, Francisco Solano López (1827-1870) secretario del enviado especial en Buenos Aires en 1843, General en Jefe del ejército enviado a Corrientes en 1845, Brigadier y organizador del Ejército Nacional, jefe de misión diplomática ante varias cortes europeas (1853-54). Ministro de Guerra y Marina, árbitro en la disputa entre la Confederación Argentina y Buenos Aires en 1859. Era hombre de vasta cultura y poseía la mayor biblioteca de entonces. Designado Vice-Presidente por su padre, al morir éste le sucedió en el gobierno y resultó electo Presidente de la República por el Congreso reunido el 16 de octubre de 1862. Su periodo de gobierno se halla casi íntegramente abarcado por la guerra contra la triple alianza. Murió en el campo de batalla, en Cerro Corá, el 1º de marzo de 1870, Sus “Cartas y proclamas” han sido reunidas en libro hace pocos años.
Natalicio de María Talavera (1839-1867), oriundo de Villa Rica, era el más aprovechado de los discípulos de Ildefonso Bermejo. Poeta, novelista y periodista, colaboraba en “La aurora” y el “Semanario”. Al servicio de éste último periódico, fue el primer corresponsal de guerra de la historia paraguaya. Desde Humaitá y Paso Pucú, entre 1365 y 1867, enviaba regularmente crónicas de los hechos de armas; las más importantes de las cuales han sido reunidas en un volumen con el titulo de “La Guerra del Paraguay”. Talavera pereció víctima del cólera, en el campamento de Paso Pucú, a la edad de veintiocho años.
Fidel Maíz-(1828-1919), el canónigo Jaime Antonio Corvalán (1820-1368), el deán Eugenio Bogado, el arcediano Juan Evangelista Barrios, Mariano del Rosario Aguiar y Manuel Vicente Moreno, oradores sagrados, teólogos y canonistas, eran de los miembros más ilustrados del clero. Maíz, que escribió “Etapas de mi vida”, para justificarse de su actuación, y ”Método práctico para aprender la lengua guaraní”, colaboraba en diarios y revistas y compuso una historia eclesiástica del Paraguay. Sus mencionadas publicaciones son todas muy posteriores a 1870. Aguiar se contaba entre los redactores de “La aurora”. Barrios, que murió fusilado con su Obispo, en 1868, era autor de una novela, “Una prima noche de un padre de familia”, aparecida por entregas en el “Semanario”.
El mayor Rómulo Yegros (1817-1866), edecán del brigadier López, lo acompañó en su misión a Europa y dejó un “Diario”, parcialmente publicado años después.
Conviene recordar también a José Falcón (1810-1883) reorganizador del Archivo Nacional después dé la guerra y experto en limites, al Dr. Guillermo Stewart, médico escocés, que fue Cirujano Mayor durante la contienda, y al teniente coronel Jorge Thouson, ingeniero inglés, que sirvió hasta 1868 en las fuerzas nacionales y público más tarde una “Guerra del Paraguay”.

Bibliografía
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”
Justo Pastor Benítez, “Carlos Antonio López”

LA EPOCA DE DON CARLOS ANTONIO LOPEZ - Arquitectura


ARQUITECTURA
La generalización del material conocido, en uso desde fines del siglo XVIII, caracteriza la arquitectura de este período. Además, en los edificios religiosos aparece la fachada de Mampostería, antes casi desconocida, y en general se adoptan las columnas octogonales o hexagonales de ladrillos, en sustitución de los horcones de urundey.

EDIFICIOS PUBLICOS.
El Palacio del Congreso también llamado Cabildo aunque nunca fue sede de este cuerpo, es de los últimos años de Don Carlos. Su fachada, de dos plantas, con arquería de medio punto y pilastras dóricas, resulta claramente neo-clásica, si bien en ventanas, puertas y otros detalles se conservan las formas coloniales.
El Palacio del Gobierno también llamado Palacio de López, construido para residencia del Mariscal y terminado después de 1890, es definitivamente neo clásico y de gusto italiano. De proporciones monumentales y exquisito gusto, tiene un cuerpo central de dos plantas con arquería de medio punto en ambas y dos alas que avanzan hacia el Sur, encuadrando los jardines. Su fechada septentrional mira hacia la bahía de Asunción, alzándose sobre un zócalo de piedra, merced al declive del terreno. Todo el edificio se halla coronado por una torre central de dos plantas adicionales.
Aunque inconcluso, el Teatro de López, hoy oficina de impuestos internos, trabajado desde 1858 hasta 1864 y 65, se halla inspirado en la planta del celebérrimo “Teatro della Scala”, de Milán.
Estas tres construcciones se deben al arquitecto italiano Alejandro Ravizza, venido al Paraguay en 1854, donde permaneció hasta su muerte.
Otros edificios públicos de la capital y del interior, o han desaparecido, o han sufrido alteraciones fundamentales.
La Estación del Ferrocarril, levantada entre 1854 y 1861, con torre y una galería de andenes de gran luz, parece haber sido obra de alguno de los ingenieros ingleses venidos en la época. Otra estación notable de este período, aunque de menores proporciones, es la de Pirayú, construida por el después general Elizardo Aquino.

TEMPLOS.
La Catedral, habilitada en 1845, es la primera obra de envergadura de este gobierno. Ejecutada por maestras constructores paraguayos, consta de tres espaciosas naves separadas por dos hileras de arcos de medio punto, con pilastras estriadas. Carece de ábside semicircular y de bóveda. Las naves ocultan la trama de su techumbre con muy sencillos artesonados de madera labrada. Su fachada es de estilo neo-clásico y de extrema sobriedad, con reminiscencias de las iglesias llamadas “jesuíticas” en Europa. El retablo del altar may parece haber pertenecido a los franciscanos y delante del mis se halla ubicado un rico frontal de plata trabajada.
La Recoleta, construido en 1850 sobre la planta del antigua templo de ese convento, es mucho más pobre. Consta de una sola nave rectangular con gruesas paredes de adobe artesonado plano de madera. Su fachada es clasicista con algunas concesiones al barroco, por su coronamiento apiñonado.
El templo parroquial de la Santísima Trinidad es de tres naves, como la Catedral, y como ella, tiene pórticos en tres de sus lados, pero en este caso de arquería de medio punto, y un porche a atrio en la parte delantera. Los retablos de las dos naves laterales parecen haber pertenecido antes a la iglesia de Yaguarón. Sin cúpulas ni bóvedas, tiene artesonados de madera, siendo abovedado el de la nave central. La fachada es de piñón escalonado, con ménsulas invertidas, de influencia al parecer flamenca. Aquí, fue sepultado en 1862 el Presidente López.
La iglesia de San Roque, terminada en 1853 y demolida en 1971, era de una sola nave rectangular, con artesonado piano de madera labrada y fachada muy sobria, de líneas neo-clásicas.
Todos estos edificios, religiosos tienen a un costado un campanario de mampostería, separado del cuerpo, pero sin solución de continuidad. Las torres de la Catedral son, sin embargo, dos, de similares dimensiones.
El Oratorio de la Virgen de la Asunción fue construido ya durante la presidencia del Mariscal López, en 1864, y quedó entonces inconcluso. Es la más bella de las obras de Ravizza. Su planta se inspira en los Inválidos, de Paris, y en la basílica de Santa Maria de Carignano, en Génova, pero su aspecto externo presenta notable similitud con la catedral de Superga, ciudad natal del mismo Ravizza.

ARQUITECTURA PRIVADA
Debido a lo perecedero de los materiales empleados con anterioridad, la mayor parte de las viviendas de familias acomodadas fueron renovadas y totalmente reconstruidas durante este período. En algunos casos, los más, se mantuvieron las características esenciales de la arquitectura colonial, con la sola sustitución de los horcones por pilares octogonales de mampostería y de las rejas de madera torneada o labrada por las de hierro. Como ejemplo, puede mencionarse la casa de los Saguier, demolida en 1963 en la esquina de General Díaz y 15 de Agosto.
En otros edificios, sin alterar esencialmente la traza colonial, se suprimían las galerías cubiertas exteriores y hasta alero u saledizo, para implantar el llamado frente de azotea
Características manifestaciones de esta modalidad constituyen el espacioso edificio situado en la intersección de Palma y 15 de Agosto, y otro, algo transformado hoy, en Estrella 14 de Mayo, asiento por muchos años de la antigua Escribanía de Varela. Subsisten varias construcciones de este tipo en las calles de Presidente Franco, Benjamín Constant y El Paraguayo Independiente, que han sufrido mayores o menores modificaciones en nuestro siglo.
Las hay, sin embargo, con innovaciones más acentuadas que presentan pilastras dóricas implantadas en la fachada u adornos propios del neoclásico.
Edilicios de mayor aliento son viviendas de varios miembros de la familia López: el palacio por mucho tiempo ocupado por el Ateneo Paraguayo, residencia del General Barrios, y los actuales Banco de Asunción y Asunción Palace Hotel, que pertenecieron respectivamente a Benigno y Venancio López. Denuncia influencias de la arquitectura rioplatense de la primera mitad del siglo otra vivienda de Venancio López, ubicada en la esquina de Presidente Franco y Nuestra Señora de la Asunción.
En general, la arquitectura privada de innovación se mantiene dentro de las líneas clásicas, con molduras, cornisas y parapetos, antes no muy difundidos en la ciudad, acusando influencias italianas de los siglos XVI y XVII, recibidas a través de Buenos Aires y Montevideo.

Bibliografía
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”
Justo Pastor Benítez, “Carlos Antonio López”

LOS COMIENZOS DEL PERIODISMO PARAGUAYO

Durante el gobierno consular de López y Alonso, fue adquirida en Corrientes una imprenta usada, que en 1846 se vio reforzada por otro equipo impresor comprado por Gelly en el Brasil. Con estos elementos se formó la Imprenta del Estado. En la misma, se publicaron todos los “Mensajes”, con excepción del de 1842, editado en Corrientes, el “Repertorio Nacional” y la primera y única edición paraguaya de “La Argentina”, de Ruy Díaz de Guzmán.
Entre el 26 de abril de 1845 y el 18 de septiembre de 1852, aparecieron ciento dieciocho números de”EI Paraguayo Independiente”, primer periódico del Paraguay. Fue su principal redactor y orientador el propio D. Carlos Antonio López con la valiosa cooperación de Juan Andrés Gelly y de otros funcionarios. La hoja tenía por cometido la defensa de la soberanía y de los derechos del Paraguay, frente a las pretensiones anexionistas del gobernador Juan Manuel de Rosas, de Buenos Aires. Derrocado éste, “El Paraguayo Independiente” desapareció.
Desde el 21 de mayo de 1853, comenzó a publicarse el “Semanario de avisos y conocimientos útiles”, en cuya dirección se sucedieron Juan Andrés Gelly, el español Ildefonso Antonio Bermejo, Natalicio Talavera y Gumersindo Benítez.
El “Semanario” subsistió hasta 1868. Era un periódico con bastante información y expresaba el pensamiento del Presidente López. Los agentes paraguayos en el exterior le servían de corresponsales.
El mismo Bermejo, en 1855, publicó por breve tiempo “El Eco del Paraguay”, como primera tentativa de periodismo independiente, hacia 1858. Aparecieron también por entonces “La Época”, de los alumnos de aquél, y en 1861 y 62, “La Aurora”, revista literaria redactada por Talavera. Benítez, José Mateo Collar, Mariano del Rosario Aguiar y otros de sus más connotados condiscípulos del Aula de Filosofía, a los que se sumaban el italiano Domingo Parodi y la poetisa Marcelina Almeida, los cuales publicaron en sus páginas ensayos, poesías y cuentos.

Epoca de don Carlos Antonio López - LOS SIMBOLOS NACIONALES

El Himno Nacional fue compuesto por el poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa (1790-1862), también autor de la letra del Himno de su patria. El poeta envió los originales al gobierno paraguayo, en mayo de 1846, por intermedio de los ya citados agentes Jovellanos y González, según una anotación autógrafa del propio Figueroa. Cecilio Báez, sin embargo, afirma que el portador de la primera copia fue Gelly, el año anterior.
Consta la letra de siete estrofas, de ocho decasílabos cada una, y un coro de cuatro versos del mismo metro. Corresponde al tipo de las canciones épicas, con un relato histórico.
Sobre el autor de la música, no existe acuerdo entre los que han tratado el tema. Para unos, es el maestro húngaro Francisco José Debalí, de gran actuación en Montevideo, compositor también de la música de la canción patria del Uruguay, y para otros, el francés Francisco Sauvageot de Dupuis, organizador de bandas militares de la época. “Existe semiplena prueba de que Debalí fue el autor de la música del Himno Paraguayo actual”, escribe Juan Max Boettner, luego de analizar fuentes y argumentos. En todo caso, hacia 1873, el maestro italiano Luís Cavedagni restauró esa música y su versión fue oficialmente estrenada el 25 de noviembre de 1874, al asumir Juan B. Gill la Presidencia de la República. La partitura hoy en uso fue ajustada por Remberto Giménez, en 1933.
Dupuis había sido contratado como maestro de banda y formé aventajados discípulos, entre los cuales cabe recordar a Cantalicio Guerrero e Indalecio Odriosola, maestro de banda también el primero y director de orquesta el segundo.
El Congreso Nacional de 1842 adoptó la bandera, el escudo y el sello nacionales, así como también el sello de Hacienda.
El pabellón de la República, de acuerdo a lo resuelto, se compone de una bandera de tres fajas horizontales iguales - colorada, blanca y azul, que de un lado, en el centro, lleva el escudo nacional, de forma circular, con una estrella resaltante, entre una palma y una oliva entrelazadas en la parte inferior, y la inscripción “República del Paraguay” en la orla; y del lado opuesto, o reverso, un circulo con la inscripción “Paz y Justicia” distribuida y en el medio un león en la base del símbolo de la libertad (el gorro frigio en lo alto de una pica). El escudo nacional es también sello nacional, en tanto que la composición del reverso sirve de sello de Hacienda, con el agregado de la inscripción “República del Paraguay” en la orla.
Es de notar que en documentación oficial de la época pueden encontrarse sellos ovales.

Vida cultural en los primeros tiempos de Carlos A. López.

A la muerte del Dr. Francia, pocos eran los hombres de cultura superior que sobrevivían. La brillante y memorable generación directiva de 1811 había perecido en su casi totalidad, Quebrantado por doce años de cárcel, Mariano Antonio Molas no alcanzó a vivir un lustro más y éste lo pasó retirado en la Villa del Pilar o en las tierras de su esposa en “Montiel Potrero”. Juan Bautista Rivarola (1790-1857), de destacada participación en los acontecimientos del trienio 1811-1814, vino de su retiro de Barrero Grande con un proyecto de Constitución de inspiración liberal que fue rechazado de mala manera en 1841, tras lo cual tuvo que regresar al desierto, sin posibilidades de influir en la vida política. José Domingo Campos (1795- l861), que integró uno de los gobiernos provisionales de 1841, tenía formación jurídica y experiencia administrativa. También pasó en el retiro campesino, en San José de los Arroyos, los últimos veinte años de su vida.

El más ilustrado de los colaboradores del Presidente López fue Juan Andrés Gelly (1790-1856), doctor en Derecho, de larga militancia en el agitado acaecer político rioplatense, poeta y periodista, además de experto diplomático. En 1845, se reintegró a la patria, después de casi treinta y cinco años de ausencia y se relacionó con el referido gobernante. Actuó sucesivamente como redactor de “El Paraguayo Independiente” y del “Semanario”, Dictó clases de Derecho Civil y Político. Sirvió de asesor principal en la conducción de la diplomacia paraguaya. Desempeñó misiones de esa índole en Río de Janeiro (1847) y en Europa, adonde acompañó al general López, en 1853. Después de su incorporación al servicio civil paraguayo, publicó “Apuntes sobre el Paraguay, para desvanecer los cuentos del señor Graham”, de contenido polémico, y un opúsculo aparecido en francés y portugués, en Río de Janeiro, en 1848, con el título de “Paraguay, lo que fue, lo que es y lo que será” Su asistencia resultó de suma utilidad para D. Carlos Antonio López, tanto por sus luces, como por su gran conocimiento de la realidad política de la Cuenca del Plata.
Entre los opositores de la época, cabe recordar a Manuel Pedro de Peña (1811-1867) que recibió su primera formación cultural en la cárcel, de parte de Mariano Antonio Molas. Era hombre de regular ilustración. Desempeñó en 1843 una misión diplomática cerca del gobierno de Rosas y se mostró por más de una década muy adicto al Presidente López. Perdida la confianza de éste, se expatrió en 1857 y, establecido en Buenos Aires, dirigió dos series de “Cartas”, publicadas en periódicos de esa ciudad, a Don Carlos, las primeras, y a su hijo el Mariscal, las segundas. Su estilo es con frecuencia chabacano y denosta a los defensores del Paraguay en la guerra contra la triple alianza. Se cuenta entre los inspiradores de la tristemente célebre Legión Paraguaya.
La primera misión destacada a Montevideo por López estuvo a cargo de Atanasio González y Bernardo Jovellanos, a los cuales el poeta Francisco Acuña de Figueroa entregó los originales de nuestro Himno Nacional, por él compuesto. Andrés Gill, Secretario del Gobierno y comisionado en el exterior, y Francisco Domingo Sánchez, secretario de Congresos Nacionales, Juez, Ministro de varias carteras y Vice-Presidente de la República, muerto por los brasileños en Cerro Corá, se contaron entre los más allegados colaboradores del Presidente. Así mismo, cabe mencionar a Mariano González, Nicolás Vázquez, José Falcón, Juan G Valle, Juan de la Cruz Velázquez, Juan Manuel Álvarez y José María Mentiel, ministros, jueces y funcionarios de otras categorías. No han quedado escritos de estos ciudadanos, salvo a documentación oficial que se les puede atribuir, pues dedicaron todas sus energías al servicio de la República, acuciada entonces por la falta de equipo directivo.
La primera legación destacada en Europa la encabezó el brigadier F4rancisco Solano López, acompañado del ya citado Gelly, Benigno López, Rómulo Yegros, Juan José Brizuela y otros. La única representación permanente, posterior a esta primera y con rango diplomático, tenía su asiento en París y se hallaba a cargo del Dr. Carlos Calvo, publicista argentino. Actuaron como agentes confidenciales en el exterior Félix Egusquiza, en Buenos Aires, y el ya citado Brizuela, en Montevideo, en tanto que José Rufo Caminos se desempeñaba como Cónsul en Paraná, donde gozaba de la especial estima del general Urquiza: Un súbdito portugués llamado Manuel Moreira de Castro sirvió por un tiempo como agente en Río de Janeiro.
Mención especial corresponde a Benito Martínez Varela (1800-1854), que había sido alumno del Colegio Seminario de San Carlos. Desempeñó sucesivamente la Secretaría General del Gobierno y el Ministerio de Relaciones Exteriores. En nombre del Paraguay y en 1852, suscribió el tratado Varela-Derqui, de límites, amistad y navegación, con la Confederación Argentina. Su hermano José María Martínez Varela (1801-1862) se contó entre los firmantes del Acta de la Independencia y en el Congreso del 16 de octubre de 1862 apoyó su intervención en los postulados de ese documento. Los Varela, ricos terratenientes y hacendados en Ajos, poseían una biblioteca importante para la época.
No puede hablarse de la vida cultural. de este período sin recordar a Juan Vicente Estigarribia (1788-1866), médico personal del Supremo Dictador, herborista y fi1áitropo que siguió practicando el arte de curar en tiempos de Don Carlos. Sin formación académica, había adquirido notable práctica y poseía conocimientos apreciables de herborística. Publicó un “Vocabulario en varios Idiomas de algunas plantas medicinales”, pero la mayor parte de sus apuntes y recetarios se han perdido o permanecen inéditos en colecciones particulares.
Desde 1843, actuó en el Paraguay el médico y naturalista sueco Eberhard Munck af Rosenchold, cuyo epistolario ha sido publicado hace pocos años en su país natal. Munck falleció durante la guerra contra la triple alianza.
Contratados por el gobierno paraguayo. Alfredo Demersay y el Barón Du Graty realizaron estudios sobre el país y produjeron sendos libros intitulados “Historia física, económica y política del Paraguay y de los establecimientos de los jesuitas” y “La República del Paraguay”, respectivamente.
El comandante húngaro Francisco Wisner de Morgenstern se incorporó al servicio del Paraguay en 1845 y participó de su vida cultural basta la guerra contra la triple alianza. Dejó inédito un libro sobre “El Dictador Francia” que ha sido objeto de dos ediciones en nuestro siglo.
Entre los eclesiásticos, cabe recordar al P. Basilio Antonio López, hermano del Presidente y primer Obispo paraguayo de la diócesis, en 1844. Obispo auxiliar, como hemos referido en el capitulo anterior, fue el P. Marco Antonio Maíz, de notable ilustración, fundador y director de la Academia Literaria, Segundo Obispo de esta época correspondió serlo al P. Juan Gregorio Urbieta, fallecido en 1963. Merece ser citado también el P. José Joaquín Palacios, correntino de valiosos servicios en la introducción pública.

Bibliografía
Efraín Cardozo, “Paraguay Independiente”
Justo Pastor Benítez, “Carlos Antonio López”