sábado, 13 de junio de 2009

LA IMPRENTA EN LAS MISIONES. (La primera imprenta en el Paraguay)

La primera imprenta que hubo en el Paraguay y en toda la Cuenca del Plata funcionó en las reducciones jesuíticas. La construyeron en 1700, con maderas duras del país, Los P.P. Juan Bautista Neumann, vienés, Segismundo Asperger, alemán, y José Serrano, andaluz. Estuvo ella sucesivamente instalada en los pueblos de Loreto, Santa María la Mayor y San Francisco Javier, en producción no interrumpida hasta 1767.
Numerosos libros, folletos, tablas astronómicas y láminas, se publicaron allí, tanto en latín y español, como en guaraní. La primera obra impresa fue el “Martirologio Romano’, del mencionado P. Neumann o vidas de los santos, en tres volúmenes, del P. Rivadeneyera, en traducción del P. Serrano Otra aducción de éste, aparece en 1705, fue “De la diferencia entre lo temporal y lo eterno”, del P. Nieremberg, con láminas grabadas por el indio Juan Yaparí, y numerosas otras publicaciones. Otro grabador que debe ser mencionado, además de Yaparí, es el indio Tomás Tilcara.
Es acreedor de especial recordación Nicolás Yapuguay, cacique en el pueblo de Santa Maria la Mayor, que aparece como autor de una “Explicación del catecismo en la lengua guaraní” Santa María la Mayor, 1724) y de un tomo de “Sermones y ejemplos en lengua guaraní” (San Francisco Javier, 1727). Diversos publicistas atribuyeron la segunda de estas obras al P. Pablo Restivo, que la habría firmado con un seudónimo que significarla “el veraz, el que no miente”, Sin embargo, en la actualidad se admite como cierta la existencia de Yapugua y ‘y su paternidad de ambos libros, Este cacique, lenguaraz de confianza del P. Restivo, sabia leer y escribir. Dotado de una inteligencia muy despierta y de una poderosa retentiva, tras oír las prédicas y los sermones, los reproducía por escrito y en guaraní. Tales versiones de memoria, revisadas y corregidas por el P, Restivo — en la misma portada, se dice que el libro fue escrito “con dirección de un religioso de la compañía de Jesús”, se convirtieron en los dos volúmenes que fueron publicados.
Muy importante resulta esta imprenta de las reducciones jesuíticas, si se considera que en Buenos Aires no la hubo hasta 1780 y que en Asunción la primera fue introducida en tiempo de los cónsules López y Alonso.

ORGANIZACION DE LAS REDUCCIONES JESUITICAS

Los padres de la Compañía de Jesús organizaron sus reducciones sobre un modelo general. En cada una de ellas había un Cura (“Pai-guazú”) y un Teniente Cura “Paí-miní” Como en los demás pueblos de indios se conservaba, la dignidad de cacique y se habían instituido la de corregidor y un reducido cabildo, cuyos integrantes, indios todos, aunque desprovistos de efectivas facultades, eran colaboradores inmediatos de los religiosos.
La población, aunque trabajara en campos y yerbales, era exclusivamente urbana. Los pueblos se edificaban en forma de damero en torno de una plaza rodeada de la Iglesia, la casa parroquial o rectoría, el cementerio, los talleres, depósitos y graneros las viviendas de las viudas y huérfanos, y las largas casas de acera con soportales sostenidos, por horcones de urundey, que albergaban a los indígenas. A mediados del siglo XVIII. Los techos eran por lo general de tejas.
La vida de los neófitos se hallaba estrictamente regulada por un horario cuyo cumplimiento se recordaba con toques de campana. Se alternaba el trabajo con el adoctrinamiento religioso y con frecuentes festividades, ruidosas y plenas de colorido, matizándose todo con música. La enseñanza, incluso la de lectura y escritura se impartía en guaraní. Si bien ello facilitaba el aprendizaje dificultaba a los indios la comunicación con los españoles y su incorporación a la sociedad por éstos constituida.
Los productos del trabajo colectivo eran agrupados en tres porciones para el sostén del culto, para las necesidades sociales y benéficas, y para sustento de los indios, respectivamente. El aislamiento respecto de los criollos del Paraguay y la eficaz administración de los Jesuitas se sumaron para que sus reducciones fueran las más pobladas y ricas de la provincia. Cada una de ellas se hallaba rodeada de extenso sembrado y poseía estancias. Más la principal fuente de recursos de las misiones era la exportación de yerba al Río de la Plata, en competencia con los vecinos del Paraguay, lo cual daba lugar a antagonismo.
Además, habían logrado los jesuitas que, con excepción de los de San Ignacio-Guazú, Santiago y Nuestra Señora de Fé, sus indios estuvieron exentos de la encomienda, privilegio que los paraguayos consideraban lesivo para sus intereses.
Como empresa misional, el sistema fundado por los jesuitas tuvo extraordinario éxito. Puede objetarse a estos el excesivo aislamiento que impusieron a sus neófitos respecto de los criollos y mestizos del Paraguay, poniendo de este modo trabas a su integración a esta sociedad de la cual necesariamente debían formar parte. Agravaba tal divorcio el hecho de que en dichas reducciones se reclutaron los contingentes que en 1649, 1724, 1725 y 1735, invadieron a mano armada al Paraguay para sofocar movimientos populares. Pero hallamos la compensación en que civilizaron a un par de cientos de millares de aborígenes, los acostumbraron a la vida urbana y al trabajo productivo, haciéndolos así aptos para incorporarse más tarde a la población paraguaya y rioplatense, como aconteció después de 1767.
Producida la expulsión de la Compañía de Jesús, esas reducciones decayeron rápidamente, pero sus habitantes no volvieron al estado salvaje y selvático, como algunos escritores aseveran, sino que emigraron a Asunción, Corrientes, Buenos y se convirtieron en artesanos, labradores, troperos y pequeños comerciantes, y algunos pasaron al Brasil, donde su eficiencia les aseguraba buenos salarios.

LAS REDUCCIONES JESUITICAS

Poco antes del establecimiento de la nueva provincia de la Compañía, el gobernador Hernando había escrito al Provincial del Perú, pidindole que se comisionara a misioneros de su orden para dedicarse a la conversión de los indios del Paraguay. Fundada su instancia en el deseo del Rey de que los aborígenes no fuesen sometidos por las armas, sino por la persuasión. En carta dirigida al propio soberano, el 5 de mayo de 167, el mismo Hernandarias, entre otras muchas cosas, señalaba la conveniencia del envío de misionero, jesuitas Guairá, y en la respuesta, contenida en real cédula del 5 de agosto subsiguiente, se le daba noticia de haber destinado cincuenta religiosos al Perú, de los cuales seta debían pasar al Río de la Plata.
Entre tanto, el P. Torres había venido al Paraguay, para estudiar las posibilidades de dar satisfacción a la precitada demanda determinaba que los PP. .Simón Masseta y José Cataidino, italianos ambos, se trasladaron a la región del Guairá a hacerse cargo de los pueblos indios predicar el cristianismo entre sus habitantes. En diciembre de 1609, salían de Asunción ambos sacerdotes para dar comienzo a una de las empresas evangelizadas de mayor celebridad.
El P. Lorenzana había tomado a su cargo un pueblo de indios fundado en el Guairá por los españoles que pasó a llamarse San Ignacio Guazú, y los PP. Masseta y Cataidino comenzaron su transcendente labor con la formación de otras dos reducciones, las de San Ignacio Mini o de Yabebyry y de Loreto, ambas a más de 60 leguas al Este de Ciudad Real. Con la llegada de nuevos misioneros, fue creciendo el número de neófitos, agrupados en nuevas reducciones situadas en los campos de Jerez en el Cuaracy-verá y al Norte del Salto del Guairá. Quince años más tarde, catorce prósperas y nutridas comunidades indígenas contribuían a afirmar la presencia española en esas soledades.
No todo, sin embargo, era tan halagador, ni inspiraba optimismo: desde 1614, se hacía sentir la proximidad de los “mamelucos” o “bandeirantes’ de San Pablo, verdaderos piratas de la selva, derrotados en su primer encuentro armado, pero no contenidos por tal revés. En 1628, siguiendo los pasos del nuevo Gobernador, D. Luís de Céspedes Xeria, acusado más tarde de tener vinculación con ellos, apareció en las reducciones una considerable fuerza de “mamelucos” y auxiliares tupíes. Aquellos indios cristianos que no lograron darse a la fuga fueron inexorablemente cautivados y conducidos a la esclavitud en el litoral brasileño. Crónicas de la Compañía hablan de 60.000 guaraníes capturados, cifra que quizás sea algo abultada. Parte de los restantes, conducida por los sacerdotes que los adoptaban, emprendió larga migración en balsas y canoas, aguas abajo del Paraná, salvando las dificultades del salto del Guairá y las penurias de tan accidentado viaje, hasta tomar tierra de definitivamente en la zona aledaña a de las actuales ciudades de Encarnación y Posadas.
Después, también pasaría a cargo estos religiosos dos antiguas reducciones emigradas del Itatín ante la invasión portuguesa, las de Santiago de Caaguazú y de Aguaranambí o Nuestra Señora de Fe (hoy, Santa María).
En su nuevo emplazamiento, volvieron los jesuitas a organizar sus pueblos. En 1646, había veinticuatro reducciones en el Paraguay, Paraná y Uruguay, y en 1702, eran veintinueve y albergaban a noventa mil indios cristianes.
La presencia portuguesa se hizo sentir nuevamente en las proximidades del río Uruguay. A fines de 1638, el Gobernador O. Pedro de Lugo y Navarra se trasladó a las reducciones de esa zona, librándose en Caazapá-Guazú un combate entre sus tropas y los invasores, desfavorable para estos últimos. En la acción, no obstante, perdió la vida el P, Diego de Alfaro, Superior de -las referidas misiones.
El permanente peligro portugués hizo que los jesuitas pidieran y obtuvieran del Rey el privilegio de munir de armas de fuego a sus neófitos e instruirlos en el manejo de las mismas. Alertado por su Procurador General Francisco de Rivas Gavilán, veterano de las guerras de Chile con los araucanos y antiguo vecino de la ciudad, el Cabildo de Asunción reclamó de las autoridades superiores que se revocara tal medida. Por considerarla peligrosa para la seguridad del Paraguay. En efecto, temían los paraguayos las consecuencias de proporcionar ese material bélico a indios recién salidos de los bosques, que habían nacido en la barbarie. Esta situación, prolongada por casi medio siglo, provocó frecuente controversia de los jesuitas con gobernantes y población criolla de la provincia.
Otro motivo de roce con las autoridades políticas y eclesiásticas era el ejercicio del vice-patronato por las primeras y de las facultades jurisdiccionales propias de las segundas. Aun cuando las reducciones se hallaban asentadas en territorios que pertenecían a los gobiernos del Paraguay y Buenos Aires y a sus respectivas diócesis, desarrollaban su vida prácticamente al margen de ambas provincias, y cuando algún funcionario o prelado se mostraba más celoso de sus prerrogativas que sus, antecesores, no era extraño que se produjeran litigios.

EL APORTE JESUITICO A LA CULTURA PARAGUAYA

Enrolados en una orden militante y en plena expansión, los religiosos de la Compañía de Jesús tuvieron gran influencia en el desenvolvimiento cultural del Paraguay durante los siglos XVII y XVIII. En parágrafos especiales, nos ocupamos de su notable labor misional, de la Importancia de su colegio de Asunción, de la imprenta que funcionó en las reducciones, de la extensa y perdurable producción de sus cronista y de su intervención en el cultivo y difusión de las bellas artes.
En otros campos, afines, fue de no menor trascendencia la acción cultural de los jesuitas.
Tomaron ellos gran interés en el estudio y aprendizaje de las lenguas indígenas, a tal punto que según la Carta Anua de 1813 de cincuenta y dos sacerdotes que entonces pertenecían a la provincia jesuítica del Paraguay, no pasaban de tres los que no poseían alguna de ellas. Fueron los jesuitas quienes sistematizaron el guaraní, ordenando las reglas gramaticales que hasta hoy se aceptan y elaborando los primeros vocabularios. Se destacaron en esta materia, ya en los primeros tiempos los PP. Lorenzana, Cataldino y Masseta, y muy especialmente nuestro compatriota el P Roque González de Santa Cruz. Pero el más eminente lingüista fue el P. Antonio Ruiz de Montoya (1585 1652) peruano, autor del “Tesoro de la lengua guaraní”, aparecido en Madrid, en 1639, seguido en 1640 del “Arte y vocabulario de la lengua guaraní’, que parece haber sido escrito 1617 o 18 y de un “Catecismo de la Lengua guaraní”, también de 1640.
Tuvieron, igualmente, los jesuitas a su cargo la enseñanza en la Universidad de Córdoba fundada en 1613 por el ya mencionado Fray Hernando de Trejo y Sanabria, En sus aulas, se formó la mayor parte del clero paraguayo y de nuestros graduados universitarios de la época colonial. A través de ellos, también se proyectaba la influencia jesuítica en la vida cultural de entonces.
Por último, cabe recordar los estudios y descripciones producidos a lo largo de casi dos siglos por numerosos jesuitas que enriquecieron los conocimientos de esa época en materia de astronomía, geografía, ciencias naturales y otras ramas del saber. Corresponde aclarar que no todos esos adelantos trascendieron al Paraguay civil, ni influyeron notoriamente en el desarrollo cultural de la sociedad criolla y mestiza que se estaba formando en torno de Asunción y de la Villa Rica del Espíritu Santo.

EL COLEGIO DE ASUNCION.
Además del Colegio de Asunción, fundado como ya hemos referido, en 1609, la Compañía de Jesús tenía otros siete en su provincia del Paraguay: dos en el gobierno del Río de la Plata (en Buenos Aires y Santa Fe) y cinco en el Tucumán (en Córdoba, Santiago’ del Estero, San Miguel del Tucumán, Salta y La Rioja). Todos ellos constituían importantes centros de enseñanza, y bases de operaciones para la labor evangelizadora.
Aparte de la muy concurrida escuela de primeras letras, en el colegio asunceño se dictaron cursos de Gramática, Artes Liberales y Teología Moral.El nivel de la enseñanza jesuítica era en relación con el entonces usual en la materia, y los niños jóvenes de la clase directiva, hijos de encomenderos y de oficiales superiores de las milicias provinciales, integraban de preferencia su alumnado.
La iglesia aneja al colegio servía también las necesidades del culto era muy concurrida de fieles. En 1767, al producirse la expulsión definitiva de estos religiosos, tenían en construcción un templo de grandes proporciones y de buena arquitectura, que al quedar inconcluso, se derruyó. Sus ornamentos y otros materiales fueron aprovechados a fines de este siglo para las obras de la nueva catedral, a la cual también se traspasó el tesoro y la imaginería.
Para la atención de las necesidades de su colegio y dependientes de éste, la Compañía de Jesús tenía una vasta granja con capilla en el “pago” de Tapyhipery, en el Campo Grande, en la actual ubicación de la ciudad de San Lorenzo, y extensa estancia de hacienda, fraccionada en varios puestos, en torno de la capilla de Paraguarí o Yariguaá. Ambos’ establecimientos servían además de postas o etapas en el camino de las Misiones.
Los religiosos del referido colegio influían activamente en la vida política y religiosa de la provincia, y tomaron partido en las diversas pugnas internas que se suscitaron en el transcurso de los siglos XVII y XVIII. Esta participación en el quehacer provincial, sumada a otras circunstancias relativas a sus reducciones, les produjo no pocos contratiempos. Por lo general, los jesuitas se pronunciaron contra el bando comunero, que representaba en se tiempo a la clase directiva criolla y al pueblo mestizo que estaba comenzando a tener noción de sí mismo.
Enfrentados con el Obispo Gobernador Fray Bernardino de Cárdenas, éste los expulsó de la ciudad en 1649, y sólo después de su derrota lograron aquellos ser restituidos. Nueva expulsión sufrieron en agosto de 1724, por orden de D. José de Antequera y debido a su decidido embanderamiento con el depuesto gobernador Reyes Valmaseda. Restablecidos durante el gobierno de O. Martín de Barúa, volvieron a ser extrañados en 1732 por el “Común” aliado en armas, al recibirse la noticia de la ejecución de Antequera y Mena, de la cual la opinión popular los sindicaba como principales promotores.
Esta solidaridad de casi un siglo de los jesuitas con el bando anticomunero contribuyó a restarle posibilidades de influir más acentuadamente en el desarrollo social del pueblo paraguayo.
Colegio, biblioteca y templo anejo, a los que se sumó en las postrimerías de su acción una casa de ejercicios, permanecieron abiertos hasta 1767, año en que se dio cumplimiento a la orden de expulsión de los dominios españoles dictada contra los jesuitas por Carlos III.
La clausura definitiva del colegio de la Compañía de Jesús causó grave perjuicio a la cultura paraguaya y sólo se vio subsanado éste en 1783, al abrir sus puertas el Real Colegio Seminario de San Carlos, bien dotado de recursos y con un programa de estudios vasto para la época y el lugar.

LOS PRIMEROS JESUITAS EN EL PARAGUAY.

En 1587, cinco misioneros enviados del Brasil al Tucumán, por el P. Anchietta, pasaron por Buenos Aires y hubo gestiones, entonces infructuosas del Obispo Guerra para que quedaran en esta diócesis. Un año después, sin embargo, tres de ellos los PP Manuel Ortega portugués, Juan Saloni, valenciano, y Tomás Filds irlandés, se trasladaron a Asunción y se dedicaron a la atención espiritual del vecindario, a la enseñanza de los niños y a la conversión de sus Indios. Más tarde, dejando al P. Saloni en Asunción, los otros dos religiosos se dirigieron al Guairá, donde crecidas comunidades de indios amigos rodeaban a las precarias fundaciones de Ciudad, Real. Villa Rica y Santiago da Jerez, y allí trabajaron en su ministerio por espacio de un semestre. Volvieron luego a la capital donde actuaron con eficacia durante la gran epidemia de 1889, para finalmente establecerse otra vez entre los indios del Guairá. Tal es el origen de la presencia jesuítica en el Paraguay, que se extendería hasta 1767, año en que se produjo su expulsión por orden del rey Carlos III.
Otros jesuitas, provenientes también del Tucumán, predicaron más tarde entre los “frentones” y demás indios próximos a Concepción del Bermejo y a Corrientes.
En 1593, siendo general de la Compañía el P. Claudio Acquaviva, se modificó su organización en el Virreinato del Perú. El P. Juan Romero asumió la jefatura superior de los jesuitas del Paraguay y Tucumán, y nuevos religiosos, entre ellos el P. Marciel de Lorenzana, se sumaron a los que ya desarrollaban su labor en esta región. Habiéndose trasladado a Asunción el P. Romero, se comenzó aquí la edificación del templo y colegio de la Compañía. No obstante ello; seguía siendo reducido el número de jesuitas en el Paraguay: en 1599, al fallecer el P. Saloni, el único que se hallaba presente en Asunción era el ya citado P. Lorenzana.
En 1805, vista la gran distancia de la sede provincial de Urna y la magnitud de los trabajos emprendidos por la Compañía en la Cuenca del Plata y territorios circunvecinos, fue constituida la Provincia Jesuítica del Paraguay, que comprendía esta gobernación y las del Tucumán y de Chile.
El primer provincial, que llegó dos años después, con quince religiosos, a la ciudad de Córdoba, cabecera de su jurisdicción, fue el P. Diego de Torres. El colegio jesuítico de Asunción se abrió en 1609, siendo su primer rector el P. Lorenzana. El año siguiente, funcionaba ya una escuela de primeras letras, la cual, según cronistas de la Compañía, tenía cuatrocientos alumnos.

LOS JESUITAS - LA COMPAÑIA DE JESUS

A diferencia de las demás órdenes religiosas que actuaron en el Paraguay colonial, la Compañía de Jesús era de reciente fundación cuando se estableció aquí.
En efecto, fundada el 14 de agosto de 1534; en la ermita de Montmartre, de Paris, por Iñigo López de Recalde (San Ignacio de Loyola, 1491-1556) y un reducido núcleo de compañeros, había sido aprobada por Paulo III, por Bula del 27 de noviembre de 1540. Nacida, pues, en los primeros años de la reforma protestante, su principal objetivo fue llevar a cabo una renovación o contrarreforma en el seno de la Iglesia Católica. Limitado al comienzo el número de sus miembros, pronto vio derogada tal restricción y centenares de jóvenes poseídos de fe y espíritu de lucha, profesaron en sus filas. Su mencionado fundador y primer general fue elevado a los altares antes de un siglo de su muerte: en 1609 lo beatificó Paulo V, y en 1822, lo canonizó Gregorio XV. San Francisco de Borja. San Francisco Javier, el Beato Roque González de Santa Cruz y otros jesuitas fueron igualmente honrados por la Iglesia.
Rigurosa en la selección de sus novicios y en la disciplina interna, la Compañía de Jesús logró constituir un poderoso equipo de estudiosos, polemistas y predicadores. Aparte de su activa intervención de las luchas religiosas de la Europa del siglo XVI, los jesuitas se dedicaron a la conversión de los pueblos paganos al cristianismo. Así el ya citado San Francisco Javier y otros predicaron en el Japón, entonces remoto y aislado hasta que la persecución de los “hogunes” clausuró sus misiones y exterminó a sus neófitos.
También América, tanto la española, como la portuguesa, los atrajo desde un comienzo. En 1554, a veinte años escasos de la reunión de Montmartre el P, José Anchietta y otros jesuitas echaban las bases de lo que es hoy la ciudad de San Pablo en la planicie de Piratininga, en la Cananea (Brasil). Otros militantes de la misma orden se establecían en el Perú y por esa vía, en 1584, iban al Tucumán y territorios aledaños.

sábado, 6 de junio de 2009

LAS ORDENES RELIGIOSAS EN EL PARAGUAY.

LAS ORDENES RELIGIOSAS EN EL PARAGUAY.
Cuatro órdenes religiosas tenían asiento en el Paraguay colonial: franciscanos, mercedarios, dominicos y jesuitas.
En la expedición de D. Pedro la Plata en 1536, habían viajado dos mercenarios, Fray Juan de Salazar y Fray Juan de Almancia o Almazán y cuatro frailes jerónimos orden esta última que no llegó a fundar convento en el Paraguay. Los primeros franciscanos fueron Fray Bernaldo de Armenta y Fray Alonso Lebrón, venidos en 1338 en la carabela “Marañona”, de la cual desembarcaron en la costa del Brasil, y que en 1541 pasaron por tierra a Asunción, con el adelantado Cabeza de Vaca. Tomaron ambos parte activa de las controversias de esa agitada época.
El primer Obispo que gobernó la diócesis paraguaya, Fray Pedro Fernández de la Torre, franciscano, que llegó a su sede por abril de 1556, trajo consigo a varios religiosos do San Francisco y de la Merced, los cuales de inmediato tomaron a su cargo la tarea de convertir a los indios a la fe cristiana.
El establecimiento de los dominicos y jesuitas en el Patagua fue bastante posterior y se produjo a comienzos del siglo XVII.
Estas órdenes, sumadas al clero secular, contribuyeron grandemente al desarrollo de la vida religiosa y cultural. Sostuvieron iglesias, escuelas y reducciones, para la difusión de su fe y de las nociones elementales del saber de su tiempo. Sus religiosos se incorporaron a la vida paraguaya y en todas ellas fue grande la proporción de profesos criollos y mestizos, que alcanzaron las más altas jerarquías en las respectivas organizaciones locales.
Las dos figuras de mayor relieve de la difusión del cristianismo entre los indios del Paraguay fueron el andaluz Fray Luís Bolaños (1550-1629), franciscano, y el P. Roque González de Santa Cruz, jesuita- paraguayo, martirizado por los indios de Caaró en 1628.

LOS FRANCISCANOS
Los franciscanos fueron de los que más gran influencia ejercieron en la vida política y cultural. Además del primer Obispo, otros religiosos de esta orden que se distinguieron en la función episcopal fueron Fray Martín Ignacio de Loyola (1603- 1608), por su consagración total a las tareas de su ministerio, y Fray Bernardino de Cárdenas, que en l649 fue aclamado Gobernador en Cabildo Abierto, acaudi1ló al pueblo en su insurgencia y es uno de los más ilustre precursores de la Revolución Comunera. Ya en el transcurso de ésta, los franciscanos se sumaron en su mayor parte, a la lucha de los paraguayos y uno de ellos, Fray Juan de Arregui, Obispo electo de Buenos Aires, defendió desde, el púlpito la justicia de su causa y asumió la jefatura superior de los comuneros sobre el campo de batalla de Guayaivity (1733).
Entre 1os primeros paraguayos que vistieron el hábito franciscano, se contó Fray Gabriel de la Anunciación, hermano del historiador Ruy Díaz de Guzmán en 1598, que había profesado en 1590 y entró a los bosques a predicar a los indios; y alcanzó más tarde la investidura de Guardián del Convento de Buenos Aires. Contemporáneo suyo y dedicado a similar tarea era el guaireño Fray Juan Bernardo, martirizado por los infieles.
El convento franciscana de Asunción era el más importante de la, ciudad sus dimensiones, por el número de sus frailes y por la activa intervención de los mismos en el quehacer cotidiano de la sociedad aquí asentada. Anejo, había un templo concurrido por nutrida feligresía, de todo el sector Este de la capital.
Se dedicaban también los religiosos a la enseñanza de los niños y sostenían cursos de gramática y artes para sus novicios, a los cuales podían concurrir los jóvenes asunceños. Por otra parte, al intervenir en frecuentes controversias en defensa de la causa comunera, contribuían a la formación ideológica de los paraguayos.
Habían establecido además los franciscanos un pequeño convento en la Villa Rica del Espíritu Santo, muy incrementado en el siglo XVIII, y un obraje en el valle de Tapuá, en la actual ubicación de la Colonia “Juan de Salazar”.
En la evangelización del Indio, los franciscanos se distinguieron desde los albores de la conquista, y hasta la exclaustración de sus religiosos, dispuesta por el dictador Francia en 1824, persistieron en dicha tarea. De modo permanente, tuvieron a su cargo los curatos de Itá, Caazapá, Yuty e Itapé, y en más de una oportunidad el de Yaguarón y otras reducciones indígenas. A fines del sigo XVIII, después de la expulsión de los jesuitas, se hicieron cargo de los pueblos de Itapúa, Santa Rosa, San Cosme y Damián, Remolinos, Belén y la reducción de indios guanás ubicada a la altura del río Apa, zona de acción de Fray Miguel Méndez Jofré, de quien partió la propuesta inicial de fundación de la Villa Real de la Concepción.
Fray Luís Bolaños llegó al Paraguay en 1575, en la expedición de Ortiz de Zárate: y aquí sirvió el resto de su vida. Predicó a los indios del Guairá, cuando la Villa Rica y la Ciudad Real eran de reciente data, fundó después Caazapá y Yuty, e intervino en la estabilización de Altos e Itá y de algunas reducciones cercanas a Corrientes y a Buenos Aires.
Corno ya hemos referido, el P. Bolaños fue autor de un Catecismo, en lengua guaraní, aprobado por la jerarquía eclesiástica y adoptado por los jesuitas en sus reducciones. Controvertida su ortodoxia por el Obispo Cárdenas, el Arzobispo de Charcas, D. Juan Alonso Ocón, metropolitano de nuestra Iglesia, lo sometió a una junta de teólogos y lenguaraces. Reunida ésta en Asunción en 1656 lo halló inobjetable y recomendó su uso.
Compañero del P. Bolaños fue Fray Alonso de San Buenaventura, que actuó en el, Paraguay de 1575 a 1585, catequizó en los medios del Guairá y fundó reducciones.
Ya en el siglo XVIII, en los años de la Revolución Comunera, los franciscanos de recolección o recoletos fundaron otro convento, en la vega del arroyo Mburicaó, donde hoy conservan su nombre una iglesia parroquial y el cementerio más importante de la ciudad. Perteneció a esta casa fray Fernando de Caballero, de relevante participación en los sucesos de a Independencia.
“Orden la más poderosa de este tiempo en el Paraguay, contaba con 47 sacerdotes, 8 coristas y 12 legos en la provincia, hacia 1790”.

LOS MERCEDARIOS.
La orden de la Merced, que en la España medieval se ‘había consagrado a la redención de los cristianos cautivos de los musulmanes, también tuvo su casa, el Convento Grande de San José, con Iglesia aneja, en Asunción. Los mercedarios no se dedicarán de preferencia a la conversión de los indios, pero asistían a gran número de negros, mulatos y zambos, descendientes de sus esclavos y de indios dándoles por los gobernadores Ramírez de Velasco y Hernandarias. Dichos pardos habitaban en la ranchería que rodeaba al convento en una chacra a tres leguas de la ciudad yen su mayor parte, en a hacienda que la orden poseía en el valle de Areguá, donde una capilla servía las necesidades del culto.
Los frailes de la Merced impartían enseñanza de las primeras letras y asistían espiritualmente a las principales familias criollas, las cuales mostraban, notable preferencia por ser sepultadas en templo.
Uno, de los más meritorios Obispos del siglo XVII, Fray Faustino de Casas, fallecido en Asunción en 1686, era mercedario y legó su escaso patrimonio para la terminación de la Catedral.
Otro religioso de esta orden, digno de recordación, fue el asunceno Fray Miguel de Vargas Machuca, que tuvo a su cargo la defensa doctrinaria de la revolución comunera, en un manifiesto aparecido en 1732, que lo convirtió en el ideólogo de ese movimiento popular. Murió exilado en Corrientes. El Comendador de ese tiempo, Fray Tomás de Vallejo Villasanti, también se mostró favorable a los comuneros.
Entre los criollos que adquirieron importancia en la orden, debe mencionarse a los PP. Juan Jacques de Aranda, en el siglo XVII, y Juan y José de Yegros y Guzmán, a comienzos del XVIII. Estos últimos eran hijos de O. Diego de Yegros y de Doña Ana Riquelme de Guzmán, que hablan beneficiado al convento con cuantiosos y frecuentes donativos.
Los PP. Manuel Tadeo de la O e Hilario, Gómez respectivamente Comendador y Regente de estudios, formaron parte del Congreso Nacional de 1811, y el segundo de ellos, ya entonces elevado a Comendador, cedió la casa de su orden para que se reuniera en ella el Congreso de 1813, que proclamó la República.

LOS DOMINICOS
El Convento de Santa Catalina Virgen y Mártir, con su correspondiente iglesia, pertenecía a los dominicos y ocupaba desde 1627, el solar que en la década anterior había servido de asiento a la casa de la madre Bocanegra, a mencionada, aproximadamente en La actual ubicación del Estadio “Comuneros”. La comunidad de Asunción formaba parte de la Provincia de San Lorenzo Mártir, de su orden, que abarcaba, además del Paraguay, Chile, el Tucumán y el Río de la Plata.
Pertenecientes a una orden de predicadores y teólogos eminentes los frailes de Santo Domingo se dedicaron a la enseñanza y a la asistencia espiritual de la población urbana. A mediados del siglo XVIII, se les concedió licencia para dictar cursos de nivel universitario en Asunción.
No tuvieron a su cargo doctrinos de indios, pero en su estancia, de Tavapy, vivía una crecida comunidad de negros, mulatos y zambos, descendientes de esclavos de los esclavos y de indios confiados, a la guarda de los religiosos. Sostuvieron allí una capilla de la Virgen del Rosario y una ermita de San Pedro Mártir, para la atención de los referidos pardos y de la numerosa población española y criolla de los “valles” del contorno. Poseyeron tierras en la zona de Capiatá y casas en Asunción, colocadas a censo, y negociaban en yerba.
Varios Obispos del periodo colonial pertenecieron a esta orden y los frailes intervenían en la vida social y cultural de la provincia. Entre los dominicos del siglo XVII cabe recordar a Fray Alonso González de Guzmán, que fue Prior, y a Fray Martín Jofré de Loayza, y entre los del XVIII, a Fray Gabriel Caballero Bazán, también Prior y a los PP. Marcos García de Roa e Ignacio de Orué, paraguayos el primero y los tres últimos. Durante la revolución comunera, el Provincial de la orden, Fray Alonso de los Ríos, combatió al bando popular.
El Prior de Santa Catalina, fray Bernardino Enciso, formó parte del Congreso General de l 811

BIBLIOGRAFIA
Andrés Millé, “Crónica de la orden franciscana en la conquista del Perú. Paraguay y el Tucumán, y su convento del antiguo Buenos Aires 1212-l800)”
José W. Colnago, “El templo de la Merced y cuenta historia’’.

La Constitución de 1940.

Se busca normalizar al país Después de la liquidación definitiva del pleito del Chaco volvieron a aflorar las inquietudes políticas y socia...